A los 22 años, ella sólo había aprendido a masturbarse. También es verdad que no tenía nada mejor a mano. Vivían en una casa aislada y no había ningún vecino aceptable. Pero entonces apareció aquel temporero, un chico joven, atlético y agradable que ella convirtió en sujeto de sus caricias solitarias hasta que él la sorprendió en este menester. Supo conquistarla y le fue enseñando todo lo que ella no sabía, abriéndole los senderos del placer.

Soy una chica de 22 años, vivo con mis padres en las afueras de un pueblecito cercano a Albacete, cuidándome de las labores de la casa y del campo. No creo ser ninguna belleza pero supongo que tengo la gracia y el encanto de la juventud pues, cuando voy al pueblo o a la capital, los chicos no cesan de mirarme y alguno de ellos han intentado ligarme. Yo, por el momento, no me fijaba en ninguno. Era feliz en mi casa, con mis padres, trabajando y durmiendo tranquila, sin problemas. Soy bastante alta, delgada, pechos pequeños, pero de grandes aureolas y tiesos pezones, cintura estrecha, caderas curvilíneas y culito respingón. Tengo el pelo castaño muy claro que llevo cortado casi como un chico y vello del mismo color adorna la rajita de mi coño, virgen hasta que ocurrió lo que voy a contar. Por casa y en verano, suelo ir con falditas cortas y camisetas de tirantes. Por no llevar casi nunca sujetador, ya que no lo necesito, mis pechitos se me marcan totalmente, al igual que mis aureolas y pezones. Como nunca venía nadie por casa y a mis padres no les importaba, así me siento muy cómoda. Antes he dicho que mi coño era virgen pero eso no quiere decir que no conociera el placer de la masturbación.

Lo había descubierto cuando cumplí los 19 y después de ver como nos llevaban un toro semental para que preñara a las vacas. Me excité tanto que, por la noche, recordando todo aquello, me acaricié hasta correrme como una loca. Desde entonces me lo hago muy a menudo. Y en los lugares donde me cogen las ganas. Hacerlo en la cama o en el lavabo es cómodo y placentero pero le falta el morbo que me produce hacerlo en el campo o en los corrales, con el peligro de que mi padres o alguno de nuestros vecinos me descubran. Acabé cogiéndole tanta afición a la masturbación que me pasaba el día pensando en como y cuando me lo haría la próxima vez.

Me inventaba historias para calentarme. Unas que me lo hacía delante de todos los viejos del pueblo, otras que me violaban tres o cuatro desconocidos y así hasta ponerme tan cachonda que, apoyada en un árbol, si estaba en el campo, o en un extremo del corral, me levantaba la falda, me bajaba las bragas hasta las rodillas y mientras me tocaba los pechos, con mi mano metida bajo la camiseta me destrozaba el coño hasta que me corría con ahogados gemidos. Lo que nunca se me ocurrió, por miedo a desvirgarme más que nada, fue meterme cosas dentro como plátanos, pepinos, berenjenas y similares.

Una mañana mi padre, estando subido a una escalera para podar uno de los árboles cuyas ramas habían crecido demasiado, se cayó y se rompió una pierna. Por fortuna no fue nada grave pero tenía que ir mucho tiempo escayolado. Esto hizo que mi madre y yo tuviésemos que hacer todo el trabajo y la verdad es que no dábamos abasto. La solución era contratar a alguien para que nos ayudara mientras mi padre estuviera imposibilitado. Preguntando por el pueblo contactamos con un chico que, precisamente, estaba buscando trabajo como temporero pues, según nos dijo, no le gustaba estar mucho tiempo en el mismo sitio. Se llamaba José, tendría unos 30 años y era de una complexión muy fuerte. Muy moreno de piel, pelo muy negro, ojos también negros y labios gruesos; tengo que confesar que me pareció muy atractivo y varonil.

Lo instalamos en una habitación, con baño, que tenemos montada encima del garaje, donde guardamos el coche y el tractor así como varios aperos de la labranza. Cuando llegó, estuvo hablando con mi padre un buen rato, dándole éste instrucciones de como quería las cosas y luego, mi madre y yo, le mostramos toda la casa, los corrales y la finca. Comió y cenó con nosotros y luego nos fuimos cada uno a su habitación ya que no tenemos tele. Yo me desnudé, me tendí en la cama y cogí un libro. De la habitación de mis padres salía la voz apagada de la radio y fuera había un silencio total. Pensé en José, el primer hombre joven que había estado en casa. Un hombre joven y muy bien formado, mucho mejor que todos los chicos del pueblo. Como siempre, yo dormía complemente desnuda. Dejé el libro, apagué la luz y estirándome todo lo que podía, abrí mis piernas y llevé una mano a mi coño. Iba a masturbarme imaginándome una aventura con José. Al instante lo tuve delante de mí. Estaba desnudo como yo y entre sus piernas aparecía una polla larga y gruesa que me apuntaba. Su mano se posó en mi coño. En realidad la mía. Lentamente me acarició la raja y luego metió un dedo dentro buscándome el clítoris.

Mientras me masturbaba, la otra mano sobaba mis pechos, recorría mis abultadas aureolas y pellizcaba mis tiesos pezones. Notaba como mis músculos se tensaban y como, de mi garganta pugnaba por salir un grito de placer. Me mordí los labios imaginando que era él que me besaba y me corrí revolcándome en la cama, con los muslos apretados y manteniendo la mano en mi coño. Así me dormí.
A la mañana siguiente, a las siete como siempre, me levanté, me puse la bata y me fui al baño. Cuando bajé a la cocina, ya vestida, mi madre había calentado la leche. Era lo que yo tomaba ya que el desayuno fuerte lo hacía sobre las diez.

- Voy al corral - le dije a mi madre - para ver si José tiene problemas.

Cuando llegué donde las gallinas, me lo encontré dándoles el pienso, según lo acordado. Luchaba con el calor como lo hacía yo, es decir con poca ropa. La cosa es que él quizá exageraba ya que únicamente llevaba un pantalón muy corto y las botas. Ahora podía ver aquel torso desnudo, lo moreno de su piel y el dibujo perfecto de sus abultados pectorales, libres de todo vello, los músculos de sus brazos y los de sus gordos muslos. Aquel tío era como una escultura griega, pensé acercándome a él. No dimos los buenos días mientras él, sin disimulo alguno, clavaba los ojos en mis abultadas y tan evidentes tetas. Su mirada no me molestó, al contrario, me excitó. Era agradable que un Adonis como aquel se fijara en una pobre campesina como yo. Estuvimos hablando mientras le acompañaba en todo el recorrido, dándoles la comida a los patos, a los conejos y a las vacas. Luego mi madre le dio un paquete con el bocadillo, él cogió el tractor y se fue al campo.

Me quedé mirándolo mientras sentía en mis entrañas una extraña picazón. Me la hice pasar masturbándome furiosamente mientras los conejos me miraban asombrados. A pesar de que cuando vino a comer, llevaba pantalones largos y camisa, no podía sacarme de la cabeza aquel cuerpo magnífico, lleno de músculos y brillante de sudor. Los tres primeros días me los pasé masturbándome más que nunca. Procuraba verlo con aquel minúsculo atuendo, acompañándole en su recorrido, sentirlo a mi lado, notando como se me tensaba la tela de la camiseta por el empuje de mis erectos pezones y se me mojaba el coño.

Una mañana, la del cuarto día, mi madre me mandó al campo en busca de tomates. Como me gusta andar, cogí el capazo y me encaminé donde tenemos las tomateras. Llegué, llené el capazo. Miré el reloj y pensé que tenía tiempo para removerme el coño. Empecé acariciándome los pechos por encima de la camiseta, luego me la levanté hasta sacármelos al aire. Recorrí mis tetas lentamente, acaricié las aureolas, tiré de los pezones y, ya entre suspiros, me levanté la falda hasta la cintura. Me toqué el coño por encima de la braguita.

Estaba muy mojada. Estuve así un rato hasta que, sin poderlo soportar, deslicé la pequeña prenda hasta dejarla enrollada por encima de mis rodillas. Estar así, desnuda en el campo, con mis tetas, mi coño y mi culo al aire, me producía un morbo tremendo. Comencé a masturbarme lentamente. Quería gozar a tope de aquel placer. Cuando, con los ojos cerrados, ya empezaba a no poder retener mis suspiros, tuve la impresión de que no estaba sola, de que alguien me estaba mirando. Giré la cabeza y allí a unos cinco pasos de mí, estaba José, observándome con una sonrisa en los labios. Asustada, mientras que intentaba bajarme con una mano la camiseta y con la otra la falda. Intenté echar a correr sin acordarme de la braga. La prenda trabó mis piernas y caí al suelo tan larga como soy. Mis movimientos para levantarme, subirme la braga, taparme los pechos tenían que ser muy eróticos y excitantes. José, sin dejar de sonreír, se me acercó, me cogió por un brazo y me levantó como si yo fuera una pluma. Sin soltarme, metió la otra mano entre mis muslos y me agarró el coño por entero mientras me empujaba contra un árbol.

Manteniéndome así, aprisionada contra su cuerpo y el tronco, me soltó el brazo y desabrochó sus pantaloncitos dejándolos caer al suelo. No llevaba calzoncillos y una tremenda verga saltó ante mis horrorizados ojos. Era enorme. Aquella que yo había imaginado en mis noches era una caricatura de su tremenda realidad. Soltándome el coño, me dio la vuelta dejándome de culo hacia él. En el acto noté contra mis nalgas la dureza de aquella barra de carne endurecida, buscando la entrada, por detrás, de mi coñito. Estaba yo tan mojada por los manoseos que antes me había dedicado, que no le costó nada dar con ella. Un empujón y todo el glande estuvo dentro de mí. Grité, grité como si me mataran. Otro golpe bestial, algo se rompió en mis entrañas y grité de nuevo.

- ¡No, cuidado, soy virgen! - le decía yo entre suspiros y sollozos.
- Ya no, muchachita, ya no - replicó él - ¡Que estrecha eres, que gusto da follarte!.

Dos o tres empujones más y la tuve toda dentro. Me dolía, pero al poco rato de follarme, lo único que sentía era un placer impresionante. Me sentía llena por completo y el placer que me embargaba nada tenía que ver con el de mis masturbaciones. Aquello era un placer total, completo, definitivo. Así me corrí por primera vez gracias a una hermosa polla. Estaba abrazada al árbol, algo inclinada, con el culo ofrecido y sintiendo como barrenaban mis entrañas. De nuevo me corrí, con un placer tan intenso como el de la primera vez. Cuando acabé de berrear por aquel gusto inmenso, tuve un instante de lucidez y le grité:

- ¡No te corras dentro, por favor, dentro no... échalo fuera!.
- Tranquila pequeña, que uno sabe lo que se hace - me contestó José.

Estuvo un ratito más entrando y saliendo de mí hasta que de pronto, me la sacó de golpe, de un empujón me hizo caer arrodillada y tirándome del escaso pelo que tengo en la cabeza, me hizo abrir la boca. Metió el capullo entre mis labios y en el acto empezó a eyacular un torrente de semen que tuve que tragar sin poder evitarlo. Ya vestidos los dos, yo permanecía con la espalda apoyada en el tronco de aquel árbol que había servido para lo mismo que le hicieron a aquella vaca que motivó mi primera masturbación. No me atrevía a mirar a José. No estaba enfadada con él, al contrario, le agradecía mentalmente aquellos placeres que me había descubierto.

- Supongo que ya puedo ir pidiendo la liquidación, ¿verdad? - me dijo entonces José - Lo que he hecho es una animalada pero estabas tan atractiva, medio desnuda y masturbándote, que no he podido soportar la excitación. Perdóname, de verdad que lo siento.
- Yo no pienso decírselo a nadie y si tú tampoco dices nada, ¿no sé por qué tienes que marcharte? - le contesté asustada por la posibilidad de perder un tesoro como el que él tenía entre las piernas - Aunque te impongo una condición por haberme prácticamente violado - añadí.
- Lo que sea - contestó.
- Pues que... ¡sigas haciéndomelo! - dije entre carcajadas.

Nos abrazamos, besamos y cogidos por la cintura, como dos novios, regresamos a la casa aunque, cerca de ella, nos separamos para no despertar las sospechas de mis padres. Desde este día follamos a diario. Cualquier rincón de los establos, corrales o del campo, nos iba bien para gozar. Aprendí a chuparle aquella tranca tan enorme, me comió el coño como un maestro y me convirtió, para así decirlo, en una completa y experimentada mujer. Pero todas las cosas buenas se acaban. Mi padre recuperó, afortunadamente, el buen funcionamiento de su pierna y ya no eran necesarios los servicios de José. Cuando mi padre se lo comunicó, él le pidió una semana más para poder buscarse otra cosa y mi padre aceptó ya que todo estábamos, especialmente yo, muy contentos de su trabajo en casa.

- Me gustaría hacerte un buen regalo - le dije dos días antes de que se fuera - Me has hecho muy feliz, te he recibido en el coño y en la boca, ¿quieres también mi culo?.
- Te lo agradezco, eres una chica estupenda y estás muy buena pero dejemos algo virgen para el novio que, sin duda, pronto tendrás - me contestó besándome emocionado.

Lo que si hicimos a continuación fue follar hasta quedar rendidos. Esta es mi historia. Triste hasta cierto punto pero yo ya tenía claro desde un principio, que mi "maestro", hombre inquieto, desaparecería de mi vida.
Lo que nunca olvidaré son sus "enseñanzas".

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