No es una de esas mujeres que va a la cama con cualquiera, al menos es lo que dice ella. Pero cuando fue a comprar el coche que le gustaba, y vio que era más caro de lo que se podía permitir, no dudo en ser cariñosa con el vendedor, nada agraciado por cierto.

Me llamo Elsa, tengo 25 años, soy recién graduada en Leyes y trabajo para un bufete de abogados en Barcelona. Soy de estatura mediana, el color de mi piel es morena clara, casi blanca, mi cabello castaño claro, ojos verdes, bellas piernas, cintura delgada y un hermoso par de senos, grandes, tiesos y muy duros, tanto que uno de mis profesores en ocasiones se turbaba y me decía "señorita tetas", luego se daba cuenta y la cara se le caía de vergüenza. He tenido mis encuentros sexuales, pero no soy de las que se va a la cama con cualquiera, como hace una de mis colegas del bufete, la cual se a pasado por la piedra hasta al guarda de seguridad nocturno. Y no es una exageración o que le tenga mala voluntad a la colega.

El mes pasado, mientras me encontraba con dos secretarías de la oficina en el área de seguridad, una de ellas, nos comentó como el sistema de vídeo había captado a la colega con el guarda en la parte trasera del estacionamiento de empleados. La secretaría, como le dijimos que no le creíamos, se dirigió al archivo de los vídeos de seguridad y tras buscar detenidamente, sacó una cinta y la puso en el vídeo. En la pantalla del televisor apareció mi colega, tal como decía la secretaría. Mientras el guardia se le acercaba ella abrió la puerta de su auto y en un momento se despojó de toda su ropa, se sentó con la puerta del coche abierta y con los pies sobre el suelo, el guarda de seguridad, arrodillado, empezó a comerle el coño. Yo, al igual que la otra secretaría, me quedé horrorizada, pero la secretaría que nos lo estaba contando nos dijo:

- Eso solo es el comienzo, esperad a que llegue la mejor parte.

En efecto, así fue ya que cuando el guarda la lamió hasta el orgasmo, muy evidente por como se agitaba, ella se levantó, caminó hasta un pequeño banco de madera y se acostó boca arriba. El hombre se le colocó encima y por un largo rato, las tres observamos en silencio aquel coito, como el guarda se movía sobre el cuerpo de ella y como ella se movía bajo el cuerpo de él. Hasta que al fin tras una larga follada, terminaron corriéndose los dos. Después de eso me enteré que los hombres de la oficina se refieren a mi compañera como "la vagina loca". Pero regresando a mi historia, les diré que la pasada semana, tras muchos meses de ahorros, privaciones y sacrificios, por fin pude reunir la cuota inicial para la compra de un coche. Me dirán, que soy maniática o hasta terca, pero yo me prometí a mí misma que el primer coche que me comprase con el sudor de mi frente, sería totalmente nuevo.

Y así fue, tras leer todos los anuncios de la prensa, consultar con mis familiares, compañeros de trabajo, amistades, y con mi jefe que me aconsejo un coche como el suyo. Por lo que, con una tarjeta de él, con una nota dirigida al dueño de la representación de esa marca, que de paso también es cliente de nuestro bufete, me presenté un miércoles, al salir del despacho, bastante tarde y casi llegué a la hora de cerrar. Fui recibida a cuerpo de reina por el propietario de la firma el cual, de manera muy amable recibió la tarjeta de presentación de mi jefe. Después de leerla con detenimiento, salió de la oficina. Seguro que llamó por teléfono al bufete y debió hablar personalmente con el jefe. Regresó a su oficina con una amplía sonrisa. Me ofreció una taza de café, llamó a su secretaría y le dijo que nos trajese la bebida y de paso que buscara a un tal Miguel.

Mientras tanto, yo pensaba en el color del coche, en como deberían ser sus interiores, o sea la tapicería, y ya me imaginaba como conduciría por las calles y avenidas de la ciudad. Mientras me ilusionaba yo sola, hizo su presencia el tal Miguel. Un tipo de baja estatura, algo gordo, con el cabello extremadamente corto, como de 35 años, de cara redonda, y con unos anteojos redondos, de esos que parecen una antigualla. Para colmo su voz sonaba algo nasal. Vestía con un traje, de color azul marino, con camisa blanca y una corbata como sacada del baúl de los recuerdos, lo que le daba a su rostro la impresión de que lo estuviesen ahorcando. En fin un desastre de hombre, de esas personas que uno trata solo por necesidad, o por obligación, como era mi caso. Lo primero que me preguntó Miguel, fue con que cantidad contaba para la compra del vehículo. Al escuchar la cifra, se sonrió, y comentó:

- Buen chiste pero, en serio, con que cantidad cuenta...

Al yo repetir la cifra y ver él que yo no bromeaba, se levantó con dificultad y se dirigió a la oficina del propietario del negocio. Pasaron unos cuantos minutos. Yo pensaba que debí haber ahorrado una mayor cantidad de dinero para la compra del automóvil y eso que aun no había elegido el modelo. Ya me estaba desanimando cuando el gordo pedante entró a su oficina, con una gran sonrisa, diciendo:

- Señorita, por favor, acompáñeme a ver los modelos que tenemos a su disposición.

Al llegar a la sala de demostración, habían varios modelos, pero el que cautivo mi corazón, fue un modelo deportivo convertible de color rojo. El gordo tomó las llaves, me las entregó y me preguntó si deseaba probar el coche acompañada por él. Me encontraba muy emocionada y sin decir palabra tomé las llaves y nos sentamos.Salimos de la agencia y el coche respondía a las mil maravillas, coche superaba, por mucho, todas las expectativas mías.

El gordo Miguel me acompañó por espacio de una hora pero cuando me di cuenta de lo tarde que era, regresamos a la agencia de coches. Él se bajó, ya que todo el personal se había retirado, abrió las puertas del negoció y una vez dentro, me dijo:

- Solo tiene que firmar los documentos y el auto es completamente suyo, luego el banco le hará llegar los papeles de propiedad.

Yo, maravillada, de inmediato firme los papeles que me presentó. Acto seguido me encontraba tan emocionada, tan contenta, y tan alegre que el pobre Miguel ya no me producía ninguna repulsión. De la emoción le di un abrazo y un gran beso en la boca, beso que él supo aprovechar muy bien, ya que continuó abrazándome y besándome con fuerza insospechada.

Algo sucedió dentro de mí ya que en lugar de rechazarlo lo continué besando de igual forma. Mi alegría era tal que yo quería expresarla de alguna manera. Y los dos continuamos besándonos y abrazándonos intensamente. De pronto sentí un gran calor dentro de mis piernas, hacía tiempo que no me excitaba a tal grado y alcancé, inesperadamente, un orgasmo de buenas a primeras. Yo estaba que ardía por dentro y sabía como apagar ese fuego. Por su parte aquel tío resultó ser todo un experto en el viejo arte del beso caliente. Su lengua recorrió todos los rincones de mi boca, cosa que aumentó mi temperatura corporal como unos cien grados. Sus gruesas y cortas manos recorrieron cada espacio de mi cuerpo. En un dos por tres yo misma me retiré el vestido, quedando tan solo con las bragas, el sujetador y el pantimedia. El gordo se despojó, con tremenda habilidad, de su pantalón, de la camisa y desde luego de la graciosa corbata.

Los dos continuamos besándonos, mientras que de alguna forma, se las arregló para que fuéramos a dar al asiento trasero de un BMW negro grandes y lujosos, como el de mi jefe. Los dos seguimos con los besos y las caricias hasta que él logró, de alguna manera, introducir una de sus manos entre mi cuerpo y mi ropa íntima. Creo que lo primero que sentí fue su calida mano sobre una de mis nalgas, para luego deslizarla suavemente, hasta mi monte de venus. Yo deseaba que sus manos jugaran con mi clítoris, que me penetraran hasta el fondo de mi ser. Como un acto reflejo me despojé de las pocas prendas que aun tenía puestas, quedando totalmente desnuda de mi vientre para abajo. Su boca buscó mis senos y sin miramiento alguno me arranqué el sujetador para facilitar su contacto con mis pezones, los cuales estaban a punto de estallar cada vez que sus labios, su lengua o sus dientes los rozaban. Mis manos buscaron su erecto miembro, que se sentía extremadamente caliente, aún por encima del pantalón.

Mientras él jugaba con mi chocho, yo me las arreglé para soltarle la correa del pantalón, bajarle la cremallera y echarle mano directamente a su trozo de carne. Él continuó besando todo mi cuerpo hasta que su boca se posó sobre mi húmeda raja. Yo creía que había experimentado casi todo, en cuanto a sexo se refiere y en anteriores ocasiones mis compañeros me la habían comido, pero como lo hizo el gordo, nadie. Tanto fue así que, aunque no soy de las que lleva cuenta de sus orgasmos durante una relación, creo que debí alcanzar cerca de cuatro orgasmos, o más. El gordito se las traía y se las llevaba. Jamás disfruté de una comida como esa. Yo le pedí a gritos que me lo metiera, que no aguantaba más, pero él solo dijo:

- Lo mejor está por venir.

Diciendo eso, continuó con su estupenda labor lingüística. Su lengua, de pronto, cambió de blanco, y sus manos la sustituyeron. La sensación fue indescriptible cuando su lengua se introdujo dentro de mis nalgas.

Mi esfínter en primera instancia, se contrajo. Pero al ir sintiendo los lametazos, entró en confianza y se abrió totalmente. Realmente nadie me había hecho eso nunca. Es más, cuando yo escuchaba alguna amiga o compañera de trabajo hablando sobre ese tema, sencillamente no les creía. Pero allí estaba yo disfrutando a pierna abierta de esa experiencia. Y lo mejor de todo es que me gustaba. Así permanecimos por un largo y agradable rato tras el cual, Miguel se colocó detrás de mí y comenzó a penetrarme. Los pliegues de mi vagina lo recibieron gustosamente, de tal manera que yo no salía de mi asombro. Sus testículos chocaban una y otra vez contra mis blancas nalgas. Sus manos se repartían el terreno conquistado, mientras que el gordo le daba al principio con suavidad, para ir dándome más y más. Yo movía mis caderas con fuerza pero con ritmo, disfrutando todas y cada una de sus penetraciones.

Pero como todo lo bueno termina, nuestro encuentro terminó, dejándome totalmente extasiada y satisfecha, como nunca antes había estado. Cuando recobré mis fuerzas, me encontraba desnuda en el asiento trasero de un BMW negro de lujo. Él se había puesto su ropa. Me levanté y le di un beso a ese hermoso gordo, que me había hecho disfrutar como nunca de un encuentro sexual. Él me llevó hasta el baño de su oficina, me lavé y luego tan solo me puse el vestido encima y los zapatos. Me llevó hasta la puerta, me entregó las llaves del coche pero, como yo no estaba en condiciones de conducir, le pedí que me acompañara a mi edificio. Dejamos mi coche nuevo en la agencia y me acompañó hasta el edificio donde vivo. Al llegar lo invité a que me acompañara hasta mi apartamento. No se hizo de rogar y una vez allí volvimos a tener otro encuentro, tan fogoso y reconfortante como el primero.

Al día siguiente llegué casi al medio día al bufete. Mi jefe salió a recibirme, diciendo:

- ¿Que opina del auto que el bufete le proporciona a la nueva jefa de contratos internacionales?

No lo podía creer. Luego el jefe me aclaró que, desde la pasada semana, había sido elegida para formar parte de la sociedad del bufete. Y como jefa de un departamento importante, aparte de un aumento sustancial en mi sueldo, gozaba de otros beneficios, tales como acciones de la empresa y otros beneficios marginales dentro de los cuales se encontraba el coche. Como parte de mi promoción se me dio libre el resto del día y adivinad con quien fui a celebrarlo...

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