Deseaba ganarse algún dinero durante las vacaciones de verano. Lo que no se esperaba que su jefe, despertara en ella, tan fuertes deseos eróticos. Sin darse cuenta, cayó en sus redes, entregándose al placer sin problemas, sumisa y encantada.

Mi nombre es María, soy una mujer de mente abierta, mi cuerpo es, como dicen los chicos, macizo pues tengo los pechos grandes y mis carnes son apretadas. Me suelo poner vestidos ajustados, escotados y cortitos pues me encanta provocar un poco. Lo que voy a contar empezó a principios del verano pasado. Yo acostumbro ir a una papelería a comprar la prensa y el dueño de dicho establecimiento, Jaime, es un hombre de unos 50 años, muy simpático y cordial. Un día, en el que acudí a comprar el periódico vi que había colgado un cartel en el que se solicitaba chica o chico para dependiente en los meses estivales. Le pregunté a Jaime de que iba el trabajo y lo que él me informó me interesó pues ganaría un sueldo extra durante el verano, así que decidí probar ya que, además, Jaime me convenció con su don de gentes.

El primer día de trabajo, era todo aprendizaje, pero el segundo Jaime ya me tenía preparo el uniforme que debería ponerme y que no era otra cosa que una bata blanca. Yo, con picardía, le dije:

- ¿Me la pongo encima de la ropa o sin nada de ropa debajo?
- Como estés más cómoda - me contestó sonriendo.

Pasé a la trastienda y como hacía mucho calor, me quité el vestido y me puse la bata.
Pasaron varias semanas, Jaime cada vez se llevaba mejor conmigo y yo me sentía muy a gusto con él pero dándome cuenta, no obstante, que me miraba con deseo, o al menos eso pensaba yo. Cuando él no estaba, yo solía coger una revista porno y leía los testimonios, cosa que me calentaba un montón tanto que, mientras leía, no podía evitar que mi mano se metiera entre mis braguitas y que mis dedos se deslizaran por mi coñito hasta lograr que éste se me empapara.

Naturalmente, siempre que lo hacía, procuraba que fuera en horas que no suelen entrar clientes pero con mis braguitas mojadas pasaba el resto del día, muy cachonda y excitada. Días después, llegué al trabajo muy excitada y dispuesta a intentar provocar a mi jefe. Al cambiarme de ropa en la trastienda, como cada día, no corrí la cortina para que Jaime pudiera ver mi cuerpo semidesnudo. Él, en este momento, estaba cogiendo las monedas para el cambio, que se guardan muy cerca de donde yo estaba. Me quedé solo con unas pequeñas braguitas tanga, me puse la bata encima y quité el cierre a la tienda. Jaime seguro que se fijó en mí pues le noté algo tenso además a de ordenarme repetidamente que colocara en orden toda la prensa, operación que, al ordenar las pilas, me obligaba a inclinarme bastante y él, por detrás, podía ver mis piernas pero yo, aparte de las piernas hacía lo posible para que se me subiese un poco más y poder mostrarle mi trasero.

Al notar que lo tenía muy excitado, para más morbo, me desabroché algunos botones de la bata para que él pudiera ver algo de mis pechos. Esa mañana no se apartó de mi lado y antes de cerrar, al mediodía, me dijo:

- ¿No te importa quedarte por la tarde después de cerrar para organizar un poco la tienda?
- No, no me importa - le contesté.

No obstante, cuando se acercaba la hora de cerrar, más nerviosa me ponía pues yo misma no sabía si lo que estaba haciendo era correcto o no, pero al mismo tiempo pensaba que si le daba gusto al cuerpo no pasaría nada. Llegó la hora de cerrar. Él echó el cierre y nos fuimos a la tras tienda diciéndome:

- Vamos a colocar todo este material en las estanterías de arriba, así que sube a la escalera y yo te iré dando las cajas.

Mientras yo, subida a lo alto de la escalera, colocaba las cajas mi jefe, desde abajo, sujetándome la escalera, miraba mi trasero por debajo de la bata. Esta situación, me dio mucho morbo. Que él estuviese debajo, contemplando mis muslos y mi culo, que tenía a un palmo de su cara, me ponía al rojo vivo. Yo bajé pero él no soltó la escalera de tal manera que quedé apresada entre la escalera y su cuerpo. Apretó su paquete en mi trasero y yo, haciéndome la inocente, le dije:

- Vamos, Jaime, déjate de bromas que tenemos mucho trabajo.

Me soltó y seguimos con el trabajo, pero él estaba muy cachondo y a la mínima aprovechaba para darse un roce contra mi cuerpo y cuando no pudo aguantar más, aprovechando que yo estaba inclinada y apoyada sobre el mostrador él, por detrás, me levantó la falda y con extrema rapidez me bajó las braguitas hasta las rodillas y en el acto noté como su cipote penetraba bruscamente en mi coñito empezando a follarme con todas sus fuerzas.

Yo no dije nada. Estaba encantada de sentir su vigorosa polla dentro de mi coño, follándome mientras me decía con voz entrecortada:

- ¡Que coño más rico, que estrechito lo tienes, María!

Arremetía contra mi coñito, me cogía los pechos que había sacado de la bata y los apretujaba. ¡Que polvazo me echó el guarro de mi jefe! Tuve un fuerte orgasmo al notar como se corría dentro de mi coño llenándome con su abundante leche, que resbalaba por mis muslos abajo. Cuando me sacó la polla del coño, me dijo que me quitara la bata, que deseaba verme desnuda y con el coño lleno de leche.

Obedeciéndole, me desnudé, me observó un buen rato, luego me abrazó y me magreó todo el cuerpo notando yo como tenía la polla aún dura así que me puse de rodillas ante él y cogiéndole la polla, me la metí en la boca chupándosela con verdaderas ansias. Que cachonda estaba yo con la polla de mi jefe en la boca y él de encantado por sentir mis labios y mi lengua caliente mamando su verga. No tardó en volver a correrse, esta vez en mi boca y cara cosa que a él le excitó de forma especial verme el rostro lleno de su leche. Desde este momento yo me volví, para él, un juguete sexual pues los siguientes días me hizo todo lo que se le antojó, aunque yo disfruté de lo lindo dejándome llevar por él y sus juegos sexuales. Me encanta que un hombre me someta a sus caprichos y yo disfruto mucho más del sexo si es él quien manda.

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