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Soy una chica de 27 años que, para olvidar un desamor, decidí, este verano pasado, irme a un crucero por el Mediterráneo. Pensé que unos días de descanso en el barco y haciendo el turista, me pondrían como nueva. Físicamente creo que no estoy nada mal. Soy bastante alta y delgada, sin ser anoréxica. Tengo la piel blanca pero el cabello, que llevo largo hasta media espalda, negro como la noche así como mis ojos. Nariz pequeña y labios gordezuelos. Mi culo es pequeño y respingón pero mis tetas no están muy de acuerdo con las otras proporciones de mi cuerpo, pues son grandes, muy redondas, y se aguantan tiesas y firmes. Mi coño, de raja larga, posee unos labios exteriores abultados que se marcan indiscretos, dibujando la forma de mi coño cuando llevo la ropa apretada. Mi ano está completamente abierto, dilatado, ya que mi ex, la razón del porque lo dejé, sólo quería follarme por ahí. No me molesta que me den por el culo pero también me gusta que, de vez en cuando, alivien el hambre de mi coño. El barco era precioso. Precioso y enorme. El camarote, para mí sola, magnífico y con todas las comodidades. Zarpamos a media mañana así que decidí irme a la piscina hasta la hora de comer. Me puse el bikini y salí. No había una piscina, sino dos. Una estaba en la que creo se llama la cubierta inferior y otra en la superior. La de abajo estaba bastante llena de gente así que fui a la de arriba donde solamente había tres matrimonios con sus críos y un caballero mayor. Por tener la piel blanca, como ya he dicho, el sol me la pone como un langostino, así que busqué una sombra y la única zona en la que había era donde estaba tendido el caballero en una hamaca leyendo un libro. Me acerqué, le saludé y él me devolvió el saludo con una amable sonrisa. Coloqué la hamaca y me tendí. Al poco rato el señor dejó el libro en el suelo y cerrando los ojos pareció dormitar. Sin nada mejor que hacer y tras estar contemplando un rato el mar, dejé vagar la mirada por la piscina. Los críos estaban haciendo sus graciosas diabluras bajo la atenta mirada de sus padres. Luego miré al caballero. Era mayor, quizá sobre los 60 años, cosa que dejaba entender su cabello blanquísimo aunque muy abundante, pero no su cuerpo. Llevaba un bañador muy pequeño y la tira del costado era tan fina que, desde donde yo estaba, parecía desnudo por completo. Tenía las piernas largas, nada flacas, y unos muslos musculosos. Una suave curva de la felicidad abombaba levemente su estómago y vientre. Sonreí al darme cuenta de que estaba espiando y valorando a un hombre que podía ser mi padre. En este momento el hombre estiró las piernas. Mi sorpresa fue tremenda al ver el enorme bulto que se le había formado en el bajo vientre. En mi vida había visto nada tan grande. Tenía que ser su polla ya que la pequeñez del slip no permitía suponer que fuera, por ejemplo, un paquete de tabaco. El hombre debía haberse quedado dormido y estaba soñando con algo muy agradable. Nerviosa y avergonzada, me levanté para echarme al agua. Nadé un rato y al final decidí volver a mi hamaca. Apoyé las manos en el borde de la piscina, hice flexión con los brazos, subí y coloqué una rodilla en el borde. Frente a mí estaba el caballero mirándome hasta que, señalando un lugar en el agua, me dijo: - Señorita, el sujetador. Miré hacia donde señalaba y vi, flotando, un sujetador. Instintivamente bajé la vista a mis pechos. En la posición en la que me encontraba, agachada, colgaban completamente desnudos, como dos enormes campanas. Salté al agua, cogí el sujetador, me lo puse y volví a salir dándole las gracias con voz temblorosa. - Gracias a usted, señorita - contestó él sonriendo - No todos los días se pueden ver cosas tan bonitas. Sin contestarle y colorada como un tomate, cogí la toalla y me fui al camarote casi corriendo. Me sentía como una tonta pues no era la primera vez que estaba en una playa en top-less. Quizá fuera la edad de aquel hombre lo que me había cortado tanto. En realidad a mi padre jamás me hubiera atrevido a mostrarle mis pechos. A la hora de comer me puse un vestido corto y vaporoso, de tirantes, y me dirigí al comedor. Todos teníamos una mesa reservada. Busqué la mía, me senté y cuando vino el camarero pedí lo que me gustaba del menú. Al traerme el primer plato, el camarero me dijo: - Aquel señor dice que también está solo y pregunta si aceptaría usted que se sentará en su mesa. Miré hacia donde señalaba, con la cabeza, y vi al caballero de la piscina. Un señor de su edad no era peligroso, pensé. Además tampoco me vendría mal tener un poco de conversación. Sonriéndole, le señalé con la mano, el asiento frente al mío. El hombre se levantó y se acercó a mi mesa. Era alto e iba elegantemente vestido con un traje blanco y un pañuelo rojo al cuello. Al sentarse me dio las gracias y se presentó como Paco. Me lo pasé muy bien con aquel hombre. Tenía una conversación muy amena y divertida. Le dije que me perdonara por mi precipitada huida de aquella mañana pero él, con aquella sonrisa tan agradable, le quitó importancia diciéndome que lo comprendía. Hablamos de todo un poco y así supe que estaba divorciado, que era un enamorado de Egipto y que, siempre que podía, aprovechaba para visitar este país mágico, como él decía. Aunque sólo fuera por dos días, como íbamos a estar en El Cairo con aquel crucero. Al acabar de comer la verdad es que yo no sabía que hacer. No estaba acostumbrada a dormir la siesta y volver a la piscina no me apetecía. Paco me lo solucionó. Dijo que podíamos jugar una partida de cartas, ajedrez o dominó, ir al bingo, bailar o ir a ver una película. Nunca imaginé que en un barco hubiera la posibilidad de hacer tantas cosas. Me decidí por la película. La corrección que en todo momento había demostrado Paco me encantaba así que no protesté cuando, al salir del cine, me cogió del brazo y así fuimos al bar. Entre la conversación tomamos dos copas. Me estaba dando cuenta de que un crucero, a pesar de todas las oportunidades que ofrece para pasárselo bien, puede ser muy aburrido si estás sola. ¿Qué hubiera hecho yo en todo aquel mi primer día si no hubiese encontrado a Paco?. Aburrirme como una ostra. Antes de cenar tomamos un aperitivo, luego la cena con vino y copa. Acabé, con tanta bebida, más alegre de lo normal. La vida me parecía de color de rosa. Acepté ir con él a bailar un rato. Ya en la pista me agarré fuerte porque, al girar, la cabeza me daba vueltas. El apoyaba sus manos en mi cintura y yo apretaba mis gordas tetas contra su chaqueta. Ni por un momento me pasó por la cabeza que entre nosotros pudiera haber nada de sexual hasta que noté algo muy duro contra mi bajo vientre. Como en un relámpago pasó por mi mente la imagen que me había ofrecido en la piscina. La imagen del bulto enorme bajo su slip. Ideas contradictorias se cruzaron en mi mente. Tenía curiosidad por saber como era aquello tan grande y al mismo tiempo me sentía culpable por pensar algo así. Paco solucionó mis dudas cuando, bajando una de sus manos hasta mi culo, empezó a besarme el cuello y los hombros. Y su dureza apretándome el coño. No tardé en sentirme mojada. Cuando, con su boca, empezó a bajarme un tirante del vestido, reaccioné. No lo hice para acabar el juego. Quería seguirlo pero en un lugar más tranquilo, más discreto. - Salgamos fuera - le dije. En la cubierta no había nadie. La noche era preciosa y la temperatura muy agradable. Paco volvió a abrazarme y a besarme cuello y hombros. Logró bajarme, no un tirante, sino los dos. Luego el sujetador. Los dos pechos que había visto aquella mañana quedaron ante él, tiesos, duros y excitados. Mis pezones estaban endurecidos al máximo y cuando su boca atrapó uno de ellos, empecé a gemir. Sabía que era el alcohol el que me había vencido pero no me importaba. Estaba cachonda perdida y además, encontrarme en aquel lugar con los pechos al aire y pudiendo ser descubierta por alguien, aumentaba el morbo. Mientras él me succionaba los pezones, mi mano se acercó a su bragueta. Bajé la cremallera, metí la mano y tras varios movimientos logré sacarle aquella preciosidad. Nunca había tocada nada tan gordo y largo. Estaba durísimo, caliente y su palpitar se correspondía con el de mi coño. Paco me cogió por la cintura y me arrastró tras una barca de salvamento. Su boca se unió a la mía en un beso brutal mientras, con ambas manos, me subía la falda hasta la cintura. Hizo descender mi braga hasta los tobillos. Mi coño quedó libre, chorreando. Me giró, apoyó mi vientre en la barandilla y separándome las piernas noté la presión de su capullo contra mi raja. Gemí cuando aquel ariete comenzó a penetrarme y seguí haciéndolo mientras la penetración continuaba. Era tan gordo que me sentía llena como nunca. Mi clítoris, largo y duro, estuvo continuamente acariciado cuando
Paco comenzó a follarme. Mirando las olas como chocaban contra
el lado del barco, me corrí gritando. Y una segunda vez cuando
una serie de golpes de semen me lo llenaron por completo. Al salir de
mí, Paco se escondió la polla, me ayudó a incorporarme
y a colocarme bien el sujetador y el traje. Luego, cogiéndome de
la mano y sin decirnos una palabra, me llevó a su camarote. Desnudos
los dos, ahora con tranquilidad, le chupé la preciosa verga hasta
ponérsela de nuevo dura. Me folló por el coño y por
el culo, quedando los dos rendidos. Dormimos abrazados, como amantes.
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