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A los 34, Maripe, mi esposa no era una belleza precisamente pero su rostro no tenía una sola arruga, era un óvalo perfecto mostrando entre sus gordezuelos labios, una sonrisa de dientes regulares, perfectos, pero aunque esa sonrisa era de satisfacción, su cuerpecito era una bolita de manteca. Sus dos partos casi consecutivos y su afición a la buena mesa, la habían dejado en un estado, digamos, lamentable. Su amiga Mirentxu, le recomendó a un '"pincha globos", según ella dijo, llamado Fidel, para que la pusiera a punto. - Mira - le dijo - Si tu cara es bonita, él te pondrá el
cuerpo cien veces mejor, ahora estás prominente con tus 62 kg para
tu corta estatura, estás hecha una exageración... gimnasia,
régimen y sauna... te hacen falta. Ya iba siendo hora de obtener resultados. Mi mujer se machacó literalmente en el gimnasio tradicional hasta el aburrimiento. Al final, alzando su dedo y señalando los pechos de mi mujer, Fidel exclamó riendo que la había convertido en "Miss carrocería". Casi me dio algo cuando lo sugirió de aquella manera tan natural y despreocupada. - No soy nada mas que un cuerpo bonito - contestó ella - En realidad, para serte sincera Fidel, ni siquiera eso. Soy lo que se puede llamar mona a una mujer de 36 años, recién cumplidos, me has modelado como mejor has deseado, co el beneplácito de mi marido, pero dejándome a tu gusto Fidel, has sido demasiado inteligente para contradecirnos. Fidel esbozó de nuevo su sonrisa, la que llevaba meses volviendo loca a mi mujer y que planteaba muchas más preguntas que las que ella respondía. Una nueva mirada a Fidel y mis sospechas acerca de Maripe aumentaron. ¿Había ya algo de adúltera en ella?. Fidel es todo lo que yo no soy, en cuanto a cuerpo. Alto, esbelto, arrogante y bastante anguloso. Posee la ágil gracia y fortaleza de un caballo de carreras. Se mueve como un dios griego y enamora a todo el mundo. En especial a Maripe. Con su inmensa aureola de atractivo sexual masculino, mezclado con una sombra pícara de experiencia socarrona. Yo soy bajo, calvo y para expresarlo con claridad, gordo. Cuando Maripe ponía su libido en automático y empezaba a tener fantasías, siempre soñaba con ligar a tíos como Fidel, de cerca de los dos metros, que le pasasen veintitantos años y otros tantos centímetros de verga. Sí, empezaba a gustarme la idea de que Maripe me fuese infiel. Era el "hombre cuchillo" adecuado y capaz de llegar al corazón de Maripe. Recuerdo aquel baile al que fuimos los tres. La gente me miraba preguntándose quien era ese gordo que acompañaba a aquel Adonis de hombre pegado tan indecentemente a una hembrita tan menuda que apenas se apreciaba junto a su inmensa anatomía y que además en vez de tener la edad de esposa, más bien parecía ser una hija. El conjunto de falda y chaqueta, corto y ceñido, que se pegaba al cuerpo de Maripe, era a toda luz descarado y falto de buen gusto para una mujer casada y de cerca de los cuarenta pero lo peor era su melena leonada, casi roja, que parecía estar por todas partes. Su tembloroso cuerpo seguía emitiendo un olor embarazosamente almizclado a pesar de todo un aerosol de desodorante distribuido con mucha generosidad por su pubis y entrepierna. Le ocurría por culpa del "factor Fidel", por aterrador que fuese, y se había excitado como nunca. El sudor y un acre olor a coño, parecía brotar de ella en oleadas. Cuando le bajamos la braga entre los dos y descubrí en que estado se hallaba, casi me desmayé. Nos lanzamos sobre ella, Fidel se deslizó hacia un extremo de la cama y yo me fui hacia el otro. Maripe se dejó caer en el centro, con un hombre a cada lado, protestando, sin demasiado entusiasmo, cuando Fidel le soltó el corchete del sujetador y deslizó un brazo alrededor de su espalda desnuda acercándola a él para darle el primer beso de la sesión. Mientras la experta lengua abría la boca de mi mujer, vi como su otra mano libre se curvaba sobre su teta derecha y su pulgar patinaba por el oscuro pezón. Yo le bajé las medias y las dejé junto con las diminutas y pringadas bragas de encaje. La habíamos desnudado en dos segundos y ella se había limitado a dejarnos hacer. La lengua de Fidel empezó a moverse con desespero dentro de la boca de Maripe y al mismo tiempo los dedos del hombretón sembraron el caos en sus tetitas. Empezó con una y luego siguió con la otra. La apretó e hizo ondular toda la carne de los hermosos senos. Después cogió un pezón con el índice y el pulgar y lo movió, con una habilidad diabólica, entre los dos a la par que me guiñaba el ojo significativamente. Aquellas sensaciones adorables y tan premeditadas, hicieron que la pelvis de Maripe empezara a temblar con un latir de simpatía, poniéndose cachondo su coño. Aquellas zonas se habían convertido en una provincia reservada exclusivamente a la jurisdicción de Fidel. - ¡Preciosa, lo quiero en primer lugar! - murmuró él. Deslizó una mano por debajo del trasero de mi esposa y con toda
la insolencia del mundo, le acarició las nalgas. Sus dedos se desplegaron
y uno de ellos, el medio, se posó justo en la raja de su hermoso
trasero y tras cosquillearle el diminuto agujerito marrón, penetró
en la estrecha galería. Su otra mano se lanzó al ataque
por delante y sus pringados dedos separaron como pudieron los abundantes
rizos púbicos para llegar hasta los tesoros que ocultaba el frondoso
bosque. Con los senos bajo una dulce tortura y el ano soportando aquellas
perversas caricias, el clítoris de Maripe parecía decir: - ¡Por favor, Fidel! - jadeó Maripe cuando él se
apartó de su boca y le puso el hermano "pequeño"
en su manecita de seda. Sin ninguna vacilación y sin pensar en lo que hacía, Maripe
pasó un poco los dedos por el capuchón de la descomunal
verga. Estaba erecta como un trabuco y el color púrpura de su carne
se pericia con claridad. - ¡Que cachonda me la has dejado, Fidel! - susurré como
pude. Pezones, clítoris, boca, pollas, chocho, trasero... Todas las zonas sensibles fueron cubiertas y atacadas y entonces nos corrimos gruñendo obscenidades. El orgasmo pareció durar media hora. Fue mas completo y hermoso que cualquiera de los que habíamos tenido hasta entonces. Aún nos sentíamos palpitar cuando apartamos dedos, sexos y bocas. Pero Maripe dijo sentir unos cosquilleos en el clítoris y en los pezones otra vez. Nos dispusimos a lanzarnos sobre ella de nuevo, ya que nuestros sexos seguían demasiado calientes. Maripe abrió los ojos, nos miró y dijo: - Esta vez solo Fidel, no quiero marido de por medio. La polla de Fidel tenía forma de maza y su longitud cortaba algo
más que la respiración. Salí de la habitación
y me quedé fuera escuchando sus gemidos de placer... |
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