Desde siempre se ha sentido atraído por las mujeres mayores, cuanto más mejor, y por el momento no puede quejarse del resultado ya que, sin proponérselo, muchas de esas maduras señoras se le han puesto a tiro sin condiciones. También, alguna vez, el marido está de acuerdo en que nuestro amigo se folle a su mujer en su presencia. Y esto es lo que nos cuenta.

Tengo que decir, que hacer el amor con mujeres mayores me ha hecho vivir aventuras muy bonitas.
Un día, por ejemplo, fui al kiosco donde suelo comprar el periódico y revistas de contactos, y una señora que yo conocía de vista, con una revista en la mano y abierta donde salía una experiencia mía, me dijo:

- Me ha dicho el kiosquero que este eres tú.

Le contesté con una sonrisa, compré lo mío y salí del kiosco pero seguido por la mujer que al tenerla al lado de mi coche, le pregunté si podía dejarla en algún sitio. Aceptó, le abrí la puerta y la hice entrar en la parte trasera del vehículo, sentándome yo a su lado. La miré ahora con detalle. Era una mujer mayor, aún atractiva, jamona, con muy grandes pechos.

- Sí, señora, soy yo - contesté entonces a su pregunta - Supongo que desea saber si es verdad que yo me follo a señoras maduras como usted y saber también lo que se siente.

Como estábamos en un sitio oscuro y apartado, antes de que pudiera contestar, le subí el vestido hasta la cintura y agarrándole los bordes de las grandes bragas que llevaba, se las fui bajando.

- No, por favor, no me hagas nada, soy una mujer casada y amo a mi marido... - me decía pero sin hacer nada para evitar que yo acabara por quitarle las bragas, al contrario, levantando el culazo para facilitarme la labor.

Tenía un coño lleno de pelos, de labios muy gruesos y abultados y raja profunda. Sin perder tiempo, me saqué la polla, que ya tenía yo completamente endurecida después de haber contemplado aquel cuerpo de carnes generosas y se la enchufé en la almeja hasta que mis cojones chocaron contra su culo. Me la follé tan rápidamente como pude hasta que ella, en un momento dado, empezó a gemir y noté en mi polla toda la cascada de los jugos de su orgasmo.

- Ya está - gimió cuando acabó de correrse.
- Usted sí, pero yo no - repliqué - y no la dejaré hasta que también me corra en su caliente coño.

Seguí follándomela hasta que me llegó el orgasmo después de que ella se corriera otra vez. Al terminar, le devolví las bragas y nos quedamos allí sentados, acariciándole yo los colgantes y enormes pechos.

- Veo que eres de los que no pides permiso, ni vas despacio - me dijo - pero lo que me sorprende es que te calientes tanto y tan rápido tocando a una vieja como yo, pero en fin, yo he tenido lo que deseaba y si alguna vez voy a Barcelona, ya te llamaré.

Le di mi teléfono pero hasta el momento, no he sabido nada más de ella pero sí de otra mujer que, al leer el contacto que puse en una revista, me escribió mandándome unas fotografías completamente desnuda. Tenía el pelo entre castaño y rubio, que llevaba corto, los labios pintados de un fuerte color rojo, un coño con muy poco pelo y un cuerpo de jamona, con grandes pechos y un enorme trasero. Se llamaba Carmen y tenía 69 años. En la carta me decía que su marido, a sus 66 años, ya no la satisfacía.

La contesté y tras un corto intercambio de correspondencia, quedamos en vernos los tres, ella, su marido y yo, en un bar. Eran dos personas muy elegantes, ella llevaba un bonito bolso y se cubría con un abrigo de piel de zorro. Estuvimos hablando un rato hasta que ella me dijo que, por deseo expreso de su marido, no se había puesto nada debajo del abrigo. Eso me excitó tanto que, nada más salir del bar, busqué una máquina de fotografía automática. Una vez dentro de la cabina, le abrí el abrigo dejando saltar sus enormes tetas, que fotografié chupándose ella fácilmente ahora uno, ahora el otro. Tras hacer que el marido recogiera las fotos, fuimos al aparcamiento y cuando el hombre subió al vehículo, le dije a la mujer que tenía ganas de mear. En el acto se puso en cuclillas entre mi coche y otro, abrió su abrigo para que no se mojara y se metió mi polla en la boca.

Así pude mear, tragándose ella todo lo que pudo. Fue una cosa muy excitante que nos fue preparando para lo que pudiera ocurrir durante el resto de la noche. Entonces nos fuimos a un parque público, sentándonos los tres en un banco sin que yo parase de meterle mano en aquellos hermosos y gordos pechos hasta que, incapaz de resistir por más tiempo mi excitación, me saqué la polla e hice que ella se sentase encima de mi, dándomela espalda y clavándosela entera en el coño. Y el marido al lado. Aunque pasara gente, ella no paraba de subir y bajar exclamando, como para disimular:

- ¿Qué, pesa o no pesa esa vieja?.

Al poco rato, me di cuenta de que había una hilera de cipreses detrás del banco, formando una especia de valla por todo el parque y hacia allí la llevé. Había poco espacio pero el suficiente para que ella se inclinara hacia adelante con el abrigo sobre su espalda y con el culo todo ofrecido.

En esta postura se la metí de nuevo en el coño, ahora por detrás. Yo estaba quieto y era ella la que se movía adelante y atrás, entrando y saliendo mi polla de su chorreante coño. Ella ya había tenido dos orgasmos pero cuando tuvo el tercero, me corrí yo viendo como su marido, elegante con su traje y su corbata, leía el periódico como si no pasara nada. Cuando salí de ella, se limpió el coño con un pañuelo y luego, cogiéndome la polla, me la limpió a base de chupadas y lamidas, hasta dejármela reluciente. Ya más tranquilos, fuimos a un restaurante, hablamos de todo lo sucedido hasta que, a la hora de los postres, ella se llevó a su marido a los lavabos y allí, según me contaron minutos más tarde, ella le chupó la polla hasta que el marido se corrió, quedándose a gusto.

- Vieja zorra, eres muy guarra y no tienes vergüenza - le dije sonriendo.
- Pero a ti te gusta que sea tan atrevida, pero vaya marcha también la tuya, tío - me contestó - No pensaba disfrutar tanto.
- Pues la verdad es que no pensaba te atrevieras a seguir mis fantasías - le dije yo.

Mientras nos dirigíamos a su apartamento, nosotros no parábamos de meternos mano y besarnos por lo que el marido nos dijo:

- ¿Es que no podéis estar quietos?.
- Pero, cariño, si ya ves lo que disfruto con este chico cuando me folla - le contestó su mujer - Solo le falta darme por el culo... y creo que lo hará pronto.

Efectivamente, nada más entrar en el piso me llevó a su habitación y allí, abrazada a su marido, se la metí por el culo follándomela con violencia hasta que los dos conseguimos un nuevo orgasmo, llenándole yo todo el recto con mi abundante y caliente esperma.

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