Nunca pensó que a su edad y gracias a los pelos que exageradamente cubren sus ingles, pudiera atraer a un jovencito convirtiéndose en su amante y logrando ella lo que tanta falta le hacía, una polla dura y potente, y él ver como se cumplía el sueño de su vida. Me he animado a escribir para contaros lo que me ocurrió hace ya algunos meses.

Empezaré diciendo que mi nombre es Aurora y que tengo 52 años. Físicamente estoy más bien rellenita, o maciza, como dice Ernesto, el chico de 23 años con el que mantengo relaciones. Tengo unas tetas grandes, con unas aureolas también grandes, unos muslos rellenos y un culo que a mí me parece enorme. También tengo que daros un detalle que tiene su importancia en esta historia y es que tengo la entrepierna extraordinariamente peluda, más de lo que os podáis imaginar ya que el vello me llega casi al ombligo por delante y me sube por la raja del culo por detrás, además de invadir completamente mis ingles. Lo que voy a contaros empezó a la hora de organizar las vacaciones del pasado verano. Como años anteriores, mi marido y yo íbamos a compartir un apartamento, en la costa de Tarragona, con otro matrimonio amigo nuestro.

Toñi, la mujer de este matrimonio amigo, me comentó un día que como gozábamos las vacaciones en septiembre y Ernesto, su hijo, aún no empezaba las clases en la universidad, había pensado que nos acompañara. El chico, al parecer, se iba a quedar solo, ya que sus amigos estarían todavía de vacaciones. Días antes del viaje, mi amiga Toñi y yo, fuimos a hacer algunas compras para las vacaciones y nos acompañó su hijo Ernesto. Fuimos a unos grandes almacenes y junto con algo de ropa veraniega y de tiempo libre, nos compramos unos bikinis. Yo iba dispuesta a comprarme un bañador pero Ernesto, ante su insistencia, nos convenció, tanto a su madre como a mí, para que eligiéramos bikinis.

Cuando llegamos de vuelta a casa de Toñi el chico, con ánimo de ser simpático, nos volvió a decir que teníamos que estar muy guapas con aquellos bikinis y que ya estaba deseando ir de vacaciones para verlos. Esa actitud del joven, entre simpática y atrevida, creo que incluso me ponía un poco caliente. Entonces su madre, que es muy salerosa y echada para adelante, dijo:

- Pues vamos a probárnoslos, a ver que tal nos quedan, no sea que tengamos que cambiarlos.

Entonces yo caí, de repente, en la cuenta de que mi pubis no estaba como para exhibiciones debido al abundante pelo que lo adorna, ya que no me lo arreglaba prácticamente desde el verano anterior.

No me mostré muy entusiasmada con la idea y traté de evitarla, pero la insistencia de Toñi, que casi me empujaba hacia su habitación, acabó por vencer mi resistencia. Ambas nos metimos en la habitación de matrimonio para ponernos los bikinis y yo, al ponerme la braguita, le dije a Toñi:

- Chica, mira que pelambrera tengo, me sale por todos los lados. ¿Como voy a presentarme así delante de tu hijo?
- Venga, no seas tan remilgada que no es para tanto y además estamos como en familia. Cuando vayamos a Tarragona te depilas bien y arreglado - me contestó.

Muy a mi pesar terminé accediendo y cuando salimos me di perfecta cuenta de que Ernesto casi se queda sin habla de la impresión mirando mi entrepierna, pues el vello se me escapaba por ambos lados de la braguita y también por encima. Yo trataba de ocultarlo poniendo las manos delante con disimulo pero notaba como el chico no podía apartar la vista de aquella zona.

Cuando por fin, pudo mirarnos a las dos, nos dedicó unos agradables piropos y volvimos a la habitación a cambiarnos, su madre, muy risueña y yo algo menos, mostrando cierto apuro y con evidentes prisas para volver a cambiarme.

- Toñi, ¿como me has hecho pasar este apuro? - le dije ya a solas en la habitación - ¿Tú crees que tu hijo se habrá dado cuenta?

Toñi, con su desparpajo habitual, volvió a quitarle importancia al asunto pero antes de marcharme a mi casa, la muy carbona, todavía hizo que me pasara otra apuro y es que cuando volvimos a donde estaba Ernesto su madre, que como digo es muy salerosa, le comentó riendo:

- Aurora tendrá que depilarse antes de irnos de vacaciones porque vaya pelambrera tiene ahí, ¿eh?

El chico contestó con un tímido movimiento de cabeza, más bien cortado, mientras yo, toda apurada, esbozaba una sonrisa de circunstancias y ahí quedó la cosa.
La víspera del viaje, Ernesto vino a casa para traernos un paquete que tendríamos que llevar nosotros pues a sus padres ya no les cabía en el coche. Yo estaba sola y hablamos un poco de las vacaciones. Entonces me sentí entre avergonzada, excitada y curiosa por saber lo que pensaría aquel jovencito tras la exhibición de mi peluda entrepierna el día anterior. Para tantear hasta que punto el chico se había fijado en mi pelambrera, venciendo mi rubor, le dije:

- ¡Que vergüenza pasé el otro día! No sé que pensarías cuando me probé el bikini... espero que no lo comentes con nadie... me tengo que arreglar antes de ir de vacaciones.
- Desde luego que no comentaré nada, Aurora - me contestó el chico, también un poquito cortado - Y ya que estamos en confianza, déjame que te diga que me pareció muy bonito y excitante lo que se te veía. Me he dado cuenta de que eso a mí me gusta así, como el tuyo, peludo y natural.

El clima de confidencialidad que habíamos creado debió hacer que Ernesto, ya menos cortado, me dijera que en su opinión no tenía que depilármelo y que sino quería enseñarlo así en vacaciones que me podía comprar otro bikini con la parte de abajo tipo pantaloncito para que no pasar apuros en la playa. Entonces, viendo que lo que a mí tanto me acomplejaba podía resultar interesante para aquel jovencito que cada vez me calentaba más, le pregunté con coquetería si de verdad le gustaba con tanto pelo.

- ¡Ya lo creo, tiene que ser muy excitante para el que tenga la suerte de vértelo al completo! - me dijo con ojos brillantes.

Con cierta picardía, le respondí que ya me lo había visto el día en que me probé el bikini con su madre, pero él me respondió:

- Eso no es manera de ver algo que tiene que ser muy bonito.

Yo me iba poniendo cachonda por momentos. Allí estaba yo, a mis 52 años, coqueteando con el hijo de mi amiga y pensando que mi peludo chocho podía servir para conquistarlo. Yo, que en la vida le había puesto cuernos a mi marido. Era increíble, pero tan excitante que decidí seguir adelante.

- ¿De verdad te gustaría verlo así, con todos los pelos? - le dije entonces con malicia, a la vez que me desabrochaba la base de la bata que llevaba puesta.

Ernesto tragó saliva al verme con la bata abierta. Yo no estaba muy orgullosa de mi cuerpo, pues soy gordita y culona, pero sí sé que mis tetas son más que grandes y que eso gusta a los hombres. Al desabrocharme la bata aparecían como dos cántaros tres la fina tela de mi sujetador blanco, pero lo más excitante, una vez más, a juzgar por la mirada del chico, era lo que se apreciaba alrededor de mis braguitas y también en el interior de ellas. La abundante pelambrera que asomaba por los lados y por la parte superior de la braga, hizo su efecto y noté como Ernesto tragaba saliva por la excitación. Pero eso era solo el comienzo.

A continuación y no sé como, reuní el valor suficiente, pero me deshice de la bata. Ernesto, con voz ronca, me pidió que siguiera y yo, con una enorme vergüenza pero cada vez más caliente, empecé a deslizar mis braguitas, poco a poco, hacia abajo por mis muslos. En cuanto mi mata de vello púbico quedó al descubierto, el chico no pudo aguantar más y se acercó a mí para tocar con sus manos toda la mata de pelo de mi coño. Me pasó toda la palma de su mano por el felpudo haciendo que yo empezara a reír nerviosamente. Entonces también noté que su polla amenazaba con estallar dentro del pantalón. Ernesto era el hijo de una de mis amigas de toda la vida, yo tenía edad más que suficiente para ser su madre pero a mí, en aquel momento, me estaba poniendo caliente a más no poder y no pensaba en otra cosa que en entregarme a él.

Yo misma me quité el sujetador, dejando que mis enormes tetas, ya algo caídas, se desparramaran por mi tripa.
Aunque Ernesto estaba fascinado por mi peludo coñazo, también empezó a prestar atención a mis espectaculares melonzazos, que están adornados por unas enormes aureolas.

- No solo tienes bonito el coño, Aurora - me dijo - Estas tetazas son de lo mejor.

Le dije que estaban ya algo caídas y que yo no era una jovencita pero Ernesto me replicó:

- A mí las mujeres me gustan así, maduras y con abundancia de todo, de tetas, de culo y también de pelo en el coño.

Empezó a sobarme las tetas con una mano mientras que con la otra seguía repasándome el coño. Me tocaba no solo el chocho sino toda la zona por donde se me extiende el vello, por arriba casi hasta el ombligo, por los lados la parte alta de mis gordos muslos y por detrás, cosa que el muy calen torro comprobó de sobra al meterme la mano profundamente entre mis piernas, hasta más arriba del agujero del culo.

De hecho, entre tanto vello, le costó encontrarme los labios del chocho, pero cuando lo hizo, al pasar sus dedos por dentro, me lo encontró tremendamente húmedo. Empecé a suspirar con sus caricias y a la vez yo también me decidí e intenté manipular su pantalón para bajárselo. Como no podía, él mismo me ayudó deshaciéndose en un santiamén de pantalones y calzoncillos. Entonces su polla, completamente erecta, como hacía tiempo que yo no veía una, saltó al aire haciendo que me quedara mirándola, admirada.

- ¿Estás así por mí, por mi chocho peludo? - le pregunté.
- Por tu chocho y por todo lo tuyo - me contestó - Aurora, estás buenísima. Me gustas entera, tus tetas, tu culo... pero la verdad es que tu coño, así de peludo, me tiene cachondo perdido. Siempre me has gustado, eres el tipo de mujer que me va, madurita y rellena, pero desde que te vi en bikini el otro día con mi madre, la verdad es que no puedo dejar de pensar en ese chochazo tuyo.

Ernesto me agarró ambas tetas, amasándomelas a la vez que me morreaba, metiéndome toda la lengua en la boca. Yo estaba en la gloria. Hacía muchos años que no sentía algo parecido ya que con mi marido el sexo no resulta ya nada excitante. Después de aquel tremendo besazo, tan lleno de vicio, que nos dimos, Ernesto se amorró a mis ya más que salidos pezones y empezó a chupármelos dándome un gusto tremendo y que, unido a la excitación que sentía, casi me lleva al orgasmo.

- Tienes unas aureolas como posavasos y unos pezones gordísimos, Aurora, no sabes como me gustan tus tetorras... - decía Ernesto mientras me devoraba literalmente las tetas.

Pero la cosa no había hecho nada más que empezar. Ernesto, suavemente, me fue empujando hacia el sofá y tumbándome en él, dejó de chuparme las tetas aunque me las siguió amasando con las manos, y descendió por mi tripa lamiéndome cada uno de mis abundantes michelines hasta que llegó a mi peludo coño. Entonces me agarró por las nalgas para elevarme el culo y dejar mi chocho más al alcance de su boca.

Yo sentía como chispazos de excitación y estos aumentaron cuando Ernesto comenzó a pasar su lengua por toda mi pelambrera. Me chupaba todos los pelos alrededor de mi coño y aunque de hecho no tocaba mi sexo, yo estaba a punto del orgasmo. Cuando, después de varios minutos de lamerme los pelos, tenía toda la zona inundada de su saliva, su lengua se abrió paso por entre mis labios vaginales y tocó mi clítoris estallé en el orgasmo más grande de mi vida hasta ese momento. Chillé como una loca y agarrándome las tetas, me las estrujé hasta casi hacerme daño mientras el tremendo orgasmazo recorría mi cuerpo como un latigazo de placer. Ernesto no paró. Siguió lamiéndome el coño hasta dirigir su lengua hacia mi ano.

Así, a los pocos instantes del anterior, volví a estallar en otro orgasmazo descomunal, tan intenso o más que el anterior. Entonces le dije que parara y ahora fui yo la que, tras sentarle en el sofá, me arrodillé entre sus piernas y me metí su estupenda polla en la boca. Apenas se la he mamado un par de veces a mi marido, hacía mucho tiempo y seguramente mal, pero al tener la polla de Ernesto en la boca creo que mi instinto y mis ganas de darle placer, hicieron que me aplicara para hacerle una mamada en toda regla mientras a la vez, le tocaba los cojones que, por cierto, los tiene bastante peludos. Cuando estaba a punto de correrse en mi boca, sacó la polla y poniéndome a cuatro patas allí mismo, sobre la alfombra, me la metió en el coño por detrás con un enorme empuje.

A los cuatro pollazos yo ya me estaba corriendo como una loca. Creo que tuve dos o tres orgasmos encadenados y caí desmadejada contra la alfombra aplastando mis tetazas contra el suelo y haciendo que la polla de Ernesto saliera de mi conejo. Le pedí disculpas pero él, sonriendo, me dijo que no importaba, que estaba a punto de correrse y que esa interrupción haría que aguantara más. Me dio un besazo con lengua en la boca y agarrándome de las tetas, me tumbó en el suelo boca arriba, me indicó que me abriera de piernas y así, en esta postura, volvió a penetrarme y a joderme hasta hacerme reventar en un nuevo y brutal orgasmo. Entonces él, que ya no podía aguantar más, sacó su pollaza de mi chocho y soltó una tremenda cantidad de esperma sobre mi peludo coño, embadurnándome con su crema todos los pelos.

Con la mano, me frotó toda la leche de su corrida por los pelos haciendo que se formara un tremendo y excitante pastel de semen en el felpudo. Cuando nos levantamos nos vestimos rápidamente pues mi marido podía estar al llegar, pero antes le hice prometer que aquella no sería la última vez que gozáramos juntos y él me dijo que íbamos a pasar unas vacaciones muy calientes en la costa...

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