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Vimos a Roberto en el restaurante. Al reparar en él, lo que más me sorprendió fue no hallarlo en absoluto cambiado, como si no pasasen los años para él, como si nos hubiésemos despedido la víspera, cuando en realidad habían pasado unos años. Me tendió la mano sin demostrar la menor sorpresa y dijo sólo: "Hola". Yo le contesté con una inflexión de voz semejante, sin vacilar ni sacar nada pasado a colación. Había una cincuentena de personas, distribuidas en los dos comedores y los balcones estaban abiertos de par en par. Rober estaba solo, parado en el balcón, apoyado de espaldas contra el pretil. Miraba hacia el interior del salón. Seguí su mirada para ver que atraía tanto su atención. Era un grupo de tres personas, también de pie, que conversaban no lejos del vano. Dos chicos de menos de treinta años, que no conocía, y una mujer joven todavía, casi una muchacha también, de vestido crema y que era, precisamente, mi mujer. Miré nuevamente hacia el balcón y esta vez me crucé con la mirada de Rober, tranquilamente posada en mí. Me sonrió, con una sonrisa que podía clasificarse de rara, o bien fue el contraluz en el que se hallaba su rostro lo que me dio esta impresión. Tenía los brazos bien separados, a cada lado de su corpachón y las manos asían la baranda del pretil contra la que apoyaba su cintura. Rober es un tiarrón que se trae de calle a las féminas. Todo el mundo lo decía. Aquella tarde pensé, una vez más, que era muy cierto. Y no es de extrañar, por tanto, que sea sin duda alguna, además, el mejor ejemplar masculino de toda la asociación. Me acerqué al vano de la puerta, pero sin llegar al balcón. Él no se movió. Contemplé más allá de su enorme silueta, la gente que pasaba abajo por el bulevar y dije algunas palabras insignificantes al respecto. Él hizo un gesto de asentimiento. Miré su cara y vi que sus ojos inquisidores estaban de nuevo fijos en algo, en la misma dirección que hacía un momento, ahora detrás de mí. No me atreví a girar la cabeza para ver si estaba mirado al mismo sitio que antes, al mismo grupo, en particular al culo de mi mujer. Pero pensé que era así ya que su mirada tenía la misma expresión que cuando lo descubrí. Mejor dicho, una falta total de expresión. Me preguntó por Pili, indicándomela con los ojos. Sólo me dijo que él había venido sin su mujer. Por lo demás no logré sacarle más de dos o tres palabras. Él estaba ensimismado. Mi esposa daba la impresión de que apenas respondía a los chicos que intentaban sacarla a bailar. Además evitaba mirarlos de frente y a menudo bajaba la cabeza para mirar con el rabillo del ojo y de una forma oblicua, a Rober, como avergonzada. Era muy agradable verla. Pequeñita pero bien formada y con la carita tan linda. Pero, ¿qué va a decir parte tan interesada como el que escribe siendo su marido y además, tan enamorado y encoñado con su personita como estoy?. Hasta puedo deciros que la encontraba realmente seductora. A mi triste entender os puedo asegurar que no había visto nada parecido en toda la tarde. De su evidente juventud emanaba un encanto carnal que inclinaba más a clasificarla de mujer joven en sazón que bajo la denominación ambigua de jovencita y, sin embargo, en su vestido crema, ligero, corto y simple, también tenía el aire de una niñata caprichosa, sofisticada y remilgada. Desde el sitio donde me hallaba no podía ver a Rober mientras observaba de lejos a mi mujer, que mantenía bajos los párpados como ruborizada, pero no dudé que él seguía en el balcón apoyado, recostado contra el pretil, con los brazos tan separados a cada lado del cuerpo, agarrando con ambas manos la baranda de metal, marcando paquete descaradamente, ofreciendo y marcando, a toda luz, una pelvis demasiado excitada. Volví a ver su expresión, vacía pero cachonda, como si vigilase el desarrollo de un guión preparado por él mismo. A diferencia de mi mujer, nunca él me había producido una emoción sensual. Al principio me sorprendió tal cosa pero terminé por decirme que precisamente su masculinidad demasiado acentuada y su exceso de perfecta hombría me impedían considerarlo como una presa posible para mí. Un sólo detalle que lo volviese vulnerable bastaría para que yo sintiese el ardor del eventual vencedor. Suposiciones, pensé, nada más. Un poco más tarde tuve la ocasión de verles bailar y observarles. Cuando mis ojos se detuvieron en ella, en sus rasgos, en las líneas de su cuerpo, más graciosa que nunca, dulce y plena de reserva la encontraba, pero con movimientos de tímida bailarina, en la que una pizca de torpeza ponía aún más en evidencia su encanto ante tamaño hombrón. Estaba ella presentando su incipiente pechito al duro, alto y plano estómago del titán, más interesado en contemplarla detalladamente que en servirse del lote gratuito que ella le ofrecía. Su vestido tenía una falda corta pero muy amplia y con el talle ajustado. Un escote en pico descubría generosamente sus hombros redondos, brillantes y todavía poco dorados por el sol primaveral. - Vamos a tomar algo... si eres tan amable... - me dijo Rober acercándose a mí. Lo miré directamente a los ojos, arqueando mis cejas. - ¿Pili? - pregunté. Con una polla indiscreta en lugar de con el dedo señaló a mi esposa que, no lejos de nosotros, estaba en una silla y se miraba las manos enjoyadas, cruzadas sobre los muslos. - ¿Y qué más, Rober? - musité. Salimos y nos instalamos en un reservado del rincón del pub. No había nadie más que nosotros tres. Sin consultarnos ni pedir opinión, Rober pidió por su cuenta whisky y agua mineral. El camarero se dio prisa en servirnos y perderse. Me incliné hacia Pili para arreglarle el mechón de pelo azabache con finos reflejos caoba. - ¿No es cierto que está preciosa? - dije con voz provocativa. Miré hacia ella. Inmóvil, mantenía los ojos bajos como si contemplara su vaso de agua mineral con un generoso chorro de whisky, donde diminutas burbujas seguían subiendo a la superficie. - Si quieres, puedes tocarla, Rober - dije. Este me echó una mirada de agradecimiento y desprecio. Me preguntó si no estaba un poco bebido pero era así mi estado normal de alcahuete. Solamente un poco cínico y cachondo. - Verás, es muy buena, agradable, complaciente, canela pura - seguí diciendo. Rober me preguntó que significaba ese futuro "verás" y me miró una vez más a los ojos y a Pili los hombros torneados y lisos. Su mano, tremenda, estaba posada en el respaldo de la banqueta. Sólo tuve que desplazársela un poco adelante para rozar con la punta de los dedos la piel de su espalda. Mi esposa tuvo como un ligero estremecimiento y alzó un segundo sus párpados hacia él. - Muy agradable y hermosa - asintió dirigiéndose a Pili. Pili lo miró durante unos instantes, luego bajó de nuevo los párpados azules, entregada y sonrojada como una amapola. Es cierto, tiene unos ojos pardos grandísimos, con una pequeña miopía, y unas pestañas enormes que se habían curvado con las tenacillas que tiene para ello. Ahora le acaricié la carita con mi mano, hablándole a media voz como si se dirigiera a mí mismo: - También una bella boca, bonitos labios, gordos, dulces y sabios, muy expertos... y lindísimos dientes, preciosos y pequeñitos dientes blancos... muéstraselos un poco. Le había abierto mientras, la boquita de piñón con mis dedos. - Quédate así, cariño - le dije. Repentinamente mi tono de voz se había vuelto más seco y tenía el cipote tieso y duro, pegado a mi vientre. Pili se mantuvo, juiciosamente, como le ordené. La boca entre abierta permitía distinguir el borde de los dientecillos, brillantes y bien alineados como los picos de una sierra. Pero ella miraba hacia mí. Sus labios separados temblaban ligeramente y entre ellos escapaba parte de su aliento oloroso y provocador. - ¿Te gusta todavía Rober? - añadí. El asintió con un movimiento de cabeza. Entonces se la acerqué, sujetándola, pues estaba al borde del orgasmo y temí que fuese a caer. Luego solté, a quemarropa: - No lleva sujetador, ¿sabes?. No le hace falta aún. Me parece más divertido que salga así de casa . Esta vez Pilar enrojeció más violentamente. Iba a seguir diciendo alguna imprudencia, como por ejemplo, que tampoco llevaba ninguna de las otras prendas interiores habituales para no marcar su generoso pompis pero, contrariamente a lo esperado, me callé. Como Rober estaba vuelto hacia ella ahora, aspiró su perfume. Era lo bastante discreto para no llamar la atención a menos de estar muy cerca de ella. No era el perfume adecuado para una muchachita cualquiera pero sí para una real hembra en celo. Al cabo de unos instantes de contemplación, eché una rápida ojeada a la entrepierna de Rober y vi que los aromas de mi mujer habían surgido efecto en su galán. Cuando volví la cabeza, vi como se contemplaban. Pili inmovilizada, con los ojos bajos según su costumbre, a menos de una cuarta del paquetón que sobresalía de la bragueta de Rober. También él estaba un poco abstraído, tan cerca de ella. Sus ojos ahora estaban clavados en su generoso escote. Después de una imperceptible vacilación, Pili deslizó la mirada por todo el torso de Rober, hacia su rostro y sus piececitos dieron un paso sobre la moqueta, donde se hundían los altos y finos tacones. Hasta este momento no reparé en la fineza de sus tobillos. - Acaríciasela antes, Pili. Pili tendió la manita hacia el centro entreabierto de la bragueta, con mucha suavidad. Pasó la punta de los deditos de seda sobre el borde de los calzoncillo, rozando apenas la carne rosa y tierna, recubierta de ásperos pelos pelirrojos. Despacio los pasó varias veces alrededor de la protuberancia central. Luego separó, con delicadeza femenina, los pliegues de la fina tela de algodón con las extremidades de sus cinco dedos unidos, volvió a hurgar de tal modo que, tras ensanchar y cerrar de nuevo dos o tres veces más, la abertura de la prenda, introducir repetidamente el dedo anular, donde lleva la alianza de nuestra boda, cuya uñita lacada en rojo escarlata desapareció casi por completo en el hueco del prepucio. Acto seguido retiró el dedo muy lentamente. - ¿No te parece que también tiene unas bonitas manos, Rober? - pregunté de nuevo. El convino en ello. En verdad tiene una pequeña mano, blanca, leve, de movimientos graciosos y precisos. - ¡Vamos para casa! - dije. |
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