Compartiendo piso
Toñi - Bilbao  

 

 

 

 

El novio de su amiga compartía piso con otros estudiantes y, el piso, acabó convirtiéndose en un "picadero".

Era verano y contábamos con un piso que tenían alquilados unos estudiantes. Uno de ellos era el novio de mi amiga, lo que nos abrió las puertas para vivir uno de los veranos más interesantes y desbocados de mi juventud.

Todos los estudiantes se volvieron a casa con sus familias para pasar las vacaciones, todos menos Alfredo, que decidió quedarse con mi amiga Isabel y disfrutar de un verano tórrido como pocos. No sé muy bien como ordenar cronológicamente todo lo vivido, pues las cosas sucedían sin más, a veces se precipitaban todas a la vez, lo que generaba una cierta confusión con la que aprendimos a desenvolvernos. Probablemente todo empezó con la ducha.

Llevábamos un tiempo frecuentando ese piso los fines de semana con la principal intención de poder tener sexo con nuestros chicos de una manera confortable. A esa edad era todo un lujo poder disponer de un piso propio, o como si lo fuese. Alfredo era cinco años mayor que Isabel, estudiaba veterinaria y por esa razón disponía de un piso alquilado. Pero llegaron las vacaciones y convertimos ese piso en nuestro cuartel general de correrías. Como he comentado todo empezó en la ducha y por culpa de Fina, otra de las amigas.
Fina era una chica bastante alocada e imprevisible, capaz de meterte en un lío a las primeras de cambio.

Pues a Fina no se le ocurrió mejor idea que ducharse con la puerta del baño abierta, expuesta a los ojos de todos. Obviamente, los primeros en enterarse fueron los chicos que corrieron a presenciar tan estimulante espectáculo. Su pareja, Víctor, también era un tío muy extraño, nosotras decíamos que si era gay, pero lo cierto es que le pegaba unos polvos con Fina de los que hacían época. El caso es que Víctor se comportaba indiferentemente ante tal situación. No parecía importarle que los chicos estuviesen contemplando a su novia desnuda. Este hecho sirvió de detonante para todo lo que vino después. De momento, las duchas públicas se convirtieron en casi cotidianas, para todas y para todos, así que también nosotras podíamos disfrutar de la visión de sus cuerpos desnudos. Después, la desnudez salió del baño y se mostró indiferente por toda la casa.

Era verano, hacía mucho calor y sin aire acondicionado, por lo que la ropa era un estorbo del que nos desprendíamos con bastante facilidad. Ni que decir tiene que todo esto favorecía el deseo carnal y los contactos sexuales, bastante más frecuentes que antes del verano. Pero a pesar de tanta lujuria, nadie se había atrevido a dar el paso de tocar a nadie que no fuese su propia pareja. Era una barrera que no se podía cruzar, una cuestión de honra y una cosa era la visión y otra muy distinta el contacto.

IMPORTANTE

El relato completo lo encontrarás en la revista Charo Medina 266, correspondiente
al mes de Febrero de 2012

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* La foto que ilustra este testimonio no ha sido enviada por el autor del mismo

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