No le gustaban los hombres pero desde siempre se había sentido atraído por su cuñado y más cuando éste le confesó que le gustaba su mujer e iba a hacer lo posible para follársela. Esta idea le puso tan caliente que, sin poderlo superar, se arrodilló ante el cuñado y le regaló una soberbia mamada, la primera de su vida. El experimento ha dado resultado. El cuñado se tira a su mujer y él, además de proporcionarle el placer bucal cuando lo necesita, se ha convertido en esclavo de su cuñada.

Al parecer, en la boda a la que habíamos sido invitados, se había empinado el codo más de la cuenta. Tanto Antón, mi cuñado, como yo estábamos lo suficientemente achispados. Nos volvimos intrépidos y agresivos, retando a bailar a nuestras queridísimas esposas. En particular yo, que lo estuve haciendo con la hermana mayor de mi mujer, mientras Antón bailaba con la mía, ocho años más joven. Mi cuñada, a parte de la edad, me dobla en corpulencia pues, lo mismo que mi mujer, soy de constitución delgada y no muy alto. La rubiaza de mi cuñada, a la que llamaré Flor, es una vehemente defensora de los derechos femeninos. No había bailado nunca con élla y mucho menos de aquella manera, digamos tan desenfadada. Jugó conmigo como el gato con el ratón. Fue ella quien tomó la iniciativa hasta que me hizo reventar como un volcán con solo frotarme con su entrepierna e insinuarse con un conato de beso sin darme, ni mucho menos, tiempo ni opción para la cama. No suelen atraerme las mujeres como ella, de tipo maternal, de anchas caderas y pechos abundantes. Los senos me excitan menos que ninguna otra parte femenina y supongo que cabe interpretar esto como un deseo inconsciente de que el cuerpo de una mujer sea idéntico al de su hermana menor, mi mujer.

Invitados por el cuñado, llegamos a su pequeño unifamiliar y mientras éllas hacían la cena, Antón me retuvo en el sótano-garaje para enseñarme sus bricolajes, sus herramientas. Los objetos domésticos más cotidianos se llenaron de significado una vez relacionados, de una forma u otra, con el dominio físico que él ejercía sobre mi. Todavía no sabría decir donde residía su atractivo, cuando se desabrochó la bragueta ante mi asombro y sacándose el "mandao" como si fuese un regalo y me dijo:

- ¡Fíjate como me la ha puesto Celia en el baile... te voy a hacer cabrón, cuñado!.


Aún recuerdo como caí de rodillas bajo el intenso aroma de aquel pollón, que llenó la estancia cuando se echó todo el pellejote atrás con los esbeltos dedos de su mano derecha. La sensación que me provocó aquel fuerte olor no fue de asco ni rechazo precisamente, sino de oscura aprensión, vergüenza, deseo y placer. Era mi primera polla.Y la única hasta la fecha. Estuve muy torpe con ella pero al fin se la trinqué del todo, curioseando sobre su descomunal tamaño y grosor, sobre la forma de descapullarse. Con mayor pericia cada vez, le quité, por enésima vez, la cubierta al olivón de la punta y se la dejé pelada para metérmela en la boca hasta la garganta. La estuve mamando, besando la punta que lloraba lágrimas de gloria, una y otra vez. Mientras se la chupaba, su mano hizo presa en mi nuca y tiró de mi.

- Es Celia tan delicada, tan pequeña - murmuró Antón - que no puedo creer que tenga chorrete para encajarle esto.

Abrí la boca sólo para que entrase hasta los cojones y me traspasase las amígdalas. Sentí el duro cipote contra el cielo del paladar y luego contra mi corazón. El le daba cuanta marcha podía y en vez de ser yo quien se la mamaba, era él quien me follaba descaradamente la boca y el gaznate pensando que ya se metía entre las piernas de mi Celia, reprimiendo cruelmente el propio deseo un montón de veces para prolongar más el placer, al mismo tiempo que mis besuqueos en su pelambre y escroto, le excitaban hasta un punto insostenible viniéndose en oleadas de lefa.

El disfrutaba reprimiéndose, al mismo tiempo que soltaba improperios y piropos muy agradables para mi mujer. En la gloriosa espera yo también gemía. Antón me taladraba la garganta produciéndome arcadas a cada una de sus violentas tarascadas, follándome en la boca con el pensamiento puesto en Celia, echándome a mi el polvo, llenándome con el sabor del zumo de su polla. Todo se confundió cuando él siguió dándome caña con su verga, aún después de su excitación satisfecha con una eyaculación tremenda. De vez en cuando aún me acariciaba la nuca, farfullando:

- ¡No es posible que me vaya a follar el chochito de Celia, es tan pequeñita, tan guapa, tan delicada, con la misma carita que mi Flor pero con un tipito tan mono...!.

Su verga, todavía dura, seguía aún entre mis dientes. Me sujetaba la cabeza con ambas manos y casi no se apreciaba mi cuerpo entre sus piernas, hecho un ovillo y la mitad que el suyo. Estaba tan vibrante que todavía no había acabado de derramarse. Olía como un bosque, a cedro... a macho.

Puedo afirmar que mi consentimiento, desde aquel día, representa una exteriorización del deseo de ver a Celia con Antón, un refugio donde no me sea preciso tomar decisiones ni asumir responsabilidades, como me ocurre cada vez que estoy a solas con Flor. Sean cuales sean las razones, dejé de buscarlas después de visitar la casa de Antón con Flor, mientras él visitaba la nuestra con Celia. Me tumbaba para disfrutar al ver mi fantasía de volverme cabrón, convertida en realidad. Me siento muy feliz al aceptar que soy cabrón consentido y también he descubierto que no soy el único, que otros son iguales y me comprenden. No recuerdo muy bien los detalles de mi primer encuentro a solas con Flor puesto que había tomado unas copichuelas para entonarme y coger valor. Pero algo se pareció a la veintena de veces que han seguido. Flor me obligó a desnudarme después de que me hizo correr con la música que había puesto en el C.D. Me ató pies y manos con cuerdas de nylon para inmovilizarme en el diván y finalmente me puso el pene erecto masajeándome los testículos. Sin quitarse el ceñido vestido, Flor encendió un cigarrillo y me miró con los ojos entornados mientras se preguntaba en vos alta qué tratamiento inflingiría a mis genitales.

He olvidado los detalles confusos del primer día, pero algo recuerdo de la lascivia que me invadió. ¿Qué planeaba hacerme... me dolería... me permitiría gritar o me iba a amordazar... cuanto tiempo me retendría allí de forma tan vejatoria... se mostraría realmente cruel?. Yo la encontraba, en aquellas ocasiones, muy atractiva. Igual que Celia pero con doble cuerpo. Tenía su hermosos rasgos aguileños y boca de labios finos, pero el olor de su aliento era mucho más penetrante y sexual. Olía a auténtico coño. La encontraba entonces muy atractiva, hasta que me corría.

- ¡Claro que sí, cariño! - decía, riendo estrepitosamente.

A cada una de mis emisiones, recogía toda mi esperma en un clinex y me la hacía deglutir en su presencia. Flor elevaba el arte de la burla hasta niveles insospechados. Por lo que a ella respectaba, no era más que un medio de entretenimiento el tenerme inmovilizado en una posición adecuada para aniquilarme la libido, reventándome sin descanso mientras su marido se estaba beneficiando tan a gusto, a su hermana. Desnudo y tendido boca abajo, volví la cabeza y vi a Flor coger el tubo de plástico viejo de la botella de butano. Se desnudó hasta la cintura, mostrándome sus oscuras tetazas y tras tocarme con el tubo, el culo para medir la distancia, empezó a azotarme, muy despacio al principio, como una acaricia, hasta que mi piel se calentó y enrojeció. Entonces aumentó la fuerza de los golpes.

En realidad, al principio no me gustaba que me pegase pero me encantó sentirme impotente, a merced de la hermana mayor de mi Celia, sometido a sus risas, deseos y caprichos. Fue Flor quien me inculcó eso, pero la excitación seguía siendo mental cuando me preguntaba si me gustaba más el semen de su marido o el mío propio. En el espejo del tocador, inclinado yo sobre la cama, veía como me taladraba mis indefensas nalgas con un pepino untado en aceite. Después de cruzar cierto umbral de dolor, mis nalgas se alzaban por voluntad propia para recibir el pepinote en una armonía que unía la dominante y al dominado en una extraña conspiración de acción y reacción, con la jaca de setenta kilos sentada a horcajadas sobre mis riñones. Conteniendo el aliento, alcé mi cabeza para mirar, con ojos más que implorantes, a Flor. Aquello empezaba a ser demasiado. Ella me metió su manaza, con toda mi lefa recién expulsada, en la boca para acallar mis gritos, mi sofoco y mi llanto.

El pepino aún subía y bajaba, cada vez con más furia. Flor parecía extasiada, con los ojos destellantes, las fosas nasales dilatadas, mientras sus enormes senos se balanceaban frenéticamente con cada uno de sus movimientos ya que yo no podía moverme, totalmente roto. Oía la respiración sibilante de mi cuñada mientras el vegetal caía sobre mis torturadas partes con tormentosa insistencia. Finalmente, Flor se corrió también con un trémulo gemido, hincándose de rodillas y cogiéndome la polla, me masturbó para llevarme a un orgasmo sin emisión de esperma alguno. Tan sólo unas gotitas de un fino aguachurris emergió de mi menguada picha.

- ¡Que asco me das, cuñado! - fueron sus últimas palabras.

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