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Voy a contar una experiencia de lo más insólito que he tenido en la vida. Todo empezó al haberme sido presentados Rebeca y Enrique, un matrimonio de unos 40 años él y 35 ella, por un amigo común, Juan. Desde el primer momento la mujer me había entrado muy bien. Era alta, elegante y sobre todo muy sexy. Era de aquellas mujeres que cuando las miras se te pone la polla tiesa sin poderlo evitar. Lo que me atraía de ella no era simplemente su cuerpo, todo y siendo magnífico. Sus piernas eran largas y muy bien torneadas, sus pechos grandes y su culo rotundo. Lo que me volvía loco era su feminidad. Una feminidad casi excesiva. Nada más abrir la boca ya te sentías tragado por ella, chupado y mamado hasta la explosión final. A pesar de tener yo también mis buenos 42 años, confieso que me la había pelado al menos cinco veces, desde que los conocí, por culpa de Rebeca. Pensando en Rebeca. Deseando a Rebeca. Al parecer yo también le había caído bien, pues desde que nos presentaron tomaron la costumbre de invitarnos a Juan y a mí a su casa para comer, cenar o simplemente tomar unas copas, oír música, etc. Hablábamos de muchas cosas, comentábamos exposiciones, películas recién estrenadas y obras de teatro pero de ahí no pasábamos. De esta manera empezó todo. Llevábamos unos dos meses de esta amistad cuando, siempre excitado por esta mujer casada y avergonzado que a mi edad me la pelara por ella, no pude por menos que decirle a Juan que yo no iría más a la casa del matrimonio. - ¿Por qué... cual es el motivo de esta inesperada decisión
tuya? - preguntó mi amigo con cara de sorpresa. Juan, al oírme, se echó a reír y ahora con gran sorpresa por mi parte, me contestó: - ¡Pero si eso es precisamente lo que ellos desean!. No supe que contestar. Lo hubiera imaginado todo menos enterarme de aquello. Siempre pensé que Rebeca, a pesar de su exuberante cuerpo y de su atractivo, era una esposa seria y enamorada, incapaz de nada que no fuera legal en su matrimonio. La cuestión es que ella a mí me gustaba y ahora sabía que yo también a ella. Me esforcé en pensar que no me importaba el trío si así podía conseguirla. A los dos días me llamaba mi amigo Juan para decirme que estábamos invitados a pasar el fin de semana en el apartamento que la pareja tenía en una población de la costa valenciana. Con los antecedentes que me había contado mi amigo, acepté en el acto. El día indicado fui a buscar a Juan con mi coche y nos dirigimos a la aventura más insólita de mi vida. El matrimonio nos esperaba con las máximas atenciones de siempre. En la amplia terraza, tomamos un poco el sol, hablando y bebiendo. Luego comimos y por la tarde nos sentamos en el fresco salón para ver alguna película de video. Rebeca estaba sentada entre Juan y yo mismo en el sofá mientras que su marido permanecía en un sillón, casi frente a nosotros. Al poco de empezar la primera película, una de tema muy inocente y nada erótico, las manos de Rebeca se fueron, sin disimulo alguno, hacia la bragueta de Jesús y la mía. El contacto de su mano y lo que yo estaba pensando en aquellos momentos actuaron como un resorte y mi pene se endureció en el acto. Al notarlo, Rebeca se giró hacia mí y con una sonrisa de satisfacción, me ofreció sus labios. La besé no sin cierto reparo. La presencia de Juan no influía en mí pero sí la de Enrique, marido de la mujer que me estaba metiendo mano en el lugar más íntimo de un macho. Pero su beso, al contestar el mío, un beso apasionado, un beso con lengua, me convenció de que no había problemas. Y menos cuando, bajando la cremallera de mi bragueta, metió allí su mano y hábilmente sacó mi polla, dura como el hierro. A un tiempo, y con una maestría sin igual, había sacado también la de Jesús. Con una verga en cada mano, comenzó a masturbarnos mientras nos besaba, con lengua incluida, a los dos alternativamente. Al poco rato estábamos tan lanzados que casi sin darme cuenta, empecé a desnudarla, aunque ayudado por mi amigo. La dejamos a pelo, con sus enormes pechos ofrecidos, sus grandes y duros pezones bien tiesos y su coño de pobladísima pelambrera negra. Aquel desnudo era una completa y total tentación para mis sentidos. Llevé mi mano a su coño, mis dedos tocaron su raja, completamente mojada, la penetré buscándole el clítoris. Lo tenía largo, duro y comencé a masturbárselo, mientras Juan le sorbía los pezones, que parecían erizarse aún más. Rebeca estaba apoyada en el respaldo del sofá, muy abierta de piernas, gozando de las caricias de sus dos admiradores y ante la mirada sonriente de su esposo. De pronto ella colocó las manos en el cinturón de mis pantalones como dándome a entender que me los quitara. Lo hicimos a la vez Juan y yo. Y no sólo los pantalones sino que nos quedamos completamente desnudos con nuestras pollas en ristre, duras como barras de hierro. Entonces ella, haciéndonos poner de pie, agarró nuestras vergas y comenzó a lamerlas por la punta. Ver y sentir como la lengua de aquella hermosa mujer, iba y venía por mi glande o el de mi amigo, como la boca se abría y se tragaba media polla, como lamía otra vez, era un espectáculo morboso a más no poder. Juan fue el primero en apartarse. Su polla estaba a punto de reventar. Rebeca le pidió que se estirara en el sofá y ella, colocándose encima, se metió la verga en su coño. Luego, mirándome, me dijo con una naturalidad increíble: - Mi culo está vacío, Fernando... ¡Llénamelo con tu polla!. Cuando estuvo ensartada de esta manera Enrique se levantó, ya
con su rabo fuera, se acercó a su mujer y se lo metió en
la boca sin decir nada. Jamás había visto tanta calentura
junta en una mujer. Por ser mi primer trío aquello era soberbio.
Bueno, en realidad no era un trío ya que lo estábamos formando
cuatro personas. El morbo que llenaba mi cuerpo era imposible de soportar.
Mi polla dentro del culo de aquella mujer que yo tanto había deseado,
temblaba y palpitaba a punto de correrse. No pude aguantar mucho. Con
un profundo suspiro, agarrándome con ambas manos sus curvilíneas
caderas, mis huevos reventaron y un fuerte chorro de leche saltó
a los profundidades del cuerpo de Rebeca. Durante aquella noche hicimos
de todo. Cambiamos de agujero y así estuvimos hasta que ya no resistimos
más. Lo bueno es que desde este día yo formo parte de sus
amistades íntimas y al igual que mi amigo Juan yo también
puedo tirármela varias veces al mes aunque, como siempre, delante
de su marido. |
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