Aceptaron la amable invitación del amigo de su hijo para pasar las vacaciones en su casa de Málaga. Ella, a pesar de su edad, es aún una mujer muy atractiva que, sin querer, encendió el deseo del muchacho. Una mañana, pensando que la familia y el amigo se habían ido al monte, fue a la piscina y tomando el sol desnuda tuvo la sorpresa de notar que no estaba sola. El resultado fue el previsible. La juventud y potencia del muchacho obtuvo los favores de la madura mujer.

Me llamo María, tengo 60 años bien llevados pero desde el pasado verano, y gracias a lo que os voy a contar, me da la sensación de que tengo 20 años menos. Decidimos mis hijos, mi nieta y yo, pasar el verano en Málaga. Uno de mis hijos tiene un amigo allí que fue el que, cortésmente, nos dejó parte de su casa para alojarnos. Nosotros éramos cinco pero esperaba aún a más invitados. Al final acabamos siendo unas diez personas. Nuestro amigo José tiene 25 años, no es muy atractivo ni es atlético pero el día de conocerlo comprendí como mi hijo pudo hacer amistad con él. Tenían el mismo temperamento. Extrovertidos, alegres, con un sentido del humor tremendo, decían los mismos tacos y hacían las mismas burradas.

Una tarde estábamos tomando el fresco en la terraza de un bar, cuando se me presentaron los dos con minifalda, dos de mis postizos, pues mis pechos no son muy abultados ya que uso una talla 85-90, y bien pintados. Mi hijo estaba "preciosa" pero José, bueno José hacía girar la cabeza. No es que estuviera mejor que mi hijo, es que llevaba bigote y, claro, le decían burradas de todos los colores. Lo que más me atrajo la atención es que cuando José se sentó, me fijé y no llevaba slip. Debía estar pensando algo fuerte pues estaba muy empalmado. Estuve tentada de hacérselo saber, pero me callé. Aquella visión me gustaba y lo aproveché creyendo que él no se daba cuenta. Me excitaba ver aquella polla tan tiesa y los colgantes huevos. Pero una de las veces que se levantó para recoger su bebida, se acercó y en voz baja me dijo:

- No me mires tanto que se van a dar cuenta. No puedo hacer nada, salvo calmarme un poco pero si me sigues enseñando los muslos lo dudo mucho.

Entonces me di cuenta de que la que no me había enterado de nada era yo. Amparada en mi maxi falda, no recordaba que la llevaba abierta por los lados hasta medio muslo y la brisa me la había abierto más. Creo que enrojecí ya que mi hijo, levantándose, se me acercó por detrás y comenzó a golpearme cariñosamente, como cuando tiene ganas de pelea, diciéndome:

- A nuestro amigo le gustan las maduritas.

Mi respuesta fue, tapándome las piernas:

- Charly, ya soy una vieja, tengo 60 años.

Mi hijo, con rapidez, me destapó de nuevo las pierna, pero tan arriba que también aparecieron al completo mis gordos muslos, y exclamó:

- ¡Sí, pero con un cuerpazo...!.

Ahora fue José el que enrojeció. Había empezado a bajarle la hinchazón pero, al ver mi carne tan expuesta le comenzaba a subir de nuevo por lo que se levantó, cogió un paño de camarero y penetró en el bar. Al rato regresó y me mostró su entrepierna. Se lo había puesto a modo de slip. Parecía un niño grande con pañales.

Al día siguiente se marcharon todos, menos yo, a los montes así que me quedé sola en la casa. El sol daba de plano y como José me había informado de que la piscina estaba llena con agua de mar, hacia allí me fui, me metí y bebí. Efectivamente era salada. Me desnudé y así, desnuda por completo, me puse a tomar el sol. Era cierto lo que dijo José la noche antes. Es indescriptible la sensación de libertad. No se puede decir con palabras. Hay que sentirlo. De pronto tuve la sensación de que no estaba sola. Me tumbé boca abajo, una sombra pasó sobre mi cuerpo y un chapuzón me hizo levantar de golpe. Alguien estaba en la piscina desnudo. Yo estaba de pie sin acordarme de mi desnudez. Cuando al fin asomó la cabeza, comprobé que se trataba de José. Me cubrí a medias con la toalla. El salió del agua sin decir nada. Su polla estaba nuevamente erecta. No era muy grande pero sí ancha y aplanada. Su cabeza brillaba y su punta arqueada le llegaba debajo del ombligo.

Se paró a escasos centímetros de mi, levantó la mano, me agarró por la nuca y sin dificultad me atrajo hacia él. Posó sus labios en los míos y al no encontrar resistencia su lengua me fue penetrando lentamente, acariciando cada milímetro de mi boca, mezclando su saliva con la mía. Sentí como mi toalla caía al suelo y como su polla golpeaba mi bajo vientre. Mis manos acariciaban levemente su espalda hasta que las bajé para alcanzarle las nalgas, que oprimí. Su polla estaba tremendamente dura y palpitante. Sus manos acariciaban mis pechos, endureciendo mis pezones. Luego fue su boca la que, abandonando la mía, me los succionó. Había dado con mi punto débil. Las piernas me flaqueaban. Lentamente fue bajando, lamiendo mi vientre y mi pubis, de vello ensortijado y rubio. Los labios mayores me ardían y al sentir en ellos su templada lengua casi me corro. Sus manos acariciaban mis curvas, mis pechos, deslizaba el canto de su mano entre mis glúteos alcanzando el ano donde presionaba levemente. De ese lado yo era virgen y nunca me planteé el dejar de serlo. Uno de sus dedos comenzó a entrar. Me estaba gustando aquello. Estaba a punto de correrme. Mis músculos se estaban tensando pero él, sacando la mano, me dijo:

- Aún no, luego.

Dejó mi sexo y se metió de rodillas entre mis muslos hasta que su lengua lamió mi ano. Luego se levantó, me hizo inclinar levemente hacia adelante, separó mis glúteos y se dedicó a darme suaves lamidas en el ojete. ¡Que placer!. Era una sensación extraña pero muy agradable. Mi desnudez total al aire libre y un chico joven lamiéndome el culo me estaba dando un morbo como yo jamás pude pensar. Yo, a mis 60 años, sin saber nada de todo aquello. Tras ponerme a cien, me cogió de la mano y me llevó lentamente a la piscina. Nos metimos en el agua y allí, en el lugar en que hacíamos pie, empezó a besarme restregándose lentamente contra mi cuerpo hasta que, apoyándome de espaldas en uno de los bordes y separándome los mulos, sentí como su ariete penetraba en mi vagina hasta alojarse entera dentro. Entonces me preguntó si sabía montar en bicicleta y al decirle yo que sí, añadió:

- ¡Pedalea, no pares!.

Obedecí. Era demasiado y comencé a correrme como una loca. Creo que tuve varios orgasmos seguidos. Casi sin darme cuenta, me la sacó del coño, me giró, me abrió las piernas, se puso en medio de ellas y algo muy duro comenzó a apretarme el ano. Pero no era el dedo.

Me estaba dando literalmente por el culo con su polla. Me dolió mucho cuando el gordo glande abrió mi ano y se metió entero dentro de mí. Mis manos se agarraban al borde de la piscina, intentando abrirme lo más posible para disminuir el intenso dolor que parecía romperme el culo. Él seguía apretando, agarrándome con las dos manos, mis tetas para hacer más presión. Al final toda su polla estaba metida en mi recto. Se quedó unos instantes quieto para que yo me acostumbrara a la presencia de aquel cuerpo extraño y duro dentro de mis entrañas. Luego soltó mis tetas y una de sus manos bajó a mi coño. Al instante sus dedos atrapaban y masturbaban mi clítoris con tal maestría que casi no sentía el dolor del culo. Me agitaba y cuando por fin estaba teniendo el cuarto o quinto orgasmo, el soltó tal andanada de semen en mi recto que casi me desmayo.

Ya más calmados, él se sentó en el borde de la piscina contándome que había regresado por mí, pero que ahora debía volver con el grupo para evitar habladurías. Antes de irse, agradecida por el mucho placer que me había dado yo, aún dentro de la piscina y él sentado en el borde, me acerqué, le cogí con una mano los huevos y con la otra la polla, y le hice una monumental mamada pero cuando se iba a correr, me retiró diciéndome:

- No, espera, esta noche, si quieres, lo repetimos y te la doy.

No sólo aquella noche. Cuando podíamos nos montábamos un encuentro. Fueron treinta días de maravilla, sexo y depravación. Ahora sé que tengo una pollita de 25 años para cuando la necesite si él viene a Madrid o yo voy a Málaga. Gracias por leerme y hasta otra.

  volver al menú