Mireia es una chica muy atractiva, de 29 años, casada y muy liberal, pero la polla de su marido no la saciaba, así que, con el consentimiento de su marido tuvo que buscar buenas pollas fuera de casa y las encontró...

Yo no soy el protagonista de este testimonio, sino una amiga mía que, como me ha dado permiso para contarlo, así lo hago. Supe que su marido la quería mucho y que ella a él también, pero, por ser una mujer ardiente, no encontraba ningún placer en los 14cm de su esposo. Seguramente por constitución física, la vagina de Mireia era muy ancha y muy profunda, como la que dicen que tienen las mujeres de raza negra. Con este inconveniente, la polla de su marido era como si flotase en la enorme cavidad de la mujer y si bien el llegaba al orgasmo, ella ni se enteraba teniendo que ofrecérselo a la lengua o a los dedos del marido para poder orgasmar medianamente bien. Otro impedimento era la gran cantidad de jugos vaginales que Mireia lanzaba cuando estaba caliente, lubrificando tanto su cueva que la polla del marido, además de bailar en ella por su tamaño, se deslizaba sin frotar las paredes ni el clítoris que ella, por el contrario, tiene muy pequeño. Como es natural el estado de Mireia era de lo más nervioso. Todo le parecía mal, estaba de mal humor constante y casi corría detrás de los hombres para encontrar una polla adecuada a sus necesidades.

Por fortuna el marido de nuestra amiga es un hombre comprensivo y así, lleno de amor, le propuso probar con otros hombres para ver si realmente el problema estaba solo en la medida y no en el marido como hombre. O como macho. A Mireia le costó aceptar, pero en vista de que su calentura era casi como la de una ninfómana, acabó por considerar la propuesta y una noche, después de haberlo intentado de nuevo, le dijo a su marido que aceptaba su invitación. El problema era con quien hacerlo y al final decidieron poner un anuncio en una revista de contactos recalcando que la polla del afortunado tenía que ser, al menos, de 20cm. Recibieron varias cartas de respuesta y al final Mireia, asesorada por su marido, eligió a un chico de 26 años, cuya fotografía "muy expresiva" demostraba tener incluso más de lo solicitado. Llamó al teléfono que se indicaba en la carta y quedaron para verse directamente en su casa. El marido iba a estar presente, naturalmente. Mireia estaba muy nerviosa pero también se sentía muy mojada.

El chico, cuando apareció, era, a juicio de Mireia, mucho mejor que en la fotografía. Una vez desnudo como lo estaba el matrimonio, en la habitación, junto a la cama donde ella estaba estirada, excitadísima, pudo ver como la polla de su marido era solo un proyecto de polla. La del chico era monstruosa, como la de un burro, dura y nervuda. Mireia no quiso perder el tiempo. Ella no deseaba darle placer al chico sino obtenerlo de él y si, de rebote, él lo tenía pues mejor que mejor. Se hizo penetrar de golpe y cuando aquel capullo comenzó a barrenarle las entrañas y a restregarle todo el interior de su coño, Mireia pensó morirse de placer. Aquello era una polla, aquello era un hombre. A cada embite en sus entrañas, Mireia sentía como que le faltaba el aire. La inmensa polla la abría en canal y sentía todo su ser poseído hasta el cerebro. Se corrió casi en el acto y siguió corriéndose mientras el chico se la follaba cada vez más violentamente. Sus gritos podían oírse a varias manzanas de distancia y el marido estaba alucinado por lo que estaba viendo. Sin poderlo evitar, el hombre se cogió la polla y empezó a meneársela como un loco viendo gozar de su mujer como una histérica. El último orgasmo de Mireia coincidió con el momento justo en que su primer amante fuera del matrimonio lanzaba su impresionante descarga de leche en sus entrañas. Y también en ese instante, su marido derramó su esperma sobre la moqueta lanzando los mismos suspiros que su mujer.

Cuando el contacto se hubo marchado, con el agradecimiento de Mireia y de su marido, los dos se pusieron a comentar lo sucedido quedándose completamente convencidos, de que realmente, el problema de nuestra amiga era el tamaño de polla y nada más. Después de cuatro o cinco contactos más, hechos realidad en encuentros inolvidables, Mireia se vio dueña del mundo. Tomó conciencia de que era ella la que debía tomar la iniciativa, la que debía elegir la polla digna para su enorme coño y, siempre de acuerdo con su marido, se dedicó a elegir por sí misma los amantes de turno. El marido se la seguía follando cuando le apetecía pero con la misma frialdad de siempre para ella, aunque pusiera lo mejor de si misma para agradarle y ofrecerle el máximo gusto. Pero cuando Mireia ya no podía más, cuando necesitaba una buena polla que le removiera las entrañas, salía a la calle o llamaba a amigos y con toda la confianza les pedía que le mostraran la polla. En su bolso, Mireia llevaba siempre un centímetro y, sin vergüenza alguna, se dedicaba a medir la polla del posible futuro amante, después de una media peladita, para saber si la medida era la que necesitaba su coño. Y si era así, el hombre tenía por seguro que se la iba a follar, eso sí, delante siempre del marido.

Como es natural esta libertad que el esposo le concedía fue animando a Mireia, que llegó a conseguir mamar esas trompas que elegía e incluso logró que algunas de ellas le perforaran el culo a pesar del dolor inicial convirtiéndose, sin saberlo, en una fetichista del pene en un sentido elefantiásico. Y lo que tenía que venir, vino. Una noche Mireia pensó en que ocurriría si fueran dos pollas y no una las que jugaran con su cuerpo. El marido estuvo, como siempre, de acuerdo, y Mireia eligió a dos de estos amigos suyos tan bien dotados. Ya en su casa, y para demostrarle al marido que era eso lo que deseaba, les tomó la medida de la polla ya bien empalmada. Y luego pasó al ataque. Los cuatro estaban desnudos, el marido incluido, ya que él no podía perderse, al menos, una masturbación mientras se tiraban a su ardiente mujer. Vió como ella lamía alternativamente aquellas pollas de burro, cómo las masturbaba hasta ponerlas a tope de dureza y después, bien estirado uno de los hombres en la cama, como ella, encima de él, se empalmaba en aquel pedazo de carne endurecida hasta dar la impresión de que se la salía por la boca.

Ya bien penetrada, Mireia se inclinó hacia adelante, aplastando sus bonitas tetas contra el torso del hombre y ofreció su culo a la otra polla. El invitado no se hizo de rogar y abriendo aquellas redondas nalgas con sus dos manos, apuntó su monstruoso capullo y apretó hasta ver como la polla se iba metiendo en el culo de la mujer. El marido ya se estaba masturbando cuando ella, por primera vez, dijo que se la metiera en la boca. Fue apoteósico. Mireia se ahogaba, gemía, rugía, se agitaba, presa de orgasmos bestiales, ininterrumpidos. Su cuerpo estaba penetrado por tres pollas a la vez y aquello no había quien lo soportara sin chillar. Mireia chilló, a pesar de tener la polla del marido en la boca, se corrió como nunca y tragó la espesa leche por la boca, el coño y el culo, quedando, al final, deshecha sobre la cama, rota pero muy feliz. Había encontrado su camino sexual.

La historia de Mireia puede decirse que termina aquí. En la actualidad sigue con su sistema que tan buen resultado le ha dado. En su bolso lleva siempre la cinta métrica para comprobar la medida de sus ligues, la medida de su polla quiero decir, y así estar segura de que encontrará una vez más el placer total y completo que su enorme vagina necesita. En el fondo la suerte de Mireia ha estado en la buena voluntad de su marido, un hombre que ha sabido darse cuenta de que su felicidad dependía de la de su mujer y ahora los dos no pueden pedir nada más para que su matrimonio sea perfecto. El sexo es importante para la felicidad de los hombres así que, como se suele decir, a follar que se acaba el mundo.

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