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Me llamo Jordi, tengo 40 años y mi mujer, Claudia, tiene 35. Nuestra relación de pareja era, en lo sexual, sumamente aburrida. La relación que, inicialmente, fue excelente, se había sumergido en un océano de monotonía. Sabíamos que la ruptura estaba cercana. Todo hacía presagiar que de un momento a otro, la pareja haría aguas, como consecuencia de la insatisfacción sexual de ambos. Este era el panorama hasta que se me ocurrió alquilar en un video de tema sádico, aunque suave. Una mujer, caracterizada de Ama dominante, arrancaba secretos a políticos, y dignatarios para venderlos. La protagonista se dirigía a nosotros, los espectadores, como su cuadra de esclavos y protagonizaba dos danzas eróticas de esas que logran poner a cien tanto a hombres como mujeres, sin excepción. Mientras la chica bailaba, noté como Claudia, mi mujer, ponía expresión de estar caliente y eso se confirmó cuando deslizó su mano por mi entrepierna y apretó mi duro miembro hasta causarme una sensación de placer doloroso que jamás había experimentado. Ese fin de semana metimos imaginariamente a esa dominadora en nuestra casa y disfrutamos sexualmente hasta unos niveles que hicieron aflorar nuestras caras ocultas y nos produjeron una inagotable sucesión de orgasmos y de éxtasis frenéticos que nos hicieron descubrir un tesoro pasional hasta entonces ignorado. Ese frenesí sexual se prolongó a la semana siguiente y poco a poco, cada uno de nosotros fue asumiendo el rol que ahora nos mantiene profundamente atraídos el uno por el otro. Claudia, mi adorable mujer, es mi diosa, mi Ama y yo su esclavo sumiso, disciplinado y entregado. El jueves siguiente decidimos ir al teatro y al salir del espectáculo, una vez en la calle, mi esposa decidió, en su papel de Ama, que debíamos ir a tomar una copa a una discoteca. La propuesta me sorprendió ya que, hasta entonces, no era partidaria de acudir a este tipo de divertimentos. No obstante, acepté encantado. Claudia estaba radiante esa noche. Hizo desaparecer su pudoroso vestuario habitual y lo sustituyó por otro extremadamente sexi e incluso descarado. Estaba muy provocativa y yo lucía una erección superlativa. Mi erección se acrecentó hasta límites placenteramente dolorosos cuando, ya en la discoteca, Claudia puso sus ojos, descarada y lascivamente, en un joven mulato, guapo y corpulento, que estaba en la barra, junto a nosotros. El chico, convencido de que mi mujer era una buscona necesitada de macho, inició entonces una ofensiva a la conquista de mi Claudia, que me dejó de piedra. Ambos, mi esposa y aquel tiarrón, se transmitían, con sus miradas, un irrefrenable deseo recíproco. Y los dos parecían ignorarme. Era como si yo no existiera. La escena acabó como cabe suponer. El mulato se aproximó a mi mujer y tras decirle algo al oído, se la llevó a la pista, a bailar. Claudia parecía estar en celo ya que, nada más ser estrujada entre los brazos del mulato, se entregó a él con una lascivia que nunca pude imaginar en ella. Incrustada en el corpachón de su conquista, mi expuritana pareja, introdujo su lengua en la boca de aquel tío en un gesto definitivo de lujuria. En la discoteca, al ser jueves, había solo un par de parejas, de manera que el espectáculo podía ser contemplando por todos. Dos chicos, que también andaban por la barra, se solazaban con la zorra de mi mujer y percatados de la situación, me miraban burlonamente. Me habían visto llegar con Claudia y habían seguido de cerca la jugada en virtud de la cual mi acompañante, pasando olímpicamente de mi, se entregaba como una hembra hambrienta de macho a aquel chico, mucho más joven y atractivo que yo. - Ese es uno de esos cornudos consentidos que, incapaces de satisfacer a su mujer, viene a la discoteca para entregarla al primer macho que quiera follársela - uno de ellos le dijo al otro - Fíjate que puta es su mujer, a esta le hacen falta, al menos, dos o tres pollas diarias. Mi vergüenza y mi humillación solo eran comparables a mi excitación. Mis pantalones estaban ostensiblemente mojados. Pero la situación aún pasó a más. Mi mujer y su macho se separaron. El se fue a los lavabos y Claudia retornó a la barra. La muy zorra me sonrió abiertamente, tomó su copa y tras propinarle un par de tragos, me dijo: - Voy al lavabo pues el mulato me espera allí, tú espera unos segundos y sígueme, estaremos en el de mujeres y dejaré la puerta entreabierta para que veas como tu mujer despacha una polla superpotente. Como no hay casi nadie, no existen demasiadas posibilidades de que nos interrumpan, y aunque es verdad que es más que probable que las personas que hay aquí se den cuenta de todo, no me preocupa, antes bien le dará más morbo a la situación. Yo no salía de mi asombro y tímidamente repliqué: - ¿Es qué te has vuelto loca, cariño?. Todos los
presentes han visto lo ocurrido... es fácil deducir que soy tu
pareja y que me estás cornamentando en público... Nada más decir esto, salió hacia los lavabos. Los dos chicos que estaban en la barra se dieron cuenta de la maniobra. Ambos supieron que mi Claudia iba a buscar a su ligue en los lavabos. Estaba todo muy claro. Les miré y vi como comentaban la jugada. Entonces fue cuando, atraído por un poder superior a mi humillación, emprendí el mismo camino que el mulato y mi zorra. Ya en los lavabos, penetré en el de señoras y siguiendo las instrucciones de mi mujer, me acerqué a una puerta entreabierta. El espectáculo que contemplaron mis ojos permanece aún en mi retina. Mi esposa estaba arrodillada, con sus tetas exhibidas, lamiendo una enorme polla negra, con una cara de golfa que jamás pude imaginar. El tiarrón solo se había abierto la bragueta y entre gemidos, agarraba la cabeza de mi mujer para que se la chupara al ritmo que a él le gustaba. Claudia seguía sumisamente sus instrucciones pero con grandes dificultades dado el volumen de aquel poderoso falo. Intentaba tragárselo y lo lamía con un hambre descomunal. Tales fueron, no obstante, las habilidades de mi esposa que, en apenas un minuto, el tío se separó y la roció con enormes chorros de semen que mi mujer tragó avariciosamente en parte porque la corrida fue tan brutal que no pudo sorberla en su totalidad, de manera que su cara y tetas recibieron parte del gelatinoso caudal. Claudia siguió frenéticamente con su tarea y su lengua se paseó ansiosa, sedienta de semen, por todo aquel miembro, de arriba a abajo y de abajo a arriba, hasta limpiarlo totalmente. Ella seguía agarrando y saboreando aquella monumental polla como loca de deseo. No quería soltarla. Tuvo que ser él, el tiarrón, quien la apartara violentamente, porque ella se negaba a desprenderse de aquel tesoro. El mulato se guardó su instrumento, cerró su bragueta y sin pronunciar palabra, salió rápidamente del compartimento, tropezándose conmigo en su salida. Me miró y sonrió burlonamente. Yo, sin inmutarme, penetré y arrodillándome frente a mi mujer, que permanecía en esa misma posición, la besé apasionadamente. Ella, con una indicación de su dedo índice, me señaló las gotas de semen del mulato que quedaban en su rostro y en sus tetas. Con sus manos comprimió mi cabeza y dirigió mi cara hacia el esperma masculino. Yo, consciente de su indicación, saqué la lengua y recogiéndolo, empecé a trasladarlo hasta su boca. Juntos saboreamos lentamente aquel semen. Así permanecimos, arrodillados el uno frente al otro, repartiéndonos la leche del amante de mi mujer hasta que, de pronto, la puerta se abrió y observamos, al otro lado, a los dos tíos que estaban junto a mi, en la barra. Decididos, entraron y abriendo sus braguetas, exhibieron sus duras pollas ante el rostro de mi mujer. A mi me apartaron hacia atrás y ambos colocaron sus miembros de tal manera que Claudia, sentándose en la tapa del water, comenzó a chuparlos ansiosamente, alternando su atención entre ambos rabos hasta que, ante mis atónitos ojos, los dos vaciaron sus testículos en la boca y en la cara de mi puta esposa. Terminado el placer, los dos muchachos repitieron la operación del mulato y salieron, cerrando la puerta a su paso. Claudia y yo nos volvimos a repartir el gelatinoso botín con pasión y entrega absoluta. Al salir del lavabo, los camareros y las dos parejas que aún permanecían en la discoteca, nos miraban demostrando, con la forma de hacerlo, que se habían quedado con la movida. Desde esa noche, nuestra pareja funciona sobre la base de que Claudia, mi exquisita y atractiva esposa, es mi Ama y yo su adorador marido. Cuando mi esposa tiene ganas de disfrutar de machos jóvenes y viriles yo, su cornudo marido, la acompaño a una discoteca para que ella elija la presa de esa noche y la lleve a casa donde protagoniza noches de pasión y desenfreno mientras yo, su sumiso esclavo, hago de camarero para ella y su amante ocasional. Ya os contaré alguno de los episodios que demuestran que ahora disfruto como no os podéis imaginar con mi nueva condición de cornudo y esclavo de una mujer que se ha convertido en una insaciable zorra que me domina y me hace estremecer de morboso placer cada vez que a ella le viene en gana. |
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