Estaba de vacaciones cuando se encontró con un amigo que hacía tiempo no veía y que le habló de la buena relación que había establecido con una mujer que conoció por medio de un contacto. Quiso presentársela. Se gustaran nada más verse y aquella misma noche, prescindiendo del amigo, realizaron una íntima relación cargada de placer y conociendo él por primera vez lo que era la ninfomanía.

Tengo 46 años, 1,80 de estatura y creo que bastante bien físicamente. Hace un par de veranos, estando de vacaciones en la costa andaluza, coincidí con un amigo separado al que hacía tiempo que no veía. Tras un rato de conversación, me informó que tenía un contacto esporádico con una dama de algo menos de 40 años, separada y muy caliente. Quedamos esa misma noche para tomar unas copas y tras las presentaciones de rigor, fuimos a una discoteca. Paula es una mujer de agradable aspecto. Pelo castaño, 1,70 de estatura, bonita figura y muy simpática pero, sobre todo, con un par de tetas de impresión. Unas caderas redondas, nalgas firmes y bonitos muslos por lo que se adivinaba. No pude evitar fijar mi mirada en su escote, lo que ella percibió de inmediato y pareció no disgustarle, sino todo lo contrario.

Tras una hora, aproximadamente, de conversación comencé a notar que algo se había preparado a mis espaldas. Paula ofreció tomar la última copa en su casa y fuimos los tres con un grado de excitación, por mi parte, superior a lo normal. Ya en su casa y con las copas en las manos, Juan dijo que tenía que marcharse pues al día siguiente salía de viaje pero, dirigiéndose a mí, me indicó que no tuviera prisa y acompañara a Paula tomando unas copas con tranquilidad. Tras la marcha de mi amigo, Paula me indicó que pusiera música mientras ella se cambiaba de ropa para ponerse más cómoda.

Al verla regresar mi polla, ya excitada, iba a reventara Traía un mini camisón azul que apenas le tapaba las nalgas, transparente y bajo el cual se apreciaba un pequeño tanga y nada de sujetador. Sus enormes tetas, apretadas contra la tela, mostraban unas grandes aureolas y también unos grandes pezones erectos. Cuando se sentó en el sofá frente a mí, se desplomaron las pocas reservas que me quedaban sobre la situación y pasé a tomar la iniciativa. La cogí de la mano y tras un jugoso beso, me condujo al dormitorio. Me desnudé aprisa mientras ella se tumbaba en la cama.

Con sólo poner mi mano sobre sus bragas, comprendí el tipo de mujer que tenía a mi lado. Se aferró a mi polla mientras devoraba mis labios. Yo, por mi parte, introduje la mano bajo sus bragas para encontrar un sexo húmedo, abierto y con la mayor maraña de pelo que había tocado jamás. Le llegaba cerca del ombligo y por las ingles casi le tapaba el orificio del culo. A mis primeras caricias, lamiendo sus pezones y tocando su clítoris, respondió con un primer orgasmo y que al no retirar yo mi mano de su coño, se fue multiplicando durante varios minutos. Ella quiso agradecérmelo. Introdujo mi polla en su boca, recreándose con una mamada de gran maestría.

Acariciándome la zona entre los testículos y el ano y sintiendo como su lengua rodeaba mi capullo, que apretaba con fuerza con sus labios, me corrí en su boca. Me concedió no más de cinco minutos para recuperarme y cuando volvió a agarrar mi polla, reaccionó de inmediato. Al sentirla de nuevo con toda su dureza, se montó sobre mí, introduciéndose mi polla hasta el fondo y cabalgándome como una loca. En pocos segundos comenzó de nuevo a encadenar un orgasmo con otro durante bastantes minutos hasta que sintió otra vez mi corrida. Más tranquilos, me condujo a la ducha donde me pidió que le diera jabón en la espalda, operación que yo extendí al resto de su cuerpo notando en su sexo que su excitación no decrecía. Hizo lo mismo conmigo y tras secarnos, volvimos a la cama. Antes de amanecer habíamos repetido la operación al menos cinco veces hasta que consiguió dejarme exhausto.

  volver al menú