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Soy un chico de 25 años, mallorquín por los cuatro costados y trabajo como administrativo en una empresa dedicada a la carpintería metálica. Deseo contar una experiencia que estoy viviendo y que creo puede ser de interés. Todas las mañanas voy a desayunar al mismo bar desde hace unos cinco años, el tiempo que trabajo en esa empresa. Está regentado por un matrimonio de unos 45 a 50 años y por su hija de 22. La chica, Cristina, es un auténtico bombón. Casi tan alta como yo, que mido 1,78, piel blanca pero pelo negrísimo que lleva cortado a lo chico, enmarcando un rostro ovalado de facciones suaves, ojos negros siempre sonrientes, nariz respingona y labios gruesos y delicadamente dibujados. Su cuerpo es como una palmera, de esos que serpentean al andar, moviendo unas caderas marcadas que dibujan un culo pequeño pero muy salido, sobre unos muslos muy largos, así como las piernas, y de un diseño perfecto. Los pechos son menudos pero se marcan como dos duras manzanas bajo la blusa blanca que suele llevar. Su carácter es muy alegre y enseguida, al igual que con sus padres, hicimos una buena amistad. Bueno, con quien primero la hice fue con María, la madre. María es una mujer de unos 45 años, alta como su hija pero con un cuerpo totalmente distinto. Se puede decir que está redonda y eso que tiene tan poco pecho como Cristina. Pero el resto de su cuerpo es como una bola. La primera vez que entré en el bar ya me demostró más interés que a los otros clientes. Cuando hablaba conmigo me cogía del brazo o de la mano, me daba golpes con su salida barriga o con las caderas e incluso alguna vez colocaba su mano en mis muslos y apretaba. Yo no tengo nada ni contra las gordas ni contra las maduras pero la belleza de la hija me impedía fijarme sexualmente en María. Además me consideraba amigo de su marido y no me parecía correcto meterle cuernos. No es una chulería mía ya que estaba convencido, como el
tiempo me demostró, que la señora tenía ganas de
mí. - Esta noche mi marido acompañará a mi hija al médico
y estaré sola. ¿Por qué no vienes y charlamos un
rato?. No quise saber más pero acepté volver por la tarde cuando saliera del despacho. A las siete y cuarto estaba allí, hablando con ella hasta que, dirigiéndose al camarero le dijo que se iba arriba al despacho pero que no la molestara nadie pues tenía que pasar unas cuentas en limpio. Cuando el camarero se fue a servir una de las mesas, ella me dijo en voz baja: - Vete a la escalera de al lado, sube al principal y espera a que yo llegue. Allí tenemos el despacho. Pagué y me despedí, pero hice lo que ella me indicaba. A los dos minutos llegaba ella. Abrió la puerta y nada más cerrarla a nuestras espaldas, se me colgó del cuello pegando sus labios a los míos en un beso que demostraba la furia sexual que la mujer llevaba en el cuerpo. Mientras nos besábamos yo acaricié sus redondas formas. Mejor sería decir su única y curvilínea forma ya que pechos, estómago y vientre era una sola curva, así como espalda y culo. Cuando nos separamos para respirar, ella misma se fue desabrochando la bata que llevaba dejándome sorprendido. Debajo no llevaba nada, absolutamente nada. En un segundo la tuve completamente desnuda ante mí. Era una bola de carne pero no estaba tan mal como imaginaba. Gorda sí pero no celulítica. Su piel era lisa y suave, sus tetas, pequeñas como he dicho, se aguantaba muy firmes y mostraban unos pezones largos y muy tiesos. La besé en los hombros y pechos al tiempo que ella me desabrochaba el cinturón y los pantalones dejándolos caer. Luego me bajó los calzoncillos y mis 18 cm de polla saltaron ya completamente erectos. No me dio tiempo a nada. Se arrodilló y metiéndosela en la boca, empezó a mamármela como si la necesitara para seguir viviendo. De vez en cuando me la sacaba y me decía: - No sabes como necesitaba una polla, tu polla... mi marido no me llena,
lo hacemos una vez al mes si hay suerte... mi coño está
necesitado de leche... y tú me lo vas a llenar con la tuya, ¿verdad?. Al oírme paró en seco y nos dirigimos a un sofá que allí había. La hice sentar y ahora yo me arrodillé entre sus muslazos después de separárselos. Para verle el coño tuve que levantar un grueso pliegue de carne. Lo tenía muy poco peludo y su raja, abultada, aparecía claramente. Pasé la lengua por sus labios. Ella lanzó su primer gemido. Seguí lamiendo y animado por sus grititos, gemidos y palabras incomprensibles, comencé una auténtica y seguida comida de coño que la llevó a los pocos minutos a una corrida brutal que me dejó toda la cara mojada como si me hubiera duchado. Dejé que se calmara un poco pero cuando se la iba a meter en el coño, ella me dijo: - No, así no, como más me gusta es por detrás, como las perras... ven, vamos a la mesa. Se puso de bruces sobre la mesa del despacho y me ofreció su redondo trasero. Separé sus muslos, luego sus nalgas, admiré el pequeño agujero de su ano y los gordos labios de su coño. Apoyé mi polla en ellos y entré de golpe hasta los cojones. Era como si una aspiradora se la hubiera tragado entera. Me la follé despacio. Me excitaba mucho verla así, entregada e indefensa. Acaricié aquella carnosa espalda, los muslos y las nalgas mientras ella no paraba de gemir removiéndose entera. No tardé en sentir que me venía y aceleré el ritmo de la follada. María gemía cada vez más fuerte hasta que, con voz entrecortada, exclamó: - ¡Ahora, sí, ahora... dame tu leche... dámela toda en el coño que me corro... quiero correrme contigo... dámela ya... sí, sí... oooh.. que gusto... sí, me corro...!. La complací con mucho gusto y nos corrimos los dos a la vez gimiendo. Nos quedamos así, quietos, un rato. Cuando nos separamos ella, besándome cariñosamente en la boca, me dijo: - Detrás de esta puerta hay un lavabo por si quieres lavarte. Yo no lo haré hasta llegar a casa, quiero conservar tu leche en mi coño y en mis muslos. Mientras yo me lavaba la polla ella se puso la bata. Luego lo hice yo. Despidiéndome de ella salí a la calle y me fui a tomar una copa a otro bar ya que el suyo estaba cerrado. Pensé en lo sucedido. Lo sentí por el marido pero la verdad es que yo había gozado mucho y si se me ponía nuevamente a tiro, repetiría sin ningún remordimiento. Todo esto ocurría la noche de un viernes por lo que no volví al bar hasta la mañana del lunes siguiente. Noté que los padres y la hija tenían las caras muy largas. Pregunté a Cristina que ocurría y me dijo que nada. Cuando lo pregunté al padre me contestó con evasivas. La madre fue la única explícita. - Ya te habrás imaginado que lo de la rapidez de la boda de mi
hija fue porque todos pensábamos que se había quedado embarazada.
Todos los síntomas así lo indicaban pero la última
visita al médico, el día en que tú y yo, ya sabes,
se demostró que había sido una falsa alarma y... Miré a Cristina con pena pero también sintiendo renacer mi deseo hacia ella. Ahora no había marido de por medio. Aprovechando un momento en que ella estaba cerca de mí, en la barra, le dije que su madre me lo había contado todo y que lo sentía mucho. - Si puedo hacer algo por ti... - le dije. A las siete y media no hizo falta que entrara en el bar a buscarla. Ya
me esperaba en la calle. Entramos en mi coche y la llevé a un bar
para tomar unas copas. Estaba preciosa, con una blusa blanca bastante
escotada y una mini tan mini que mostraba casi al completo sus hermosos
muslos. Encima una levita negra. Procuré hablar de todo menos de
matrimonios. Conseguí hacerla reír y cogidos del brazo,
entramos en el restaurante. Luego la llevé a una discoteca. Bailamos
todos los lentos, muy pegados el uno al otro. Con los rápidos nos
sentamos y hablamos. - Siempre me has gustado - le dije al oído - ¿Lo notas?. Incliné un poco la cabeza y mis labios rozaron los suyos. Ella apretó mi nuca con sus manos y el beso se convirtió en un apasionado morreo que casi me hace correr allí mismo. Con mis manos recorrí aquel cuerpo perfecto hasta que ella me dijo que nos fuéramos. No tenía donde llevarla pero tampoco me dio tiempo a preguntárselo pues nada más entrar en el coche me abrazó y mientras nos dábamos otro morreo, una de sus manos comenzó a bajarme la cremallera del pantalón. Cuando me sacó la polla, la miró y sonrió. Me la pajeó unos instantes y luego, agachándose, comenzó a lamerme el capullo. Al metérsela en la boca y empezar la mamada, yo le subí la faldita hasta la cintura. Llevaba pantis, cosa que odio, pero de esos que van provistos de dos agujeros, uno en el coño y otro en el culo. La sorpresa fue comprobar que no llevaba bragas. La impresión de poderle tocar el culo a lo vivo fue tan grande que, sin poder evitarlo, me corrí en la boca de Cristina, llenándosela de leche que ella tragó sin la menor dificultad. - Lo siento - le dije. Lentamente le fui desabrochando la blusa. Tampoco llevaba sujetador y la verdad es que no le hacía ninguna falta. Sus pechos, pequeños, se aguantaban perfectamente. Los pezones eran pequeños y muy sonrosados. Llevé mi boca a uno de ellos y lo chupé mientras con la mano, acariciaba su coño, también de poco pelo pero de raja fina y suave. Cristina mantenía los ojos cerrados, dejándose acariciar. Me sentía el hombre más feliz del mundo. Por fin tenía a la chica que más había deseado en el mundo, desnuda y abierta para mí. Seguí masturbándola lentamente sin dejar de mamarle las tetas hasta que, con un pequeño suspiro, noté, por como quedaban mis dedos, que se había corrido. Todo ello había despertado en mí de nuevo toda la excitación necesaria para que mi polla empezara a reaccionar. Cuando la tuve tiesa le dije de pasar a la parte trasera del coche. Sin contestarme abrió la portezuela y así como estaba, con la blusa abierta, la falda en la cintura y los pechos, culo y coño al aire se metió atrás en el vehículo. Me senté a su lado con la polla mirando al techo. Ella se giró, colocó sus rodillas a cada lado de mis muslos y cogiéndome la verga se fue sentando sobre ella muy lentamente hasta clavársela entera en su pequeño pero muy caliente coño. - ¡Como la siento... me llena entera... me abre el coño... oooh... que gusto... es como si me follaran por primera vez... que gorda la tienes...! - no paraba de exclamar. Ella misma me cabalgaba, primero despacio y a medida que le iba entrando el gusto, a más velocidad. Tenía la cabeza, para no golpearse contra el techo, apoyada en mi hombro y yo le besaba las orejas y la boca cuando ella se giraba. Debido a mi tan reciente corrida, mi aguante era estupendo así que Cristina pudo correrse dos veces antes de que yo lograra descargar la leche de mis huevos en tan precioso estuche. Desde este día hemos salido repetidas veces y no descarto que en un futuro no muy lejano, la cosa acabe en boda. No me he tirado más a la madre pero ella, al conocer la relación que mantengo con su hija, lo ha comprendido. |
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