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Soy una mujer casada de 39 años y desde que me uní en matrimonio con Pedro, mi marido, hemos practicado varias veces el intercambio de parejas. Encuentro mucho placer en tener otra polla entre mis manos, en mi boca y en mi coño mientras mi marido, a nuestro lado, goza con otra mujer. Pero a lo que nunca me decidí fue al trío. Una polla distinta cada vez me iba bien pero dos al mismo tiempo me asustaban. Una noche, tras haber tenido una muy agradable reunión sexual con un matrimonio amigo, Pedro insistió una vez más para que realizáramos un trío y precisamente con el hombre que acababa de estar conmigo. - Hemos hablado de ello - me dijo Pedro - y su mujer está de acuerdo ya que ella lo hace con otros hombres. Yo había gozado mucho con Alfredo, este amigo. Tenía una polla larga y gorda, era simpático y dulce, nada violento. Pero seguía asustándome la idea de dos hombres a la vez conmigo. La razón era muy clara, mi culo era virgen. Jamás había permitido a mi marido ni a ninguno de mis amantes ocasionales que me lo penetraran. Si aceptaba estar con dos machos estaba segura de que uno de ellos, aprovecharía mi entrega, mi placer, e intentaría romperme el ano. - Pruébalo - insistía mi marido - Me juego lo que quieras
a que te gustará. A la mañana siguiente llamó a Alfredo y montó la reunión para el siguiente sábado por la noche. Vendría a cenar y luego haríamos lo que fuera conveniente. Yo no estaba nerviosa, Alfredo me había follado ya cuatro veces y la verdad es que era como de la familia. Por dicho motivo, para calentarnos ya de entrada, me puse como única vestimenta, además de los zapatos de alto tacón, un corto y transparente picardías. Debajo nada, absolutamente nada. Cuando llegó Alfredo, nos besamos en la boca, alabó, como siempre hacía, mi belleza y pasó al salón donde se encontraba mi marido preparando el aperitivo. Alfredo y yo nos sentamos en el sofá y, al poco rato, sus manos estaban recorriendo mis muslos con suavidad llegándome, de vez en cuando, hasta los pelos de mi chocho. A pesar de mi experiencia con Alfredo, la situación no era la misma. Mi marido nos miraba sonriente en vez de preocuparse, como las otras veces, de la mujer de nuestro amigo. Ahora yo estaba sola con los dos, con la copa en una mano, Pedro se sentó también el sofá, al otro lado de mi cuerpo. Entre sorbo y sorbo, las manos de los hombres no paraban de sobarme hasta que, casi sin darme cuenta, mi picardías desapareció y me encontré desnuda entre los dos. Los dedos de Alfredo acariciaban mi coño y la boca de mi marido se ocupaba de mis tiesos pezones. Al poco rato yo estaba tan caliente que, por primera vez en mi vida y contra mis anteriores deseos, necesitaba tocar, sentir, las dos vergas. Apoyé mis manos en sus braguetas, apreté las dos varas que ya estaban muy duras y, bajándoles la cremallera del pantalón, se las saqué al aire libre. Las conocía bien, las había masturbado varias veces, chupado hasta hacerlas eyacular en mi boca y me habían hecho orgasmar teniéndolas en el coño. Me incliné hacia la de mi marido, lamí su punta y luego
me la tragué la mitad, empezando a mamársela lentamente.
En este mismo instante, Alfredo también se vació, llenándome
ahora el coño con su no menos abundante crema. - El hermano soltero de Alfredo, Julio, al que ya conoces de vista, sabe de los encuentros que tienen Alfredo y su mujer con nosotros - me dijo entonces mi marido - Alguna vez nos ha dicho de participar, si te atrevieras a hacer un trío. ¿Qué te parece si lo llamamos y le invitamos a café?. Miré a mi marido sorprendida. Lo del trío había estado bien, muy bien, pero tres para mí sola ya era una orgía. Si aceptaba volví a temer por mi culo, pero también me excitaba la idea de tener tres pollas para mí. Si con dos había gozado de aquella manera, con tres podía ser mortal. - De acuerdo, pero de mi culo nada - dije - Ese seguirá virgen. Sin contestarme, mi marido se levantó, cogió el teléfono y habló con Julio. Cuando terminamos de cenar y estaba sirviendo el café en el salón, llamaron al timbre de la puerta. - Por favor, ve a abrir - me dijo Pedro. Me miró, de arriba a abajo con sorpresa pero también con admiración. Entró, cerró él mismo la puerta, me dio dos besos en las mejillas y me dijo: - Sabía que estabas buena pero nunca imaginé que tanto. Y tampoco que salieras a recibirme así, tan dispuesta. ¡Que tetas, que coño, que culo... que bien lo pasaremos!. Agradecí sus piropos y entramos en el salón. Al ver en pelotas a su hermano y a mi marido, sonrió y al instante estaba como todos. Me sorprendí al ver su polla. Era tan larga como las de mis otros dos machos pero mucho más fina. Serví el café y mi marido me hizo sentar en el sofá entre los dos hermanos. Alfredo me sobaba con su habitual dulzura pero Julio, que por fin me tenía como deseaba, parecía querer recuperar el tiempo perdido. Con sus manos me sobaba entera, con su boca me besaba toda, lamía mis orejas, mi cuello, hombros, mis pezones, los chupaba, apartaba la mano de su hermano cuando llegaba a mi coño y al final consiguió ponerme a cien. Esta vez me incliné hacia Alfredo, agarré su verga con una mano y con la otra sus colgantes y gordos huevos, y empecé a chupársela mientras Julio, por detrás, seguía entretenido en masajearme los pechos y acariciarme la ya muy humedecida raja de mi coño. Así me corrí atragantándome con la polla de Alfredo en mi garganta pero más me atraganté cuando, sin avisar ni esperar a que me calmara, la fina verga de Julio me penetró el coño de un solo golpe empezando a follarme como un loco. Su brutal acometida hizo que mi orgasmo se alargara, o quizá fuera otro que me empalmaba con el primero. La cuestión es que nunca me había corrido tanto rato no con tanta intensidad. Incluso tuve que dejar de chupar la de Alfredo para notar intensamente aquel placer tan brutal. Cuando Julio vio que iba a correrse en vez de hacerlo dentro de mí, como se había hecho siempre, me la sacó y noté como su lechada me llenaba las nalgas y los riñones. Era una sensación extraña pero muy agradable. Tanto que me corrí otra vez mientras, ahora Alfredo, me llenaba la boca con su esperma. A una voz de mi marido y sin dejarme reponer, me colocaron de espaldas sobre el sofá, cada uno de los hermanos me aguantó una pierna, abriéndomelas al máximo y entonces fue mi Pedro el que, puesto entre ellas, me la clavó en el coño empezando a joderme como nunca lo había hecho. - ¡No sabes lo que me excita verte follar con otros hombres! - me decía mientras entraba y salía de mí con furia y los otros me sobaban las tetas, pellizcándome los pezones - ¡Te he visto gozar como nunca pero no te preocupes, me das tanto placer que voy a regalarte el coche!. Yo le oía entre nubes pues me estaba corriendo. Era increíble lo que estaba gozando. Me dolía todo el cuerpo pero quería más, quería sentir mi cuerpo lleno de leche de macho. Agarré las vergas de los dos hermanos y las fue chupando y lamiendo alternativamente mientras mi marido seguía golpeándome el coño, haciéndome correr casi sin parar. Cuando, por fin, Pedro se vació en mis entrañas, me dejaron descansar. Tomamos, yo un refresco y ellos unas copas. Hablamos de lo sucedido y mi marido, ahora con más tranquilidad, me confirmó lo del coche. Le besé en la boca, metiéndole la lengua hasta la campanilla mientras le masturbaba la arrugada y pegajosa polla. De nuevo estaba yo en el sofá, sentada entre los dos hermanos mientras mi marido permanecía en un sillón frente a nosotros. Pero lo suficientemente cerca para que mi mano llegara a su verga. Me entretuve un rato en acariciarlas las tres hasta lograr que se pusieran de nuevo bien tiesas. Me sentí muy orgullosa de ser una mujer tan caliente y de haber descubierto que tres pollas son mucho mejor que tres. Sonreí para mis adentros pensando que quizá cuatro aún lo fueran más. De pronto otra idea me asaltó. Mientras masajeaba aquellas pollas la medité con calma y al final decidí ponerla en práctica. Ahora o nunca, me dije. Hice poner a mi marido tendido en el suelo, sobre la alfombra, con su gorda polla bien tiesa, apuntando al techo, me levanté y colocando un pie a cada lado de su cuerpo, me fui bajando hasta que la verga tocó mi coño. Me separé los labios con ambas manos y seguí sentándome hasta clavármela por entero. Bien metida en mis entrañas, alargué la mano y tirando de la de Alfredo lo hice arrodillarse delante de mí. Me incliné y me la tragué, empezando a chupársela lentamente hasta que obtuve su máximo grosor. Entonces me la saqué, miré a Julio y le dije: - Cuando esté chupando la polla de tu hermano mi culo quedará libre y espero que le des oportuna respuesta... lo tengo virgen pero creo que tu polla, la más fina de las tres, me hará menos daño. La polla de mi marido al oírme, pegó un bote dentro de mi coño, le miré a los ojos sonriente y cogiendo la de Alfredo comencé a mamársela esperando, con cierto temor, la enculada de Julio. Este, afortunadamente, no tuvo prisa. Primero se entretuvo en lamerme las nalgas, luego la raja y al final el ano. Su lengua relamía todo mi ojete proporcionándome un raro placer que me hacía distender, inconscientemente, aquel agujerito. Luego metió un dedo. Esta penetración, nada dolorosa, junto con las pollas de los otros dos en mis entrañas, me hizo lanzar un suave gemido. Julio se entretuvo en penetrarme el culo con aquel dedo hasta que metió dos. Tampoco dolía pero me sentía llena. Entró y salió, enculándome con ellos, un buen rato hasta que metió tres. Entonces gemí. Mi marido, al oírme, comenzó a levantar el cuerpo para hacer mover su verga en mi coño. Aquello anuló el leve dolor, cosa que aprovechó Julio para meterme, ahora, su fina polla. Me hizo daño, eso si, pero mucho menos de lo que yo esperaba. Grité, eso también es verdad, pero más de la impresión de tener algo metido en el culo que no por el sufrimiento que me causara. Ahora era el bocadillo perfecto, un bocadillo en el que yo era el relleno para tres hermosas vergas que me follaban al mismo tiempo. No sé las veces que me corrí antes de sentirme llena de leche por mis tres agujeros. La reunión fue un éxito y como es natural, la hemos venido repitiendo muchas más veces. Abierto mi culo, tanto Alfredo como mi marido, y no digamos Julio, gozan de él tanto como de mi boca y de mi coño. Además tengo un cochecito precioso, a pesar de haber perdido la apuesta. Mi marido es un sol y cada día lo quiero más. |
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