Casada con un hombre mucho mayor que ella, no sabía lo que era una relación sexual plena, hasta que en un viaje se entregó al conductor del autocar que la hizo sentirse plenamente mujer en la cama, descubriendo de golpe todo lo que su marido no supo, o ya no recordaba, darle.

Querida Charo, no sé cómo empezar a relatar la historia de como una vida de una mujer decente y corriente pasó a otra cosa bien distinta. Mi nombre es Ana, tengo 33 años y me casé a los 20 con Juan un hombre veinte años mayor que yo. En principio deslumbrada por alguien con una buena posición social y económica muy distinta a los jóvenes de mi edad. No sé si le podría llamar amor pero me cautivó. Ignoraba la realidad de este señor maduro que me llevó al altar. La verdad la supe cuando fue tarde. Se casó para acallar las habladurías, porque en su posición necesitaba tener una esposa de la misma manera que coches, chalet o ropa cara. Yo, como dije antes, desconocía todo esto porque tuve una venda en los ojos durante muchos años.

Sexualmente fue de lo más corriente aunque no tenía con qué comparar en este tema. En la cama me evitaba y yo creía que esto era de lo más normal. No tuvimos hijos en todo este tiempo pero él sí de un matrimonio anterior, Fernando que en la actualidad tiene 22 años.
Bueno para no aburrir voy a contar los acontecimientos que cambiaron mi vida desde hace tres meses. Decidí pasar unos días en la costa en un viaje organizado, para dejar al lado la monotonía. Juan me dijo que, por motivos de trabajo, no podría venir conmigo, así que me tocó viajar sola. Hay un refrán que dice "más vale sola que mal acompañada". Cogí la maleta y me propuse disfrutar de estas vacaciones.

Me subí en el autocar y la primera persona que vi fue Arturo, el chofer, y juro que esta visión me dejó impresionada. Alto, morenazo, cuerpo atlético, 35 años, simpático, vamos, todo un play-boy por el que cualquier mujer suspira al verle. No lo dudé y me puse en los primeros asientos para alegrarme la vista con este hombre-bombón. Al llegar al hotel inicié conversación con él. Le dije que no conocía la ciudad y que me aburriría como una ostra, por lo que él se me ofreció como guía para enseñarme los sitios más bonitos. Había echado el anzuelo y él había picado. Para el primer día me quise poner muy atractiva. Busqué una boutique donde vendieran ropa más sexy que la que yo llevaba. Vestidos ajustados, sedas y demás para lucir un cuerpo que, dicho sea de paso, no está nada mal. A mi edad tengo unos pechos generosos y nada caídos, mido 1,65 y tengo un trasero algo respingón, en una palabra, deseable.

Mi guía estaba en el hall del hotel y me llevó a pasear. Terminamos en una discoteca bailando. Pusieron música lenta y nuestros cuerpos se juntaron. Que maravilla sentirle tan cerca. Mis pelos se pusieron de punta y por primera vez en mi vida, mi sexo se humedeció. Le deseaba, pero mi timidez y los prejuicios de los cuernos me jugaron una mala pasada. Más tarde me dijo que estaba algo cansado por el viaje y yo también asentí. Nos dimos un beso y quedamos para el día siguiente. Me acosté y casi sin darme cuenta, mis manos recorrían mi cuerpo, con suavidad, primero en los pechos haciendo círculos alrededor de unos pezones ya duros. Me estremecía al pensar que eran sus dedos los que bajaban por mi vientre. Mi mano era su mano y mis dedos y sus dedos jugaban con mi sexo, en un bosque de placer, en los labios exteriores de mi vagina y poco a poco se introducían en la morada donde quería dar cobijo a su polla.

En mis pensamientos no había otra cosa que no fuera él. Cerré mis piernas aprisionando mi mano y un dulce y profundo orgasmo se apoderó del resto de los sentidos. Me había masturbado como en mi vida lo había hecho. Entonces sonó el teléfono. Era mi marido.

- ¿Te pasa algo?. No reconozco tu voz... - me dijo.
- Nada - contesté - Debe ser el aire acondicionado.
- Ten cuidado, no ve vayas a resfriar - contestó sin que supiera lo caliente que yo estaba.

Al siguiente día me encontraba nerviosa. Quería seducirlo con armas de mujer, poseerle y ser poseída, pero no sabía como abordarlo. Mi estúpida timidez evitaba dar el paso definitivo hacia un encuentro más íntimo, pero a la vez disfrutaba de su compañía. Me parecía imposible que no notara mis sentimientos al mirarle a sus ojos o tal vez esperaba mi rendición total y absoluta. Llegó la noche, en la puerta de mi habitación nos despedimos con un beso y al cerrar la puerta me maldecía una y mil veces por no haber sido capaz de contárselo.

Ya me disponía a acostarme, cuando sonó la puerta y al abrirla allí estaba. Mi corazón casi me da un vuelco, nos miramos a los ojos y sus manos rodearon mi cuerpo en un abrazo desesperado, sin palabras. Nuestros labios se unieron en un beso interminable y sus manos comenzaron a acariciar mis pechos, primero sobre la tela de mi vestido, hasta que, suavemente, bajó la cremallera y cayó al suelo. Yo ya sentía el roce de su sexo. Me urgía desnudarle y lo hice sin perder tiempo. Mi timidez estaba superada. Sus dedos bajaron a mi coño. Esta vez no eran unos dedos imaginarios. Echó a un lado mi tanga, que parecía recién sacado de la lavadora de lo mojado que estaba, y empezó a acariciarme. Me aferré a su cuello con mis brazos y de pie como estábamos, agarró mis muslos hasta acercar su polla a la entrada de mi coño. Introdujo la punta de su glande, me miró a los ojos como diciendo aquí estoy yo y sin más me la clavó toda hasta el fondo. El grito que di lo debieron de oír en la China y empecé a susurrarle al oído:

- Te deseo... te deseo, haz de mí lo que quieras - y vaya que si lo hizo.

Con nuestros sexos unidos me llevó a la cama, abrió mis piernas al máximo y continuó taladrándome. Yo ya empezaba a notar lo que era un orgasmo. No era una palabra vacía. Era un estremecimiento de todo mi cuerpo.

- ¡Sigue mi amor! - casi le grité - ¡Me viene... que gusto... oooh... me viene, no pares...!.

Arturo era el dueño de la situación y me dijo:

- ¡Toma mi polla, ahora vas a sentir lo que es un hombre de verdad y no el cornudo de tu marido, te voy a follar como nunca te han follado!.

Mientras me decía esto, su verga entraba y salía muy despacio, la sacaba hasta dejar su punta en los labios exteriores de mi coño, quieta, y de repente se metía muy lentamente hasta que notaba que sus huevos me rozaban.

Me estaba volviendo loca de placer. Cuando la tenía toda dentro se paró y me enseñó a contraer las paredes de mi coño para que notara su verga dura. Estaba húmeda muy húmeda y hacía que su polla se deslizara con una suavidad desconocida para mí. No tenía noción del tiempo, no existía, solo dos cuerpos unidos por sus sexos. Yo ya me había corrido no sé cuantas veces y él seguía allí con su mástil duro y majestuoso. Sin sacarla de mi cueva nos giramos y me puso encima de su cuerpo. Para mí todo empezaba a ser nuevo. Hasta la fecha una relación sexual constaba bajarme las bragas, abrir algo las piernas y por último dos minutos escasos de penetración, Vamos, que no me daba tiempo ni de gemir y un suspiro tímido anunciaba su descarga. Esto era todo, lo contrario con Arturo que no se sabía cuando podía acabar, ni me importaba, y los gemidos y comentarios obscenos no paraban.

Sus manos se posaron en mi culo para que no parara de moverme y su boca dirigió su ataque a mis pechos, primero con la lengua y después con la boca y los dientes, dándome mordisquitos en los pezones y produciendo el delirio.

- ¡Aaaah...que gusto mi amor, que grande y dura está... me vas a matar... qué cachonda me tienes!.
- ¡Pues ahora vas a saber como se folla un coño desde atrás!.

Me hizo poner a cuatro patas y cerró algo mis piernas para sentir más el roce de su herramienta al entrar en mi interior. La punta de su polla empezó a jugar con mi clítoris y mis labios exteriores y a veces subía hasta mi ano volviendo a bajar para hacer círculos con mi sexo.

- No me hagas sufrir más y métemela ya - supliqué.

Parece que oyó mis súplicas y como un buen torero metió su estaca de un golpe.

- ¡Que mojada estás! - exclamó - ¡Si quieres mi leche, pídemela!.
- ¡Siiií... dame tu leche, métemela hasta el fondo, fóllame... córrete! - grité.

Me agarró de las caderas, embistió y yo creía que me la iba a sacar por el estómago. ¡Que manera de correrse, qué maravilla!. Después nos quedamos exhaustos y nos dormimos. Me desperté con los primeros rayos del día. Estaba abrazada a Arturo, que todavía dormía. Empecé a observarle y me fijé en su sexo. Estaba otra vez duro. Mi mano se posó en él y volví a excitarme. Se despertó y me dijo:

- Ahora te vas a tomar el desayuno.

No me lo pensé. Mis labios y mi lengua comenzaron a recorrer su polla desde la base hasta que él me agarró la cabeza, diciéndome:

- ¡Chúpamela, es toda tuya!.

Abrí la boca y la empecé a tragar. Arturo se incorporó y también dirigió su boca a mi sexo. Sentí un doble gusto al chupar y ser chupada de esa manera. Esa lengua me hacía ver las estrellas otra vez hasta que se separó, me apartó la cara, nos miramos y ya sabíamos que vendría después. Me tumbé con las piernas bien abiertas y nuevamente comenzamos a hacer el amor. Vaya fiesta de sexo.

Pasamos toda la mañana en la habitación follando sin parar. El ya era mi amo y yo ya estaba dispuesta para hacer, decir, tocar o chupar lo que me ordenara. Me hizo afeitar el sexo, dejando unos pocos pelitos en el monte de Venus y, a partir de ese momento, cuando estuviera con él, no debía llevar bragas para tener libre acceso cuando se le antojara. Incluso me mandó llamar por teléfono a mi marido a la vez que me estaba comiendo el coño.

- ¿Vas a ser mi puta? - me dijo luego, al follarme.
- ¡Sí, tu puta, te obedeceré pero, por favor mi vida, fóllame, fóllame... sigue... no pares, dame más...!.

Las vacaciones acababan pero yo no quería separarme de mi macho, le quería para mí todo el día y al final Arturo me dio la solución. Me dijo que podía llevarlo a mi casa diciendo que era un primo mío que venía de viaje y que quería instalarse en mi ciudad. De esa manera estaríamos juntos. Pero eso ya os lo contaré más adelante.

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