Por amor aceptó ser un cornudo consentido. Por amor ayudó al amante de su esposa en su relación íntima pero jamás pensó que acabaría siendo él mismo un objeto de placer para este amante y que en ello encontraría una enorme satisfacción. La esposa ahora es inmensamente feliz ya que tiene la lengua de su marido y el miembro de su amante para que la lleven al séptimo cielo del placer.

Hola Charo, nada de particular en nuestro matrimonio. Somos Pili y Luís, una pareja corriente, de estatura mediterránea. Pili, mi mujer, descalza no llega al 1,60 y pesa 53 kg, pero me iguala en altura cuando se pone zapatitos de tacón alto. Entonces la encontramos soberbia. Digo encontramos, en plural, porque me sorprendo al comprobar que admitir abiertamente mi "odiosa" condición de "esposo engañado" no me resulta tan humillante como había previsto. Bueno, engañado tampoco es la palabra ya que Domingo, el amante de mi mujer, es amigo mío y le conozco bien.

Una tarde estaba en casa, yo notaba como se le iban abriendo los ojos a Pili a medida que Domingo acortaba distancias hasta quedar tan sólo a unos centímetros de ella, escudriñándola con la mirada. Así, tan cerca, era capaz de ver perfectamente las manchas avellana de las pupilas de su "novio" y la doble hilera de espesas pestañas que enmarcaban sus ojos. A través del espesor del albornoz, sentía el calor que desprendía el cuerpo fuerte de su "macho" y como sus propios miembros empezaban a tensarse. La esencia del olor de su piel, limpia y masculina, invadía las fosas nasales de mi mujer y se encontró a si misma aspirando profundamente para retenerla toda bajo mi mirada aprobadora y consentida. Por el contrario, la mirada de Domingo la mantenía a ella inmóvil.

Sus ojos, de un marrón intenso, estaban clavados en ella, desnudándola, como si intentara ver lo más profundo de su alma enamorada. Tan intensa era su mirada que Pili tuvo que contener la respiración y de repente, noté como si le pesaran mucho los párpados y que se le cerraban en una lánguida anticipación de entrega. Pero él no la tomó en sus brazos. Levantó la mano y empezó a restregarle cariñosamente los nudillos por la mejilla, lo suficiente como para sentir su dedo meñique rozándole la comisura de los labios.

- Bonita, preciosa - musitó él con voz ronca - Eres un bomboncito, Pili... y tu marido es un cabrón por compartirte conmigo.

Tras pronunciar estas palabras, dio media vuelta bruscamente y pegó un tirón a la trenza que suele hacerse ella para la noche. Pili movió la cabeza dejando que sus largos rizos azabache cayeran sobre su cara. Pensé que el cabello era lo mejor que tenía mi esposa. En los inicios de nuestro matrimonio, hace ocho años, intentaba convencerla de que, de vez en cuando, se lo cortara con un estilo más moderno pero pronto tuve que desistir. No había llevado el cabello liso desde que era niña y cuando se lo soltaba formaba una oleada de rizos lujuriosos que le caían casi hasta la cintura.

- Eres una morenaza - suele decirle Domingo en tono de piropeo.

Sin embargo, sólo Domingo la ve con el pelo suelto pues yo la veo con el cabello apartado de la cara y recogido cuidadosamente en un moño, como suele llevarlo durante el día para mí. Domingo tomó asiento en un confortable sofá, al lado de Pili, mientras yo preparaba un tentempié para la cena. Cocino como un profesional. Después del ágape, Pili se sobresaltó al darse cuenta de que me dirigía a ella y tomaba asiento a su lado. Pili entre los dos. Domingo llenó de nuevo las copas y cuando me incliné para recoger la mesa, olí el perfume almizclado de Pili que se amalgamaba con la tan conocida esencia masculina de la entrepierna de Domingo, que me invadió a la vez. La combinación de toda una serie de factores, me hacían sentirme medio amodorrado, soñoliento y cachondo. La comida abundante, el exceso de vino...

- Seguid sentados - les dije - Yo os traeré el café.

Domingo se apoltronó junto a ella en el sofá y poco tiempo le faltó para tomarla entre sus brazos hercúleos. Su aliento era dulce. Una suave mezcla del perfume del vino tinto y el tenue eco del cigarrillo rubio. El besazo que le dio la hizo estremecer como una niñata principiante.

- A tu maridito no le importa, querida - le dijo - Me moría de ganas de morrearte.

Aquella vez, cuando sus labios se acercaron a los de mi esposa, noté como ella respondió a su beso, pero también solo por un corto espacio de tiempo pues, al oír que me acercaba, se apartó de él con delicadeza. Yo venía cargado con la bandeja del café y Pili se levantó para ayudarme. Mi sonrisa cómplice le dio a entender que no me había olvidado de nada, lo que provocó que el rubor subiera a sus mejillas. Puse música y nos acomodamos los tres en aquella estancia tan cálida y agradable. Pili y Domingo en el diván y yo sentado, con mis piernas cruzadas, en la alfombra junto a ellos. Pili se sentía a gusto y feliz, pero muy cansada. Apoyó la cabeza en el hombro de Domingo y dejó que se le cerraran los párpados, segura de que no nos importaría que se quedara adormilada unos minutos.

Cuando se despertó estaba totalmente estirada en el sofá, entregada. Se sentía algo tensa, pero no incómoda. Se sentó de nuevo. Estaba desorientada, se miró el largo cabello y se dio cuenta de que lo llevaba suelto y despeinado. Dejó que sus bien torneadas piernas le colgaran con dejadez por el lateral del sillón y se desperezó levantando los brazos por encima de la cabeza como una colegiala mal educada, desentumeciendo los agarrotados músculos de su resta espalda. Pili no pudo evitar fijar la mirada en la dura tirantez de los glúteos de Domingo y deslizarla después por el resto de su cuerpo cuando este se quitó el albornoz. Tardó tan sólo dos segundos en poder asimilar lo que estaba viendo pero fue la expresión de la cara de Domingo lo que más loca la puso. Tenía él los ojos cerrados.

Pili permaneció quieta, de pie, y escuchó el ligero gemido que se le escapó a su Adonis de entre los labios. Se quedó sin habla al darse cuenta de la razón por la que él había suspirado. Al fin y al cabo, también ella y en más de una ocasión, le había forzado a tal extremo en mi presencia y colaboración. Pili abrió sus ojazos de par en par, sintiendo la punzada de los celos cuando vio mis labios en torno a la enorme cabezota bulbosa del pene de Domingo y mis mejillas tan hinchadas como si lo tuviera todo entero en la boca. Hubiera debido sentirse horrorizada por lo que ella estaba viendo, sin embargo estaba más que fascinada. Yo seguía chupando y lamiendo con sumo entusiasmo el tallo de Domingo, mientras este me acariciaba mi cabellera con sus dedos. Pili se quedó paralizada cuando él dobló el cuello para atrás y yo apreté sus orondas nalgas con mis manos, sobándoselas y estrujándoselas de forma que daba la impresión de que mis uñas podían herir la piel de Domingo. Lo apreté de tal manera y con tanta fuerza, que mi cara quedó enterrada en las ingles del gigante, cuyo demencial tallo se deslizaba de tal forma en el interior de mi boca que, luego, me dijo Pili que debía llegarme hasta cuatro dedos más profundo que el fondo de mi garganta. Lo cierto es que yo estaba disfrutando. Tenía los ojos cerrados y mi cara rebosaba placer por todos los costados.

De mi ocupadísima garganta salían sonidos parecidos a pequeños maullidos mientras arañaba, con saña y sin descanso, las peludas nalgas de Domingo y él entraba y salía con ritmo cada vez más rápido de mi boca, cachonda y acogedora. Pili se sintió muy excitada ante la contemplación de esta escena. Imaginaba sin dificultad lo que yo experimentaba entonces. Un sabor amargo, agrio y salado en la lengua y la carne, cálida y rígida, que ponía en tensión la sensible piel del interior de mis mejillas. Entonces la calma desapareció. Las anchas caderas de Domingo se movían convulsivamente de arriba a abajo y su cara mostraba un rictus de éxtasis. Pili se imaginó el fuerte movimiento de succión que yo ejercía sobre la endurecida polla de Domingo. Casi era capaz de sentir en su coño la excitación que él experimentaba en mi boca.

Era Domingo tan hermoso en aquella posición, que contemplarlo se convertía para mi mujer en un verdadero deleite. Pili se llevó la mano a la entrepierna y empezó a frotarse lentamente. Cuando Domingo alcanzó su esperada crisis, emitió una exclamación triunfante. Yo lo agarré aún más fuerte, como si en ello me fuese la vida, para engullir con auténtica gula el torrente caudaloso de semen que salía a borbotones de su cipote con el espesor del más recio de los engrudos. Por un momento permanecimos inmóviles. Yo seguía con él, ahora flácido, pollón en mi boca y lo único que se oía en la habitación era la respiración entrecortada de Domingo. Pili continuaba frotándose rítmicamente el chumino con la palma de la mano y cuando Domingo pudo recuperar el ritmo normal de su respiración, se inclinó y cogiéndome por los codos, me puso de pie. Pili y Domingo se besaron apasionadamente en la boca. Luego él se arrodilló lentamente, como si quisiera rendir homenaje a mi mujer después del placer que yo le había proporcionad. Sus manazas vagaron, con mucho cariño, por la suave piel de los muslos y se recrearon sobremanera en los rizos oscuros del pubis de mi esposa.

Pili tuvo que coger aire al ver como yo desplazaba ligeramente el peso de su cuerpo y separaba sus piernas nacaradas para que él, y también yo, pudiésemos ver los rosados y coralinos pliegues de carne femenina que se escondían entre ellas. Incluso desde mi estratégico lugar pude contemplar las tiernas mucosas de la vulva de Pili, que estaban húmedas y más suculentas que nunca. Podía incluso oler el aroma dulce y punzante de su chocho. Seguía oliendo a frescor y limpieza. A flores exóticas. Limón y especies mientras que el de Domingo era mucho menos delicado en aquellos momentos. El sudor y un acre olor a cipote, parecían brotar de él en oleadas. De todas maneras se formó una característica fragancia de la excitación, tanto masculina como femenina, que llenó la atmósfera de la estancia. Hipnotizado, contemplé como Domingo apartaba con delicadeza los labios externos que ocultaban, en su interior, los pliegues más sensibles. Los recorrió con un dedo, casi con adoración, una y otra vez, hasta que encontró el diminuto pestillo del orificio que iba a darle acceso a su cuerpo. Cuando lo penetró, Pili emitió un gemido. Un zureo de palomita incubadora. A continuación empezó a mover las caderas para que el dedo de Domingo pidiera llegarle hasta el fondo. El bajó las manos para cogerla por fin de las caderas y situarla al borde del sofá. Entonces se hundió en ella y se enterró en el dulce calor de su conejillo.

Pili estiró los brazos para dejar que Domingo la doblara hacia atrás de modo que los 105 kilos de él cayeran sobre su pubis y se inclinó para poder penetrarla más profundamente. El tuvo enseguida su orgasmo, a la par que la crisis de Pili. Su semilla vital llenó las profundidades del abismo de mi esposa con espasmos rápidos y agresivos. Pili está contenta de saberse poseedora del poder necesario para dármelo todo en la boca y también saber a la perfección seducir y enardecer a dos hombres a la vez. Muchos besos y hasta otra.

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