La chica era muy gorda. Ningún hombre le hacía caso. Iba a pasar su cumpleaños completamente sola. Se confesó con su joven vecino que se ofreció acompañarla en una fiesta a dos. Aquel día ella no sólo cumplió años sino que también cumplió todos los deseos de su vida. Incluso que perdiera la virginidad del coño y del culo.

Soy Selmi de Málaga con la experiencia de lo que ocurrió a mi regreso de Córdoba. Fue algo inesperado. Paula es una vecina mía de 27 años y que pese a su evidente obesidad parece ser muy feliz. Siempre con una sonrisa en la boca, amistosa con todo el mundo, dicharachera y sin importarle confesar sus 120 kg de peso. Realmente está rolliza. Su cuerpo es grande, robusto aunque lo intenta disimular algo con vestidos amplios. Además es muy independiente por lo que hacía unos meses había dejado a sus padres y vivía sola.
Una tarde me encontré con ella en el ascensor. Tenía el semblante cambiado. Estaba muy seria y a punto de llorar. La acompañé a su casa, entramos y le pedí que me contara lo que le ocurría. Entonces empezó a sollozar y con voz entrecortada me dijo:

- Hoy es mi cumpleaños y mis amigas han pasado de mí, nadie me ha felicitado...
- Tranquila - le dije intentando consolarla - Yo pasaré tu cumpleaños contigo.
- ¡Nadie quiere estar con una vaca como yo! - me soltó entonces - Y todavía soy virgen, nadie ha querido acostarse conmigo...
- Pues yo lo haría con mucho gusto - la animé.
- No te burles, por favor - me dijo con voz suplicante.

Yo, para convencerla y con lo poco que me cuesta desnudarme, no dudé nada en quedarme en pelotas delante de ella. Su rostro cambio por completo, miró mi polla y se me acercó toqueteándomela con curiosidad. Al contacto de sus dedos, se me fue poniendo tiesa hasta que adquirió todo su esplendor y su dureza.

- ¿De verdad me follarías? - me preguntó.
- ¡Rotundamente sí! - contesté.

Entusiasmada se sacó su amplio vestido descubriendo que no llevaba bragas y luciendo un chocho con abundante pelambrera, aunque algo oculta por su saliente y redonda barriga. Cuando se sacó el sujetador aparecieron ante mí las más grandísimas tetas que había visto nunca. Y no las tenía nada caídas. Me lancé sobre ellas para chupárselas. Excitada, se las apretaba con ambas manos y gemía. Tenía los pezones duros, erectos, muy fáciles de mamar. Ella estaba empezando a disfrutar y eso sólo era el principio. Después me entretuve en su profundo ombligo, donde metí la lengua relamiéndoselo, para acabar comiéndome su coño. A este punto ya la tenía sentada en el sofá, con las piernas muy abiertas y yo arrodillado entre ellas. Digo que las piernas las tenía abiertas pero era tal la gordura de sus muslos que casi no me entraba la cabeza entre ellos por lo que tenía que apretarlos hacia afuera para poder comerme aquel coño de labios muy abultados y cueva sonrosada.

A veces Paula quería ver como mi lengua se paseaba por su raja pero por mucho que apartaba sus tetazas y se apretaba el gordo vientre, le era imposible. Esta comida de coño, la primera que le hacían en su vida, le encantaba a juzgar por las cosas que decía mientras me demostraba que se corría varias veces. A cada orgasmo, no sólo recibía yo una descarga de jugos calientes en mi boca y cara sino que también se agitaba toda, bailando sus tetas de un lado a otro y temblándole el vientre. Más tarde, cuando se tranquilizó, quiso saborear mi polla. Me hizo sentar y ahora ella, arrodillada ante mí, me la mamó y precisamente su inexperiencia me enloquecía. Luego, cansado de sufrir y gozar al mismo tiempo con sus chupadas incompletas y sus lamidas a medias, intentó hacerlo bien, siguiendo mis indicaciones hasta que, por propia iniciativa, cambió de caricia. Hizo que mi polla quedase aprisionada entre sus descomunales tetas, pajeándome con ellas.

Aquello sí que lo hacía bien, mi verga quedaba cogida por completo entre ellas y sólo de vez en cuando, aparecía la punta del capullo entre las dos montañas de carne. Vencido por e intenso placer, me corrí arrojando toda mi descarga sobre su cara. Pero era tal el morbo de la situación que a los pocos segundos volví a tener la polla empalmada y dispuesta, por lo que me dispuse a penetrar el coño sin estrenar de Paula. La hice tumbar de espaldas en el sofá, ella misma se abrió las piernas pero levantándolas para que la raja quedara a la vista y no me molestara la gordura de sus muslos como antes, al comerme su coño. Apunté con mi capullo y apreté. Lanzó una exclamación cuando la sintió dentro pero cuando la empecé a mover fue de locura.

- ¡Que gusto, me corro, sí... me corro... oooh... otro... me viene otro... no paro de correrme... aaah... que maravillaaa...! - no paraba de decir - ¡No dejes de mover tu polla dentro de mi coño... no, por favor, sigue...!.

Fue tal el grado de placer que tuvo que literalmente se meó de gusto con mi polla metida y dejando el sofá todo empapado. Esto hizo que se la sacara y me corriera sobre su cuerpo, llenándole de leche las tetazas y la abultada barriga, pero dándome un pequeño susto al ver que se desmayaba por unos segundos. Al volver en sí me agradeció todo lo que la había hecho gozar diciendo, además:

- Ya que he empezado, quiero probarlo todo. ¿Por qué no me desvirgas también el culo?. Esta vez no me mearé - añadió riendo.
- Si lo haces no me importará - respondí, también con una sonrisa - Es algo que me gusta y me excita.

Con su boca y sus maravillosas tetas, me la volvió a levantar. Esta vez la hice poner a cuatro patas en el suelo. Era un morbo increíble ver aquella enorme bola de carne así colocada, con sus tetas tocando al suelo y casi también su vientre. Y no veas como le di por el culo. Aquel culazo redondo, tremendamente gordo y no obstante con un agujero tan pequeño y estrecho. Después de varios gritos de dolor y algún que otro sollozo, pues el daño que yo le estaba haciendo, a pesar de la dulzura y lentitud en que se la metía, tenía que ser muy fuerte, le gustó a ella. La estuve enculando un buen rato hasta que, sin poderme aguantar, esta vez sí que me corrí en sus entrañas, llenándole todo el recto con mi abundante esperma. Esta vez no se meó pero sí cuando nos duchamos juntos y de que manera, tras haberme preguntado:

- ¿Te gusta verme mear?. Pues mira como lo hago.

Luego, relajados y sin vestirnos, comentamos la experiencia y lo que nos había gustado. Desde este día lo repetimos varias veces y en una de estas ocasiones me comentó que le gustaría probarlo con otra mujer. Paula había contado todo lo nuestro a la señora Elena, una conocida suya del barrio. Era una mujer de 68 años, las canas ya le cubrían todo su pelo, siempre perfecto al igual que su forma de vestir, siempre muy arreglada. Se la anotaba algo presumida y por respeto, nunca he dejado de llamarla señora. Todo ocurrió un día en que fui a visitar a Paula. Allí estaban las dos charlando. La señora Elena no se fue por las ramas y me dijo:

- Sé lo vuestro y me gustaría verlo.

Antes de que pudiera contestar, se puso en pie y empezó a desnudarse hasta quedarse a pelo ante nosotros. Se notaba que se cuidaba. Sus pechos apenas estaban caídos y su chocho casi no tenía pelo. En su cuerpo no se notaba demasiado el paso del tiempo y más tarde me demostraría que su forma física y su manera de ser eran de lo más jovial. Paula y yo nos desnudamos y le ofrecimos lo que estaba deseando ver. No nos cortamos para nada y cuando la señora Elena vio que se la metía por el culo a Elena, no pudo resistir más. Se nos acercó, apartó a Paula y cogiéndome de la mano, hizo que me fuera con ella. La chica protestó por dejarla a medias pero ella le dijo:

- Tranquila nena, luego me ocuparé de ti.

Directamente hizo que se la clavara en todo el coño. Dio un chillido y exclamó:

- ¡Oh, sí... que bueno... llevaba veinte años sin meterme un rabo y casi no me acordaba del gusto que da!.

Me pedía que la follara fuerte y yo la obedecía. Entonces hizo acercarse a Paula. Comenzaron a morrearse y a sobarse las tetas mientras yo me seguía follando a la señora Elena. Incluso me pidió que se la metiera por el culo, que tenía virgen.Al oír como aquella señora de 68 años me pedía que le abriera el culo, pensé que me corría. Fue un sensación de extrema excitación. Se colocó en posición y le metí todo el capullo de un golpe. Pegó un fuerte grito pero exclamó:

- ¡Como duele pero sigue, sigue apretando que ya la tienes dentro, empuja fuerte, rómpeme el ano...!.

Cuando me corrí, ellas continuaron dándose mutuo placer. La señora Elena se lo pasó en grande al marcharse lo hizo diciendo:

- Ha sido estupendo y seguiremos viéndonos.

Tras aquel día, la señora Elena formó un grupo de señoras de su edad con el que se dedicó a buscar chicos jóvenes que les dieran marcha, pero nunca las trajo a mi casa. Me quería en exclusiva para ella. Paula también conoció a un chico con su mismo problema, la obesidad, con el que se casó y se fue a vivir a su pueblo. Pero cuando le apetece, coge el autobús y viene a verme. Me cuenta que su marido es buenísimo pero que su polla es minúscula y no disfruta. Conmigo folla de lo lindo diciéndome que no puede dejar de tener mi verga dentro del coño de vez en cuando. La señora Elena me visita constantemente pero un día llegó acompañada de una jovencita bastante jamona. Llevaba un vestido superajustado y cortísimo. Era su nieta y acababa de cumplir los dieciocho. La señora Elena me presentó así de claro:

- Mira Noelia, este es el que se folla a tu abuela - la nieta ni se inmutó al oírla y la abuela añadió, dirigiéndose a mí - La he traído para que follemos todos juntos.

Sin más, abuela y nieta se desnudaron y me desnudaron a mí. Entre las dos se dedicaron a darme placer. Me chuparon la polla a dúo y después las follé alternativamente. Incluso dándoles por el culo. Noelia lo tenía completamente abierto y entraba con suma facilidad. Tras un primer polvo, la señora Elena se dio por satisfecha y se marchó diciéndole a su nieta que se quedara. Esto nos permitió intimar mientras nos tomábamos un respiro.

- Una noche pillé a mi abuela - me comentó - follando con un amigo mío en su coche y desde esta noche siempre que podemos, salimos juntas.
- Tu abuela es toda una guarra - añadí yo.
- Es la leche - contestó riendo - Para follar prefiero salir con ella que con cualquiera de las amigas de mi edad. Yo he heredado su vicio pues no hay nada que me guste tanto como follar.

Me lo demostró desde aquel mismo instante. Nos pasamos horas y horas follando y tanto es así que la señora Elena, cuando vino a buscarla, nos encontró en la cama. Se unió a nosotros y al marcharse, me dejaron agotado.
Me pasé durmiendo todo el día siguiente pero, gracias a la señora Elena, he ganado una gran amiga, que es su nieta Noelia.

  volver al menú