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Voy a contaros una aventura que, sin esperarla, tuve con mi profesora de química. Me acuerdo que era un jueves de mediados de un noviembre caluroso. Muy pesado estaba el día. Eran la seis de la tarde y última materia. Teníamos química. Yo andaba preocupado porque la profe iba a entregarnos las calificaciones del examen. La profesora se llama Andrea, tiene unos 28 años, es rubia, pelo lacio, mide 1,60, tiene unos ojos marrones preciosos, tetas no muy grandes pero buenas. Aquel día, cuando entró en clase, tomó asiento, pidió silencio y sacó una carpeta con los escritos. Ella empezó a entregarlos uno por uno. Cuando llegó al mío y me llamó yo, con la cabeza baja, fui a recogerlo. Miré a la profesora, ella me sonrió y me entregó la hoja. Al mirar la calificación, me cogió un tremendo cabreó. Me había puesto un 5, es decir, un insuficiente. Furioso se me escapó decir en voz alta: - ¡La puta, me ha puesto un cinco! La profesora me miró, pero no me dijo nada. Después que hubo entregado todos los escritos, se me acercó y en voz baja, me dijo que quería hablar conmigo después de terminar la clase. Me puse muy nervioso porque tenía partido de fútbol después de clase y no podría ir. Los minutos pasaban y pasaban. La espera se me hizo una eternidad hasta que tocó el timbre y yo tenía que seguir estando en clase para darle explicaciones a la profesora por lo que había dicho en clase. Además mis compañeros, en broma, me decían: - Venga, dale explicaciones a la virgen. Le decíamos virgen porque era alérgica al polvo... de la tiza. La profesora me dijo que fuera al escritorio y me sentase mientras ella borraba la pizarra y estornudaba. Atento, le dije que ya se lo borraría yo y al terminar, ella me indicó que me sentara, llamándome por mi nombre. Me quedé sorprendido que no me llamara por mi apellido. Tomé asiento y me dijo que no le gustó nada la expresión que usé al recibir las notas. Yo intenté justificarme diciéndole que estaba enojado porque fue mi primer escrito de nota baja en esta asignatura. Andrea, entonces, cogiendo su libreta en una mano, me dijo: - Tienes clase extra en mi casa hoy a las siete ya que no habrá nadie que nos moleste. Diciendo esto, me dio un beso en la frente y me golpeó con la libreta la entrepierna. Me quedé tan pasmado que, sin decir nada, salí de clase, cogí la moto y me fui a dejar los cuadernos a mi casa. Cuando llegué estaban mis amigos esperando para ir a jugar el partido de fútbol. - Lo siento - les dije - pero no puedo ir, tengo clase extra de química en casa de la profe. Aceptaron a regañadientes que yo no fuese a jugar pero, de paso, aprovecharon para hacer comentarios de todo tipo sobre lo que podría ocurrir en cada de la profe. Llegué a la casa de la profesora a eso de las siete y diez, llamé al timbre y me abrió Andrea que, al verme, me dijo: - Pasa y siéntate. Lo hice y ella, entonces, mirándome fijamente a los ojos y sonriendo, empezó a comentarme que se iba a casar y que quería tener su despedida de soltera. Yo no entendí nada y menos que, mientras hablara, ante mi tremendo asombro, se fuera desprendiendo de los botones de su blusa. Cuando me mostró sus tetas desnudas, unas tetas, como he dicho, no muy grandes pero tiesas, de pezones sonrosados y muy tiesos, mi polla se puso tiesa como un palo. Andrea, sin dejar de sonreír y con una lentitud estudiada, se bajó los pantalones quedándose solo en bragas. Tengo que reconocer que la profe era un bombón y viendo como iba presentándose la "clase", entendiendo su juego y sin perder el tiempo, me bajé la cremallera del pantalón y me saqué la dura polla. Andrea se me acercó y me agarró la picha diciéndome sin tapujos: - ¡Quiero que me la metas en el culo, quiero que me rompas el ojete en dos!. El regalo era demasiado precioso para desperdiciarlo y perder el tiempo en preguntas idiotas y, además, mi polla estaba dura como garrote. Ella ya se había colocado a cuatro patas, con el culo en pompa. Acercándome, le bajé la braga hasta las rodillas, desnudando un culo precioso, de nalgas muy redondas y salidas. Se las separé con ambas manos para contemplar un agujero pequeño y marrón que se contraía como invitándome a penetrarlo. Agarrándola por la cintura, le empecé a meter la polla lentamente por el redondito y precioso ojete, que me recibía sin demasiado esfuerzo, mientras, con los dedos, le iba tocando la concha, cada vez más mojada. Ella, muy satisfecha y excitada, me pedía que se la metiera más adentro. De un solo golpe la complací, clavándole mi verga. Los 20 cm de mi polla quedaron bien adentro de su culito. Después de un buen rato de encularla sin descanso mientras la masturbaba y lograba ella dos orgasmos muy fuertes, me pidió que se la sacara. Cuando lo hice, me la agarró rápidamente y empezó a acariciarla antes de metérsela en la boca y chupar con desesperación. De vez en cuando, sacándosela de la boca, me decía: - ¡Cuanto tiempo llevaba deseando comerme este pedazo de garrote!.
- Me has follado el culo - me dijo - también la boca, pero ahora quiero que me rompas el coño. Empecé a chuparle las tetas, luego mi lengua pasó por su barriga hasta que llegué a su raja peluda que hacía, según me dijo, como dos semanas que no se depilaba. Observé que estaba muy mojada, que estaba a punto de un orgasmo así que, cogiéndole con mis manos todo el culo y colocando la cabeza de mi polla contra los labios de su coño, empecé a metérsela iniciando un mete y saca continuo. Andrea gemía y gemía como una vaca a punto de parir. Seguro que todo el barrio pudo oir sus gemidos. Cuando estaba por saltar nuevamente el semen de mis cojones, le saqué la picha de la concha y le bañé de leche, ahora, sus tetas blanquitas y hermosas. Estábamos agotados. Ya eran las ocho de la tarde. Nos acostamos para descansar un rato y mientras nos besábamos y chupábamos, me cogió la mano y me dijo: - Por favor, que todo esto, todo lo que ha ocurrido, que quede entre nosotros. Me has dado una muy buena despedida de soltera y no te preocupes por tu promedio a fin de año. Te has ganado un 12. Después fue todo normal. Me miraba en la clase y al terminar la hora de la asignatura, nos quedábamos un rato solos. Ella me tocaba la picha y yo le tocaba la concha, como un saludo, sin que nadie se diera cuenta, y siempre me repetía su agradecimiento por lo pasado. |
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