Se dedica a la venta de lencería fina. Recorre toda España con su catálogo pero en Valencia tuvo un encuentro tan interesante con un cliente que no se limitó a ofrecerle su mercancía sino que le entregó, con sumo gusto, su cuerpo. Se ven poco pero sus encuentros están cargados de morbo y de placer.

Soy representante de lencería y por tal motivo ando casi por toda España. Mi último viaje fue a Valencia y es en esta ciudad donde he tenido la suerte de encontrar a este hombre maravilloso, más joven que yo, pero que es lo mejor que me ha pasado en toda mi vida. Tengo una clientela fija por lo que yo paso por las tiendas y me hacen los pedidos. Pero aquella mañana tuve la sorpresa de ver que, en una de ellas, me atendía un hombre desconocido para mí. Pregunté por el dueño y el hombre me contestó:

- Ahora soy yo el dueño. He adquirido el negocio no hace mucho.

Entonces me presenté y le empecé a explicar el motivo de mi visita pero al poco rato, él me cortó y sonriendo me dijo:

- El anterior dueño ya me habló de usted y de sus artículos, así que tranquila y ya que me gustan, el pedido lo tiene asegurado y seguiré siendo cliente suyo.

Como ya era casi mediodía, me invitó a un aperitivo diciéndome que por la tarde tomaría nota del pedido que quería hacerme. Yo pensé que el chaval estaba muy bueno, y digo chaval porque para mis cincuenta y pico de años eso es lo que él era para mí. Pero no sólo era yo quien debía estar pensando algo similar ya que notaba que él sentía algo, algo que las mujeres enseguida notamos, y era que yo le gustaba. Se que soy dulce, melosa, romántica pero, sobre todo, que cuando me pongo caliente pierdo la compostura y soy una leona. Como digo, fuimos a un bar, tomamos una copa y quedamos en vernos a las cuatro de la tarde en su tienda para tomar nota de su pedido. Así fue pero como faltaba una hora para abrir la tienda, nos pusimos a ver, en su oficina, los catálogos de esa ropa íntima, tan sexy, que yo llevaba.

El empezó a tomar nota de muchas prendas, haciéndome pensar que me iba a dejar sin existencias. Mientras iba anotando, cada vez se me acercaba más hasta que, señalando uno de los bodys que vio, me dijo tuteándome por primera vez:

- Este te tiene que quedar a ti precioso.
- Me gusta mucho - le contesté - pero su precio se sale de mis posibilidades.
- Te lo regalo - me dijo mirándome muy serio.

Lo miré y sonreí. No tengo por norma aceptar regalos de mis clientes pero ese no me molestó y menos viniendo de aquel chico tan guapo, educado y con una boca que incitaba al beso. Yo estaba bastante nerviosa por su proximidad pero más me puse cuando se pegó a mí por detrás. Su aliento rozó mi cuello y mi chocho hizo aguas. Me incliné un poco sobre la mesa a propósito y mi trasero quedó justo en su paquete. ¡Y que paquete!. Ya no se lo pensó más, me agarró por la cintura y me besó en el cuello y en el pelo.

Me giré y mi boca se pegó a la suya. Nuestras lenguas se enroscaron en un beso interminable y mientras nos besábamos, me sentó en la mesa de su oficina y empezó a desabrocharme la blusa. Mis gordas y turgentes tetas, salieron golosas. Mis pezones erectos invitaban a ser chupados y así lo hizo. Me estaba volviendo loca. Mientras me chupaba un pezón, me amasaba la otra teta y así sucesivamente hasta que, cachonda perdida, le bajé la cremallera del pantalón y cogí una polla gorda, muy gorda. Quería verla, quería chuparla y la quería sentir dentro de mi coño. Todo eso quería yo en aquel momento. El debía querer lo mismo pues me subió la falda hasta la cintura, cogió la minúscula braga que yo llevaba y haciéndola deslizar por mis caderas, con mi ayuda naturalmente, luego por mis muslos y después por mis piernas, me la sacó. Rápidamente se libró del pantalón y luego del slip, dejando aquella maravilla de polla al aire, tiesa gorda y muy dura. Sobre la misma mesa, me cogió las piernas y me las subió hasta sus hombros. Mi coño, en esta postura, quedaba por entero ante él, abierto y chorreante. Apuntó el capullo en mi raja y me pegó un fuerte pollazo clavándomela por entero hasta los huevos.

Quedó unos instantes quieto, bien metido en mis entrañas, dejándome sentir aquella barra que me llenaba por entero. Mientras sus ojos devoraban con deseo mis gordos pechos, empezó a moverse con lentos golpes de mete y saca pero cuyo ímpetu, iba aumentando haciéndolos cada vez más fuertes. Mi placer era ya insoportable. Con mis manos me agarraba las tetas y pellizcaba mis pezones sin dejar de suspirar y gemir. Así nos corrimos como locos sintiendo yo la entrada de su caliente leche en mis entrañas. Cuando terminamos era la hora de abrir y al levantarme noté como el semen de aquel joven macho, me salía de la raja y me mojaba el principio de los muslos. Yo, terminado mi trabajo, tenía que regresar a mi ciudad pero llamé a la empresa y les dije que aún me quedaban tiendas por visitar y que no podría salir hasta el día siguiente. Yo no podía perderme tan pronto aquella verga. Me quedé en un hotel y él vino a estar unas horas conmigo cuando cerró la tienda. Aunque no toda la noche porque está casado y no entra en sus cálculos faltar una noche entera de su casa.

Eso de momento, ya que cuando llevemos más tiempo, seguro que lo engancho para que esté una noche entera conmigo. Como digo, estuvo unas horas pero puedo decir que fueron de locura. Nos pusimos en pelota picada y nos metimos los dos en la bañera que al ser redonda, se podía hacer de todo en ella. Primero, entre besos y lamidas, nos enjabonamos mutuamente por entero, acariciando cada milímetro de nuestra piel. Sus manos me sobaban los pechos, me acariciaban las nalgas y los dedos se metían en mi coño mientras que yo le meneaba la polla y le acariciaba los huevos. Al poco rato, trempando como un semental, me sentó en el borde de la bañera y me abrió bien de piernas. Empezó pasando su lengua por el interior de mis muslos, por mi pipa e incluso por el ano. Esa caricia me hacía gemir de placer y me estaba dando tanto gusto que, cuando tenía su boca pegada a mi coño, me agarré a su pelo y sujetándosela le decía:

- ¡Fóllame el coño con tu lengua... me corro en tu boca... que gusto, mi amor, me partes el coño... oooh...!.

Me corrí en su boca y él se tragó todos mis jugos, relamiéndome el sexo por entero. Entonces, con la polla como un palo de dura, me puso a cuatro patas en la bañera y, por detrás separándome las nalgas, me atravesó el coño. ¡Que placer!.Me folló con violencia. En esta postura yo me notaba más penetrada que nunca. El placer que me estaba dando es imposible de describir. No paraba yo de gemir e incluso de gritar, animándolo para que siguiera perforándome fuerte.

Cuando me corrí creí que me moría del gusto que me dio pero él, sin descanso, seguía follándome hasta que también reventó llenándome por entero con su abundante esperma. Caímos los dos rotos dentro del agua, llena de burbujas, muy felices. Luego nos secamos y pasamos al dormitorio donde, con tranquilidad, le chupé aquella preciosa polla y me tragué, uno a uno sus huevos, hasta lograr enderezársela de nuevo. Ahora quería montarlo yo. Me subí encima de él, le cogí la tranca y, sentándome sobre ella, me la clavé empezando a cabalgarlo. Yo no tardé en correrme de nuevo pero a él le costó más aunque cuando lo hizo bañó mis entrañas con la misma intensidad y cantidad que las veces anteriores. Ahora sí que estábamos los dos derrotados. Estuvimos un buen rato quietos, abrazados y besándonos hasta que llegó la hora de marcharse.

Quedamos en sacarnos un Apartado de Correos para escribirnos ya que al ser los dos casados, telefónicamente no nos es fácil el hablar y así podremos estar en contacto durante el tiempo en que no nos veamos. Estoy contenta y feliz de tener la suerte de haber encontrado este amante tan joven y tan potente. Nos vemos dos o tres veces al año. No es mucho pero cuando estamos juntos merece la pena ya que follamos tanto que todo el estrés acumulado se nos quita, nos relajamos y cargamos las pilas para el tiempo que dure nuestra común ausencia.

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