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Había sido un día como tantos. Ordenados los papeles y después de montarme el trabajo para el día siguiente, dieron las diez. Mi secretaria, como siempre, se había ido a las siete. Me puse la chaqueta, corté el interruptor general de la luz de la oficina, saqué las llaves, cerré la puerta y me dirigí por el largo pasillo hacia el ascensor. En el pasillo hay ocho puertas de otros tantos despachos. Conozco a la mayoría de los ocupantes aunque solamente de vista o de habernos encontrado en el ascensor. La única con la que he tenido una relación más continuada es con Montse, la secretaria del gestor de la oficina situada en la puerta número 4. Nos hemos encontrado muchas veces a la hora de desayunar o tomar el café de la tarde. Es una chica de unos 22 años, estatura media, morena, pelo largo que suele llevar recogido en una trenza que deja al desnudo la tersura de su cuello, cara de niña, ojos negros de mirada profunda, boca carnosa y que, sin pintar, aparece de un rosa intensos, cuerpo esbelto, buenas tetas que le agrada lucir bajo jerseys estrechos y blusas escotadas, piernas preciosas, siempre al aire por sus cortas minifaldas y una simpatía arrolladora. Sí, la describo tan bien porque me he fijado mucho en ella. Es una mujer que me gusta en todos los sentidos pero siempre dentro del respeto que me puede inspirar una preciosa chica que puede ser mi hija. Siempre he sido consciente de mi edad y por consiguiente de hasta donde puedo llegar. Al pasar por delante de la puerta de su oficina, Montse salía. La saludé y le pregunté si es que estaba haciendo horas extraordinarias.
Fuimos andando hacia el ascensor, comentando en broma las ideas de los jefes. Llegamos, toqué el timbre y al subir el ascensor, abrí la puerta y la dejé entrar. Mientras descendía la cabina, hablamos de tonterías, como del tiempo o del trabajo, hasta que el ascensor paró. Me extrañó porque normalmente tardaba más en llegar abajo. Entonces me di cuenta de que estábamos entre la quinta y cuarta planta. La puerta no se podía abrir y pulsé el botón de alarma. - No vale la pena que llame - me dijo ella con cara de resignación
- Son más de las diez y el conserje se va a las nueve. Dudo que
en el edificio quede alguien. Miré su gruesos labios mientras chupaban el cigarrillo, su cabello negro y aquellos pechos que amenazaban con romper el fino jersey que llevaba. Cuando enderezó la cabeza para aspirar el humo de su primera chupaba, pensé que no llevaba sujetador ya que se dibujaba perfectamente la forma de sus senos y la punta tiesa del pezón. Volví a apretar botones sin resultado. Me apoyé en la pared de la cabina. Montse también estaba apoyada en la pared de enfrente. Nos miramos a los ojos y sonreímos. - Vamos a tener que pasar la noche aquí - le dije - En tu casa
pasarán ansia. Por fortuna yo había hecho lo mismo, no lo de salir con amigos pero si lo de llegar tarde ya que pensaba que tardaría más en ordenar mis papeles. La miré de abajo a arriba, con cierto disimulo. Estaba encerrado en un estrecho recinto con una preciosidad de muchacha. Me hubiera gustado tenerla entre mis brazos, desnudarla, besarla, acariciarla y follármela por todos sus agujeros pero las normas sociales me lo impedían. Me consideraba un caballero y saltarme las normas en una situación parecida sería algo así como un crimen. - Tus amigos pensarán que les has dado plantón - comenté
por decir algo. No supe que contestar. Aquella conversación ofrecía posibilidades pero aún no sabía de que signo. Pero tampoco podía desaprovecha la ocasión. - Antes me has dicho que tus amigos son muy liberales. ¿A qué
te referías con ello? - pregunté. La conversación estaba tomando un camino peligroso. Si teníamos que estar allí toda la noche era mejor cambiar de tema. Montse se había sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y las rodillas encogidas, envueltas por sus brazos. En esta postura, su corta falda me dejaba ver al completo sus muslos desnudos. Mil pensamientos, cada uno más excitante que el anterior, cruzaron mi mente. Casi al instante mi polla reaccionó ejerciendo presión en mi bragueta. Me encontraba de pie y no podía hacer nada para ocultar la erección. Entonces ella levantó la mirada y la fijó en mi entrepierna. Permanecimos así unos minutos, en silencio. De pronto me saqué la chaqueta, la tendí en el suelo, a su lado y me senté. - ¿Enfadada? - le pregunté. No me contestó y siguió sin mirarme. Mi muslo rozaba el suyo así como mi hombro, levanté el brazo y lo pasé por su espalda. Mi mano quedó, sin tocarlo, a escasos centímetros de uno de aquellos turgentes pechos. - No hay hombre maduro que no enloquezca ante tus muchos encantos - le
susurré al oído Ella permanecía en silencio pero noté como sus muslos, casi imperceptiblemente, se separaban. Mi mano acarició uno de ellos mientras mis labios se posaban dulcemente en su mejilla. Montse giró la cara lentamente hasta que su boca se posó en la mía. Primero fue un beso suave, como vergonzoso, pero luego se convirtió en un morreo apasionado. Mi mano abandonó aquel muslo para agarrarle una teta. Era dura, grande y el pezón me pinchaba la palma. La polla ya no me cabía en el slip. Su erección era total e incluso parecía doblarse por la presión del pantalón. En este momento sentí el roce de sus dedos sobre el bulto. Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo. Excitado a tope, levanté el jersey y desnudé aquellas dos mamas grandes, duras y preciosas. Mi boca se acercó al tieso pezón y tras lamérselo lentamente, me lo tragué succionando con fuerza. Mientras se los chupaba, fue sacándole el jersey y luego desabroché su falda. - No, puede venir alguien - murmuró. A los pocos minutos la tenía completamente desnuda a mi lado. Podía contemplar los encantos jóvenes de Montse, aquellos encantos que tantas veces me había imaginado. Me puse en pie y comencé a sacarme la camisa ante su mirada. Luego los pantalones y al final el slip. Mi polla madura, pero no por ello menos gorda y tiesa que una joven, la apuntaba con deseo. Montse se arrodilló ante mi, colocó sus manos en mis nalgas y tragándose mi dura verga, empezó a succionarla con una gran maestría. Con ambas manos cogí su cabeza, apretándola contra mi vientre para que se la tragara entera. Permití que Montse disfrutara de mi tiesa polla un buen rato hasta que temiendo correrme con esas chupadas tan profundas y esta dedicación como si en ello le fuese la vida, la aparté. Cogiéndola por las axilas, la levanté apoyando su espalda en la pared del habitáculo. Montse respiraba profundamente haciendo levantar sus hermosos pechos. Separé un poco sus muslos y llevé allí mi polla, sintiendo el roce de los rizados pelos de su coño. Al notar la caricia de mi verga en su raja, abrió los mulos y se inclinó un poco, para facilitarme el camino de sus entrañas. Quizá un chico joven se la hubiera follado así mismo, en aquella postura, pero para mi era complicada e incómoda. Mi excitación no estaba para montar números. Le di la vuelta, inclinándola hacia adelante y haciéndole apoyar las manos en la pared. En esta postura tenía su culo ofrecido. Separé sus nalgas dejando aparecer la abultada raja de su coño. Abrazándola, me así a sus mamas, besé su cuello y sus hombros mientras su culo se apretaba contra mi erecta polla. La incliné un poco más para que mi capullo no tuviera ninguna dificultad para encontrar la entrada de su vagina. Cuando mi pene empezó a entrar en ella, noté en el acto la humedad que envolvía su coño. Seguí apretando. Estaba estrecho y me gustaba su calor. Montse no cesaba de gemir. El coño de Montse se ajustaba perfectamente, como un guante, a mi polla produciendo casi el mismo placer a los dos. Mis movimientos de entrada eran lentos, para degustar al máximo aquella presión que me enloquecía. Ella jadeaba, inclinada, penetrada ya por completo, y con las manos crispadas contra la pared del ascensor. Con un placer increíble, mi polla entraba y salía cada vez a más velocidad. Ella jadeaba y gemía hasta que, de pronto, tuve la sensación de que se derrumbaba teniéndola que sujetar por la cintura. En este mismo instante sentí como mi polla quedaba bañada de un líquido ardiente y también me corrí lanzando todo el torrente de mi leche en aquel magnífico coño, juvenil, estrecho y caliente. Cuando salí de ella tuve la segunda y alegre sorpresa de la noche. Mi polla seguía igual de dura que al principio. El follar con aquella jovencita me había hecho volver a mi propia juventud. O era que el fuego de la muchacha se había transmitido a mi cuerpo. Sin dejar que cambiara de posición la volví a penetrar hasta que logré una segunda eyaculación que, al igual que la vez anterior, coincidió con un nuevo orgasmo de ella. Al sacársela, la giré, nos abrazamos y besándonos con lengua, caímos los dos de rodillas al suelo, sobre nuestra ropa. Hacía sólo dos horas que no encontrábamos allí encerrados. La noche era joven y nunca mejor dicho. Nos mirábamos sin decir nada hasta que Montse se inclinó, me cogió la polla con una mano y empezó a pasar su lengua por todo el capullo antes de tragársela casi entera. Estaba llena del sabor de mi leche y de su coño, pero no le importó. Mientras me la mamaba, yo le acariciaba la cabeza, la espalda y los pechos por debajo de su brazo. Lo increíble sucedió. Mi polla iba recobrando, aunque fuera muy lentamente, cierta dureza, suficiente al parecer de ella pues, al notarlo se la sacó de la boca y colocándose en cuclillas sobre mi, se fue sentando en ella hasta quedarse clavada por el coño hasta los huevos. Entonces me abrazó, pegó sus labios a los míos y empezó a cabalgarme con lentitud, saboreando cada movimiento de mi polla en sus entrañas. A mi me faltaban manos para tocar, acariciar y sobar los encantos de aquella muchacha mientras, prácticamente, se me estaba follando. Montse no paraba de subir y bajar por mi estaca, cada vez más dura. Yo tenía claro que ahora ya nada podría hacerme orgasmar de nuevo pero me sentía muy feliz de ser capaz de darle a la chica todo el placer que estaba buscando en un hombre maduro. Se corrió, como las veces anteriores, en silencio pero tragándose mi lengua y abrazándome con fuerza. Se quedó un rato quieta, sobre mi. - Jamás me corrido tantas veces con un hombre - me dijo en voz
baja- ni con tanta intensidad. Nos vestimos por si acaso pero permanecimos abrazados, besándonos y hablando del futuro. Futuro que yo creía iba a morir cuando nos abrieran la puerta del ascensor. No fue así. Sobre las siete de la mañana llegó una mujer de la limpieza, oyó nuestras llamadas, avisó al conserje y a la media hora estábamos en la calle. Llamamos a casa contando la realidad de lo que había ocurrido pero sin contar la presencia del otro, desayunamos juntos y luego regresamos cada uno a su oficina. Mientras desayunábamos, Montse volvió a insistir en su deseo de ser mi amante. Y lo acepté. Ahora cuando ella termina su trabajo viene a mi despacho y allí hacemos, con toda tranquilidad lo que, bastante incómodos pero muy encendidos, hicimos en la cabina de un ascensor estropeado. |
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