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Me llamo Marta, tengo 62 años muy bien llevados pero desde lo que me ocurrió el verano pasado, siento que tengo veinte menos. Mi familia, mis hijos, mi sobrino, mi nieta y yo, habíamos decidido pasar el verano en Málaga, invitados por un amigo de mi sobrino quien, cortésmente, nos dejó parte de su casa para alojarnos. Entre nosotros y otros amigos de este chico, éramos como unas diez personas. Nuestro amigo, Juan, tiene 25 años, no es muy atractivo, ni atlético, pero el mismo día de conocerlo comprendí porque mi sobrino pudo hacer amistad con él. Tenían los dos el mismo temperamento, extrovertidos, alegres y con un sentido del humor tremendo. Una mañana estábamos unos cuantos tomando el fresco en la terraza cuando los dos chicos, Juan y mi sobrino, se presentaron desnudos pero envueltos en una toalla. Al parecer se acababan de duchar juntos. Los dos se sentaron en sendas sillas pero yo, al mirar a Juan, pude fijarme en que debajo de la toalla no llevaba absolutamente nada y además el chico debía de estar pensando en algo fuerte pues su polla estaba muy empalmada. Tentada estuve de hacérselo saber pero aquella visión me gustaba y me encendía así que, disimulando lo mejor que podía, seguí admirando aquella verga joven y tiesa y los redondos cojones que el chico lucía. Yo pensaba que él no se había dado cuenta de su exhibición de bajos pero una vez que se levantó para ponerse un vaso de refresco, me dijo en voz baja: - No me mires tanto que se van a dar cuenta, yo no puedo hacer nada para evitar mi erección y menos si me sigues enseñando los muslos. Entonces fui yo la que me di cuenta de que, efectivamente, amparada con mi larga falda, no recordaba que la llevaba abierta por los lados hasta medio muslo y la brisa me la había abierto aún más. Creo que enrojecí pero entonces mi sobrino, levantándose, se me acercó por detrás y me dijo que a su amigo le iban las maduritas. - Charly - fue mi respuesta, tapándome las piernas - yo ya soy vieja, tengo 60 años... Pero mi sobrino, destapándome las piernas, contestó: - ¡Pero... vaya cuerpazo!. Ahora fue Juan quien enrojeció. Acababa de bajarle la hinchazón
pero al ver mis gordos muslos desnudos, se le empezó a subir de
nuevo por lo que se levantó y entró en la casa. Mis manos acariciaron levemente su espalda y luego las bajé hasta alcanzarle las nalgas, que apreté. Su polla estaba tremendamente dura y palpitante. Noté sus manos acariciando mis pechos, endureciéndome los pezones hasta que abandonó mi boca para succionar mis tetas y él, sin él saberlo, había dado con mi punto débil. Las piernas me flaqueaban. Lentamente fue lamiendo mi vientre, mi pubis, de pelos ensortijados y rubios, los labios mayores que me ardían y al sentir allí su lengua, casi me corro. Mi placer era enorme. Sus manos acariciaban mis curvas, mis pechos, deslizaba el canto de su mano por entre mis glúteos alcanzo mi ano, donde presionaba levemente. De ese lado yo era virgen y nunca me planteé dejar de serlo. Uno de sus dedos entró en el agujero y la verdad es que me estaba gustando aquello, aunque también es verdad que si me acercaran en aquel momento un cigarro al sexo, era capaz de prenderlo, tal era mi excitación. Estaba a punto de correrme, mis músculos se estaban tensando pero su voz me dijo: - No, aún no, luego... Dejó mi coño y se metió entre mis muslos hasta que su lengua lamió mi ano. Me hizo inclinar levemente y separó mis glúteos, dándome largas y suaves lamidas en el ano. Y yo a mis 60 años sin saber nada de esto. Me llevó lentamente al agua y allí empezó a besarme, restregándose contra mi hasta que sentí como su ariete penetraba mi vagina hasta alojarse completamente dentro de ella. Entonces me preguntó si sabía montar en bicicleta y al decirle yo que sí, añadió: - ¡Pedalea entonces!. Era demasiado y comencé a correrme como una loca, teniendo varios orgasmos seguidos hasta que, casi sin darme cuenta, me giró, me abrió las piernas, se puso en medio de ellas y comenzó a apretarme el ano. Pero no era con el dedo. ¡Me estaba dando literalmente por el culo!. Sus dedos atrapaban mi clítoris y me masturbaba con tal maestría que casi no sentía el dolor del culo. Me agitaba sin parar y cuando, por fin, estaba teniendo yo no recuerdo bien si el tercer, cuarto o quinto orgasmo, él soltó tal andanada de semen en mi recto que casi me desmayo. Ya más calmados, él se sentó en el borde de la piscina, me contó que había dejado el grupo para poder follar conmigo pero que ahora tenía que regresar con ellos para no despertar sospechas. Antes de irse, le hice una monumental mamada pero cuando se iba a correr, me apartó y me dijo: - Esta noche, si quieres, lo repetimos en la cama y te la doy. No solo aquella noche sino que cuando podíamos nos dábamos un buen revolcón. Fueron treinta días maravilloso de sexo, y ahora sé que tengo una pollita de 25 años siempre que la necesito, tanto si él viene a Madrid como si yo voy a Málaga. Gracias y hasta otra. | |||||||||||||||