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Voy a contaros una apasionante aventura que me ocurrió hace ahora un año y que no solo me dejó un muy buen sabor de boca, sino también un recuerdo imperecedero. Soy un hombre de 33 años, alto y bien parecido, soltero y con muchas ganas de marcha pero con discreción. Por dicho motivo no soy amante de ir a discotecas ni a pubs y sí de contactar por carta, por medio de una revista, con mujeres que deseen una buena compañía para pasar instantes de intenso placer y sin problemas, conmigo. Así fue como conocí a Fabiola. Después de mucho tiempo de cartearnos, me dio su número de teléfono y unas horas de llamada. Fabiola era una mujer casada, pero eso no impedía nuestro romance telefónico. Tras hablarnos por teléfono unas cuantas veces, por fin quedamos en conocernos personalmente. Me dijo que había dicho a su marido que yo era un primo lejano al que había perdido la pista pero que ahora, tras el reencuentro, deseaba intensificar nuestra amistad. El marido estuvo de acuerdo. Después de conocernos, ella y yo, en el aeropuerto, tomamos un café, hablamos y nos fuimos a su casa, donde me iba a quedar por unos días. Charlamos alegremente toda la tarde hasta que su marido llegó a la casa y ella nos presentó. Me cayó muy bien el tipo. Era atractivo y simpático. Salimos a cenar los tres para luego regresar a su casa. Una vez allí, Ricardo, el marido, se fue a dormir mientras yo seguía en la sala, con Fabiola. Cuando estuvimos seguros de que el marido dormía, empezamos a tocarnos. Primero le rocé los brazos, luego le metí mis manos debajo de su camiseta tomándole sus senos, acariciándolos, pellizcando sus pezones, mientras ella metía la mano en mi pantalón, acariciando mi pene, masturbándome despacio. Le levanté la camiseta para desnudar sus preciosos pechos, grandes y duros, y empezar a chupar sus pezones, mientras con mi otra mano le metía la mano bajo la falda para llegar a su coño, primero acariciando su vello, luego, apartando la braga, su ya húmeda raja, después su endurecido clítoris y acabar metiéndole un dedo, haciéndola gemir. Como estábamos un poco incómodos, nos fuimos a la cocina tratando de no meter ruido para no despertar a su marido. Una vez allí, me desabroché el pantalón y saqué mi polla para que lo pudiera tocar mejor. Fabiola se arrodilló y lentamente se llevó mi pene a la boca, empezando a chupar de una forma espectacular. Con mi brazo en su nuca, yo le daba el ritmo perfecto. Esa noche solo se escuchaban en su casa los ronquidos de su marido y los sonidos de su boca mamándomela. Al cabo de un buen rato, le advertí que me iba a correr. Lo único que hizo fue mirarme directamente a los ojos y seguir chupando. Así empecé a sentir como mi semen salía de mi pene directo a su boca. Después de que se tragara todo mi semen, se levantó, me dio las buenas noches y se fue a acostar. A la mañana siguiente su marido ya se había ido a trabajar cuando nos levantamos. Se acercó al sofá-cama donde yo dormía, se desnudó y nos pusimos a hacer el amor. Primero me la mamó un rato mientras me despertaba. Una vez mi pene erecto, la hice tumbar en mi cama, me puse encima de ella, coloqué sus piernas en mis hombros y la empecé a penetrar despacio, hasta que nuestros cuerpos se juntaron. Le hice el amor como unos veinte minutos, mientras escuchaba sus gemidos y sus gritos cada vez que se corría, hasta que le dije que me iba a correr yo. - Por favor, no lo hagas dentro - me dijo - No tomo nada y estoy en mi período fértil. Salí de ella y le dije que sacara la lengua. Así lo hizo y allí le eché todo mi semen. Una vez terminado de correrme, simplemente, metió la lengua con mi semen, tragándoselo. Una vez duchados, nos vestimos y salimos a recorrer la ciudad. Antes de salir le pedí que me masturbara y cuando estaba a punto de acabar, la hice sentar, le levanté la camiseta, luego un poco el sujetador y eyaculé en sus grandes tetas, mojándole así también el sujetador para que, de esa forma, me pudiera sentir todo el día. Por la noche no lo pudimos hacer por que al esposo se le ocurrió alquilar una película y se quedó hasta tarde viéndola. A la mañana siguiente, apenas el marido salió al trabajo, me llamó a su habitación y lo hicimos en la todavía caliente cama de su marido. Justo donde él se había recién levantado para ir a trabajar, me acosté yo, ella encima de mí, y lo hicimos toda la mañana. Al mediodía, ya tenía ella mi semen en el culo, en su espalda, en su abdomen, en su cara, su boca y en su pelo. Cuando yo pensaba que ya no habían más sorpresas, sacó una caja del armario y me mostró su traje de novia. En ese momento supe que estaba en el cielo. Le pedí que se lo pusiera, a lo que accedió de inmediato. Con todo el semen que tenía en el cuerpo, le quedaba espectacular
el vestido de novia. Quería repetir conmigo su noche de bodas,
ya que su marido se habían pasado de copas y no pudo disfrutarla
a plenitud. La puse de espaldas en la cama, le subí el vestido
y la penetré despacio, con delicadeza. Ella pasó sus manos
por mi cuello y empecé a hacerle el amor despacio, vestida de novia. Terminado el cigarro, tomó mi pene y lo empezó a chupar.
Estuvo así como diez minutos hasta que le dije que se acostara.
Puse mi pene entre sus tetas y así empecé a masturbarme,
mientras la punta de mi pene estaba en su boca, con el velo en su cara.
Saqué mi polla y se lo metí de una vez en su vagina que
estaba muy húmeda. Ella me pedía que se lo hiciera más
fuerte, más rápido. Me lo pedía por favor. Se corrió
unas tres veces haciendo que su vagina estuviera completamente encharcada.
Ambos estábamos al máximo, muy calientes. - ¡No puedo más, me voy a correr dentro de tu coño! Ella abrió los ojos, primero con sorpresa, luego con complicidad, pero al final me dijo: - ¡Sí, hazme tuya, haz lo que quieras con mi cuerpo! Seguí bombeando como treinta segundos más, hasta que sentí que mi semen salía disparado hacia su vagina. Ella notó mi semen en sus entrañas y volvió a abrir los ojos para, luego, llegar al orgasmo. Ese día lo seguimos haciendo pero ahora siempre me corría dentro de ella. Su vagina estaba resbaladiza con todo mi semen. Antes de llevarme al aeropuerto de regreso, pasamos por donde su marido despidiéndome con un fuerte abrazo y dándole gracias por la hospitalidad que me brindaba. Su esposa le dio un beso diciéndole que volvía pronto, sin que él supiera que hacía menos de media hora, esa misma boca y no solo su boca, sino su vagina y su cuerpo estaban llenos de mi semen. Camino al aeropuerto, pasamos por un motel para hacerlo un par de veces más, después tomé mi avión diciéndole adiós con la mano. A los tres meses me llamó y me comentó que estaba embarazada, obviamente que de mí. Me puso al marido al teléfono, lo felicité porque iba a ser papá. Ricardo no podía con su alegría. Un tiempo después me mandaron una foto los tres juntos. Fue niño. La cara de Ricardo mostraba una felicidad nunca vista. La verdad es que me alegra poder haber hecho feliz a un marido. Hasta otra. |
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