Recordaréis que Adela, esposa de Juan, le había prometido al que ahora es su marido que si se casaba con ella, estaría dispuesta a complacerle en todo lo que le fuese pidiendo. Él, por su parte, le prometió que cada tres días, mientras durase su luna de miel, le solicitaría "algo nuevo".

No daba crédito a mis ojos. Aquel hombre obeso, de aspecto vulgar y de polla normal, había conseguido en cinco minutos lo que tres espléndidos ejemplares de macho, con vergas como el hierro y tras una orgía de más de una hora, no habían podido lograr. Adela se convulsionaba de placer tras un terrible orgasmo que a todos los presentes nos asombró.Yo había cumpli con mi promesa y ella estaba totalmente saciada pero, a pesar de ello, le dije:

- Querida, aún te queda por complacer a estos nueve caballeros.

Noté que fingía cuando me contestó:

- Para mí será un placer, diles que me follen.

Uno a uno, aquellos nueve hombres, se la fueron metiendo en el coño según el turno establecido y teniendo la precaución de eyacular sobre la cara de mi esposa aunque, cuando le llegó el turno al más joven, le dije:

- Tú, chaval, como eres el último, si quieres puedes llenarle el coño con tu semen a esta puta.

Así lo hizo y fue al ver como rezumaba lefa del coño de mi esposa cuando quise probar que se sentía al metérsela cuando otro hombre acababa de follársela. Subiéndome sobre ella, se la metí. La sensación no me disgustó y comencé a follarla pero cuando noté que me corría se la saqué y apuntando hacia su cara, disparé todo mi semen hacia ella. Adela estaba toda pringada de semen. Su frente, nariz, ojos boca y barbilla, tenían abundantes goterones de nuestras corridas.

Cuando todos habíamos acabado, les dije que quería invitarles a tomar unas copas en justa medida por el favor que nos habían hecho y como aceptaron dejé a Adela atada a la cama y salí con ellos en dirección al bar, donde hablamos y comentamos animadamente lo puta que era mi mujer. Al final tuvieron un gran detalle ya que al ir a pagar insistieron en que lo harían ellos.
Al día siguiente todo volvió a la normalidad. Seguíamos disfrutando de la travesía como dos recién casados que se sentían felices y no parábamos de hacernos arrumacos, hasta que una mañana volvimos a coincidir con Pedro y María José a los que acompañaba una jovencita espectacular. No tendría más de 22 años, era mulata y Pedro nos la presentó. Nos dijo que era su secretaria y que frecuentemente viajaba con ellos, era jamaicana y se llamaba Marley. Después de charlar un buen rato, quedamos nuevamente para comer.

La comida fue fantástica y como ya nos íbamos conociendo, el ambiente era mucho más relajado que en nuestras primeras citas, lo que unido a la simpatía de Pedro y a la belleza de sus dos acompañantes, hacía que fuésemos tomando confianza. Esta confianza generó en que Pedro nos contase que era un empresario que poseía negocios en muchas islas caribeñas, prometiéndonos que cuando llegásemos a Jamaica, nos enseñaría lo que allí tenía. Como yo no paraba de alabar la belleza, tanto de su mujer como la de su secretaria Pedro, muy cortésmente, dijo que Adela para él era una preciosidad aparte de que le habían llegado rumores de que era muy fogosa. Decir esto y mirar yo hacia ella fue todo uno y vi que se había sonrojado.
Al llegar a nuestro camarote, comenté a mi mujer que creía que la situación ya estaba preparada para que el próximo día "especial" fuese con Pedro y su mujer. Noté como un brillo especial en los ojos de Adela que denotaba que lo estaba deseando.

Aquella noche decidimos cenar solos, como dos recién casados super enamorados y para ello elegimos una mesa muy discreta pidiendo, para la ocasión que nos la adornasen con un centro de flores y unas velas, todo ello para hacer un ambiente de lo más romántico. Nada más sentarnos a la mesa, noté que Adela se agitaba y pronto descubrí que el motivo no era otro que ver que quien nos iba a atender no era otro que el camarero mayor que el día anterior la había llevado al mayor de sus orgasmos. Ricardo, que así se llamaba aquel hombre, se dirigió hacia nosotros y dijo:

- Buenas noches señores, me alegro de poder servirles de nuevo.
- Perdone - dijo entonces Adela, dirigiéndose a él - que ayer no le diese las gracias por lo bien que me trató y por el gusto tan enorme que me dió pero espero que antes de acabar el crucero tenga la oportunidad de agradecérselo otra vez como usted se merece.
- No se preocupe señora, me hice cargo, ayer estaba usted demasiado "ocupada" - contestó él.

Entonces Ricardo, dirigiéndose a mí de manera discreta, me susurró:

- Mire señor, sé de algunos pasajeros que pagarían muy bien por determinados servicios de su esposa y otros que pagarían espléndidamente por otros servicios "muy especiales" con los que no solamente podría salirle gratis el crucero sino que, además, podría sacar algún beneficio.
- Gracias Ricardo, si decidimos aceptar su oferta no dude que se lo haremos saber - repliqué y tras esta conversación nos sirvió una cena exquisita.

Al día siguiente, nuestra misión era preparar la cita con nuestros amigos Pedro, María José y Marley, y al final los llamamos por teléfono a su camarote para quedar con ellos para comer, como el día anterior. Llegamos antes que ellos, por lo que nos sentamos en la barra del bar para esperarlos tomando el aperitivo. Mientras llegaban, le dije a Adela que no sabía como entrarles para proponerles el intercambio de pareja, pero ella me dijo:

- No te preocupes que yo ya sabré como hacerlo.

Al ver que se acercaban, nos levantamos y les saludamos cariñosamente. Besé a María José y a Marley a la vez que Adela besaba a Pedro muy cerca de la boca. Les invitamos a tomar asiento y nada más hacerlo, mi mujer, sin andarse por las ramas, les dijo:

- Queridos amigos, no sé si voy a meter la pata, pero Juan y yo lo hemos estado hablando en nuestro camarote y hemos llegado a la conclusión que nos gustaría hacer un intercambio de parejas ya que nos ha parecido que existe cierto "feeling" entre nosotros y de esta manera hacer de nuestro primer crucero algo inolvidable.

No se sorprendieron ni se escandalizaron en absoluto, es más, nos dijeron que ellos también lo habían pensado y que si no nos lo habían propuesto era porque nosotros nos habíamos adelantado. A partir de aquel momento, como comprenderéis, la conversación que tuvimos durante el almuerzo no se parecía en nada a la de los días anteriores. Fue una conversación algo "picantilla", con frases de doble sentido que prepararon lo que al día siguiente iba a tener lugar. Habíamos quedado que, tras comer, nos reuniríamos en el camarote de Pedro. Llegó el día señalado para el encuentro. Adela, como todos aquellos días múltiples de tres, estaba radiante, pero en esta ocasión la veía especialmente ilusionada. Sus ojos poseían un brillo extraño...

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