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La historia que voy a contar hace tiempo que dura, así como mis cuernos. Mi relato empieza cuando el autobús con que íbamos o regresábamos de la playa, pasó a un camión y abrí mis ojos adormilados. Mi mujer, que estaba sentada a mi lado, había cruzado las piernas y mostraba los muslos hasta la mitad. Aquella visión tan agradable para un marido tan enamorado y encoñado como yo, me trajo sin remedio a la mente uno de los juegos preferidos de Dori y me devolvió a los quince días que habíamos pasado en las tranquilas aguas del Mediterráneo, en nuestras merecidas vacaciones. Mi esposa se me había revelado un poco exhibicionista en la playa, lo que me inquietaba y excitaba al mismo tiempo provocando, por supuesto, mis celos. A Dori le gusta, por ejemplo, hacer el amor a plena luz, sin bajar las persianas e incluso sin correr las cortinas, tanto de día como de noche, donde no nos conocen. Cuando le manifesté el temor que desde los apartamentos vecinos pudiesen vernos, mi mujer respondió: - ¡Mejor, me excita mucho la idea de que alguien nos espíe y vea lo hermosos que somos y lo bien que sabemos hacerlo a los cuarenta, pero con más brío que a los treinta... tal vez al vernos se masturben! Estaba como una verdadera loquilla. Le gustaba pasear embutida en unos estrechísimos pantalones de fina malla, sin bragas y marcando el papo, por las terrazas de las cafeterías del paseo, unas veces junto a mí y otras unos pasos delante, como si fuese soltera, para provocar los comentarios desbocados y los obscenos piropos de los tíos. Dori es una morenaza de ojos enormes y mirada aterciopelada, enfatizada por efecto de su leve miopía, de nariz encantadora de aletas ensanchadas, y boca tiernamente sensual, siempre dispuesta a sonreír, que revela una hilara de blanquísimas perlas. Es una hembra sazonada, cuarentona, pero de cuerpo fuerte y esbelto, torso firme, curvas armoniosas y piernas espléndidas y bien moldeadas por sus muchos años de ciclismo de montaña, de aire espabilado y maneras a veces demasiado corteses, al límite de lo confidencial, en especial con las personas del otro sexo que le gusten. Como no habíamos llevado el coche, nos desplazábamos a la playa en el autobús costero y Dori se divertía volviendo locos a los pasajeros al mezclarse entre ellos en las horas punta, ataviada con un vestido ligero, sin llevar ningún tipo de ropa interior debajo. - Tú quédate cerca de mí y observa, cabronazo, pero no des a entender que estás conmigo - me recomendaba la zorrona. Se ofrecía por entero a las caricias, mas o menos disimuladas, y se restregaba con obscenidad contra los pantalones de los pasajeros, situados como moscones a su alrededor, a fin de sentir a través de las telas como se les alteraban las pollas y tal vez se encontraba, de pronto, con una de ellas apretada lascivamente contra su pubis, a otro en medio de las nalgas, una tercera pegada a un costado, la cuarta en un muslo y varias manos dispersas un poco por todas partes de su anatomía. Desde los hombros hasta los senos, desde el culo hasta el chocho. - Con permiso... - decía de pronto. Se deslizaba como una serpiente después de haberse corrido como una demente en medio de aquel montón de aprovechados descarados, con cara de cerdos. Apartaba sus tentáculos y apéndices con energía femenina y casi juvenil, y bajaba, haciéndome una señal, en la parada prevista, entre murmullos de contrariedad y gemidos de enfado por parte de los tíos así burlados. - Esta vez he provocado al menos siete erecciones, marido - se vanagloriaba
una vez recuperado el aliento - ¿No te lo crees? He sentido con
toda claridad su efectos en mi carne porque estoy casi desnuda. Que fuerte
¿verdad? En particular la del que estaba frente a mí, que
he engatusado echándole provocativamente mi aliento a su nariz.
He sentido los golpecitos en su titolón golpeando mi chichi y en
ese momento yo también me he venido como una loca. ¡Dime
si has conocido a una mujer más calentorra que la tuya, marido! Así, con todos estos recuerdos escalofriantes de sus juegos amorosos, me concluyó con una "manuela" estrepitosa. Como masturbadora Dori, no sólo es formidable sino incansable conmigo, tanto que en aquel momento me cubrió con el impermeable en los asientos reclinables. Después del primer asalto, fogoso y gratificante como siempre que actúa con su manecita de seda, no pude llegar al segundo. - ¿Sabes lo que voy a hacer ahora mismo? - me dijo Dori en cuanto
pisamos la casa - Voy a llamar pidiendo "ayuda" a mi amigo.
- Nunca he sido más consciente de mis actos ni más inteligente
en mis ideas. Me pica mucho el chochito por ausencia de mi amante, así
que alguien tendrá que aliviarme la tensión y no vas a ser
tú precisamente el tío adecuado, marido. Ya sabes que él
es un super dotado, ¿no? Además cuando esto pica nada como
su leche para calmar y suavizar mi pipa... Puesto que estaba para venir su amigo y amante, tenía ganas de torturarme haciendo exagerar mis celos y sufrimientos. - ¿Me ayudas a ponerme guapa para el encuentro? Estoy hecha un adefesio del viaje - me preguntó para rematar, con la mirada velada por quien sabe que clase de sueños. Con pereza, bostezando y voluptuosa, Dori se dejó enjabonar por mis temblorosas manos, en la bañera. Primero sus piececitos y las piernas, luego los brazos, las axilas y los senos, sacando las distintas partes del cuerpo mejor formado del mundo, fuera del agua. Por último el pubis y los redondos glúteos, como cascotes de sandía, de rodillas para sacarlos fuera y dejarlos en mis febriles manos de enamorado cabrón y poco correspondido. También permitió que la secara y luego perfumara. - Viérteme algunas gotitas en el chorrete, sin exagerar, huelo
a vaca que alimento. No sé si follaremos ahora mismo, pero tengo
que estar preparada como sí... ¿Qué me aconsejas,
marido? ¿Es mejor que me mantenga en mis trece, que intente resistirme
un poquito a sus tentativas o tanto da que me entregue enseguida puesto
que el tío me urge y gusta tanto y por lo tanto ya he decidido
tirármelo? Obedecí arrodillado a los pies de mi bella y perversa mujer, como si estuviera adorándola, como si fuera una diosa. En verdad que nunca he visto una hembra tan hermosa y seductora. - ¿Quieres ponerme las medias y el liguero también? - siguió
ella - Tú me vistes y él me desnudará en breve. Tú
me deseas y él me tomará en tu lugar. Tú me quieres
y él me goza. Se quedó mirándose en la luna del armario empotrado, haciendo mohines con los labios. - ¡Te sabe mal, maridito, si me pongo el vestido que me compraste
el otro día... lo consideras como una falta de educación?
- me preguntó. Luego se sentó al borde de la cama, me llamó coquetonamente con el gesto burlón de poner el índice en forma de garfio, guiñándome un ojo. A continuación se dejó caer de espaldas separándose, al mismo tiempo, las piernas y ofreciéndome de ese modo la visión espléndida de su vagina abierta y sin braga. Metí allí toda mi cara, hambriento de amor y cariño. Arrodillado delante de aquella maravilla bien formada, me dispuse a besarla, lamerla, olerla y chuparla con toda la pasión de mis labios y lengua y con mi polla tensa hasta el espasmo dentro de la dolorosa prisión de mis calzoncillos. - ¡Lámeme, cabrón, chúpame bien, guarro! - me ordenó Dori - ¡Caliéntame el chochi, prepárame dignamente para mi gran velada de amor! Para mí, la vida con mi esposa, solo tiene esta única forma posible de erotismo desde que tiene amante. Por eso logré proporcionarle un somero "gustirrín" a mi infiel y adúltera consorte, que gemía y se estremecía, se agitaba y retorcía. De repente, aferró mis cabellos, me empujó la cara con violencia contra el pubis hasta meter mi nariz, la boca y el mentón dentro de la vulva y los mantuvo allí un ratito. - ¡Ahora basta! - gritó - ¡Has hecho que me retrase,
maldito cabrón! - en este instante sonó el timbre de la
puerta - Abre tú, por favor, dile que pase y lárgate cuanto
antes. Eso es lo que le deseé con deportividad y con irónica amargura, cuando abrí la puerta. |
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