Tenían una buena relación de trabajo. Ella estaba soltera y él casado. No había habido nada entre ellos hasta aquella noche en que todos los empleados fueron de cena. En la discoteca, bailando, ella notó su excitación. Al poco rato, tan caliente como él, le propuso ir a otra parte. La cena de compañeros se convirtió en una cena de "trabajo sexual".

Voy a contaros algo que me sucedió con un amigo, compañero de trabajo y además, casado. Algo que me sucedió sin esperarlo ni tan siquiera soñarlo. Ocurrió el año pasado, en Navidades. Fuimos todos los empleados de cena. Comimos, bebimos y después decidimos irnos todos a una discoteca. Allí tomamos algunas copas y entre risas y bromas noté como Franco, que así se llama este compañero, me miraba fijamente y, prácticamente, me follaba con la mirada. El chico no me desagrada pero jamás pensé que yo pudiera interesarle.

Habíamos hablado infinidad de veces, habíamos hecho broma, desayunado juntos y tomado cafés o copas a la salida del trabajo pero siempre como amigos. Además, si me hubiera interesado, me lo hubiera sacado de la cabeza ya que, como indico más arriba, estaba casado y no me gusta meterme en líos. Yo seguí a mi ritmo, sin hacerle caso, bailando con unos y riendo con otros hasta que se me acercó y me pidió para bailar. Salimos a la pista. Estaba sonando música lenta. Bailábamos muy agarrados. Sus manos me cogían por la cintura, abrazándomela. Sin sitio donde poner mis brazos, tuve que colocarlos en su cuello.

Cada vez se me pegaba más hasta que noté algo muy duro apretarse contra mi bajo vientre. Intenté apartarme pero me sujetaba tan fuerte que lo único que logré fue restregar mi cuerpo contra el suyo. Tuvo que sentir mis gordos y duros pechos pegarse a su torso al igual que yo sentía, aún más fuertemente, aquella dureza contra mi propio sexo. No era mi intención pero todo aquello empezaba a ponerme cachonda. No me atrevía a separarlo de golpe para no armar un escándalo pero tampoco lo hacía porque empezaba a gustarme haber puesto así de excitado a un amigo. Él quizá pensando que mi pasividad era una forma de aceptación, estando así bailando tan pegados, bajó las manos de mi cintura hasta mi culo. Me lo agarró y empezó a sobármelo al mismo tiempo que, pegando su boca a mi cuello, comenzaba a besármelo.

A mí me gustó mucho y lo dejé continuar. Mi coño empezaba a mojarse, mis pezones se habían endurecido y ahora era yo la que apretaba mi coño contra aquel duro bulto de su entrepierna. La verdad es que empezaba a tener ganas de vérselo, de tocarlo. Mientras me besaba y viendo que yo no protestaba, al contrario, que me ponía bien para que continuara, su sobeo en mi culo se hizo más intenso al mismo tiempo que me lo aprieta contra el para que el contacto entre su polla y mi coño fuera aún más íntimo. Cuando en vez de mi cuello, buscó mi boca yo, más consciente que él y apartándola, le dije en voz baja:

- Todos nuestros compañeros están aquí, viéndonos. ¿Quieres que alguno se vaya de la lengua y tu mujer acabe por enterarse de lo que está ocurriendo entre nosotros?.
- Desde que te conozco que me traes loco - me contestó con el mismo tono de voz - No sabes las pajas que me hecho pensando en ti y ahora que te tengo entre mis brazos, que te demuestro lo que estoy sintiendo, me cuesta mucho disimularlo.
- Tú me gustas - le confesé - pero jamás pensé que a ti te interesara hasta el punto de querer follarme, porque... ¿es esto lo que quieres, verdad?.
- ¡Pagaría todo el oro del mundo para conseguirlo! - exclamó muy exaltado mientras las manos que apretaban mi culo parecían quererse meter dentro de mi raja.

- Si, sigues así, sólo lograrás que me corra - le dije sintiendo como los jugos de mi coño traspasaban la braga y me mojaban el principio de los muslos - ¿Qué te parece si nos vamos a un lugar más tranquilo?.
- ¿Eso quiere decir que...?.
- Si - le corté - Me has puesto muy caliente y ya que lo has empezado debes terminarlo.

Volvió a besarme en el cuello, me soltó y diciéndome que nos despidiéramos de nuestros amigos por separado, para no despertar sospechas, con cualquier excusa, nos encontraríamos a la salida de la discoteca. Así lo hicimos. Él pudo decir que ya era tarde y no quería preocupar a su esposa y yo que estaba cansada. Ya en la calle me cogió por la cintura y nos dirigimos hacia su coche, diciéndome que íbamos a un hotel que él conocía. Estuve de acuerdo. Entramos en el coche y de camino al hotel me metió mano bajo la falda. Acarició mis muslos lentamente.

Yo, vencida y ardiente como un volcán, me abrí todo lo que pude. La mano fue subiendo lentamente hasta llegar a la braga. Acarició mi coño por encima de la chorreante tela y luego, separándola, me tocó la raja directamente. Lancé un profundo gemido y, deslizándome hacia abajo en el asiento, me abrí aún más. Los dedos se metieron dentro de mí, entrando y saliendo como si me follaran, hasta que encontraron mi endurecido clítoris. Me lo masturbó insistentemente. Mi placer era insoportable. No paraba de gemir mientras con una mano me acariciaba yo misma los pechos por encima de la ropa y con la otra el interior de mis muslos. Así estuvo hasta que consiguió que, con gritos y gemidos, me corriera por primera vez.

Consideré que el hielo estaba roto, al menos por mi parte. El que mi compañero viera como me corría gracias a sus dedos era como una entrega formal a lo que quisiera hacer de mí. Al llegar al hotel yo ya no podía más. Necesitaba su polla. Nada más entrar en la habitación, con manos nerviosas, nos quitamos la ropa el uno al otro muy excitados. Al ver aquella polla tan tiesa, me agaché y sin perder tiempo en caricias, me la metí en la boca hasta la garganta y se la estuve chupando un buen rato hasta que él, apartándome para no correrse en mi garganta, me cogió, me echó encima de la cama abriéndome todo lo que pudo los muslos y comenzó a comerme el coño, de una manera como nunca me lo habían comido antes. Sus lamidas y chupeteos eran tan intensos, estaban tan bien dirigidos como si conociera los rincones más secretos de mi sexo que me corrí varias veces, tragándose él siempre mis jugos lo cual aumentaba mi excitación y mi deseo de continuar siendo suya, corriéndome, recibiendo su polla en mis entrañas.

Cuando me vio desfallecida pero feliz por las palabras de ánimo que yo le dedicaba, dejó de comerme el coño, me tumbó de espaldas en la cama y abriéndome de piernas acercó su erecta polla a mi coño, que me penetró de un solo golpe, ayudado por mis jugos. Noté el golpear de sus cojones en mi culo y lancé un grito de satisfacción. Entonces empezó a follarme. ¡Y como follaba!. Aquello era increíble. Esa forma de meterme y sacarme la polla, con un ritmo impresionante. Yo estaba en el séptimo cielo. No sé cuantas veces me corrí. Pero lo más sorprendente era su poderoso aguante. Me había corrido como nunca y él seguía dale que dale penetrándome el coño, follándome sin que llegara a derramarse. Cuando se cansó, me la sacó, me hizo tumbar de bruces en la cama y me puso una almohada por debajo de mi coño para levantarme el culo. Le pregunté que era lo que iba a hacer.

- Quiero follarte el culo - me contestó como si fuera la cosa más natural del mundo.

Para mí no era la primera vez pero me asustaba un poco el tamaño de su verga. No obstante no dije nada e intenté abrirme, relajar mi ano, lo más posible. Se colocó encima de mí con su polla apuntando la raja de mi culo. Con una mano se apoyaba en la cama y con la otra me separó las nalgas hasta dejar bien a la vista mi agujerito marrón. Con la postura en la que estaba le bastaba dejarse caer para penetrármelo. Y así lo hizo. Me la metió, de un sólo golpe hasta los cojones. Lancé un grito, más por la impresión de sentirme penetrada analmente de aquella forma, que por el dolor que me producía ya que con lo excitada que yo estaba, no me dolió casi nada. Notaba mi culo abierto al máximo, mi esfínter a punto de reventar, dilatado y cierto escozor, pero me gustaba.

Me folló el culo mucho tiempo. Con los brazos a cada lado de mi cuerpo, los flexionaba haciendo subir y bajar su cuerpo de tal manera que la polla actuaba igual que un émbolo en mi culo. Entraba y salía de mí sin parar, primero lentamente y luego a más velocidad. Mi culo estaba abierto por completo y la polla no encontraba ninguna resistencia en su recorrido. Como pude deslicé mi mano hasta mi bajo vientre. Encontré mi coño chorreante de jugos y logré llegar con la yema de un dedo a mi inflamado clítoris. De esta manera, mientras me estaba dando por el culo yo me masturbaba. Así me corrí gimiendo y comprimiendo el ano, o intentando comprimirlo, contra la estaca que me abría el culo. Al sacármela, me la dio para que se la chupase. Se la cogí entre mis labios y la chupé con tal fuerza, que se corrió en el acto lanzando toda su leche en el interior de mi boca. Tragué toda su leche sin dejar caer una gota y continué chupándosela hasta que él me dijo que parase. Fue una noche que jamás olvidaré.

Nunca creí que pudiera correrme tantas veces. Fue una noche mágica. Desde este día lo hemos repetido alguna vez más pero siempre dentro de la máxima discreción para que nadie pueda irse de la lengua y crear malas vibraciones en su matrimonio.

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