La entrega del amigo a su mujer ya es completa hasta el extremo que no sólo consiente y goza con sus cuernos sino que interpreta para ella el papel más sumiso, ofreciéndole su agujero anal para que ella encuentre el placer de mujer-hombre con el de hombre-mujer de su marido.

Voy a contaros otra aventura vivida por la caliente de mi esposa. Todo empezó estando en la cama cuando Pilar, todavía bostezando me dijo:

- Sabes, marido, en un mundo como este resulta un gran alivio encontrar algo que sea permanente, algo en lo que se pueda confiar y que reaparezca a medida que pasan los días, algo a lo que agarrarse en medio del ajetreo y la confusión del continuo cambio de los fines de semana aunque, por supuesto, sea también un aliciente. En este, mi universo particular, esta bendición la encuentro en casa contigo y con Chomín, por supuesto. Si tuviera que juzgar sólo por el mérito que os cuelga entre las piernas podría estar segura de mi veredicto ya que me sentiría desesperada sola con tu pingajillo. Pero los chicos jóvenes me resultan cada vez más amanerados y los hombres en sazón se sienten tan satisfechos consigo mismo que ya no se preocupan por una, salvo raras excepciones. Confío en que mi querido Chomín constituya una gran excepción a esta regla. Espero que tú te encuentres perfectamente saciado después de la nochecita que me has dado supongo que te habrás repuesto de tus urgencias y me dejarás tranquila y en paz con Chomín al menos un par de días. Será una consideración más que notable por tu parte, Luis. Siempre estás pensando en la felicidad de los demás, en particular de la mía, ¿verdad, esposo?.

Permanecí allí tumbado, saciado de mujer, mientras ella me mordisqueaba el pequeño bulbo redondeado del lóbulo de mi oreja, hasta que me moví y ella se pegó a mi lado. Nos besamos. Ella me comunicó que tenía unas ganas desesperadas de follar con Chomín pues llevaba cuatro días sin catarlo. Yo no estaba en condiciones de repetir. Me dolía hasta la mandíbula, así que me vestí y nos despedimos. Todavía me siento frustrado por ello y ahora mi pollita se ha encendido. Pienso, con expresión triste pero lleno de lujuria, en la sensación que me produce oír a Pili contar sus aventuras sentimentales mientras que mi propio cipotillo está tan tieso como una tabla y con urgente necesidad de recibir las atenciones femeninas de las manitas de mi mujer, si no pueden ser las de su coño.

- Tengo la impresión de que te sientes celoso, Luis - dijo Pili sonriente - El caso es que Chomín no llegó a metérmela. No lo hizo en las dos horas que estuvo aquí, ni a vuelto a venir en toda la mañana.

Mi expresión seguía siendo incrédula. ¿Me estaré volviendo celoso perdido?. Pili me iluminó. Me besó en los labios, cosa que no hacía desde al menos dos meses, y me susurró que podríamos disfrutar de una larga follada sin interrupciones, aquella misma tarde, después de la comida en la siesta, por lo que me aconsejó que no me sobrepasara demasiado en la mesa. Ella estaba todavía en ayunas y no había probado bocado desde el día anterior, por el disgusto. Tampoco iba a comer ya que había perdido todo el apetito. Llegado el momento, se desnudó cuidadosamente. Tenía un aspecto encantador, parecía la imagen misma de la salud, a pesar de que aquella mañana se había sentido fatal por el disgusto pero ese efecto no había logrado mermar en absoluto sus cualidades físicas impresionantes.

- ¡Estás tremenda, querida Pili! - le dije.
- Es muy amable por tu parte, Luis, tú también estás muy bien - replicó inclinándose hacia mí para besarme en los labios y palparme la entrepierna.
- Me alegro de que tu disgusto haya desaparecido por completo - dije.

Pili me sonrió pero añadió con severidad:

- ¡Ponte esto!.

Por debajo de la mesita de noche me alargó el estuche que contiene el consolador de látex, hueco y con correas. En menos que canta un gallo me lo instalé firmemente en mi pubis. Pili tomó entonces mi mano y se la apretó contra sus tetillas. Tras un breve período en el que parecí sentirme muy sorprendido, empecé a responder y no tardamos en darnos un beso de lo más delicioso, con nuestra lengua aleteando en la boca del otro, al tiempo que mis manos la acariciaban a ella por todas partes. Me agarró el consolador desnudo y duro como una barra de hierro forrada de látex, que sobrepasaba cuatro dedos por encima de mi ombligo, como el palo de una bandera, y aunque no era una polla de verdad, era tremenda, estaba durísima y me sentía un hombre de verdad. Hice que mi esposa se diese la media vuelta y me coloqué sobre ella. Me tomó el cimbreante vergón artificial de casi los 30 cm, con sus palpitantes manitas de seda y se lo guió hacia su coño anhelante de placer. Esta vez no me corrí tan rápidamente y estuvimos follando muy agradablemente durante por lo menos media hora sin interrupción hasta que nos estremecimos y alcanzamos un maravilloso clímax juntos. El mejor orgasmo de mi vida.

Emití un poderoso chorro de esperma dentro del consolador que llenaba la raja húmeda y ávida de mi mujer. No me he sentido nunca tan bien ni tan dichoso. Fue maravilloso ayudarle y solucionar sus problema amoroso sin Chomín. Tendríais que haberle visto el papo. Quedó tumefacto como un mejillón machacado, coralino y transparente. Como una pelota de tenis, rasgada por medio y vuelta del revés. Un auténtico poema. Mi verga, sin embargo, no se sintió ofendida en lo más mínimo por aquel rígido y grueso condón firmemente sujeto, todavía desafiante. Pili observó mi felicidad y me desabrochó lentamente las hebillas para quitármelo y ponérselo ella a continuación. Se lo ató a la cintura. Cumpliendo sus órdenes me acosté en el mismo borde de la cama para que ella tomase totalmente la iniciativa. Cuidadoso, procuré no rozarme siquiera con ella para evitar la posible e indeterminada reacción de mi "mujer-macho". El príapo de látex avanzó hacia la cama inexorablemente. Hizo que levantase mis piernas muy altas y abiertas posando mis pantorrillas en sus respectivos hombros redondos. Apoyado de esta guisa la brillante punta, tan gorda como una alcachofa, entró y salió de mi ano, taladrando mi puerta marrón.

Me retorcía y jadeaba, sobre la cama, de gusto. Me poseyó una y otra vez con su vergaza gigantesca, inconmensurable de grande, larga y gorda, más grande aún que la de Chomín. A continuación me obligó a ponerme de espaldas con el culo alzado, y perniabierto. Y volvió a sodomizarme. Otra vez vino la unión plena, el súmmum de la sexual y ferviente enculada, desbordada, descuartizante, agotadora y desintegrante, que me empequeñecía. Quien lo hubiera creído. Yo, un tío tan personal, pequeñito pero tan varonil, tan consentido y enamorado de ella, sumiso ante sus feroces arremetidas de mujer. Luego el orgasmo. Como un cañonazo violento, un pistoletazo salvaje. Y al despertar, otra vez el amor. El folleteo. Pili hundiendo su "cipote" en mi culo o la mano entera. Dilatando mi ojete al máximo para dar entrada y salida a aquella mano a aquel precioso bracito que entró hasta el codo dejándome el culo a punto del colapso después de resistirse a semejante faena.

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