Tenía por costumbre salir todos los sábados a cenar y tomar copas con su prima. Por casualidad hablaron de una revista, descubriéndose los dos lectores fieles de la misma e incluso colaboradores de la sección de contactos. Pero lo que nunca podían sospechar es que ella contestara un anuncio de él. Al enterarse ya no hicieron falta cartas ni teléfono. Fueron directamente a la cama.

Mi nombre será "J" ya que no quiero que nadie me identifique, pues soy muy conocido en mi ciudad. Tengo 28 años, mido 1,80, peso 83kg y poseo 18 cm de rabo con un considerable grosor. Mi vida sexual es de lo más normal, con algún que otro polvo una vez al mes, poco más o menos. Lo que voy a contar ahora, me sucedió hace un par de meses. Un sábado quedé con Rosa, una prima mía, para salir a cenar y luego de copas, como habíamos hecho otros sábados anteriores. Rosa mide 1,65, es morena, con media melena rizada. Es muy guapa, con pechos algo pequeños pero muy tiesos, un culo bien puesto, piernas largas y muslos prietos. Su coño, como más tarde pude comprobar, es muy peludo y tiene un clítoris muy abultado. Fui a recogerla con mi coche. Nos dimos los dos besos de costumbre en las mejillas y nos dirigimos al restaurante.

- ¿Tienes alguna otra cinta de música algo más marchosa? - me dijo ya en camino - Esta es muy aburrida.
- Coge de la guantera la que quieras - le dije.

No me acordaba que allí estaba tu revista y ella, al cogerla, con cara de asombro y a la vez de pillina, me preguntó:

- ¿Tú también la compras?.
- ¿Cómo que también? - le contesté algo cortado - ¿Es que tú también la compras?.
- Si y he escrito a dos contactos - confesó - Uno no me ha contestado pero el otro, un chico que se ofrecía a parejas y a chicas solas y que es de aquí, del Campo de Gibraltar, me ha contestado dándome su número de teléfono. Pero me da corte llamarlo y aún no lo he hecho.

A todo esto llegamos al restaurante pero nos quedamos dentro del coche hablando del tema. Después de un buen rato la convencí para que lo llamara para quedar esta misma noche.

- Vamos a hacer una cosa - dijo entonces Rosa - Nos vamos a ir a mi casa, allí cenamos y después lo llamamos.

Como ella vive sola, acepté su oferta y nos dirigimos a su casa. Cenamos algo ligerito y nos sentamos en el sofá para que hiciera la llamada. Marcó el número de teléfono e, inesperadamente, sonó mi teléfono móvil que estaba encima de la mesa del salón. Nos quedamos los dos mirándonos, sin decir nada, algo sorprendidos. Me levanté, cogí el teléfono, miré en la pantallita y el número que reflejaba era el de Rosa, mi prima. Dándose ella cuenta, colgó el teléfono y mirándome fijamente, me dijo:

- ¿Eres tú, verdad?.

Se lo confirmé con un movimiento de cabeza. Entonces se levantó, se me acercó y me dio un primer beso en los labios pero el segundo fue más intenso, nuestras lenguas se encontraron y aproveché para pasarle las manos por la espalda e ir bajando hasta su culo, sobándoselo lentamente. Ella, entregada por completo, me desabrochó la camisa y sacándomela se dedicó a lamerme, chuparme y mordisquearme los pezones para ir bajando, a continuación, hasta mi pantalón. Lo desabrochó y me lo bajó hasta el suelo. Mi polla estaba ya polla super tiesa. Agarró con ambas manos mis calzoncillos y, de un solo golpe, tiró hacia abajo. Mi rabo saltó sobre su cara. Sacó la lengua y muy despacio, empezó a lamerme desde el capullo hasta la misma base de los huevos. Comprendí que no era la primera mamada que hacía porque era una maravilla. Estábamos en una postura incómoda, teniendo en cuenta que teníamos toda una casa a nuestra disposición, así que terminé de quitarme la ropa que me quedaba y, cogiéndome ella de la polla, me llevó a su dormitorio.

Allí le quité la ropa menos el tanga que llevaba. La tumbé en la cama y empecé a besarla y lamerla de arriba a abajo, centímetro a centímetro de su cuerpo. Empecé por las orejas, luego el cuello, los hombros y las tetas. Recorrí sus globos, pequeños pero muy duros, lamí y relamí sus tiesos y sonrosados pezones, se los chupé, primero suavemente y luego como si quisiera tragármelos. Ella gemía sin parar, removía todo el cuerpo y abría y cerraba las piernas. Así seguí hasta que llegué a su conejo. A todo eso, ella había tenido un orgasmo, cuyos flujos le habían mojado todo el tanga. Se lo bajé, descubriendo su coño peludo, me tumbé a su lado en la posición del 69 y, a la vez que le metía mi polla en la boca para que me la chupara, le comencé a comer el coño, lleno de su tan reciente corrida, metiéndole la lengua hasta el fondo. De vez en cuando me entretenía en su agujero anal, chupándolo y metiendo algún que otro dedo. Rosa se corrió otra vez tragándome el elixir de su calentura, que me impregnaron por completo la cara.

Cambiando de posición, yo me coloqué de espaldas en la cama e hice que ella se pusiera sobre mí, en cuclillas, alojando toda mi polla en su coño. Cuando la tuvo dentro, haciendo mis cojones de tope, empezó a cabalgarme y a la vez que me follaba, yo le frotaba el clítoris para que el placer fuese doble. Así estuvimos hasta que ella, tras haberse corrido otra vez y colocándose a cuatro patas, me pidió que la jodiera por detrás. Yo había aguantado enormemente mi orgasmo. Mi polla me dolía de lo dura que la tenía. Abrió el cajón de la mesita de noche, sacó un tarro de vaselina y me lo dio para que le untase el culo. Le puse el lubricante en el ano. Le fui metiendo un dedo, luego dos y finalmente tres. Cuando el agujero estuvo bien dilatado, apunté en él mi polla. Apreté y se la fui metiendo despacio. Al principio gritaba de dolor. Sobre todo cuando entró el glande entero. Sin hacerle caso continué con la penetración, retrocediendo un poco y empujando de nuevo hasta que mis huevos chocaron con sus nalgas. Ya dentro de ella, permanecí un rato quieto, acoplando mi verga a tan estrecho canal y dejando que ella se acostumbrara a mis medidas. Poco a poco, a medida que yo le iba dando por el culo lentamente, fue cambiando los gritos por gemidos de placer.

Entonces empecé una follada más fuerte mientras le tiraba de los pelos hacia atrás, como aquel que cabalga una yegua y quiere domarla. Pero no pude aguantar mucho rato. Pegando dos golpes fuertes, me quedé quieto, y me corrí dentro de su culo, soltando una gran cantidad de leche. Cuando la saqué, mi polla estaba morcillona. De su coño le caía todo el esperma del polvazo, desde el culo hasta el coño y resbalaba por los muslos, o sea que quedó toda pringada la muy guarra. Cogió con las manos lo que pudo y se lo pasó por la cara, sacando incluso la lengua para degustarla. Descansamos un poco, después nos duchamos, y tomamos unas copas sentados en el sofá. Íbamos desnudos y estábamos muy cerca el uno del otro. Sentía contra mi carne la suavidad y el calor de la suya, de vez en cuando, mientras hablábamos, ella cogía mi cipote y lo acariciaba lentamente. Buscaba mi boca para darme largos besos y penetraba mi boca con su lengua. Sus caricias y sus besos me excitaron y poco a poco mi polla se empalmó.

Sin dejarla cambiar de postura, me arrodillé entre sus muslos bien abiertos. Llevé mi boca a su coño y comencé una lenta pero muy profunda lamida de bajos. Rosa me acariciaba la cabeza mientras empezaba a gemir. Noté que le venía el placer cuando, agarrándome con dos manos, pegó mi boca a su coño. Su orgasmo fue largo y abundante y, como la primera vez, lo tragué con sumo placer. Como lo que más me gusta es comerme un sabroso coño, a pesar de haberse corrido, continué lamiendo y chupando aquel delicioso manjar. Rosa estaba como loca. Temblaba mientras se iba deslizando hacia abajo en el sofá para ofrecer incluso el agujero de su culo a mi lengua. Me dediqué un buen rato a lamerle toda aquella zona. De vez en cuando llevaba mis manos a sus pechos, se los apretaba y pellizcaba sus pezones mientras mi lengua se introducía tanto en su coño como en su ano. Cuando se volvió a correr lo hizo de una manera salvaje. Lanzó un alarido brutal y se corrió de tal manera que pensé que se había meado en mi cara.

Quedó sobre el sofá como muerta y yo lo aproveché para tumbarla de bruces, dejando sus pies en el suelo y en esta postura, con su culo totalmente expuesto, separé sus nalgas y esta vez sin lubricante, se la enchufé en el ano hasta los cojones. Rosa gemía, sin que yo supiera si era de dolor o de placer. La postura me era muy cómoda para encularla sin problemas. Mi verga entraba y salía de su ano cada vez a un ritmo más rápido. No podía aguantar más, di dos empujones y mis huevos explotaron, soltando toda su leche en aquellas entrañas calientes.
Me quedé un rato tumbado sobre su espalda, con mi verga dentro de su culo y acariciándole las tetas, mientras le besaba el cuello y los hombros. Cuando al final salí de ella, me senté a su lado y así, acariciándola por todo el cuerpo, estuve hasta que fue recuperando las fuerzas. Pasamos toda la noche jodiendo en cada habitación de la casa. En la actualidad nuestra relación es más de amantes que de simples primos.

  volver al menú