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Soy una chica de 22 años, me llamo Rita y vivo en Palma de Mallorca donde se trasladaron mis padres, desde nuestra Murcia natal, a los pocos meses de nacer yo. Mi historia empieza hace tan solo tres meses, cuando me enteré de que era una chica engañada. Yo nunca me he pintado los labios por lo que me llevé una buena sorpresa cuando descubrí en el cuello de una camisa de mi novio, manchas de carmín. No dije nada pero intenté descubrir más cosas por si todo hubiera sido una falsa alarma y las manchas fueran de otra cosa más inocente. Dos días más tarde, me atreví a rebuscar en la cartera de Pepe mientras él dormía. Encontré la fotografía de una mujer, con aspecto de ser algo mayor que yo, con una dedicatoria que no dejaba lugar a dudas. Con mi novio, incluso ya antes de prometernos, hemos tenido relaciones sexuales completas. Yo tomo pastillas, soy muy caliente, multiorgásmica y pensaba que entre nosotros dos todo iba a las mil maravillas, que quedaba tan satisfecho como yo y no necesitaba otra mujer para calmarse. Me follaba prácticamente a diario de una manera perfecta. Creí que sentía hacia mí el amor que yo sentía hacia él. No era así evidentemente. Miré la foto. La mujer no estaba mal. Bastante vulgar pero atractiva. Siempre había pensado que si descubría que mi hombre me engañaba algún día me iba a enfurecer, despedirlo, dejarlo, pero me daba cuenta de que no era así. Me dolía pero también creía amarle. El dolor era más por el engaño que por los cuernos. Incluso pensé que si me hubiera pedido permiso, le hubiera dicho que adelante, siempre que lo hiciera con la máxima discreción. No sería la primera vez que, mirando una revista porno juntos, habíamos comentado e imaginado lo hacer un trío o un intercambio. Guardé la foto donde la había encontrado pero, disimulando todo lo posible, empecé a cavilar mi venganza. Dejarlo no era la solución. Hubiera sido demasiado fácil. No, el camino tendría que ser otro. Al final llegué a la conclusión que lo que más le duele a un hombre es que le pongan los cuernos. Incluso más que a una mujer. Él me los había puesto y ahora se los pondría yo. Pasé revista a todas nuestras amistades pero todas eran matrimonios y no quería hacer daño a ninguna amiga con mis manejos. También estaban los compañeros de trabajo de mi novio. Los conocía aunque superficialmente. Tampoco conocía a sus esposas o novias, si es que las tenían. Pero, ¿me atrevería, sería capaz de meterme en la cama a otro u otros hombres?. La respuesta estaba en probarlo. Dos días después de haber tomado yo esta decisión, me presenté por sorpresa al bar donde yo sabía que él iba a desayunar. Allí estaba junto con tres de sus compañeros. Se sorprendió mucho al verme pues era la primera vez que yo hacía algo semejante. - Pasaba por aquí delante, me he acordado que es donde tú me dices que vas a desayunar y he entrado por si estabas - mentí. Entonces me presentó a sus amigos. Yo, como he dicho, ya los conocía superficialmente. Eran José, de 25 años, Julio de 28 y Antonio de 36. Repito que no recordaba si estaban casados o tenían novia, pero tampoco me importaba. Eran tipos muy normales, ni guapos ni feos. José era alto y flaco, Julio de mi estatura pero Antonio un verdadero gigantón. Parecía un luchador o un jugador de rugby. Me senté con ellos y en el acto noté como mi novio se ponía nervioso. Para la ocasión yo me había puesto muy sexy. Contrariamente a mi costumbre llevaba una falda corta hasta medio muslo y un suave jersey bastante apretado, de tal manera que mis tetorras parecían más grandes de como las tengo. Al sentarme, había cruzado las piernas y la mitad de uno de mis gordos muslos quedó a la vista de todos. Tiene gracia. Tu novio tiene una amante, se la folla cuando quiere, pero se pone nervioso si los demás te miran. El que con menos disimulo me miraba era Julio. Yo le sonreí varias veces, intentando parecer una mujer liberada. Al final acabé tomándome mi papel en serio e incluso abrí algo mis piernas para mostrarle una buena ración de muslamen y el color de mis bragas. Para ver si mi actuación daba sus frutos, me levanté y me dirigí a los lavabos. Antes de llegar a la puerta tenía a mis espaldas a Julio. Se había dado prisa el tío. - En las pocas veces que nos hemos visto - me dijo - nunca me perdonaré
no haberme fijado en que fueras tan atractiva. Me metí en el lavabo de señoras para que Julio no viera lo nerviosa que me había puesto. Estaba intentando algo que en mi vida hubiera pensado que fuera capaz. Me sentía como una ramera en busca de ligue. Al salir del lavabo y sin mirar a Julio, me despedí y me fui a casa. Cuando llegó mi novio parecía estar enfadado pero no me dijo nada. Lo curioso es que aquella noche me folló con más ganas que nunca e incluso logró que me corriera más veces que de costumbre. Al día siguiente, a la hora indicada, iba a entrar en el bar de la cita cuando un claxon me hizo girar la cabeza. Julio me estaba esperando dentro de su coche. Había dicho a mi novio que iba a tomar unas copas con mis amigas, cosa que solía hacer de vez en cuando. Nada más entrar, Julio me dio un beso en la mejilla. Pensé que si se hacían las cosas tenían que hacerse bien hechas. Le cogí la cara por la barbilla, se la giré y pegué mis labios a los suyos. Mi novio nunca me había besado con tantas ganas. La lengua de Julio me lamía todo el interior de la boca, cogía mi lengua y me la chupaba. Jamás pensé que un beso que no fuera de mi novio pudiera mojarme el coño. Me notaba caliente y no protesté cuando Julio, animado por mi manera de comportarme, comenzó a tocarme los pechos y meterme mano bajo la falda. Insisto en que era la primera vez que un hombre daba muestras de desearme de verdad. Aquello me desarmó por completo y me entregué sin ninguna duda. A los pocos instantes mis tetorras estaban fuera de mi sujetador y una de ellas en la boca de Julio, mientras su mano, dentro de mi braga, me estaba acariciando el coño metiéndome un dedo dentro de la humedecida raja. Yo no sabía lo que me pasaba. Gritaba, gemía y me revolvía toda, presa de un placer indescriptible, un placer jamás sentido. Me corrí chillando y felicitándome mentalmente por mi decisión. Con mi novio, a pesar del gusto que tengo que reconocer me daba, no era ni mucho menos tan intenso. Quizá me faltaba mucho que aprender sobre el sexo. Cuando me tranquilicé, Julio me preguntó si podía llevarme a un meublé. Nunca había estado en uno, así que acepté. Ya en la habitación, Julio me desnudó por completo. Tenía cierta vergüenza pero cuando comenzó a acariciarme y a besarme entera, lo único que deseaba era que se desnudara él y me dejara tocar su polla. No tardó en estar como yo. No estaba nada mal el tío. Y tenía una polla muy buena. Se la cogí. La masturbé un poco y luego, no sin cierto reparo, me la metí en la boca. A medida que se la chupaba y se iba endureciendo aún más dentro de mi boca, mi excitación subía de tono. Cosa que nunca le había hecho a mi novio, porque él decía que no le gustaba, hubiera deseado que Julio se corriera en mi boca para saborear su leche, saber su sabor. Pero Julio, cuando la tuvo bien dura, me la sacó, me tendió en la cama y montándome, empezó a metérmela en el coño muy despacio. Lo que estaba haciendo, el adorno de cuernos que le estaba poniendo a mi novio y el gusto que me daba, me llevaron a un brutal orgasmo. - ¡Que gusto, sigue, cabrón, rómpeme el coño, llénamelo con tu leche, ponle los cuernos a mi novio, hazme tuya... sí... aaah... que gusto, me corro... aaah... quiero tu leche, quiero sentirla dentro...! - gritaba como enloquecida. Mientras me corría sentí perfectamente la descarga de la esperma de mi amante rubricando la imposición de cuernos. Nos quedamos un rato descansando y luego le pedí que me acompañara cerca de casa. Por el camino le pedí que intentara que mi novio no supiera nada de lo que habíamos hecho aunque sí podía comentarlo con sus amigos. Al mirarme extrañado, añadí: - Soy una mujer muy ardiente pero no puedo tener un amante fijo, pero
sí acostarme con alguno si me apetece. Llegué a casa feliz y satisfecha. La cosa había sido mucho más agradable de lo que yo había pensado. Estuve muy cariñosa con mi novio pero cuando, después de cenar y él, extrañamente, intentó de nuevo hacer el amor conmigo, lo rechacé diciendo que estaba muy cansada. Y era verdad. Dos días más tarde me llamó Julio, invitándome a salir de nuevo. Lo arreglé para el día siguiente, también a las ocho y media pero cuando ya nos despedíamos, me preguntó si me importaba que nos acompañara Antonio. - ¿Qué pretendes... hacer un trío? - le pregunté. Me lo pensé durante breves minutos. Los amigos de mi novio me iban a tomar por una viciosa pero me gustó la idea y acepté. Iniciado el camino y teniendo muy claro que yo no buscaba amor con mis amantes sino placer, me arreglé muy especialmente para el día de la cita. En primer lugar no me puse ni sujetador ni bragas. La sola idea de salir así a la calle ya me puso el coño como un lago. Cuando me encontré con ellos, en la misma puerta del bar, me picaba el coño una cosa mala. Al entrar en el coche de Julio, nos besamos con lengua y luego hice lo mismo con Antonio. El hombretón parecía algo cohibido por lo que, saliendo de nuevo del coche, me senté detrás, con él. Cogí una de sus manos y metiéndomela bajo la falda dejé que tocara mi peludo coño desnudo. Antonio lanzó una exclamación y mientras me sobaba el chocho, con la otra mano me levantó la falda para vérmelo. Me abrí bien de piernas invitándole a que me penetrara con sus dedos, cosa que hizo al instante comenzando a masturbarme al tiempo que desabrochaba mi vestido para sacarme las tetas al aire. Mientras me masturbaba y me chupaba los pezones, acabó de sacarme el vestido y antes de que me diera cuenta estaba complemente desnuda ante ellos. El morbo era increíble. Me sentía una completa hembra, un coño para goce de los hombres. En aquel momento hubiera hecho todo lo que ellos me hubieran ordenado y en realidad lo hice ya que fuimos a un descampado, me hicieron bajar del coche, así tal y como estaba, y mientras Julio me la metía en la boca, Antonio me metía la suya, tan grande y gorda como él, en todo el coño. Cambiaron varias veces de agujero haciéndome orgasmar un montón de veces hasta que los dos, con el tiempo de descanso suficiente, me llenaron tanto la boca como el coño, con su esperma. Lo repetimos varias veces con Julio y Antonio a solas y con los dos a la vez hasta que también se animó José a participar. Sus amigos le habían hablado de mi calentura, de mi disponibilidad y se apuntó. De esta manera me los he seguido follando de uno en uno, de dos en dos o los tres a la vez. De esta última manera fue tanto mi placer, a pesar del intenso dolor inicial que sentí cuando José fue el primero que me reventó el culo, que ahora es como más me gusta hacerlo, de tres en tres. Uno por la boca, otro por el culo y el tercero por el coño. El resultado de todo esto es que ya me importó muy poco lo de ponerle cuernos a mi novio pues mi placer era lo más importante. Dejé a Pepe sin darle explicaciones y me he dedicado a gozar con mis tres amantes. Alguno de ellos hablará y así Pepe se dará cuenta del por qué lo he dejado. Quizá me considerará una zorra pero la verdad es que me importa un pito. |
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