Cuando la empresa donde trabajaba le propuso trasladarse a Bilbao con un cargo más elevado, más sueldo naturalmente y más libertad, con menos control directo, aceptó encantado. El hecho de estar bien situado, ser joven y atractivo, le permitió ligarse a las mujeres que quiso pero, lo que nunca imaginó es que acabaría convirtiendo su casa en una especie de harén.

Hace años, mi empresa me propuso trasladarme a Bilbao por una temporada. Lo cierto es que yo era joven, 30 años, y sin compromiso. Me ofrecieron ascender a un buen puesto y acepté. Como era uno de los directivos de la sucursal me concedieron una casa para que no tuviera que vivir en hoteles. Durante un tiempo mi vida se dedico al trabajo y... a las mujeres. Lo cierto es que no tenía ningún problema para conseguir compañía. Las chicas eran amables y yo un buen partido desde el punto de vista económico.
En el primer año de mi estancia, tuve relaciones con seis chicas. Las había grandes y pequeñas, hasta una casada pero ninguna solucionaba mi problema con el servicio. Las criadas pasaron por mi casa con rapidez ya que ninguna aguantaba más de uno o dos meses. Juro que no intenté nada con ellas, tenía comida de sobra para mi polla en coñitos jóvenes y no tan jóvenes, deseosos de tenerme dentro.

Como tenía que solucionar el problema del servicio lo comenté con mi secretaria y le pedí que encontrase una chica para mi casa. Me habló de una hermana de su criada, una chica de 18 años que vivía con sus padres en una aldea cercana. Les propuso a sus padres traerla a la ciudad y estuvieron de acuerdo. Cuando llegamos a mi casa le indiqué donde estaba su cuarto y le enseñé el resto de la casa. Como no tenía ropa adecuada, le compramos algo en unos almacenes y la vestimos de forma que no desentonase entre el vecindario. Volví a mi rutina diaria, regresando a casa muy tarde. Siempre me la encontraba esperándome. Me preparaba la cena y se acostaba.

Un día, al regresar, la encontré con mala cara.

- ¿Qué te pasa? - pregunté.
- No me encuentro demasiado bien, me duele la tripa.

Comprendí cual era el problema. En la casa no había compresas ni nada parecido de forma que llamé ala farmacia para que las trajeran. Le di una aspirina y se fue a acostar. Así seguimos varios meses. Ella engordó y se redondearon sus formas. No era alta, pero su culo se puso grande y sus tetas apuntaron bajo su uniforme.
Una noche regresé muy tarde y me la encontré dormida en la cocina. No quise despertarla y la llevé a su cuarto en brazos. Su cara se apoyaba en mi pecho. Al entrar, me llevé una gran sorpresa. En todas las paredes había fotos mías. Eran copias de las que había en mi cuarto. Entonces ella se despertó entonces. Me miró con cara sorprendida y solo atinó a decir:

- Me dormí.
- ¿Qué son todas estas fotos? - pregunté, dándome cuenta en ese momento de que tenía en casa una admiradora.

Bueno, ¿por qué no hacer que me admirase más? Estábamos sentados en su cama y puse mi mano por encima de su hombro. Ella se estremeció pero me dejo hacer.

- ¿Por qué tienes fotos mías en tu cuarto?

No contestó. Yo comencé a desabrocharle el uniforme de manera que pude ver sus pechos. Y me quedé maravillado. Eran de tamaño medio y terminaban en un pezón como una tetina de biberón, de color muy oscuro.
Como no se movía, seguí desabrochando todo el uniforme, que se abotonaba por delante, y la dejé con las bragas y las medias. Tomé uno de los pezones con mis dedos y comencé ha darle un masaje. Volví a preguntar:

- ¿Por qué tienes mis fotos?
- Yo sabía que era para usted - me contestó.

No entendí la respuesta y le pedí que me la explicara.

- El día que vine aquí, mi madre me dijo que yo debía hacer cuanto usted me pidiera y atenderle cuando viniera a mi cuarto.

¡Atiza! Resultaba que yo era el atrapado. Cuando me recuperé, pensé que si ella esperaba esto, pues que lo tuviera. La puse de pie frente a mí. Acercándola con mis brazos, dejé sus pezones a mi alcance y comencé a chupárselos. Ella tembló y decidí quitarle las bragas y las medias. Así lo hice y se quedó frente a mí, con una buena mata de pelo negro cubriendo su coñito. Mi polla ya no aguantaba más dentro del pantalón. Me desnudé rápidamente. Ella miró mi miembro inflamado y lo tomó con sus manos, comenzando a masajearlo.

- ¿Donde aprendiste esto? - pregunté.
- Se lo veía hacer a mi madre - contestó tan seria.

La tumbé en la cama y apunté mi polla hacia su vagina.

- ¿Qué es lo que sabías? - le dije.
- ¡Que yo era para usted!

Cuando me dijo eso, se la metí toda dentro. Dio un pequeño grito pero pronto empezó a moverse a mi ritmo. Eso era joder. Era como una serpiente, se retorcía y hacía unos movimientos con su coñito, como masajeando mi polla. Me corrí dentro de ella como hacía tiempo no lo hacía. Ella había tenido cinco orgasmos desde que la penetré. Descansamos un rato y la llevé a mi habitación. Cuando me recuperé, me senté en una silla y la hice sentarse sobre mis piernas, con su coño abierto, mirando hacia mí. Puse mi polla frente a su entrada y se la metí dentro. Como estaba muy excitado comencé a moverla, entrenado y saliendo de su coño. Se volvió a correr dos veces y yo, no aguantando más, me corrí de nuevo dentro de ella. Pusimos la silla muy sucia con nuestros jugos.

Desde ese día, todas las noches ella dormía en mi cama. Me la follaba dos e incluso tres veces, en una noche. Ella era cada vez más experta. Una noche le di por el culo. Al principio no le gustó pero, en noches sucesivas, le fue tomando gusto. Así seguimos un año más, hasta que una tarde, cuando regresé la encontré con su hermana. Era distinta a ella. Regordeta, bajita y morena. No era muy agraciada. Dolores, mi criada, me explicó que, desde hacía tiempo, su hermana sabía de lo nuestro.

- ¿Y qué es lo quiere?- pregunté.
- Ella no ha estado nunca con un hombre y ya tiene 20 años...

Me quedé de piedra.

- ¿Quieres que me la folle?

Su hermana dio un respingo, pero Dolores dijo escuetamente:

- Sí.

Me fije en su hermana, Lupe, no me pareció muy atractiva.

- De acuerdo, pero hará cuanto yo le pida, donde le pida y cuando le pida.

Aceptó y me acerqué a ella. Llevaba un vestido rojo y cuando me acerqué, metí mis manos bajo su falda y se la subí hasta la cintura, dejando sus bragas al aire. La chica hizo un pequeño intento de retroceder, pero yo la tomé de la cabeza y le obligué a acercarse.

- ¿De modo que quieres ser mi puta? - dije.
- Sssí... - contestó ella con la cabeza baja.
- Pues lo serás.

Me abrí el pantalón y sacándome la polla, le dije:

- ¡Chúpamela!

No reaccionó rápido y le obligué a meterse mi polla en su boca. De esta forma la fui acercando a la mesa de la cocina. Cuando su culo dio contra ella, casi se atraganta, pues no le avisé. Mientras seguía chupando, le desabroché el vestido y se lo bajé. Tenía dos grandes tetas, mucho más colgantes que las de su hermana a la que, por cierto, había mandado al salón. Le cogí una de ella y tiré hacia mí. Se quedó en una postura extraña, seguía con mi polla en su boca y yo tiraba de su teta. Le saqué la polla de la boca y me metí su pezón en la mía. Siempre me ha gustado ser tierno con los pezones de las mujeres y no iba a ser menos con esta. Se lo chupé observando como le gustaba.

- ¿Te gusta, puta?

Dijo que sí. Le quité las bragas y la apoyé sobre la mesa, con su culo al aire. Era un buen culo. Separé sus nalgas y vi el ano oscuro. Tomé un poco de aceite de cocinar y le unté el ojete. Apunté mi polla en la entrada y la penetré. Sentí como se resistía. Su espalda se lleno de sudor y soltó un leve gritito de dolor.

- ¡Aguanta, pequeña zorra, que luego te gustará! - le dije.

Acaricié el clítoris y se corrió antes que yo, que le dejé el culo lleno de semen. Me di cuenta que había encontrado el contrapunto a Dolores. Esta era resignada, se consideraba fea y me dejaría hacerle lo que quisiera. Dolores me preguntó si me había gustado. Sí, cuando me la folle será una putilla fabulosa. Quede claro que no pensaba hacerme proxeneta, era un forma de hablar. Cuando nos fuimos a la cama, me acosté con Dolores y su hermana ocupó su antigua habitación.
Después de follar con Dolores, a eso de las 5 de la mañana me desperté con la polla como un mástil. Había estado soñando con la hermana. Me fui a la habitación donde dormía y la encontré tumbada boca arriba. No llevaba nada puesto, a orden mía dada antes de que se acostara. Me coloqué ente sus piernas y comencé a metérsela en su coñito. Lo tenía seco, de forma que le restregué la polla alrededor hasta que se humedeció. Para entonces ella se había despertado

- Te voy a joder como te mereces - dije.

Dicho y hecho. Se la metí hasta el fondo. Dio un grito y se quedó quieta. Pronto demostró que lo de apretar la polla con el coño era cosa de familia. Me lo hizo como su hermana, pero no esperé a que se corriera, me corrí yo y se la saqué.

- Si quieres más me lo pides.

Ese día me siguió como una perra en celo. Me pedía cada dos por tres que se lo hiciera. Me dio pena y la metí en el coche. Cuando estuvo allí, separé sus piernas y se la metí toda de golpe. Le di tiempo para que tuviera un orgasmo. Se corrió entre gritos, yo terminé después. Imaginaos que tenía a dos hembras en celo a mi disposición. Con Dolores era atento y con su hermana no. Le decía una y otra vez que era mi puta privada y ella se ponía cachonda al oírme.
Cinco años después, mi empresa me trasladó a Argentina. Me las traje conmigo. No iba a perder a dos folladoras como estas. Allí estuve 15 años. Dolores me dio un hijo y su hermana una hija. Los he reconocido como míos. No me casé nunca, ¿para qué? Nunca dispondría de dos mujeres como estas. Ahora me he retirado a un pequeño pueblo donde me dedico a la cría de vacas de carne, de una raza muy apreciada. La historia no acaba aquí pero como pienso que me he alargado demasiado, seguiré en una próxima carta.

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