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Quiero contar lo que me ha ocurrido después de publicar un contacto.
La primera carta era de un matrimonio mayor en la que ella, a pesar de
la edad, era muy ardiente y lanzada. Nos escribimos como cosa de un mes
hasta que, en su última carta, además de indicarme que si
me interesaba conocerles, me presentara en su casa dos días después,
había una fotografía de ella reciente y vestida. - ¡Tú eres...! Sin dejar de empujarla, entramos, cerré la puerta de un golpe de trasero, dejé las bolsa en el suelo y empecé a besarla al tiempo que le metía mano por todo su más que generoso cuerpo. Mientras nuestras lenguas se entrelazaban en besos apasionados, mi mano logró subirle la falda y acercarse a su coño, encontrándome con la agradable sorpresa de que no llevaba bragas y el chocho no tenía ni un pelo. Apartando su boca de la mía y mirándome a los ojos, me dijo: - Desde que recibí tú carta en la que me contabas tus gustos, siempre salgo sin bragas y me he afeitado el coño. Dejándole la falda en la cintura, me solté el cinto del pantalón y me bajé la prenda junto con los calzoncillos. A continuación le cogí una pierna y levantándosela, la sujeté con mi brazo. De esta manera la raja de su coño se abría, quedando a la disposición de mi polla. Acerqué el capullo y de un solo golpe, me metí dentro de ella hasta los cojones. Abrazados y sin dejar de besarnos, empecé a follármela, primero lentamente y luego más rápido. El placer que los dos sentíamos era enorme a juzgar por los suspiros que se entremezclaban con nuestros besos. Al mismo tiempo y con mano temblorosa, logré desabrocharle los botones del vestido, subirle las cazoletas de su enorme sujetador y sacarle al aire unos pechos inmensos, redondos, abultados y con unos pezones tremendamente endurecidos, como piedras. Cuando empecé a chupárselos, al aumentar ella sus gritos de placer, se oyó la voz del marido que, desde el interior de la casa, preguntaba qué le ocurría. - Ahora no puedo contestarte - le dijo ella entre suspiros - pero ven a cogerme las bolsas. El hombre apareció en la puerta, nos miró sorprendido al vernos follar, pero no escandalizado, y dijo: - En tu carta ponías que las mujeres te iban hasta los 60 años,
pero mi mujer tiene ya 62... Continué penetrando y saliendo de su caliente coño, bien apretados los dos contra la pared, hasta que ella, delante de su marido que no perdía detalle, empezó a gritar que se corría. Yo pegué dos o tres golpes secos y lanzando un bufido, vacié mis cojones en ella, llenando sus entrañas de leche caliente y muy abundante que, al separarnos, le resbalaba por el interior de los gruesos muslos. Ya más tranquilos, entramos en la casa, llegando al salón, estuvimos un rato hablando, ella y yo entre besos y caricias, ante la mirada atenta del marido. Tanto toqueteo nos puso de nuevo a tope así que la hice levantar, la llevé de cara a la pared y allí mismo, le levanté de nuevo la falda hasta la cintura, desnudando ahora un soberbio culo, de nalgas enormes, redondas y salidas. Mientras que con una mano le separaba los grandes globos para dejar aparecer el agujero de ese culazo, con la otra saqué de mi bolsillo el tubo de vaselina que siempre llevo conmigo. Unté bien el agujero anal y mi polla y entonces cogiéndola con ambas manos por sus anchas caderas, le dije: - Aguanta fuerte, que aprieto. Así se la fui metiendo en aquel canal no excesivamente estrecho pero cuando empecé a follármela por el culo, sonó el teléfono. El marido se fue del salón, ella se inclinó hacia adelante para facilitarme aún más la penetración en su recto y al poco regreso el marido diciendo que tenía que salir. - No se preocupe - le contesté con mi polla metida en la parte trasera del cuerpo de su mujer - yo cuidaré de su esposa. Él la besó y se fue. Seguí enculando a la dama hasta que ambos nos corrimos, ella primero y luego yo, dejándole el agujero del culo como un bebedero de patos. Fuimos al baño a limpiarnos y luego salimos a dar una vuelta. Estuvimos paseando por los bosques que rodeaban la urbanización, cogidos de la mano como dos enamorados, hasta llegar a una fuente. En el lugar no había nadie y el suave murmullo del agua y el trinar de algunos pájaros propiciaban el romanticismo así que, apoyándola en un árbol, empecé a acariciarle las grandes mamas por encima del vestido al mismo tiempo que nos besábamos como locos. Al poco rato y con mi polla a punto de romperme la tela del pantalón, me aparté de ella, la empujé suavemente por los hombros y entendiéndome, se arrodilló ante mí mientras yo me sacaba la verga fuera del pantalón. Sacando la lengua, me lamió todo el capullo antes de tragárselo entero y empezar una mamada maravillosa cuyo placer aumentaba con el morbo que daba el lugar donde nos encontrábamos, con el peligro de que alguien nos encontrase en aquella postura tan comprometida. Sus mamadas eran cada vez más profundas. Yo casi no podía contener mis gemidos y al final, agarrándola de la cabeza con ambas manos, empecé a movérsela haciendo que mi polla entrara y saliera de su boca a gran velocidad como si me estuviera follando su cara y así no tardé en explotar en una corrida brutal que le llenó la garganta primero y la boca después con toda mi espesa y abundante leche caliente. Ya tranquilos, nos arreglamos la ropa y regresamos a casa. Comimos y luego vimos un rato la tele sentados los dos, muy juntos, en el sofá. Como es natural y casi sin darnos cuenta, empezamos acariciarnos y así mi polla empezó a ponerse dura y su coño a encharcarse. Acabamos, yo tendido de espaldas sobre el sofá y ella encima de mí con mi verga metida hasta los cojones en su caliente chocho, follando como locos. En eso estábamos cuando apareció el marido que, al vernos en faena y muy comprensivo, nos dijo: - Seguid, seguid, no me hagáis caso. No obstante, aprovechando que su esposa me daba la espalda, se sacó la verga de su bragueta y se la ofreció para que se la mamara mientras ella me cabalgaba cada vez más rápido. Justo cuando ella y yo nos corríamos casi a la vez, el marido eyaculó en abundancia contra su cara dejándosela llena de espesos goterones de leche que ella, sacando la lengua, lamía con sumo gusto. Estábamos arreglándonos la ropa cuando llamaron a la puerta, el marido fue a abrir y aparecieron su hija y su esposo. La hija, una atractiva mujer de unos 40 años, miró a su madre que, rápidamente, intentaba ponerse bien la falda y comprendiendo lo que había pasado, exclamó: - ¡Pero mamá, a tu edad...! La hija se encogió de hombros y luego, mirándome a mí, me dijo: - No sé como te llamas pero, ¿podrías llevarme con tu coche a comprar tabaco al pueblo? Acepté encantado, subimos al coche pero al llegar al pueblo pasé de largo y paré en un bar-restaurante de carretera. Pedí una copa y ella no quiso nada pero me dijo: - Si me hubieras dicho que querías hacer eso, te hubiera dejado
ir solo. Al acabar mi copa y comprarle tabaco para cubrir las apariencias, volvimos al coche, me metí en el bosque y allí, en el asiento trasero, me la follé hasta que los dos nos corrimos con un tremendo placer. - ¿Como conociste a mis padres? - me preguntó tras la estupenda follada. Le dije que habían contestado a un anuncio mío. Seguimos hablando, estrechamente abrazados hasta que yo, excitado de nuevo, le pregunté si le gustaba que le dieran por el culo. - Mi marido me lo ha hecho alguna vez - me contestó. Satisfecho con esta respuesta, la hice poner de rodillas sobre el asiento y muy agachada para que su culo quedara bien ofrecido y expuesto. Así le di por el culo hasta que, de nuevo, la llené con mi caliente esperma. - Si estás bien con tu esposo - le pregunté mientras nos
arreglábamos la ropa - ¿Por qué has querido venir
conmigo? Sonreí y la acompañé hasta la casa de sus padres. Ante la puerta nos dimos un buen morreo y ya no he vuelto a ver ni a la madre ni a la hija. |
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