Su intención era realizar una sesión de fotos en una playa desierta pero la sensualidad de la modelo, le encendieron los sentidos y la sesión tuvo que ir alternándose con caricias íntimas y orgasmos. Incluso tuvieron la suerte, para aumentar el morbo y su excitación, que un pastor observara todos sus juegos.

Voy a contaros una de mis calenturientas aventuras con Lola, la exhibicionista muchacha a la que tantas fotografías le he hecho con mi perversa máquina de fotografiar. Ella, es una chica delgadita y con un rostro inocente a la que le gusta mas enseñarme su coño y su culo que comer marisco. Le excita y le produce un gran morbo cuando mi cámara le enfoca un primer plano de su concha, como ella la llama, o cuando abre su vestido para mostrar que nada hay debajo de él, sino su cuerpo. Ni que decir tiene que yo estoy encantado con una modelo de sus capacidades.

En la ocasión que nos ocupa, nos fuimos a la playa, en un lugar solitario y más aún por las fechas en que estábamos. Era un cálido día, a medidos de mayo, y por estas latitudes aún no había llegado el masivo turismo que todo lo cubre e invade. Un lugar llamado la Gola, donde desemboca el río Ter, un lugar de ancha y abierta playa, con montículos formados por unas dunas coronadas con hierbas que las sujetan, fue el escenario que escogimos para nuestra sesión de fotos en la playa. Salimos pasado el mediodía y nos paramos a comer en un restaurante. Había en el comedor pocos comensales y no pasamos desapercibidos. Ella sobre todo.

Llevaba uno de sus acostumbrados vestidos que le dejaban las tetas al descubierto a poco que se moviera. Y es una chica muy movida. Pronto las disimuladas miradas de los comensales estaban más pendientes de sus tetas que de lo que se estaban comiendo. Cuando se levantó para irse al lavabo, se le lió el vestido en una silla y se le levantó lo bastante como para que todos constataran lo que yo ya sabía. Se había "olvidado" de ponerse las braguitas y todos vieron su coñito rasurado. Se lo había rasurado para esta ocasión, pues ella sabe que es así como a mí me gusta para fotografiárselo. Hizo un ademán de cubrirse y cruzó el comedor sonriente, como diciendo:

- ¡Que descuido más tonto!.

Yo ya sospeché que no fue ningún tonto descuido, cosa que después ella me confirmó entre descaradas risitas. Después de comer nos fuimos a una tienda de un pueblo cercano a comprar aceite corporal pues yo quería hacerle fotos con su cuerpo todo untado y brillante. Por fin llegamos a la apartada playa y empezamos a hacer fotos. Estábamos solos y así teníamos toda la libertad de movimiento que queríamos. Para empezar le hice fotografías mientras se quitaba la ropa. La ropa que se había puesto precisamente para poderse desnudar con facilidad. El striptease delante del mar lo hizo al ritmo de la música del cassette que habíamos traído. Sus gestos sensuales y sus movimientos libidinosos empezaban ya a hacer efecto en mí, a pesar de estar muy acostumbrado a ver chicas y sobre todo de verla a ella haciendo sus espectáculos. Como el bañador que me había puesto, me oprimía mi polla que estaba con la dureza que podéis suponer, me lo quité y así tenía libertad para mantener mi erección sin que me molestara. Ella se echó reír por la situación que, sin duda, quedaba graciosa. Un fotógrafo desnudo y empalmado haciéndole fotos a una chica desnuda.

A continuación de la sesión de strip-tease, la hice tumbarse encima de la toalla y le dije que se untara el cuerpo con aceite. Como le encanta que la toqueteen por todo el cuerpo, me hizo hacerlo a mí. Yo no quería, tonto de mí, porque después tenía que tocar mis máquinas de fotos y no quería que se quedaran todas hechas un pringue de aceite pero, al final, accedí. Ella se estiró panza arriba y cerró los ojos. Se dispuso a concentrarse en las sensaciones que le iban a proporcionar mis manos. Y procuré no defraudarla. Unté con suavidad su cuello con mis manos mojadas en aceite. Después eché un chorro encima de su vientre y usándolo de centro de operaciones, mis manos hacían incursiones en todas direcciones. Untaba sus tetas con delicada insistencia, desde la base hasta los oscuros pezones. Sentía en mi mano la suave textura del seno y la rugosa superficie de sus duros coronamientos.

Mis manos hacían largos viajes por sus piernas y se recreaban en la parte interior, allí donde se juntan y donde la carne es muy sensible. Pasaba mis manos por su vientre, bajando en zigzag hacia donde se eleva el monte de Venus. Allí paraba y volvía a subir alrededor del ombligo, sabiendo que ella estaba deseando que mis dedos llegaran y se hundieran en lo más profundo de aquella rajita. De vez en cuando, un dedo alargaba un poco más el paseo y se la rozaba. Veía como asomaba la puntita de su clítoris abultado. Lola hacía gestos con todo el pubis, insinuando el deseo que tenía de sentir introducirse en él algún acariciante objeto. Al fin, mis dedos se aventuraron y recorrieron, superficialmente primero y con un poquitín más depresión después, la longitud de aquella grieta que ya no sé si estaba tan viscosa por el aceite de mis dedos o por sus secreciones vulvares. Por ambas, probablemente. Seguí con mi caricia cada vez más profunda, hasta que metí un par de dedos en lo más hondo que encontré dentro de la raja. Ella se mordió los labios y exhaló un gemido. Abrió los ojos, me miró y me dijo:

- ¡Así, así... sigue, sigue!.

Su respiración se hizo irregular y su cuerpo se agitó al ritmo de mis gestos. Con la mano que no le hurgaba sus interioridades, le acariciaba las tetas y sentía latir aceleradamente su corazón. Gemía y se agitaba. Levantaba su pubis para ayudar a mis dedos en su penetración. Introduje un tercer y un cuarto dedo. Sus suspiros se convirtieron ahora en gemidos de dolor. Me miró y pudo decirme:

- ¡Sigue así... me duele... pero... sigue...!.

En su rostro congestionado apareció una mueca que quería ser una sonrisa pero que casi expresaba dolor.

- ¡Métemela... métemela... quiero tu polla...! - exclamó.

Seguí pajeándola un buen rato todavía hasta que, al fin, su cuerpo se convulsionó largamente, con unos estremecimientos bruscos acompañados de gruñidos casi salvajes.

Poco a poco fue bajando la intensidad de sus espasmos y cambió el rictus de dolor de su rostro por una bella expresión de plenitud, con los labios entreabiertos y los ojos casi en blanco. La besé la boca y la dejé descansar un rato. No fue mucho, el justo de hacerme yo una paja allí mismo, a su lado, mientras ella me observaba. Cuando me hube corrido y ya me tranquilicé, ella se volvió de espaldas y me dijo que le untara el resto del cuerpo. Acabé de pasar mis manos por su espalda y por su culo del que también exploré con detenimiento sus conexiones con las partes delanteras que poco antes explorara. Los dos más tranquilos, nos dispusimos a seguir con las fotos de su brillante cuerpo. Mi erección había desaparecido y podía dedicar toda mi atención a su cuerpo, cosa que no siempre que le hacía fotos me podía permitir, pues la excitación me impedía poner la suficiente concentración en los quehaceres fotográficos. La luz de la tarde se reflejaba en su cuerpo con unos colores dorados que convertían a mi pequeña modelo en una diosa. No le pude hacer muchas fotos con el aspecto tan deslumbrante que tenía a la luz del sol de la tarde porque la arena se iba pegando a su untado cuerpo.

Viendo que no tenía solución, pues al intentar quitarla todavía se esparcía más, opté por hacerle dar un revolcón en la arena con lo que quedó rebozada toda entera con una textura como de piedra. Mientras le hacía fotos con este escultórico aspecto, nos dimos cuenta de que había un rebaño de ovejas pastando donde terminaba la playa. No nos fue muy difícil descubrir camuflado detrás de una duna, al pastor que nos estaba observando. No tengo ni idea del rato que llevaba espiándonos, pero pudo pasárselo muy bien si hacía un tanto que estaba allí. El saber que el pastor nos estaba mirando, espoleó la libido de Lola que ya estaba empezando a cansarse de posar, y le dio nuevas energías. Tumbaba su cuerpo en la arena y levantaba una pierna, mostrando su coño que, en realidad, no llegaba a verse, confundido con la arena y entre sus arenosas piernas.

Tensaba sus miembros y rodaba, se giraba de espaldas y mostraba su culo o se ponía de rodillas con las piernas separadas. Todo para que yo la fotografiara pero en el fondo porque el pastor tuviera una visión lo más excitante posible de ella. Al finalizar la sesión, tuvimos que bañarnos para poder quitarle toda la arena y todo el engrudo que se había formado a base de revolcarse por la playa con el aceite en su cuerpo. Como ya nos habíamos vuelto a animar los dos, ni nos enteramos de lo fría que debía estar. El caso es que yo le hice una limpieza subacuática del coño con mi lengua. Al salir del agua yo estaba otra vez con mi polla hecha un mástil por lo que ella, compadecida de mí, me hizo una suculenta mamada. Siempre bajo la atenta mirada del pastor. Mi corrida se esparció por toda su cara, por lo que tuvimos que ir de nuevo al agua para limpiarnos. Después de recoger todos mis bártulos, nos subimos al coche y fuimos a pasar por donde estaba el rebaño. Lola asomó el culo por la ventanilla en saludo de despedida al pastor. Después se sentó otra vez y le saludó con la mano. Satisfechos con la jornada, Lola y yo ya empezamos a planear, mientras regresábamos a casa, cual sería la próxima salida.

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