Tengo parte de mi familia en Valencia a la cual no visitaba hacía tiempo pero cuando, por culpa del trabajo, tuve que trasladarme allí, les vi casi a diario. Mi tía Amparo es viuda, tiene 62 años y vive con la única hija que le ha quedado soltera y que tiene 40 años. Mi prima dice que no le salió ningún hombre que le gustara pero yo creo que fue un poco culpa de su madre pues al estar las otras dos hermanas ya casadas, y vivir en diferentes puntos de España, mi tía no quiso quedarse sola y le puso toda clase de impedimentos.

Cuando llegué se empeñaron en que viviera con ellas pero para evitar murmuraciones de las vecinas, me fui a un hotel, visitándolas de vez en cuando, pero los fines de semana volviéndome a Barcelona donde resido con mi familia.
Una tarde fui a casa de mi tía Amparo pues llovía y no daba gusto a hacer nada. Allí estaban las dos, mi tía y su hija Susana, mi prima. Merendamos y jugamos a las cartas pero, mientras hacíamos esto, yo pensaba en como sería Susana follando. Si es que lo había hecho alguna vez. Estaba salido desde hacía un par de semanas pues no había hecho el amor con mi mujer por un tonto enfado y miraba a Susana con ganas. Madre e hija se parecían mucho. Las dos eran gorditas, con mucho pecho, grandes culos y gordos muslos. Más de una vez, estando yo sentado frente al televisor, la había mirado por el rabillo del ojo por entre los botones de su bata de estar por casa y había descubierto sus rosados muslos. Una y otra vez había mirado aquellas piernas y me había tocado con disimulo la polla que se me ponía morcillona. Susana parecía no darse cuenta de mis miradas y así conseguía que se me pusiera dura como el cemento. Cachondo perdido, me disculpaba y me iba al servicio para calmar mi calentura masturbándome pensando en ella.

La última vez, cuando salí del baño, ya más calmado, me senté pero ahora un poco más frente a ella. Susana leía un periódico y yo me recreaba aún más con sus rodillas. Después de cenar vimos un poco la tele y luego me despedí. Las besé, como siempre hacía pero a Susana le apreté las caderas como para demostrarle lo que la deseaba. Y así un día y otro hasta que la noche de un viernes, mi tía me dijo:

- Quédate hoy a dormir, pues me gustaría que mañana me acompañaras al pueblo, que té pilla de paso para Barcelona.

Mi prima Susana, sin decir nada, me miró por encima de las gafas de leer. Sonaron las dos en el reloj del comedor y yo aún no me había dormido. Me acaricié la polla y pensé en Susana. Casi sin pensarlo me levanté y procurando no hacer ruido, salí al pasillo. Justo enfrente dormía Susana y me paré junto a la puerta semientornada. Miré y allí estaba ella, tumbada de lado, de espaldas a la puerta. Tenía el camisón medio levantado mostrando todos sus muslos. Yo, salido del todo, notaba como mi polla estaba a punto de romper mi pijama. La luz de la calle que se filtraba por su ventana me bastaba para contemplarla. Me atraían no sólo sus muslos desnudos sino también aquel gordo culo bien dibujado por el camisón. Susana era muy velluda en los sobacos por lo que, pensé, debería tener también una buena peluca entre las piernas. De pronto sonó su voz en tono muy bajo diciéndome sin moverse de la cama:

- ¿Qué haces ahí parado?. Entra y contémplalo todo más de cerca...

Me quedé parado, sin atreverme a salir ni a entrar. Ella volvió a animarme y al final entré despacio y cerré la puerta, poniendo incluso el pasador. Susana se giró, quedándose boca arriba en la cama, y me dijo:

- Venga, aquí estoy. Ya es hora de que te des cuenta de que tú también me gustas.

Me eché como un loco encima de ella, besándola en la boca, en el cuello, las orejas. Mis manos le acariciaban, bajo el camisón, los gordos muslos, suaves y calientes, hasta llegar a las nalgas, que apreté con ganas. Susana me acariciaba la polla por encima del pantalón del pijama y decía:

- ¡Que dura... la quiero... métemela... quiero sentirla en el coño... me muero de ganas de que me folles...!.

Levanté el camisón. Sus enormes pechos aparecieron ante mis ojos. Eran enormes, abultados y duros. Le chupé los pezones, gordos y largos, mientras que ella apretaba mi polla contra su mojada raja diciéndome:

- ¡Fóllame de una vez... quiero tenerla dentro!.

Me cogí la polla y se la restregué fuerte por la raja. Como había imaginado, su coño era tremendamente peludo. Los pelos le cubrían todas las ingles y le llegaban al mismo ombligo. Luego la coloqué en posición y empecé a metérsela. Mi prima me mordía los labios y me decía, apretando con sus piernas mis muslos:

- ¡Aaah... así, así, despacio... aaah... que gusto, cariño... que rico... como la siento... más, más, así, así... aaah... ahora, ahora, me corro... aaah...!.

Yo iba y venía apretando sus nalgas hacia arriba, clavando mis dedos en sus carnes, un poco blandas. Así se corrió, besándome en la boca y diciéndome, entre gemidos:

- ¡Tú córrete fuera... cuando te corras, salta... salta...!.

Cuando estuve a punto y complaciéndola, arqueé mi cuerpo, sacando mi polla de su coño, me di dos toques y eché toda mi leche en su barriga. Nos seguimos besando, metiendo dos de mis dedos en su vagina, hasta que se corrió de nuevo. Nos limpiamos con sus bragas y al cabo de unos minutos estaba otra vez chupando sus pechos. Ella apretaba con sus muslos de nuevo mi endurecida verga.

- No vamos a repetirlo, no puedo más, me has dejado muy satisfecha - me dijo - pero te masturbo hasta que te corras y el lunes traes condones.

Empezó a meneármela. Toqué su raja y deslicé mis dedos hasta su culo pero al intentar traspasar su esfínter, me retiró la mano diciéndome:

- No, por ahí no. Jamás lo he hecho y tengo miedo.

Susana tampoco me la quiso chupar por "estar sucia". Eran las cuatro cuando regresé a mi habitación con los cojones vacíos y muy satisfecho de como se estaban desarrollando las cosas. Aunque mi prima no quisiera chupármela ni dejarse dar por el culo, podría follármela cuando quisiera y así, poco a poco, estaba seguro de llegar a conseguir que me la mamara por lo menos. Por la mañana, según habíamos quedado, me llevé a mi tía Amparo para dejarla en el pueblo. Durante el camino hacia Barcelona pensé en que no me hacían falta más ligues en Valencia pues tendría a Susana cuando quisiera. En casa follé con mi mujer nada más llegar. Debido a la abstinencia la encontré más fogosa pero mientras le daba por el culo me acordé de Susana y llené el recto de mi mujer con mi leche pensando en el gordo y redondo trasero de mi prima.

El domingo, después de cenar, salí para Valencia y en una farmacia de guardia compré los condones aprovechando para llamar a mi tía. Se puso Susana y no pude evitar decirle lo mucho que deseaba follármela en aquel momento. Llegué al hotel a las tres de la mañana y me dormí al instante. A la mañana siguiente me despertó un compañero de trabajo para decirme que no podíamos ir a trabajar en todo el día por no haber llegado unas piezas. Sin otro pensamiento que el de follar con Susana, me encaminé a casa de mi tía. Mi decepción fue grande cuando, al abrirme la puerta mi tía, me dijo que su hija se había ido temprano a casa de una amiga y que no vendría hasta la noche. Entré en la casa, hablamos un rato y no sé a que se debió, quizá a mi tremenda calentura, pero por primera vez veía en mi tía no a la hermana de mi madre sino a la mujer. Era vieja, naturalmente, pero con dos melones y un culo de espanto. Y encima viuda desde hacía años.

Estaba seguro que desde entonces no lo había hecho con nadie. A lo mejor sólo se metía el dedo. Yo había follado con mujeres de todas las edades e incluso en una ocasión me follé una señora de 50 años, amiga de mi madre, poco antes de casarme. Mi tía, de aspecto, estaba igual que aquella señora. Mientras hablábamos y ella hacía la cama, yo miraba sus posaderas moverse de un lado a otro. Al estirarse un poco para poner bien las sábanas, la falda se le levantó y agachando yo un poco la cabeza vi su braga metida entre las enormes nalgas. No tenía mucha celulitis en los muslos a pesar de tenerlos muy gordos. Me di cuenta de que me estaba calentando y más cuando, al darse un golpe en el muslo con la cama, se levantó la falda mostrándome un muslo blanco. Sin pensarlo, me adelanté y alargando la mano acaricié la parte donde se había dado el golpe notando como ella se ruborizaba al decirle:

- Tía... ¡vaya muslo tan precioso que tienes!.

Seguí tocando su carne medio agachado mientras ella, sin apartarse, se apoyaba en el armario. Coloqué mi otra mano en el otro muslo y subí su falda muy despacio. Mi tía cerraba los ojos y respiraba fuerte. Al llegar mis manos a sus caderas, bajo la falda, cogí con ambas manos la goma de las anchas bragas y las bajé lentamente hasta dejárselas en los pies. Acerqué mis dedos a su entrepierna, que encontré mojada. Mi tía sólo musitaba en voz baja:

- ¿Qué... qué haces... qué haces... ?.

Subiéndole la falda hasta la cintura, contemplé un coño casi sin pelo, de raja larga y labios colgantes. Una y otra vez introduje mis dedos en aquella raja caliente mientras que con la otra mano intentaba quitarme los pantalones. Estaba tan loco que la besé en la boca buscando su lengua. Ella agarraba ahora mi polla desnuda y la apretaba acariciando mis cojones. Me atreví a preguntarle:

- ¿Cuánto tiempo hace que no tocas una como esa?.

Ella, con los ojos siempre cerrados y sin soltármela, contestó:

- Hace años, desde la muerte de mi marido... esta es la primera que toco.
La eché en la cama y desabroché su blusa. Tenía dos tetas como dos balones, aunque blandas. Le colgaban una a cada lado del cuerpo. Se las cogí con las manos y chupé los largos y erectos pezones mientras ella se levantaba la falda y se abría de muslos. Cuando entró mi polla en su coño no pudo reprimir un profundo gemido.
- ¡Aaaah... que gorda la tienes... cuanto tiempo... que gustooo...!.

Empecé a cabalgarla, metiendo y sacando mi polla de su coño.

- ¡Más, sinvergüenza, más aprisa... follaje a tu tía, destrózale el coño... así, así... me voy a correr... ya... así... me corro... me corroooo... aaah...!.

Cuando quedó más tranquila salí de ella y le insinué que se diera la vuelta. Para mí fue una gran alegría oír como, mientras se colocaba con la cabeza apoyada en la almohada, las nalgas en alto, las piernas muy separadas y abriéndose con ambas manos aquellos dos montones de carne, me decía:

- ¡Sí, dame por ahí... dale por el culo a tu tía!.

Me unté el dedo con sus jugos vaginales y colocando mi polla, entré en su ano como si de nata se tratara. Su difunto marido tenía que haberla jodido muchísimas veces por este lugar pues, al cabo de los años de no usarlo, aún lo tenía tremendamente abierto. Acaricié sus enormes y caídas tetas mientras le daba por el culo y ella se metía los dedos en el coño. Cuando me sentí cerca del placer, así se lo dije y ella me contestó:

- ¡Sí, échamelo dentro... toda tu leche en mi culo... oooh... la siento... sí, que placer... sigue... sigue que me corro otra vez...!.

Nos quedamos los dos tendidos en la cama, descansando pero sin dejar de acariciarnos. A mí me gustaba sobar aquellas tetas, grandes y colgantes, pellizcar los largos pezones y pasar la mano por aquel coño de tan escaso pelo. Al mismo tiempo ella me besaba la boca, el cuello y me chupaba las tetillas sin dejar de masturbarme. El resultado final de tanto manoseo no se hizo esperar. Sus pezones estaban duros, su coño mojado y mi polla tiesa. Cuando la tuve a tope, se levantó y sentándose sobre mí, se la clavó entera en el coño empezando a cabalgarme. No sé si lo que me daba más gusto era el entrar y salir de mi polla de su ardiente y mojado canal o ver como aquellas dos inmensas mamas saltaban a cada golpe que ella daba. Al final se las cogí e incluso saltando ella sobre mi verga, yo logré chuparle los pezones. Así nos corrimos los dos con un placer infinito. Cuando vino su hija por la noche, yo estaba destrozado por lo que, aunque Susana me insinuó que me quedara a dormir, yo me largué al hotel después de cenar. Si hubiese aceptado estaba seguro de hacer un mal papel. Su madre me había dejado sin leche en los huevos.

Desde este día y teniéndolo todo muy bien planeado, me las follo a las dos. Como había pensado, a base de joderla Susana ha ido entrando en mi juego y cuando yo la enloquecí comiéndole el coño, ella acabó aceptando comerme también la polla. Ahora dice que le gusta como también le gusta que le dé por el culo. Cuando Susana aceptó al fin que le rompiera el ano, para evitar problemas de vecinos y que luego se fueran con el cuento a la madre, me la llevé al hotel. Fue tan hermoso verla a cuatro patas con aquel enorme culo bien expuesto y sus gordas tetas aplastadas sobre la sábana, como cuando le daba por el culo a mi tía. Las dos tenían un cuerpo que con solo verlo uno ya se ponía a cien. Susana gritó, lloró, suplicó pero como no le hice ningún caso acabó tragando mi polla por el culo y luego toda mi leche. También tengo que decir que desde hace tiempo ya no uso preservativo y que Susana es quien toma precauciones. Esta es la doble aventura de un hombre con suerte. Besos a todas.

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