Se había visto por primera vez en un bar. Primero fueron saludos y sonrisas, hasta que, al poco tiempo, hablaron contándose experiencias, soñadas o reales, para conocerse mejor, para saber qué les gustaba a cada uno, para tener una idea previa de como podría ser su relación y saber si serían compatibles.

La veía cada día en el bar donde yo iba a desayunar, y tras los primeros saludos y sonrisas más o menos de circunstancias, acabamos hablando. Así supe que ella era divorciada, con una hija y con los problemas de relación que ello conlleva cuando se tienen 40 años. Yo estoy casado, 45 años, con la rutina del trabajo y la familia y las ganas de vivir experiencias diferentes. La relación que comenzó de esta forma tan rutinaria y en la que nos contábamos nuestras fantasías fue aumentando de intensidad. Nos caíamos muy bien y ambos deseábamos conocernos más íntimamente, con ganas de que la atracción que había ido naciendo a través de la conversación, se hiciera realidad. Viendo que esta necesidad era mutua, acabé atreviéndome a invitarla a vernos, a reunirnos, en la habitación de un hotel y ella, tras dudar unos instantes, acabó aceptando.

Al entrar en la habitación, yo estaba nervioso pero ella lo estaba más. Era demasiado tiempo sin sexo, recuerdos amargos de las últimas veces, un polvo apresurado después de la ruptura, como venganza, por liberación. Abrazándola, la besé en la boca suave, dos o tres veces, la última le metí la lengua un poco, acaricié la suya y noté la erección de mi polla, con deseos de empezar a trabajar. Nuestros besos eran cada vez más apasionados, con urgencia, con hambre de besos atrasados, metiéndonos la lengua, mordiendo los labios, besándonos los ojos y la boca. Necesitábamos sentirnos el uno al otro, saber que su cuerpo era mío y el mío suyo, y habíamos decidido entregarnos sin reservas. Lentamente nos fuimos desnudando, casi sin darnos cuenta, pero como no acerté a desabrocharle la falda, se la enrollé en la cintura, descubriendo sus muslos macizos y blancos. Quería poner mis manos en su culo, meterlas por debajo de las bragas. Ella me besaba el cuello, los hombros, pasaba sus uñas por mi piel y enredaba los dedos en el pelo del pecho. Ya tumbados en la cama, pasada la euforia del primer instante, acabamos de desnudarnos y entonces, ya sin la traba de la ropa, me dediqué a conocer cada parte de su cuerpo, sus pechos pequeños, casi de adolescente, pero con los pezones grandes y sensibles.

Ella mantenía los ojos cerrados. Estaba tumbada a mi lado y empecé a acariciarle los pechos pero bajando mi boca hacia su coño. Quería besarlo antes de follarla y así lo hice. Le apreté el clítoris con mis labios, sin quitar los dedos de sus pezones, y le introduje la lengua, follándola con ella, con la lengua, apretando mi cara contra su coño, empapando mi cara con su jugo, metiendo mi cara en su coño abierto y palpitante que seguía mostrando su excitación y su deseo. Luego la besé en la boca y tuvo que saberle a coño. Tenía yo toda mi cara húmeda y mi lengua había explorado su interior.
Tras besarnos un rato, me subí encima de ella, separé sus piernas todo lo que pude, dejando su coño a la vista y penetré su vagina con mi polla, que estaba dura como nunca, con el capullo listo para reventar. Cuando notó como le entraba, como golpeaba su culo con mis huevos, se corrió otra vez entre gemidos, pero yo no quería correrme todavía así que me tumbé a su lado, nos cogimos las manos, nos besamos y entonces fue ella la que, bajando su cara hacia mi polla y lamiendo mi piel, la acarició de arriba abajo. Luego me cogió las pelotas y le dio un beso suave, casi casto, en la punta del capullo.

- Es preciosa - me dijo - Me gustan las pollas duras.

Se la metió en la boca. Me la lamió de abajo a arriba, la mordió en su parte central, se la volvió a meter en la boca despacio, luego deprisa, la cabeza, hasta el fondo, jugó con ella, la usó en fin para satisfacer su deseo, hasta que se se sentó a horcajadas sobre mí y clavándose mi polla hasta el fondo de su caliente y mojado coño, empezó un metisaca mientras yo me agarraba a su culo, a sus tetas, hasta que no pude más y empezamos los dos a gritar que nos corríamos. La inundé, me inundó y saturamos nuestro deseo. Ya más tranquila, se tumbó junto a mí, nos besamos suave, muy suave en los labios.

- Cuanto te deseaba - le dije.
- Cuanto te deseo - me contestó.
Descansamos un buen rato, pero sin dejar de acariciarnos y así, lentamente, el deseo de follarla volvió a nacer en mi. Acaricié su culo, de nalgas redonda y salidas, pasé mi dedo por el agujero anal y al notar como ella gemía, le pregunté si lo tenía virgen.

- No, mi marido me enculó dos o tres veces, pero de ello hace tanto tiempo... - me contestó.

Pero al ver la expresión de mi cara, se levantó de la cama, sonriendo se colocó a cuatro patas sobre la misma y abriéndose las nalgas con ambas manos, me dijo:

- Tómalo, es todo tuyo.

Aquella noche gocé los tres agujeros de esta mujer maravillosa y como veis fue un polvo normal pero también un polvo extraordinario a la vez. Lo mejor es que fue el comienzo de una relación hermosa, satisfactoria, sin compromiso. Una relación que necesitábamos, que nos agradaba. Después en otros encuentros hicimos locuras, sacamos a la luz extraños deseos, perversiones que fuimos descubriendo con placer y ya os contaré alguna pues hoy quería contaros solamente como fue nuestra noche más hermosa, nuestra primera vez.

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