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Soy un cornudo consentido y me gustaría contar una de las aventuras
de mi esposa con su actual amante. Estábamos pasando las vacaciones
en un pueblo costero cuando Tina, mi mujer, se compró un tanga
de blonda rojo para, según me dijo, broncearse para gustar más
a su amante. Embriagaba mirarla, porque es delgadita y apenas sobresalían
los bultitos de sus pechos bajo la ceñida blusa. El pelo, recién
rizado en la peluquería, aureolaba su cabecita loca. Todos sus
gestos eran algo violentos y desordenados, como si hubiera en casa una
pantera en celo. Su cara pregonaba sexualidad y aunque sea una ratona,
tiene los ojos provocativos y brillantes, la boca ávida, la mirada
golfa. Se rinde a su erotismo, sin vergüenza ni sofoco. Y todo su
deseo y codicia se retuercen en mi ni interior para destilar el veneno
de mis celos y tal vez la envidia que me dan sus ligues. Estoy celoso
perdido de todos sus amores. Siento celos cuando la veo con alguien. La
miro con una extraña mirada de rabia. Desearía que nadie
hiciera el amor con ella puesto que ella apenas quiere hacerlo conmigo.
- ¿Por qué? - le pregunté - ¿Por qué?. Sus razones fueron confusas pero bastante convincentes. Todo quedó en un: - Nunca más, desde ahora sólo quiero estar conviviendo contigo. De este modo nos limitamos a la mutua compañía. No sentamos en las cafeterías, íbamos de compras, dábamos paseos. Me gusta verla arreglarse para salir con alguien, con joyas exóticas que tanta viveza dan a su rostro. No pertenece a la elegante y alta sociedad. Lo suyo es la jungla, la naturaleza y en raras ocasiones, el baile. Es un ser libre, como repetidas veces me ha dicho, sacudida por las naturales oleadas de placer y del deseo después de diez años de tedioso matrimonio. Su boca, su cuerpecito gitano y su voz suave están hechos para la sensualidad. Interiormente se siente desinhibida y feliz. Lleva empalado continuamente entre las piernas el rígido poste del liberalismo. El resto de su cuerpo está suelto, provocativo. Tiene siempre el aspecto de quien acaba de salir del lecho de algún amante ocasional o bien está a punto de ir a acostarse con otro. Tiene ojeras azulonas permanentemente y un gran desasosiego, una especie de energía que emana de todo su cuerpo en forma de impaciencia y avidez, unos fluidos de magma que la hacen más bella todavía de lo que es. No hace nada por seducirme. No le gusta que nos besemos en la boca. Permanece con los labios apretados. Me excita con negativas y luego se aleja como una zorra. Pero a pesar de todo, cada día que pasa la quiero y deseo más. Le llevo cada mañana el desayuno a la cama y, acostada, levanta las piernas para que le vea bien el sexo desde mi sitio, a los pies de la cama. Mientras se viste, deja caer la chaqueta del pijama, simulando no haberme oído entrar, y durante un momento nada más, queda desnuda como vino al mundo cubriéndose luego rápidamente. Tendríais que verla. Esbelta, morena, vivaz, graciosa y delicada. Mientras nos dirigíamos a la solitaria cala, nuestra conversación era intranscendente pero obscena, elevando mi ya subida lujuria aún más si cabe. Me sentía duro en la entrepierna, como el pedernal. Cerca de nosotros un hombre acostado de bruces, recibía los rayos del sol en su robusta espalda, que parecía brillar, y su culo era el más soberbio que Tina había visto en su vida, según me dijo. En su rostro, vuelto hacia nosotros, apoyado en sus musculosos brazos de culturista, había una sonrisa traviesa y golfante como si supiese que estaba siendo admirado pero no quisiera demostrar que lo sabía. No pude evitar pensar en su polla. ¡Como estuviera acorde con el cuerpo!. ¿Circuncidada o no?. El Adonis de la playa se estaba levantando. Teníamos delante de nosotros todo un hombre, un hermoso y robusto adulto de treinta y tantos, con una larga y gordísima polla que se balanceaba, pendulona, entre sus muslos. - Disculpar, pensaba que no habría nadie por aquí - nos dijo. Su voz era casi tan hermosa como su pollón. Tenía acento portugués y su voz era suave pero muy sonora, grave, con una sombra del campo en ella, impregnada con el eco de la tierra. - Os ruego que me perdonéis - volvió a disculparse, aunque no hizo ademan de vestirse - Espero no haberos asustado. Soy albañil y como tengo una hora de descanso, estaba echando una siestecita rápida. Trabajo aquí cerca. Nos sentamos con él y estuvimos hablando un buen rato. Bueno, hablaron él y mi mujer arreglándoselas mi esposa para decirle que aquella noche teníamos pensado ir a cierta discoteca. Como es natural, y ella esperaba, el hombrón se apuntó. Esa noche, que era viernes, Tina saltó como un resorte para agarrarse materialmente al enorme lusitano que tanto le había hecho la corte aquella mañana, en la playa. Hacían una pareja singular pues, a pesar de que ella no es baja para mujer pues pasa del 1,60 sin tacones, no le llegaba a él ni al hombro.
Así lo hice mientras tomábamos la última copa en casa. Ayudé a desnudar a mi mujercita y luego le pedía albañil que mirase su grieta, cosa que estaba ansioso de hacer el muy pánfilo, a juzgar por su nerviosismo. Luego le invité claramente a que se bajase al pilón. Desnudos ya los tres, me dispuse para poder verlo todo. Tina se tumbó de espaldas en la cama mientras el portugués enterraba por fin su cabezota en aquella maravilla de entrepierna. Me tumbé yo también junto a ellos y como Tina no protestó, comencé a masturbarme contemplado sus placeres. - ¡Que bendición... aaah... lame más deprisa, cariño... me encanta... me vuelves loca, mamón... oooh... me estoy corriendo... aaah...! - gritó ella de pronto, corriéndose y casi arrancándome a mi la polla de un manotazo durante el éxtasis. Deteniéndose un minuto para tomar aire fresco, el portugués volvió a empezar porque Tina le dijo que le gustaba continuar sin interrupción ese grato juego hasta correrse, por lo menos, un par de veces más antes de follar. Era una hermosa visión la de Tina, con sus hermosos muslos y la rajita coralina dispuesta a recibir todo el placer que la lengua primero y luego la polla del portugués pudieran darle, entre el encantador pelo rizado color azabache. El hombre se la mantuvo abierta durante un minuto para mirársela y de paso que yo la viese. Entonces la boca golosa de mi sustituto cayó ávida sobre el hermoso coño. Sus manos pasaron bajo las nalgas de mi esposa. El pelo color avellana de las axilas de Tina era apenas visible pues se lo había depilado hacía apenas un mes. Sus grandes nalgas blancas contrastaban con las zarpas morenas del albañil, que estrujaban cuanto cogían. - ¡Apriétamelas más, corazón! - repetía Tina. Me agaché, esta vez para ver mejor, y atisbé por el surco suculento de su culazo, más allá del ano, y pude ver justo el final rojo bermellón del coño que se comía el hombrón, con pelo caracoleado, mucho más oscuro que el mismo carbón. - ¡Fóllatela, jódetela! - exclamó él portugués. No caí en la trampa ya que no quería quedar fuera de combate tan rápidamente. Correrse es una de las cosas más nefastas. Se acabaron con ello los tanteos, las exploraciones, los magreos, chupetones y todos los inventos que queráis. El que se corre se sienta a engordar. ¿No es cierto?. Pero ¿que era yo en aquel momento en la cama mientras un pardillo gañán se está chingando a tu mujer?. Supongo que ser un marido comprensivo y tolerante que se rinde ante la evidencia que otro más guapo, más fuerte y mejor armado con diez veces más de éxito femenino. Preferí continuar mirando. Un coño no se gasta como una pastilla de jabón, sino todo lo contrario. Mejora cantidad al dar placer con la práctica y cuantas más experiencias adquiere tanto mejor. Su poderoso coño tenía ahora una potencia constrictiva ocho veces superior, la presión de sus bajos era enorme. Al mismo tiempo que permitía unas presiones placenteras realmente elevadas en el poderoso músculo anular de su esfínter, acariciaba toda la avenida, tan florida y lubricada, que conduce al mismísimo cielo de la felicidad y es capaz de realizar maravillas. Veía a Tina cachonda hasta el ojo del culo. Sus orgasmos habían sido brutales pero deseaba más. - ¡Que cachonda estoy, deseo tanto follar! - exclamó mi
esposa sin moverse de la cama. Asintió con golpes de verga. Se puso sobre ella para hacer accesible el coño a su polla, con ajuste y tan bien dispuesto que pronto rebotaban sus pelotas en las satinadas nalgas de Tina. Así se desarrolló aquel encuentro pero como hubo muchos más posteriormente, seguiré contándolos para calentar a los lectores y a mi mismo ya que sólo así puedo satisfacer mi sexualidad. Saludos. |
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