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Este testimonio, es el resultado de una apuesta. Una apuesta idiota pero
que tuve que pagar. O mejor, que pagó mi mujer. Ante todo te diré
que me llamo Pablo, que tengo 40 años y poseo un bar, aunque mejor
sería decir una tasca, en un barrio de Sevilla y que llevo yo mismo
ya que el local es pequeño. Mi mujer, Irene, tiene 31, es una morenaza
preciosa, salada y alegre como buena sevillana. Ella viene poco al bar
ya que a mí no me gusta como la miran la mayoría de los
clientes. Unas miradas de admiración las comprendo pero las de
deseo me mosquean. Por las noches, cuando ya he cerrado el bar, todos
los viernes solemos jugar, cuatro clientes y yo, a las cartas. A todos ellos les gustaba Irene, sus miradas me lo habían demostrado. - Me juego a Irene por una noche - dije al fin. Se quedaron mudos de estupor. Me miraron como si me hubiera vuelto loco. - ¿Quieres decir que si pierdes Irene es nuestra... que nos la
podremos... follar? - me dijo uno de ellos. En el fondo esperaba ganar. La estúpida esperanza del perdedor. También era posible que se negaran al trato. - A mí me parece bien - dijo Pepe, un hombretón de unos
50 años - Pero, ¿qué dirá ella?. Repartí, jugamos y perdí otra vez. Recogieron su dinero y Pepe, antes de que se marcharan, me dijo: - Recuerda que una deuda de juego es sagrada. Te damos quince días para que decidas si nos das a tu mujer o el dinero. Toda la monstruosidad de lo que acaba de hacer, me saltó a la cara. ¿Como iba a decir a mi mujer que tenía que acostarse con cuatro tíos?. Irene se había casado virgen. Nunca había ido con nadie que no fuera yo y ahora la trataba como una zorra. Incluso diciéndole que era para salvar a su marido, mi propuesta era una barbaridad. Al final tuve una idea. Una idea idiota como mi apuesta, pero una idea al fin y al cabo. Alquilaría los servicios de una prostituta. Buscaría una que se pareciera de cuerpo a mi mujer y por mucho que me costara, siempre sería mucho menos que mi deuda. Le haría poner una capucha, diciéndoles a mis amigos que mi mujer tenía mucha vergüenza de lo que iba hacer por mí y por eso se cubría la cara. Sólo faltaba esperar a que se lo creyeran. Cuando por las tardes venían mis amigos a jugar su partida, en la que yo ya no participaba, les decía que estaba preparando a mi mujer para el encuentro diciéndoles también lo de la vergüenza que sentía y que quizá no se atrevería a entregarse con la cara al descubierto. Ellos se reían pero no decían nada. Luego, cuando cerraba
el bar, me iba a dar una vuelta por los lugares de citas esperando encontrar
una mujer con el tipo parecido al de la mía. Lo que yo no sabía,
ni me había dado cuenta, era que Lucas, uno de esos amigos, me
seguía a todas partes. Más tarde sabría el por qué.
Los amigos llegaron, como siempre, sobre las siete. Ninguno dijo nada
pero me miraban con una sonrisa burlona. Pidieron las consumiciones y
se pusieron a jugar hasta que llegó la hora de cerrar. A la chica
la había citado para una hora después y le había
dicho que llamara a la puerta trasera. Al poco rato los cuatro amigos estaban desnudos sobando a la chica como locos. Me senté en un taburete alto y me dediqué a disfrutar del espectáculo aunque poniendo cara de circunstancias pues todos tenían que creer que realmente era mi esposa la que estaba allí ofrecida y complaciente, y que a mí me estaba doliendo el alma de contemplarlo. La chica, arrodillada, estaba mamando la polla de uno de ellos mientras masturbaba otras dos y el cuarto se la pasaba por la espalda hasta que éste, sin poder aguantar, la levantó, la inclinó hacia adelante para que siguiera chupando la verga de su amigo y sin demasiados miramientos, se le enchufó entera en el coño. Ella, de la impresión, se atragantó pero cuando el hombre empezó a follársela, volvió a chupar con las mismas ganas que antes. Yo no sé si ella se corrió pero lo del tío fue espectacular. Lanzó un bramido y todos intuimos que su leche le llenó, por primera vez en la sesión, el coño a la chica. Yo, desde mi punto de observación, lo veía todo pero mi polla estaba tiesa y dura como una barra de hierro. No dudé nada en sacármela para no acabar corriéndome en los pantalones. El que se la estaba chupando acabó sentado en una silla y cogiéndola por las caderas, la hizo sentarse, de espaldas a él, sobre sus muslos y clavarse su polla que también le entró entera en el chocho lleno de la leche del anterior. Mientras ella lo cabalgaba, él le sobaba los pechos y otro amigo se la había puesto entre los labios. Al correrse el cuarto, la tendieron sobre una de las mesas y el tercero, levantándole las piernas por los tobillos, se la clavó de golpe empezando a follársela. Me daba la impresión de que mis amigotes llevaban mucho tiempo sin follar ya que todos ellos tenían mucha prisa en hacerlo. Este se corrió y en el acto ocupó el mismo lugar el cuarto. Yo pude darme cuenta de como la chica se corría varias veces con todas aquellas clavadas pero pensé que quizá lo estuviera simulando para darles mayor satisfacción a los clientes. Cuando los cuatro se corrieron pensé que todo había terminado pero al decirlo en voz alta ella, con un signo de la mano, me dijo que no, cogió la polla de uno y comenzó a mamársela. Este tratamiento, que se lo hizo a todos, uno detrás de otro, logró levantarles de nuevo las vergas y así se inició una segunda tanda de folladas hasta que los cuatro quedaron rotos, incapaces de una nueva erección. Tomaron unas copas, me felicitaron por la caliente mujer que tenía como esposa y diciéndome, ahora en voz baja, que la deuda estaba saldada, tras vestirse se marcharon. Entonces pensé que yo también podría obtener la
tranquilidad sexual con aquel cuerpo tan atractivo y aún con mi
polla fuera, me acerqué a la chica que, cuando los cuatro amigos,
muy satisfechos, se marcharon, quedó sentada en una silla, toda
abierta de piernas. Pude ver perfectamente como del coño le salía
un hilo de semen y todo la piel le relucía del esperma que le habían
echado encima. Entonces, con un movimiento pausado, se sacó la
capucha. - Si tú te has atrevido a jugarte mi cuerpo sin ni tan siquiera pedirme permiso, ahora aguanta que yo haga con él lo que me de la gana. Si me pinchan no me sale sangre. El mundo se me cayó encima de golpe. Entonces me contó el como se había enterado de mi apuesta. Yo me cuido de la limpieza del local todas las noches, cuando cierro, pero dos veces a la semana también viene una mujer para hacerlo mejor de lo que yo lo hago. Uno de esos días es el viernes y aquella noche en la que yo me jugué a mi mujer, aunque pensaba que ella ya se había marchado, estaba cambiándose en el almacén y lo escuchó todo. Le faltó tiempo para llamar a mi esposa y contárselo con detalle. A Irene le bastó seguirme todas las noches hasta que, después de hacerlo yo, contactó con la chica que había contratado, le pagó para que no asistiera a mi cita y el resto ya lo saben los lectores. - Como comprenderás ya no puedo soportar que me toques - siguió diciéndome Irene, preciosa en su desnudez y con los agujeros llenos de semen de otros hombres - Me voy a casa de mis padres y no deseo verte nunca más. Así acabó esta estúpida aventura. La separación se hizo efectiva al poco tiempo. Yo sigo regentando el bar, los folladores de mi exmujer ya no vienen por aquí y confieso que mi soledad es total. Pasará mucho tiempo hasta que pueda olvidar este momento de locura que me inventé. Seguramente nunca podré olvidarlo. |
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