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Mi querida Marisa es, sin duda, la mejor amante del mundo con quien he
tenido el placer de follar en toda mi vida. Me pregunto si esto mismo
pueden decir todos los maridos con diez años de matrimonio a cuestas.
- ¡Ven aquí, tontorrón!. Me sacó la herramienta completamente endurecida dedicándose, con picardía y gula, a chupármela, arriba y abajo de mi tallo. Sus sonoros y húmedos lametones y los mordisquitos que me daba en la misma puntita se conjuntaron con la excitante aventura que acababa de contarme, en la sobremesa, vivida con el señor Juan. Eso ya fue demasiado para mi. En un momento me encontré metiéndole y sacándole la polla de la boca, tan pintada de carmín, y poco después emití una oleada de leche que casi a ahogó. Ella chupó mi cipote con avidez inusitada, como no lo había hecho nunca, ordeñándome hasta la última gota de esperma sin la mínima arcada. - ¡Ah, me gusta tanto ahora chupar una buena polla, tan gorda y tiesa! - dijo - ¡Ya sé que antes me repugnaba hacerlo pero ahora me pasaría horas y horas chupándolas y lamiéndolas! - supe que, en particular, se refería a la del señor Juan - Tragarme vuestra leche es algo muy placentero porque nada me sabe tan exquisito... fíjate que cutis más limpio y fino se me ha puesto... y encima tengo el beneficio adicional de que yo también puedo disfrutar a gusto sin el temor de quedarme embarazada, pues ya sabes que, de momento, Juan no desea churumbeles. Marisa no quería follar hasta la noche. Me dijo que se había lavado hacía un instante y que no quería oler a vaca con sus amigas, así que me abroché los botones de mi vaquero. Justo Marisa acaba de irse cuando, para mi sorpresa, vi que Juan se acercaba por el jardín hacia donde yo estaba. Nos dimos las buenas tardes y diciéndome que no sabía que Marisa iba a salir, empezamos el diálogo. - ¿Qué podremos hacer solos, sin Marisa? - me preguntó. No me importa admitir que el solo hecho de pensar que aquella verga, hinchada y tremenda, había estado hacía tan poco tiempo metida dentro de mi Marisa, no hizo otra cosa sino aumentar mi mucho apetito. Me encontré entre sus piernas en cuestión de segundos y le besé el interior de sus muslos con ternura, con profundos avances de mi lengua en sus peludas pelotas. Sentí su pollón hinchándosele y apretándose contra mi congestionado rostro. El aroma de su masculinidad, todavía mezclado con la feminidad de mi esposa, me excitó aún más, si cabe. Le recorrí las nalgas con los dedos y abrí sus piernas para sentir sus grandes huevos contra mi boca. Estiré la mano y le cogí la polla, meneándosela como a él le gusta, hasta que alcanzó toda su dureza. Juan se incorporó en el sofá un poco, apoyándose en las manos y luego me metió firmemente el duro mástil en la boca, como si fuese el tan ponderado coño de mi Marisa. Los movimientos y embestidas que me atizó con la punta de su nabo, fueron demoledores y mi garganta pareció explotar de dolor y de placer, abriéndose como un lirio de agua ante aquella cabezota ferozmente roja que me penetraba hasta darme en los labios con sus gordos cojones. No paraba de bombear su enorme polla, entrando y saliendo de mi hambrienta boca. Mis labios, como pétalos de flor, se abrieron, vencidos, ante su herramienta, húmedos y dispuestos, lo mismo que mi paladar y garganta, mientras yo me retorcía debajo de él a la espera de la cumbre placentera, hacia la que ambos nos dirigíamos con suma rapidez. Su verga me folló por la boca con un ritmo constante y machacón, como un auténtico martillo pilón hasta que se dio cuenta de mis estremecimientos y comprendió que estaba preparado para alcanzar el punto de excitación junto con él. Entonces, aumentó el ritmo de sus movimientos, golpeándome con pelvis, caderas y riñones hasta que me sentí frenético de deseo. - ¡Ahora! - le susurré mentalmente, pues no podía gritar con la boca tan ocupada - ¡Ahora!. Juan derramó una pesada carga de yogourt blanco, cremoso y agrio
en mi interior, al tiempo que su pubis se aplastaba como una maza contra
mis dientes abiertos. Retozamos felices sobre el diván, haciendo
yo inauditos esfuerzos con mi cuello de toro para girar mi cabeza adelante
y atrás, abarcando cada fragmento de esa querida minga que me lleva
a tales alturas de éxtasis. Mentiría si os ocultase que
me gusta tanto o más que el chocho de mi Marisa. Pasé las manos por debajo de su lujurioso trasero, situándoselo así en una posición mucho más ventajosa para las embestidas de mi lengua. Me aplasté contra su ano, con una oreja en cada uno de sus peludos muslos, y la lengua dentro de la amarga cuevecilla marrón. El líquido de mis huevos surgió en una oleada de furia hirviente, le rezumó por la comisura de los labios y sus goterones blancos aparecían, manchando de nieve, el azabache de su barba. Permanecimos tumbados un momento, desprovistos de toda nuestra fortaleza sexual. Pero pronto mis fuegos comenzaron a arder y mi pequeña lengua, en forma de estilete, se abrió camino por entre los mechones de vello masculino que le adornan las nalgas. Continuó su ruta hacia abajo, en dirección a su agujero anal y luego, más abajo aún, hacia su desmayado miembro. El muy bribón no tardó en levantarse de nuevo, tan firme, fuerte, grande y monstruosos como si nunca se hubiera endurecido. Se lo sostuve por el tallo con mis dos manos, sujetándoselo firmemente y rodeando la cabeza morada con la punta, ligeramente dolorida y áspera, de mi lengua. Finalmente abandoné los lametones de sus partes privadas y le dije: - Guárdate, Juan y descansa, quiero que cuando regrese Marisa del paseo con sus amigas, la empales con tu robusta vara. Ella está plenamente receptiva, no te preocupes, gemirá de placer... lo mismo que yo. La mirada de Juan se clavó en el palo de sus ingles. Pronto será de Marisa, pensamos los dos. |
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