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Vuelvo a ser Julián de 35 años, reparador de electrodomésticos. Ya cité mi profesión ya que, gracias a ella, he tenido y sigo teniendo algunas experiencias sexuales dignas de tener en cuenta. Mido 1,80 aproximadamente y estoy bien proporcionado por lo que suelo tener bastante éxito entre las mujeres, especialmente entre las cuarentonas, a las que acostumbro ligarme con bastante facilidad. Como sea que también tengo un buen don de palabra, no me es difícil entrar en conversación con una mujer, sobre todo si la edad de ellas está entre los treinta y los cincuenta, pues con las jovencitas tengo que reconocer que no puedo con ellas, pues cuando empiezan a hablar en su lenguaje actual, me dejan totalmente cortado. La primera parte de la experiencia que empecé a contar y que sucedió el verano pasado cuando, por motivos de mi profesión, me llamaron para ir a reparar una lavadora en un chalecito de las afueras de mi ciudad, Ciudad Real, salió con el título de "¡Sorpresa!". Dejé la historia cuando, por la presencia inesperada del marido, tuve que esconderme en el armario de la habitación y desde allí contemplé como la señora de la casa intentaba levantarle la polla al marido. Mi verga, a pesar del susto, no se había arrugado del todo y viendo y oyendo lo que estaba pasando allí, se había puesto otra vez en plan guerrero. La mujer hacía esfuerzos terribles por poner aquel pingajo en forma pero no había manera. Al cabo de un rato, cansada, paró y se tendieron los dos en la cama, boca arriba, y por el aspecto de sus caras, totalmente desanimados. Ella por un motivo y el marido por el suyo. Entonces él, apesadumbrado, le dijo: - Ya te dije cuando nos casamos que te daría todo lo que desearas
menos sexo, pues nunca ha sido mi fuerte. Tú no te negaste a nada,
pero ahora me siento culpable de que una mujer como tú no tenga
la ración de sexo que necesita. Levantándose de la cama, fue hasta el armario y lo abrió apareciendo yo con una cara, supongo, de gilipollas impresionante. El marido no dijo nada, pero el gesto que hizo con las manos fue lo suficientemente elocuente como indicando que estaba de acuerdo. Ella me cogió de la mano, me llevó a la cama y subiéndose encima de mí, se introdujo mi polla en el coño y comenzó a follarme como una loca. Yo me olvidé de todo y me dispuse a disfrutar de mi buena suerte. Ni ella ni yo nos preocupábamos del marido pero de repente, en una ojeada que le eché, vi que tenía la polla totalmente en erección y se estaba haciendo una paja viéndonos, a su mujer y a mí, follar. Parece ser que el hombre solo se excitaba así y nunca se lo había dicho a su mujer. Pero de pronto, la mujer vio de reojo al marido masturbarse y le dijo: - ¡Así, así cabrón, disfruta como yo lo estoy haciendo... si supieras como me folla este hombre... sigue... sigue, que me corro... aaah...! Se volvió a correr en el momento en que, sin pensármelo, eché toda mi leche en su chocho. Casi al mismo tiempo el marido también terminó, eyaculando sobre la alfombra una cantidad de leche realmente pequeña, pero parece que para él fue un esfuerzo tremendo pues cayó sobre la cama totalmente exhausto. Nos repusimos un poco y por primera vez me atreví a hablar, pues hasta el momento yo no había dicho ni pío. - Les ruego me perdonen, pero no todos los días me sucede lo que
hoy me ha pasado, pero es que una mujer como usted no se ve ni se tiene
a diario. Nos despedimos después de darnos una ducha ella y yo juntos, donde volvimos a sobarnos y besarnos. Luego me marché con el compromiso de volver. Una o dos semanas después, un día, en el contestador, encontré un aviso para ir a reparar algunas cosas en un chalet, que pronto descubrí que era el de mis "amigos" y supuse que lo que había que reparar era a la señora. Llamé y efectivamente, así era. Quedamos para esa noche, cenar con ellos y después lo que hiciera falta. Pero ahí comenzó el problema pues mi esposa había oído la conversación y me preguntó que por qué tenía que ir a esas horas de la noche a reparar nada. No tuve más remedio que decirle que en realidad para lo que me habían llamado era para cenar un matrimonio amigo. - ¡Extraordinario! - dijo ella - Yo también voy. Traté de llamar al matrimonio para decirles lo que pasaba, pero no hubo manera de que contestaran al teléfono, por lo que a la hora indicada aparecimos los dos en el chalet del matrimonio, yo con más miedo que vergüenza. Nos recibieron muy elegantemente vestidos, yo hice las presentaciones y ellos se mostraron encantados con que mi esposa nos acompañara. Cenamos extraordinariamente y al acabar la cena, bien regada con un buen vino manchego, nos fuimos al salón a tomar unas copas. El marido no dejaba de mirar a mi mujer con ojos que el vino le hacían chispear. Yo estaba bastante mosca pues me temía que algo raro iba a pasar. Nos sentamos en el sofá pero Ángela me pidió que la ayudara a ir a por hielo, excusa para quedarse a solas conmigo, pensé. Cuando nos quedamos a solas, le expliqué que mi mujer había sorprendido nuestra conversación y no había tenido más remedio que traerla. - No te preocupes que a mi marido no le importa y si ella es complaciente, seguro que terminan los dos en la cama, aunque no sé lo que va hacer el cornudo de mi marido pues parece que con la única que no se le empina es conmigo - me contestó - Disfruta viéndome follar con otro mientras que él se hace una paja o follando con otras mujeres e incluso, creo, que con hombres. Volvimos al salón y la escena era realmente excitante. Ramón, el marido, se había sacado la polla del pantalón y mi mujer se la estaba chupando. Me quedé paralizado pero, al verme, mi esposa se levantó y me dijo: - Julián, no te asustes, ¿o es que no has venido a esta casa para esto? Aquello fue el pistoletazo de salida para que comenzara la orgía. Cogí a Ángela de la mano y nos sentamos en otro sofá empezando a besarnos. A los pocos minutos, los cuatro estábamos en pelotas. Mientras yo le comía el coño a Ángela pude ver como Ramón estaba intentando follarse a mi mujer por el culo, cosa que no le costó demasiado trabajo pues, como he dicho, él tenía la polla muy pequeña. Ángela y yo continuábamos con la labor y después de comerle el chocho, hicimos un 69 y terminamos follando como locos. Cuando terminamos, mi mujer y Ramón también habían acabado y nos estaban mirando muy atentamente. Nos fuimos los cuatro al cuarto de baño y dentro de una bañera redonda, enorme, nos estuvimos duchando juntos. Mientras lo hacíamos, pude ver como a Ramón se le volvía a poner la polla dura al tocarme los huevos por lo que deduje que las confesiones de Ángela sobre las inclinaciones de su marido eran reales. Esa noche la pasamos con ellos. Dormimos en la cama de matrimonio Ángela, mi mujer y yo, mientras que el marido se fue a otra habitación solo. Al amanecer me desperté notando como alguien me sobaba los huevos
y la polla. Era mi mujer que como solo la habían follado por el
culo quería que le echara un buen polvo, como la tengo acostumbrada.
Nos pusimos a la faena, Ángela se despertó y mientras mi
mujer y yo jodíamos, ella se dedicó a chuparle el chocho
a mi mujer y de paso, a mí los huevos y todo lo que se le ponía
a tiro. Tal ruido hacíamos que al rato apareció Ramón,
totalmente desnudo, y se unió a la fiesta dedicándose a
acariciarnos a los tres mientras nosotros íbamos a lo nuestro. |
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