Su marido hacía tiempo que le hablaba del intercambio de pareja o del trío, tanto con un hombre como con una mujer, pero ella no se atrevía hasta que fueron invitados a aquella fiesta. Bailó con muchos hombres pero uno de ellos le produjo una gran emoción. Los tres fueron a un hotel y allí ella conoció por fin el color del placer de un trío espectacular.

Somos María y Manuel un matrimonio de Ciudad Real de 33 y 36 años, hasta hace poco normal. Los que nos conocen nos consideran atractivos. Fuimos a aquella boda de unos vecinos y luego a la cena y la consiguiente fiesta. Mi marido hacía tiempo que me hablaba del intercambio de pareja o bien el trío con un hombre con una mujer ya que nos consideramos bisexuales. También una experiencia en la que él actuase de mirón y yo follara con otro o realizara una tortilla con otra mujer. Pero yo no me decidía ya que lo consideraba peligroso o anormal o inmoral. ¡Que sé yo!. Aquella noche en la fiesta de la boda, bailamos y bebimos. Lo estábamos pasando estupendamente. Como yo me muevo muy bien en la pista, especialmente si tocaban rumbas o sevillanas, todos querían ser mi pareja. Esto enorgullecía a mi esposo.

Bailé con el novio, con el padrino y con otros muchos. Siempre de forma alegre pero inocente, mientras mi esposo nos contemplaba admirativamente desde un rincón de la sala. Por último tuve como pareja a Berna, un muchacho bastante alegre al que no conocíamos y que se me presentó diciéndome que sería un honor que yo aceptase un baile con él. No quise reconocerlo pero su atractivo y su voz dulzona, me cautivaron, hacíamos una muy buena pareja. Me cogió por la cintura y todo el rato mantuvo una mano sobre mi cuerpo a la vez que me halagaba con piropos.

- Muy bien bonita - me decía - Estupendo preciosa, así, así, cariño... un poco más despacio, tesoro...

Pero de inmediato tocaron una canción lenta. Berna me abrazó y ni corto ni perezoso pegó su cara a la mía y su cuerpo y como no su entrepierna que yo no daba crédito a lo que allí tendría que haber pues notaba un bulto descomunal.

- Que cuerpo tan suave tienes, querida - empezó a susurrarme - Que apetitosa debes de estar y que cosas debes saber hacer en la cama, preciosa mía.

Yo estaba sorprendida. A cada vuelta miraba a mi marido y le preguntaba con los ojos si dejaba a aquel tipo en medio de la pista o me quedaba a su lado. Él me respondía, con señas, que esperara para ver lo que pasaba. Acabó la canción y volví al lado de Manuel, pero Berna me acompañó muy galante. Se plantó ante mi esposo y le dijo:

- Gracias por permitirme bailar con su mujer, es maravillosa.
- No hay de qué - respondió mi marido - Ella sabe seleccionar muy bien sus parejas de baile.

Esta respuesta animó al chico ya que se sentó a mi lado.

- ¡Que suerte tiene usted! - añadió dirigiéndose a mi esposo - ¡Pocos maridos disfrutan de una mujer así!.

Entonces mi marido le preguntó:

- ¿Está usted casado?.
- Sí, pero liberado en el terreno sexual porque a mis 33 años me gusta disfrutar y hacer disfrutar, cosa que a mi pareja no le va.
- Bueno, no todas las mujeres son iguales - contestó mi marido - A Mari por ejemplo, le encantan los hombres altos como usted y caballerosos por lo que diría que usted la atrae bastante.

Yo permanecía callada, sorprendida de la actitud de Manuel. Casi avergonzada.

- ¡Vaya! - suspiró Berna - Eso se merece que les invite a una copa pero fuera, a otro lugar más tranquilo, sin este bullicio.
- ¿En su casa, por ejemplo? - dijo Manuel.
- Si ustedes me conceden este honor... - sonrió Berna.

Nos fuimos con él en su elegante coche. Yo me senté a su lado y Manuel se acomodó en los asientos de atrás. Manuel le preguntó:

- ¿Le gusta mi mujer?.
- Bueno... - contestó Berna mirándome casi con lascivia.
- ¿Le importaría hacer un trío? - siguió mi marido.
- ¡Claro que me apetecería, mucho, muchísimo! - contestó rápido al mismo tiempo que rodeaba mis hombros con su brazo y me tocaba una teta sobre el vestido - Tiene usted una hermosa hembra, sensual y apetitosa.

Al mismo tiempo, desde atrás, mi marido me subía la falda hasta dejar a la vista el triángulo trasero de mis braguitas. Y encima me besaba y me mordía el cuello, las orejas y los hombros. Así llegamos a lo que yo creía era la casa de Berna pero al bajar del coche comprobé que estábamos frente a un hotel situado en el centro de la ciudad.
Berna pidió habitación y conforme subíamos, Manuel le dijo:

- Puedes considerar a Mari y a mí como un punto más a tus salidas sexuales.

En la habitación puso una película porno y una música lenta. Nos pusimos a bailar Berna y yo. Me apretaba contra su entrepierna que lucía un descarado bulto. Me besó. ¡Y vaya como besa el tío!. Poco a poco fue subiéndome el vestido hasta descubrir no sólo mis bien torneados muslos sino también todo mi apetecible culo, que magreó y manoseó durante un buen rato. Yo estaba muy excitada y mojada y más cuando vi a Manuel sacarse la polla y empezar a meneársela. Aquella visión y los magreos de aquel extraño, me llevaron a un punto tal de excitación que bajé mi mano diestra en busca del bulto de Berna.

Al desabrocharle el pantalón y dejar salir su polla comprobé que era efectivamente tan descomunal como yo había pensado. Debería medir más de 20 cm y era muy gorda. Estaba muy firme, muy dura, tiesa, caliente y palpitante contra mis muslos. Se la cogí para apretarla, sobarla, retorcerla, pellizcarla y masajearla, mientras él me sacaba las tetas y me desprendía del resto de ropa ante la mirada fija de Manuel. Entonces Berna, con sus manos en mis hombros, me empujó hacia abajo. Comprendí que quería que le chupara el miembro. ¡Si es que podía metérmelo en la boca!.

- Chupa, María, chupa - me decía.

Era aún más grande viéndola de cerca. Empecé a chupar el capullo con glotonería pero me costó muchísimo meterme unos centímetros más de aquella enorme polla en la boca así que nuestro amigo se sentó en el sofá, yo me senté encima de él y sin mediar palabra, me introduje su miembro dentro del coño no sin antes sentir una presión que casi diría yo que era dolor. Así comencé a follar a Berna mientras Manuel se ponía debajo chupándome el coño y creo que parte de la polla de nuestro nuevo amigo, sin dejar de meneársela. Los tres nos corrimos al mismo tiempo.

- ¡Que corrida más genial he tenido! - exclamó mi marido.
- ¡Pues esto no ha hecho más que empezar! - le contestó Berna.

El amigo se arrodilló ante mi coño y empezó a succionar, intercambiándolo por mi ano. Incluso metió la lengua y un dedo en mi culo pero di un respingo cuando sentí que metía dos dedos. Manuel había cogido la polla de nuestro compañero y cuando empezó a maneársela parecía gustarle pues no dijo nada e incluso sus chupadas en mi coño y culo aumentaron en rapidez e intensidad.

- ¡Chúpala, chúpamela! - le dijo de pronto.
- No sé si debo - replicó mi marido.
- Prueba, por favor, prueba - insistió Berna.

Y ahí tienes a mi esposo chupándole la polla a Berna. Cuando la tuvo bien tiesa, me dijo:

- Antes me follaste tú pero ahora quiero follarte yo.

Me la metió despacio pero con mucha fuerza. De vez en cuando daba acelerones y yo no paraba de correrme.

- ¡Para, para ya, cabrón! - le decía - ¡Para que ya no puedo más!.

Mi esposo se puso debajo, entre los dos me colocaron encima de él, con su verga en mi coño, mientras Berna se colocaba detrás de mí. Intuyendo lo que iba a pasar quise protestara pero él ya había metido el gordo capullo en mi ano.

- ¡No, no... sácala...me haces daño... aaah... soy virgen por ese lado! - decía yo entre sollozos.
- Pues ya es hora que dejes de serlo - contestó Berna sin dejar de apretar.
- ¡Sácala, no sigas! - insistía yo.
- ¡Fóllale el culo! - terciaba mi marido - ¡Fóllaselo fuerte... que placer... siento tu polla apretar la mía dentro de su cuerpo!.

Mis suplicas ya no tenían sentido. Mi entrega era total pero el dolor era intenso. Me escocía y parecía que mi ano se iba a partir. Sus sacudidas eran lentas pero precisas. Manuel se estaba corriendo y yo igual. Pasado el dolor mi gusto era terrible. Nada tiene comparación con dos pollas juntas llenándote por completo. Berna no se había corrido y su polla mostraba su mayor poder cuando le dije:

- ¡Lléname el culo, cabrón, llénamelo, córrete de una vez!.

Así lo hizo. Al sentir su leche quemar mis intestinos pensé que no podía ser. Me venía, me venía otro orgasmo.

- ¡Sigue, sigue, no pares ahora, no pares... aprieta fuerte!.

Pegué un grito que debió oírse en todo el hotel. Quedé rendida y satisfecha a pesar del dolor de mi ano. Nos quedamos dormidos los tres y cuando despertamos, Berna se había ido, sin un adiós, sin una despedida.

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