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Voy a contar la experiencia más interesante y caliente de mi vida y que ocurrió estando yo de vacaciones con Lupe, mi novia. Estando yo hablando de temas vagos con mi novia, sentados bajo la sombrilla y mirando el mar, mis ojos no podían evitar dirigirse a una muchacha de cabello largo, lacio y de color caoba oscuro, de estatura moderada a baja, que sonreía y no paraba de hablar con sus acompañantes. Ella era, visiblemente, el centro de atención de sus acompañantes, tres chicos robustos, que a simple vista aparentaban frecuentar el gimnasio, mayoría de edad, dinero y algo de estupidez. Acabé por no darle importancia y seguir en lo mío, intentando, casi con esfuerzo, seguir la conversación de Lupe, en tanto adivinaba las formas de la chica, ocultas bajo una chaqueta corta que dejaba al descubierto una cintura que no superaba los cincuenta centímetros y debajo del pareo de color oscuro unas, piernas bien torneadas y un culo que prometía. Su bronceado era increíble, perfecto, sus piernas hermosas y ahora apreciaba en su totalidad, aunque aún cubierto por su pareo, la forma de su culo. Era un diseño perfecto. Fue el momento en que lo supe. Sería mío. Solo necesitaba una oportunidad. Una noche, en que salimos a bailar con parejas amigas, se había generado una discusión. No tenía importancia, pero sirvió para que peleáramos durante toda la tarde con Lupe y esto terminó con que ella no quiso subir al coche y se fue andando, sola. Ofuscado, decidí que era buen momento para unas cervezas y no para ir al departamento, ya que quedaban dos horas de sol aún y no quería desaprovecharlas. Me dirigí al parador y ahí comenzó mi aventura. Estaba tomando una cerveza. Me había sentado en una mesa para dos de aquel parador de madera y entonces la vi. Estaba con su compañía habitual, pero un tanto alejada. De pronto se puso de pie y se recostó sobre la baranda quedando justo entre la playa y mi mesa, ofreciéndome nuevamente el hermoso espectáculo de su culo. Esta vez no llevaba el pareo, con lo que el espectáculo era inmejorable. Repentinamente algo me sacó de mi embeleso. Gritos de las chicas, más agudos de lo normal y de pronto, la pelota estaba en mis manos. Ella se había dado vuelta como para alcanzarla y se encontró con mi mirada. Se la ofrecí y ella, sonriente, la tomó en sus manos y acto seguido la arrojaba de un golpe con sus dueñas. - ¿Quieres tomar algo? - dije señalando mi media botella
de cerveza. Al poco el camarero servía su vaso y mi cerebro se devanaba intentando dilucidar cual sería la mejor forma de encarar a una chica tan tierna para poder tenerla con tan poco tiempo. - Te vi con una chica, ¿es tu novia? - preguntó sin avergonzarse. Comencé a explicar que no soportaba sus celos y la había dejado quedándome solo en el departamento en el que me quedaban quince días más de alquiler. Así seguí la conversación, enfocada en el tema de parejas, hasta que me animé a confesarle que no había dejado de admirarla y que esto había hecho entrar en cólera a Lupe, cosa que no era cierta ya que ella ni lo había visto. Sus amigos se habían levantado y se habían subido a sus dos motos, dejándola ante su insistencia de que yo la llevaría a su casa. No era aún noche cuando nos encontrábamos ya lejos del parador, besándonos y abrazándonos recostados contra la puerta de mi coche. Marcha bien, pensé, pero esto no significa nada. Silvia, que así se llamaba, tenía efectivamente 18 años, e imaginé que no me sería fácil convencerla de que me dejara follarla en nuestra primera cita. Pero no pensaba dejar de intentarlo, ya que al día siguiente me vería con Lupe y se irían mis oportunidades de alzarme con ese trofeo, por lo que decidí no dar más vueltas y comencé a manosear con firmeza sus nalga, que eran duras y sorprendentemente carnosas, mientras con mi mano izquierda desabrochaba su blusa bajo su chaqueta vaquera. Al parecer estaba acostumbrada al manoseo pero cuando le desabroché el corpiño y sus casi inexistentes tetitas quedaron ante mi vista, pareció incomodarse. Esto me dio la excusa para decirle que entráramos en el coche. Lo hicimos, pero previamente recosté las butacas de forma que me diera más espacio para moverme y poder joderla. La recosté, me bajé la bragueta y le enseñé mi pedazo palpitante. En el acto me dijo que no quería hacerlo, pero sus ojos lo desmentían por lo que cerré su boca con un beso y dirigí su mano a mi miembro. Tenía manos pequeñas, apenas llegaba a abrazar la totalidad del grosor de mi miembro viril. Ella no me soltaba el pene, yo no soltaba sus nalgas, y tiraba suavemente de ella metiendo su short lentamente en su raja. Un momento después, bajé sus pantaloncitos, aparté su braga a un costado y comencé a penetrarla. Noté su dolor y mientras lo hacía ella me confesó que lo había hecho solo una vez y había sido una mala experiencia. Eso me recordó a sus amigos. Para completar la penetración, pasé mi brazo derecho debajo de ella y tomándola por la cintura, la atraje hacia mí. Cerró los ojos, pero no gritó. Comencé a moverme lentamente, pero sin retirar ni la cuarta parte de mi polla de su interior, en forma pausada. Así estuve largo rato y al poco noté su primer orgasmo, el primero de su vida y luego otro y otro más. En mi mente imaginaba que estaría satisfecha, pero yo quería más. Después de todo yo no había acabado y no pensaba dejar pasar la oportunidad de la penetración anal, obsesión que Claudia había sembrado en mi durante el transcurso de ese año. No podía dejar pasar la oportunidad de sodomizar aquel culo tan hermoso de esta chica. Aunque se negara, sabía que lo tendría. Lo supe la primera vez que la vi. Apenas abandonando la penetración y sin hablar, levanté mi pierna derecha y sin soltar su cintura con mi brazo derecho, le di la vuelta hacia mi izquierda mientras, con una seña, le indicaba que debía ponerse de boca abajo. Me miró con sus grandes ojos azules, en una mezcla de sumisión y temor. La visión de su espalda, de su cintura arqueada, de aquella bella redondez que se me ofrecía, acentuó mi deseo. Suavemente le dije al oído lo que estaba en mis planes. Giró la cabecita para verme y pareció descubrir que era inútil resistirse. Mi decisión estaba tomada. Suavemente la besé en las mejillas y con mi lengua jugué en el lóbulo de sus orejas, mientras blandía mi miembro entre sus redondas nalgas. Con delicadeza quité la prenda y por un instante quedó a mi vista mi objetivo. Era tan pequeño, casi del color de su piel bronceada, solo apenas más claro, rosado, para luego nuevamente esconderse en medio de esas paredes ardientes que no esperaban el suplicio. Supe que le haría daño. Mi tamaño era demasiado para esa delicadeza, pero lo haría. Nuevamente lo blandí, esta vez rozando la punta de mi miembro, que expelía un flujo transparente, que poco a poco lubricó sus carnes, dejándome atravesar su raja. Verlo era la gloria. Mi tamaño hacía que se abriera al máximo su raja, cada vez más lubricada. Con su espalda mas arqueada que nunca, Silvia me ofrecía el paraíso en la forma de su esfínter, ya algo relajado. Tomé mi pene en su mitad y comencé la presión. Era muy difícil, su dilatación no alcanzaba a recibir el diámetro de mi glande y Silvia comenzó a asustarse. Removía sus caderas intentando evitar esa presión, así que decidí dominarla. Tomándole los brazos, los crucé en su espalda y con mi mano izquierda los sujeté contra su cintura presionando hacia abajo, inmovilizándola momentáneamente. Con mi derecha seguí sosteniendo mi brutal erección en posición y finalmente me introduje, escuchando su grito que, ahogado en llanto, se transformaba en súplica. Sus brazos se tensaron y aunque en delgadez no lo denotaba, poseía una fuerza extraordinaria y con ella intentaba evitar ese dolor, el dolor del intruso que la poseía. Era increíble como, con tanto placer, me podía controlar y aún seguía intentando ser suave. No había aún llegado a introducir mi pene en toda su longitud, así que, dominándola con más fuerza, elevé mis cadera y retiré mi pene unos centímetros, lo que provocó, al parecer, algo de alivio en Silvia, porque se relajó un poco. Al instante empujé nuevamente invadiendo su interior. Era increíblemente estrecho, increíblemente cálido, increíblemente placentero. Nuevamente gritó y se acentuó su llanto, que ahogaba el grito. Esta vez me introduje hasta más de un tercio de mi verga y al salir nuevamente noté un efímero rélax en su cuerpo, para entrar por tercera vez, ahora mi pene entero, ensanchando endemoniadamente su esfínter y provocando una avalancha de súplicas y llanto. Sabía que no me podría contener mucho, por lo que comencé a bombear mientras luchaba por mantenerla quieta y escuchaba su llanto. Con cada empuje ella levantaba su cabeza arqueando su cintura e intentaba, inútilmente, evitar al enorme intruso que violaba su precioso culo con violencia. Mejoró mi comodidad y tomé un brazo con cada mano sosteniéndolos contra sus caderas para permitirme la visión de sus nalgas abiertas que parecían implorar piedad ante mi inmensidad y lentamente Silvia fue entregándose, resignándose al suplicio, dejando de luchar con sus brazos y dejando de convulsionar sus caderas, inmovilizadas ante la fuerza superior de mis brazos, dejando que su culo fuera violado. Ya no luchaba. Debilitada por la lucha y por el dolor, por fin se entregó. Solté sus brazos, que cayeron a los costado de su cuerpo y tomé firmemente sus caderas mientras penetraba profundamente sus entrañas y descargaba mi orgasmo en lo más hondo de su cuerpo. Me quedé unos instantes así, inmóvil, mientras lentamente se tensaba el cuerpo de Silvia como ansiando que me saliera, pero por el contrario, volví a moverme en su interior y recuperando rápidamente el poco de erección que había perdido. Noté que ella nuevamente se rendía. Sus brazos volvieron a quedar inmóviles a su costado y yo bombeaba mientras escuchaba su llanto y grititos cuando llegaba al máximo de de penetración, gritos cada vez más apagados, que daban lugar a más entrega y resignación, solo interrumpida por los espasmos finales de mi segundo orgasmo, durante el cual solo soltó un casi inaudible: - ¡Por favor, es insoportable...!. Salí de su interior y rápidamente me vestí. Cuando la miré, estaba de costado, observándome con lágrimas en los ojos, casi en posición fetal, con su braga puesta y la mano derecha apoyada sobre su culo, como inconscientemente queriendo evitar que algo más le sucediera, que volviera a invadirla ese tormento. Solo atiné a besarla, en agradecimiento. Se vistió e incorporamos las butacas. Conduje en silencio. Al dejarla en una esquina, cerca del parador de la playa, volví a besarla. Sonrió. Nunca más volví a verla. | |||||||||||||||