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Soy viuda y tengo algo más de 45 años, aunque cuando me arreglo todavía alguien se vuelve a mirar por la calle, sobre todo mis abultadas nalgas. Pienso que no soy fea. Mido 1, 68 y soy morena, teñida naturalmente. Mi yerno es un chico encantador pero una suegra en casa no es lo más indicado para su felicidad y menos su intimidad. A pesar de todo, mi hermana se puso pesada y acabó mandándome a una de sus hijas para que viviera conmigo mientras yo le enseñaba a cocinar. Así no estaría tan sola, dijo. Después de morir mi marido, hace casi ocho años, jamás me había acostado con ningún hombre aunque, confieso, lo he deseado muchas veces. Pero soy de las que, por desgracia, tengo muy inculcado aquello del que dirán si alguien se entera. Y volverme a casar a mi edad era una barbaridad en todos los sentidos. Poco después de quedarme sola y cuando, por las noches, me sentía excitada aprendí la técnica de tocarme y con eso me conformaba. Cada semana compraba, y sigo haciéndolo, vuestra revista que después destruyo para que nadie me las encuentre por casa. Ver tantas colas erectas me ponía a cien, y hacía que me tocara hasta sentir un largo y placentero orgasmo. Esta práctica empezó a hacerse regular en mi pobre vida sentimental. Cuando sentía la necesidad, me tendía en la cama completamente desnuda, cogía unas revistas y repasando las pollas e imaginándome cosas con ellas, acababa acercando la mano a mi coño, por cierto muy peludo, y me acariciaba lentamente hasta que el placer me hacía suspirar. Entonces dejaba la revista, cerraba los ojos y comenzaba a masturbarme hasta que caía en ese orgasmo tan placentero que me liberaba por unas cuantas horas de la tensión de mi cuerpo. Mi sobrina es una chica joven, tiene 22 años y sale con un chico un poco mayor para ella, según el concepto que yo tenía de las parejas, pues tiene ya los 34 cumplidos. Pero tengo que reconocer que hacen una buena pareja ya que ella, Eva, es alta y algo generosa de cuerpo, con tetas muy grandes y culo tan gordo como el mío, por lo que no se le nota la juventud. Eva me tiene mucha confianza, creo que incluso más que a su madre. Cuando estamos solas en casa hablamos y ella incluso me cuenta cosas íntimas, cosas que hace con su novio. Yo trato de comprenderla y ayudarla dándole consejos, a pesar de mi inexperiencia. Un día la vi con ganas de contarme algo muy importante para ella. La animé y al final me contó que él ya la había penetrado, intenté avisarla de los peligros, que vigilara en no quedarse preñada y cosas así pero ella, sonriendo y dándome un afectuoso beso, me dijo: - ¡Pero tía, estamos en el siglo XX, ya tomo pastillas!. Desde esta confesión de mi sobrina sin saber porque, empecé
a mirar a Alberto, el novio de Eva, de otra manera. Cuando subía
a mi casa, cosa que como es natural, hacía a diario, y me besaba
en las mejillas, me ardía la entrepierna y le miraba como hombre
y no como futuro sobrino. Así empezaron mis pensamientos eróticos
observándole, con disimulo y cuando caminaba por la casa, la bragueta
y me imaginaba lo que guardaba bajo ella. Agarró a mi sobrina de una mano, levantándola del asiento y después de cerciorarse de que yo seguía dormida, se fueron al baño. Desde donde yo estaba pude oir el cerrojo. Me levanté y procurando no hacer ruido, me acerqué lentamente a la puerta. Se oían los continuos besos y mi sobrina decirle: - No aquí no lo podemos hacer, no es nada cómodo y además nos puede oir - con clara referencia a mi - Te la chupo, sólo chupártela. Después oí gemidos de ambos y suspiros profundos de Alberto. Me estaba poniendo mala el oírles y no pude evitar pasarme los dedos por el triángulo de mis bragas, por encima de mi falda, pero notándolas ya muy mojadas. Rocé mi sexo con los dedos y apoyada en el tabique, comencé a tocarme hasta que, incapaz de soportar mi excitación, metí la mano bajo mi falda, aparté la braga y me metí los dedos en el coño. Entonces oí gemir fuerte a Alberto y exclamar: - ¡Para... para que me corro... sí, me corro... ya... ya... yaaa... toma, toma mi leche... tómala toda...!. Tuve que apoyarme en el tabique y sujetarme en él pues se me nublaba la vista cuando me corrí metiéndome los dedos muy adentro y mordiéndome la lengua para no gritar. Cuando salieron del baño yo aún "dormía" y fue mi sobrina quien me despertó porque Alberto se marchaba. El viernes llegaron los dos, pasadas las nueve de la noche, y Alberto me dijo: - Venga Pili, arréglate, ponte bien guapa, que esta noche vamos a cenar y a bailar los tres. Se lo agradecí pero intenté negarme con la excusa de que una vieja como yo iba a molestar a unos jóvenes como ellos. Además no creía que fuera adecuado ir yo a un baile lleno de jovencitos pero, ahora Eva, me dijo que la discoteca que habían elegido era de gente de todas las edades y con música suave. - Hay más gente de tu edad que de la nuestra - añadió para convencerme. Me convenció y acepté. La cena fue muy buena y divertida y en la discoteca me sacaron a bailar tres caballeros hasta que Eva animó a Alberto a que me sacara él. El chico me agarró de la mano y nos metimos entre las parejas. Desde donde estábamos yo veía que se acercaban varios hombres a Eva pero ella se negaba una y otra vez. Alberto me tenía una mano en la cintura y la otra en la espalda. Ni decir tiene que no se me apretaba para nada. Ni me rozaba. De pronto una pareja, a mi espalda, me dio un empujón sin querer y mis tetas se pegaron contra el pecho de Alberto. La sensación que tuve fue intensa y no hice nada por separarme. Sus muslos rozaban con los míos y sus manos se desplazaban, lentamente por mi espalda. De pronto noté su entrepierna pegada a la mía y una ligera presión de su vientre. Casi sin pensar, apreté también y una de sus manos bajó al centro de mis nalgas. Alberto apretó suavemente con esa mano y se removió. Entonces sentí la tremenda erección de su pene en mi vientre. Después bajó la otra mano y con las dos, una en cada nalga, me apretó el culo contra él. Le hice una ligera presión con mis manos en sus hombros para apartarlo pero creo que aún fue peor y se puso más cachondo pues, no sólo me acarició el culo en toda su extensión, sino que comenzó a acariciarme las caderas y los muslos hasta que una de sus manos subió por mi costado y acarició uno de mis gordos pechos por abajo. En ese momento y a pesar de mi calentura, le dije: - No, Alberto, no sigas por favor, no está bien. El, en vez de hacerme caso y parar, me pasó la lengua por la oreja y yo apreté con todas mis ganas el vientre contra su bulto y removí mis caderas. Alberto intentó besarme pero volví la cara para que no lo hiciera y le dije de ir a sentarnos. Por el camino a la mesa, yo iba delante y Alberto me cogió por la cintura para pegarse a mi y me dijo al oído mientras colocaba el bulto de su entrepierna contra la raja de mi culo: - ¿Notas como me has puesto?. Naturalmente que lo notaba y tuve que reprimirme para no llevar mi mano hacia atrás y apretarlo aún más contra mi. Cuando llegamos a la mesa y él se sentó con mi sobrina, yo me fui al servicio y comprobé que tenía las bragas completamente mojadas y como mis líquidos no sólo inundaban mi raja sino que también la parte superior de mis muslos. Alberto estuvo todo el tiempo echando miradas de lujuria a mi cuerpo y aunque yo lo evitaba porque mi sobrina estaba allí, de vez en cuando abría los muslos mostrándole algo más que las rodillas. Bailé otra vez con él y me tocó a placer el culo. Desde las nalgas, subía las manos por la espalda como modelando mi figura y no paraba de restregarse contra mi. Alguna vez incluso llegaba a acariciarme el sexo por encima de la falda sin que yo protestase y mientras lo hacía me susurraba al oído: - Pili, debes tenerlo mojado, a punto para que te la meta... ¡Con que ganas te follaría aquí mismo!. Alberto estaba tan caliente como yo. Me tenía loca y en este momento, sin pensar, le dije: - ¿Piensas que soy de piedra?. Tengo tantas ganas como tú pero hay que guardar un poco las apariencias. Ya buscaré el momento más adecuado. ¿Que diría Eva si nos viera?. A eso de las tres de la madrugada, salimos los tres de la discoteca y nos fuimos hacia el aparcamiento. Alberto nos llevaba cogidas del brazo a las dos, pero no lo hacía como siempre pues, de vez en cuando, me soltaba y poniéndome el brazo en la cintura apretaba mis nalgas. Al llegar a casa, Eva dijo que estaba muy cansada y que se iba a acostar. Nos dio un beso a los dos y se metió en su cuarto al tiempo que Alberto me decía que le preparara algo de comer pues tenía un poco de hambre. Se sentó en el sofá mientras yo, sin cambiarme, me metía en la cocina, pero al instante lo tenía apretado a mi espalda, restregándose contra mi culo y besándome el cuello. Una de sus manos, sin que yo me resistiera, se metió bajo mi falda y empezó a acariciarme los muslos mientras me iba levantando la ropa. - ¡Vamos a hacerlo ahora Pili... mira como estoy... no puedo más! - me decía mientras se desabrochaba el pantalón. Cuando se bajó la cremallera, giré la cabeza y abrí la boca para tragarme su lengua en un beso apasionado. Si pensar en nada, totalmente vencida y entregada, encendida como nunca, tiré hacia abajo de mis bragas y así, por detrás, Alberto colocó entre mis muslos aquella polla que sólo había notado encerrada en su pantalón. Se me había olvidado mi sobrina y sólo pensaba en el hombre que se había pegado a mi por detrás y con ganas de hacerme suya, con ganas de meterme su polla. Mientras su capullo, tan caliente, iba y venía por mis muslos, una de sus manos me acariciaba el coño. Incapaz de sufrir por más tiempo aquel dulce tormento, yo misma me incliné un poco y la punta se colocó en la entrada de mi vagina. Alberto la metió lentamente, milímetro a milímetro, sin parar de acariciarme y meter su lengua en mi boca. Yo le apretaba mis dedos en la espalda hasta que, supongo, él ya no pudo aguantar más y me dio un tremendo empujón en las caderas hacia él que me llenó el coño con aquella formidable polla. Eso, esa brutalidad, hizo que yo lanzara un gemido de dolor al sentirme penetrada así pero él, totalmente enfurecido o enloquecido, empezó a bombear con fuerza, a toda velocidad mientras me mordía los labios. Al poco rato noté que me iba a correr. Alberto también lo notó y me animó a dárselo con todas mis ganas. En medio de los espasmos, le apreté fuerte y me entregué a su voluntad y al placer. Alberto me espatarró más e hizo que me inclinara hacia atrás. Así, levantó mi sujetador y desnudando mis gordos pechos, pasó la lengua por mis erectos pezones. Su polla ahora entraba y salía de mi bien lubricado coño con total facilidad. Tuve otro orgasmo y otro más hasta que él me dijo: - ¡Pili, me corro... me viene...!. ¿Lo echo dentro?. Asustada, metí una mano por entre mis muslos, le agarré la polla y le dije que no, que la sacara y me lo echara fuera. Tiró hacia atrás justo cuando su polla empezaba a soltar los chorros de semen, que fueron a parar a mi espalda y a mi culo. Me giré hacia él y abrazándole, nos besamos hasta que le pregunté que ocurriría si Eva nos hubiera oído. - Tranquila - me dijo acariciándome con dulzura - Eva sabe perfectamente lo que estamos haciendo. Los dos hemos hablado de ti, sabemos que lo pasas mal y que necesitas a un hombre. Eva fue la que me animó a complacerte. Creo que de la vergüenza de que mi sobrina supiese que me había follado su novio, quise desaparecer en la tierra hasta que comprendí que todo lo habían preparado los dos para mi felicidad. La cena, el baile y el resultado final fue todo un montaje muy bien realizado. Después de un rato de conversación sobre el tema y ya vencida mi timidez, Alberto me cogió de la mano y entramos en mi habitación. Nada más cerrar la puerta, Alberto me cogió entre sus brazos y mientras nos besábamos me fue quitando la ropa hasta dejarme desnuda por completo. Luego se desnudó él dejándome contemplar su cuerpo joven y su polla morcillona. Sin que me dijera nada, lo hice sentar en la cama y arrodillándome entre sus muslos le cogí, con una mano los huevos y con la otra la polla que empecé a lamer y chupar hasta notar como iba endureciéndose entre mis labios. Cuando la tuvo a tope, me hizo levantar, me tumbó de espaldas sobre la cama y montándome, me la metió de nuevo en el coño hasta que sus cojones hicieron tope. Yo seguía muy mojada así que la follada fue fácil y muy excitante. De los espasmos del placer que me estaba dando, mis gordos pechos bailaban como campanas hasta que él las cogió y sin dejar de joderme, me las fue chupando alternativamente. Me corrí dos veces más antes de que él, sacándome la verga del coño, lanzara toda su descarga precisamente sobre mis tetas.Yo estaba rendida. Eran demasiadas emociones, demasiados placeres después de tanto tiempo de ayuno, pero Alberto, al parecer, seguía con ganas de marcha. Sin que yo me lo esperara, metió su ahora arrugada polla en mi boca y me la hizo mamar de nuevo. Sabía a su leche y mis jugos, pero no me importó. Alberto se lo merecía todo. Lamí el capullo, mamé el tronco e incluso hice lo mismo con sus gordos huevos. No sé cuanto tiempo pasó pero cuando él, metiendo los dedos en mi raja, comenzó a masturbarme, recuerdo que chupé con tanta intensidad y tantas ganas que aquella lanza empezó a endurecerse de nuevo. Ahora me hizo poner a cuatro patas con mi culazo bien ofrecido. Separó mis piernas y llevó el capullo a mi raja. No tuvo que hacer ningún esfuerzo para que me entrara de nuevo hasta los cojones pero esta vez, mientras me follaba, se entretenía en pasar uno de sus dedos por el agujero de mi culo. Cuando comencé a gemir porque el placer ya me estaba llenando el cuerpo, aquel dedo que se había limitado a acariciarme el ano, me lo fue penetrando hasta entrarme por entero. No me dolía, al contrario, añadía un raro placer al de mi coño. Me corrí, esta vez, como una loca. Me daba cuenta de que Alberto había colocado dos dedos en mi ano y esta intromisión aumentaba mi placer de una manera bestial y casi pierdo el sentido cuando me corrí chillando. Alberto, después de haberse corrido ya varias veces tenía un aguante espectacular. Su polla estaba dura como una barra de acero taladrándome el coño. Pero, de pronto me la sacó y noté como el capullo apretada mi ano. Por instinto contraje el agujero. Alberto volvió a apretar y entonces pensé que después del placer que me estaba dando, el chico merecía un premio. Si quería darme por el culo, aunque nunca nadie me lo había hecho jamás, yo le daría mi culo. A pesar de todo, le dije: - Por favor, lo tengo virgen, házmelo despacio, lentamente... Ayudado por la viscosidad que llenaba su polla, el glande entró entero. El dolor me hizo gritar pero pegando la cabeza a la almohada, clavé allí los dientes y me juré no decir nada, aguantar aquel dolor. Alberto dio otro empujón y la verga entró más de la mitad. El dolor seguía siendo muy vivo pero ahora podía aguantarse. Al poco rato toda ella estaba metida en mi culo hasta sentir el golpear de sus huevos contra mi coño. Me folló despacio, dejándome sentir perfectamente la entrada y salida de su polla por mi recto. Sus manos me agarraban por las caderas hasta que una de ellas bajó hasta mi culo comenzando a masturbarme al mismo tiempo que me daba por el culo. No tardé en sentir el placer del orgasmo, un placer que contraía mi ano, tan dilatado, sobre aquella polla que lo poseía. Cuando me corrí creí morirme del intenso placer que sentía por mis dos agujeros y aún no había terminado de correrme cuando empalmé con otro orgasmo al sentir la leche de Alberto como me llenaba el interior de mi culo. Cuando me la sacó, nos quedamos los dos dormidos, estrechamente abrazados. Desperté a la mañana siguiente, cuando una lengua me estaba comiendo el coño. Me abrí lo que pude y me corrí en la sabia boca de Alberto el cual, tras montarme y lanzar su leche en mis pechos, se fue a la ducha y a dar satisfacción a Eva, su novia. Así lo hemos seguido haciendo. Alberto duerme ahora en mi casa y mi sobrina ve muy normal que lo haga conmigo a solas o con ella delante, viendo como gozo. La primera vez que lo hicimos así yo me moría de vergüenza ya que era la primera vez que mi sobrina me veía desnuda y además follándome su novio. Pero ahora ya me he acostumbrado. Vamos todos desnudos por casa y así Alberto nos tiene a tiro cuando le apetece. Ahora tomo pastillas para poder recibir la leche de este hombre adorable en mis entrañas, tanto del coño como del culo. Cuando los dos se casen supongo que van a olvidarse de mi. Lo entenderé pero nunca podré agradecerles bastante lo que han hecho para mi felicidad. |
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