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Llovía copiosamente cuando yo iba a coger el bus que me llevaría,
desde Barcelona, al pueblo donde vivo. En el bus no tuve más remedio
que sentarme en uno de los asientos de la última fila pensando
con quien me tocaría viajar. Siempre preferí hacerlo solo,
a no ser que mi acompañante fuera una hermosa chica. Los minutos
siguientes, en que el bus tardó en salir, me dediqué a catalogar
quien subía detrás de mí y la verdad es que nadie
me gustó para compañero. De todas maneras el asiento a mi
lado quedó vacío. Cuando se acercó el chofer, que ejercía el empleo también de cobrador, ella le preguntó que valía hasta un pueblo pasado el mío y al decírselo, ella enrojeciendo diciendo que no llevaba suficiente dinero. - Por favor, yo te pago la diferencia - le dije y mirando al chofer,
que no participaba de la conversación, le pedí un pasaje
hasta el destino de la chica. La vi tiritar de frío por lo que le sugerí que se quitase la mojada chaqueta y convencida que yo tenía razón eso hizo, pero de nuevo las luces se encendieron y para mi sorpresa, la blusa que llevaba debajo se había convertido en trasparente al igual que su sujetador. Unos pezones duros por el frío, surgieron notoriamente debajo de la ropa que no los ocultaba. Eran de color rosa y de gran tamaño, adornando unos senos no grandes pero tampoco pequeños, muy firmes. Realmente eran una maravilla. Ella se tapó con los brazos y desde el único asiento que nos podían ver, dos chicos habían descubierto el espectáculo y no le quitaban los ojos de encima. Me quité la chaqueta y la tapé con ella. Me lo agradeció y las luces se volvieron a apagar diciéndome ella entonces: - Toma tu chaqueta. Sin esperar mi respuesta, levantó los brazos y se la quitó. La verdad es que no se veía nada, pero nada, Yo estaba excitadísimo y deseaba quitarle la chaqueta de encima y arrojarme sobre ella, pero estaba claro que no lo haría. Al rato separé un poco mis piernas para ver si encontraba una
de las suyas y efectivamente ella no estaba acurrucada en su asiento sino
que tenía las pierna ligeramente abiertas, por lo que fue fácil
hacer contacto. Esperé para ver si la retiraba y nada. Mi próximo
paso fue disimuladamente tocar mi pierna y por supuesto la suya. Tampoco
la retiró. Un poco más y acaricié suavemente su pierna,
luego comencé a subir la mano por su muslo, su cintura, su abdomen
hasta sentir la suave piel de sus senos. ¡No llevaba sujetador!.
Mi dedo se introdujo lentamente entre sus piernas hasta hallar su monte de Venus, deslicé mi mano hacia abajo y encontré el clítoris y como era de buen tamaño me permitió tomárselo y acariciárselo de la misma forma que al pezón, pero cuando ella se sobresaltó, aparté las manos rápidamente. - ¿Donde estamos? - me preguntó - Creo que me he dormido. Yo, a pesar de su confesión, no estaba seguro de que estuviese dormida pero, ¿como saberlo?. Volví a deslizar mi mano y todo comenzó de nuevo hasta que ella, de golpe me miró y dijo: - ¡Eras tú el que me tocaba y yo no lo estaba soñando!. Eso intentó hacer en efecto. Tras la parada y cuando el bus reanudo la marcha, empezó a quitarse la chaqueta de encima, me miró y me dijo: - ¿Puedes no mirar mientras me vuelvo a poner mi blusa?. No necesito
tu chaqueta, no necesito nada de ti, ojalá no me hubieras pagado
el pasaje - y rompió a llorar - No, no lo creas, me gustaste mucho y no pude controlarme, te acompaño
hasta tu casa y allí me la devuelves. Cuando bajamos del bus, llovía y yo, sin mi chaqueta que era impermeable, comencé a mojarme. Ella parecía que disfrutaba al ver como yo me empapaba, pues me preguntaba a cada rato si estaba muy mojado y sonreía satisfecha. Por fin llegamos a la casa, que estaba toda oscura. - ¿No hay nadie? - le pregunté. Se me hizo un nudo en la garganta. Parecía una trampa. Primero ella era muy fácil, luego muy difícil y ahora de nuevo muy fácil. Me invitó a pasar, a lo cual le dije que era mejor no, que ya me marchaba. Entonces me recordó: - Dijiste hasta donde yo quiera y aún no terminó el camino, entra. Eso hice. Ella se marchó a cambiarse y yo comencé a encender la estufa de leña para calentarme, pues me había dado frío. Cuando volvió llevaba un vestido muy ajustado, con cierre por detrás y de manga corta. - ¿Por qué no te sacas algo de ropa, o te da vergüenza
que te vea en ropa interior? - me dijo. Se me acercó y entonces sucedió algo. No pude contenerme y me arrojé sobre ella, que comenzó a chillar. Le abrí rápidamente el cierre de su espalda y le quité, de un tirón, el vestido. Ante mi se encontraba ella con una hermosa ropa interior negra y de delicado encaje. Comencé a manosearla mientras ella me pedía que la soltara. Le desabroché el sujetador y aparecieron ante mí sus tan deseados pechos. Mi boca se apoderó de uno de sus pezones y mi mano se situó entre sus piernas. Ella luchaba por zafarse y me pedía a gritos que la dejara pero yo no lo hice y la amenacé que se quedara quieta o le haría daño. Ella fue cediendo hasta que no luchó más y lo único que hacía era llorar. Entonces le quité lentamente el tanga, le separé bien las piernas y acaricié largo rato su clítoris con un dedo, con mi lengua y con mi polla. Lo mismo hice con los pezones, que crecían más y más mientras ella gemía y suplicaba que terminase. Le pedí que me masturbara y empezó hacerlo pero no sabía. Me tocó el glande casi enseguida, haciéndome saltar. Le pegué muy suave y ella comenzó a llorar de nuevo diciéndome que no sabía hacerlo. Entonces le dije que usara la lengua, a lo cual se negó. Otro golpe y la tomé de los pelos. Comenzó a chillar de nuevo y patalear, por lo que volví a pegarle y por fin no tuvo más remedió que abrir la boca e introducir mi miembro en ella. Me lo lamió suavemente, después aprisionó el glande con sus labios, los movía de arriba abajo lentamente y con sus lengua jugaba con la punta del mismo. Por supuesto que yo le indicaba qué quería y ella respondía, aunque muchas veces se llevaba un pellizco en sus pezones por no obedecer. Por fin llegué a orgasmo y por compasión terminé fuera. Llevé mi pene entonces a su vagina y tras tenerla que golpear de nuevo pues no se quedaba quieta y me aturdía con sus gritos pidiéndome que no lo hiciera, se lo introduje despacio hasta que, de golpe, choqué con algo. Hice fuerza y sentí el desgarro. ¿Era virgen?. Le saqué mi polla, la miré y ella sonrió. Yo no entendía nada. Ella reía contentísima, se estaba divirtiendo como nunca había visto a una persona, así que no lo dudé y se lo volví a introducir de un golpe. Ella gritó, pero en el acto volvió a reírse. Así seguimos hasta que estallé en un enorme orgasmo, acompañado por el de ella que no terminaba nunca. Al acabar, me dijo: - Te engañé, aunque no del todo, pero te engañe.
Es cierto que tuve problemas con mi novio, orgías no quería,
quería hacerlo con alguien como tú. Fuiste muy delicadamente
rudo, así que si has de pegarle a una mujer mejor hazlo con más
fuerza, apenas me dolió. - ¿Y por qué fingiste que no querías?. La tomé por la espalda y mientras con una mano le sujetaba un pecho, con la otra le metía un dedo en el ano. - ¡Ay, eso duele, por favor por ahí no! La solté y me dirigí a la cocina a tomar agua cuando descubrí una cuerda de colgar ropa, la tomé y volví y antes de que ella pudiera reaccionar, le había atado las manos a la espalda. - ¿Qué haces?. ¡Me lastimas! - protestó ella. Su voz había cambiado y yo no conseguía que se quedase quieta por más que lo intentaba. Al final se me agotó la paciencia y usando otro pedazo de la cuerda, que corté, le até las piernas a una mesa, la incliné sobre esta y le introduje un dedo en el ano. Los gritos de ella eran desgarradores, pero no me importó. Su ano no cedía y se contraía continuamente, aunque lo iba lubricando. Yo disfrutaba de esto último se lo acariciaba más y más y ella no dejaba de gemir, lo que me excitaba más aún. Por último la penetré lentamente con mi polla y si bien no conseguía ni un poco de colaboración de parte de ella, mis dedos se entretenían, unos con sus pezones y con su clítoris otros. Fue justamente con estos que empecé a darle placer, aunque ella no dejaba de decir que terminara ese suplicio, que la estaba lastimando. Apuré el ritmo y sus gritos volvieron a subir de volumen. Por fin llegué a un orgasmo enorme y ella me acompañó con el suyo. Cuando la solté, me insulto y me pegó, por lo que tuve que defenderme proporcionándole una fuerte bofetada que la tiró al piso. Ahí se quedó quieta. Me agaché y la besé. Al principio se negó pero al final lo aceptó. Hicimos el amor tres veces más en esa noche y cuarto el día siguiente. No queríamos separarnos nunca, seguir haciendo el amor, pero por supuesto no fue posible. Me despedí con un ligero beso pues de alargarse mucho, terminaríamos en la cama, bueno, en el piso. Le prometí que la volvería a ver y me marché. Saludos y ya os contaré lo que ocurra en nuestra nueva cita. | |||||||||||||||