Desde siempre había sentido, en su más íntimo ser, la necesidad de pertenecer a alguien. Quería ser la esclava, la perra fiel, de un Amo poderoso y exigente. Nunca se había atrevido a poner en práctica su sueño hasta que, un día, leyó en una revista un anuncio de un Amo pidiendo esclavas. Escribió y este es el relato de su primera aventura.

Me llamo Sandra, vivo en un pueblo a diez kilómetros de Madrid, tengo 31 años y soy una de las esclavas de Carlos, mi Amo, al que conocí hace cuatro años. Yo no sé las veces que vi la película "Historia de O" ni las veces que me masturbé imaginando que yo era la protagonista. Siempre había tenido esta fantasía de entregarme a un Amo pero, tal vez por miedo, nunca había dado este último paso. Hay mucha gente rara por ahí y tampoco era cuestión de complicarme la vida. Pero aquel día, de hace cuatro años, compré una revista de contactos y repasando, por curiosidad, los anuncios, tropecé con el de un hombre que decía llamarse Carlos y que buscaba sumisas para encuentros esporádicos. Un cosquilleo muy agradable se instaló en mi entrepierna y después de mucho pensarlo, decidí responder a su anuncio. Mientras escribía la carta, yo me iba mojando más y más.

Al cabo de un tiempo, Carlos me llamó y con voz muy agradable me preguntó si había entendido de que iba su anuncio y yo le contesté que sí. Entonces me citó para el día siguiente en una conocida cafetería del centro. Hizo hincapié en que era sin compromiso por ninguna parte. Si no nos cuadraba lo que veíamos o no teníamos los mismos gustos, nos tomaríamos un café y nos despediríamos sin más. Acepté. Él, entonces me ordenó que acudiera a la cita con una minifalda roja, color que era su debilidad, y con una blusa blanca, sin sujetador. Dentro de mi nerviosismo solo acerté a decir:

- Lo que ordenes, Amo.

Oí una carcajada al otro lado del teléfono y luego él añadió:

- No vayas tan deprisa, mañana veremos.

A la mañana siguiente, diez minutos antes de la hora convenida, yo ya estaba sentada en la cafetería. Tenía miedo pero al mismo tiempo estaba tan excitada que mi coño parecía un lago. Llevaba la minifalda, que me había comprado la tarde anterior, y la blusa blanca sin sujetador. Modestia aparte, tengo un cuerpo que tira de espaldas. Piernas largas, culo duro y pechos grandes, nada caídos, y me considero bastante atractiva. Por todo ello no es de extrañar que fuera el espectáculo del bar. Un montón de hombres me miraban desde la barra, lo que me hacía sentir incómoda. Crucé las piernas por lo corto de mi falda ya que, desde la barra se me estaban viendo mis bragas negras. A la hora acordada apareció él. Alto, moreno y con un elegante traje gris. Me miró, dijo mi nombre y al asentir, se sentó frente a mí, tapando con su cuerpo la visión a los hombres que, desde la barra, movían la cabeza intentando ver algo. Carlos se dió cuenta y sonrió. Lo que más me llamó la atención fueron sus ojos, profundos y un poco maquiavélicos.

Tras unos minutos de silencio, me dijo:

- Esta es la primera fase, ¿seguimos adelante o lo dejamos?
- Por mi parte podemos hablar, Amo - dije sin vacilar, mirándole fijamente a los ojos.
- Perfecto, entonces estas son mis condiciones, las cuales no son negociables. Jamás he penetrado ni penetraré a una esclava, ni por delante ni por detrás. No busco sexo. Si me excito mucho, descargaré mi leche en tu boca. No quiero saber nada de ti ni te diré más que lo justo de mí, la relación será esporádica, sin ataduras ni compromisos.

Llamada telefónica, quedamos, nos lo pasamos bien y luego cada uno sigue con su vida. Me gusta el látigo, los azotes con la mano o zapatillas, las pinzas, la cera y otras cosas que con el tiempo conocerás. No me gusta dejar marcas permanentes, ni agujas, ni sangre, ni lluvia, pero sí el uso de consoladores y vibradores. Cada frase que decía me excitaba más. La naturalidad con la que hablaba, su seguridad y sus ojos ya me estaban dominando.

- Si aceptas lo que he dicho - terminó - no digas nada, ve al lavabo, quítate las bragas y ponlas en el bolsillo de mi chaqueta. Si no puedes hacerlo, márchate.

Me levanté. Era más mi excitación que mi vergüenza y ante la atenta mirada de los que permanecían en la barra, me dirigí al servicio. Allí me encerré, me saqué las bragas y sin poderlo evitar, me masturbé. No aguanté ni treinta segundos. Salí del baño colorada y con las bragas bien apretadas en mi mano. Me dirigí hacia Carlos y tras meterle, con disimulo, mis bragas en su chaqueta, me senté delante de él, volviendo a cruzar mis piernas pero él me miró fijamente y me dijo:

- Nunca cruces las piernas ante tu Amo.

Lentamente separé las piernas. Nadie nos podía oir pero a mi me daba la impresión de que todos sabían lo que estaba pasando.

- ¿Tienes miedo? - preguntó.
- Un poco - respondí.
- Es normal. No nos conocemos todavía pero para mayor tranquilidad mutua nuestro primer encuentro será ahora pero en un sitio neutral. Ahí enfrente - continuó - hay un hostal. Ve y coge una habitación doble diciéndole al conserje que Carlos, tu marido llegará en breve y que me dé el número de habitación. Sube con esta bolsa que te doy, coloca su contenido encima de la cama, desnúdate completamente, ponte de rodillas con las manos en la espalda y la cabeza baja, ya que te está totalmente prohibido mirarme a la cara sin mi permiso. Cuando yo llame a la puerta y diga mi nombre, abres un poco la puerta y vuelves a tu posición.

Así lo hice. Estaba extremadamente nerviosa y excitada mientras esperaba. En la bolsa había un látigo, una docena de pinzas, pues las conté, varias vendas, vibradores, un consolador, una vela y una cadena. De repente llamaron a la puerta.

- Soy Carlos - dijo.

Abrí un poco y volví rápidamente a mi posición. Carlos entró despacio y cerró la puerta.

- Levántate - ordenó - Las manos en la espalda y las piernas bien abiertas.

Empezó a dar vueltas a mi alrededor contemplándome detalladamente. Sentí mucha vergüenza pero no hice nada. En el fondo ese era mi deseo. Comenzó a acariciarme suavemente el pelo y la cara bajando sin prisas hacia mis pechos, los cuales masajeó a placer hasta que, al final, llegó a mi coño, acariciando toda mi raja mientras con la otra mano buscaba el agujero de mi culo.

Yo era consciente de que no iba a aguantar mucho más y de repente el dedo fue directamente a mi clítoris. No pude más. Entre espasmos y jadeos, me corrí como una cerda. Carlos se puso serio.

- ¿Te he autorizado yo a correrte? - preguntó.
- No mi Amo, lo siento mi Amo - acerté a decir.

No dijo nada. Quitó un cuadro que había en la pared y enganchó un eslabón de la cadena en el clavo. Luego me ató fuertemente y bien tensa a la cadena, de cara a pared.

- Abre las piernas - dijo - y saca el culo.

Obedecí. Fue a la cama y cogió las pinzas. Me colocó dos en cada pecho y una en cada pezón. Luego colocó las seis pinzas restantes en los labios de mi sexo.

Dolía pero aguanté sin decir nada viendo, de reojo, como cogía el látigo, comenzando a acariciarme el cuello, la espalda y el culo, bajando a continuación hasta mi coño que notó otra vez mojado.

- Veo que te gusta lo que está pasando aquí - afirmó.
- Sí, mi Amo - respondí entrecortadamente.
- ¿Te han azotado alguna vez? - dijo mientras retorcía las pinzas.
- No, mi Amo.
- Pero lo deseas... - afirmó.

Tardé un poco en contestar, pero al fin dije:

- Sí, mi Amo.
- Por ser la primera vez, iba a tener piedad de ti pero te has portado mal. Correrte sin mi permiso es una falta grave por lo que el castigo será ejemplar. Cuando te azote contarás en voz alta los azotes y cuando termine me darás las gracias.

Pasaron unos segundos, cerré los ojos y el primer latigazo fue como una quemadura. Pero eso solo era el principio.

- Serán veinticinco - dijo - y no quiero gritos ni llantos.

El castigo era duro mientras yo iba contando, pero no había dudas de que él sabía lo que hacía. Alternaba los latigazos más dolorosos en el interior de mis muslo o en mis caderas, con otros en la espalda y culo, que eran más soportables.

- Veinticinco, Amo, gracias Amo - dije al fin.

Estaba temblorosa, sudaba y jadeaba pero no grité ni lloré. Él me dejó descansar un poco hasta que me dijo:

- Date la vuelta.

Comenzó de nuevo a acariciarme, tirando de las pinzas, haciéndome apretar los dientes para no gritar. Al final cogió un vibrador y se entretuvo en pasarlo por mi cuerpo hasta que se le ocurrió arrimarlo a las pinzas. El dolor era intenso. Yo movía la cabeza de un lado a otro para no gritar. Así continuó durante varios minutos que me parecieron horas. No había duda en que lo tenía todo bajo control cuando paró en el justo momento en el que yo iba a chillar. Me dejó unos segundos para recuperarme y me quitó las pinzas, doliéndome más el quitármelas que al ponérmelas. Aún así, de mi boca salieron tres palabras:

- Gracias, mi Amo.

Tenía claro que había nacido para ser esclava, la esclava de Carlos porque mi coño, a pesar del sufrimiento, estaba al rojo vivo. Carlos acarició mis pechos, pezones y labios vaginales aún doloridos, y con la otra mano hurgó en mí. Introdujo un dedo, luego dos y al final metió en mi culo el consolador hasta el fondo.

Mi cuerpo se estremeció y más cuando cambió la mano que estaba en mi coño por un vibrador. Movía ambos al mismo tiempo mientras mis manos seguían atadas a la cadena. Comencé a respirar entrecortadamente. Yo sabía que me estaba poniendo a prueba. El placer por la situación era increíble. No iba a aguantar mucho y Carlos lo sabía.

- ¿Puedo correrme, mi Amo? - dije con voz suplicante.
- No - respondió mientras intensificaba el castigo de no permitir que me corriese, girando vibrador y consolador en mi coño y culo.

Además, entonces, colocó también su lengua en mi clítoris. Creí que me desmayaba y supliqué sin poder aguantar más:

- Seré tu esclava de por vida, podrás hacer lo que quieras conmigo pero, por piedad, permite que me corra...
- Hazlo, pero en silencio - dijo al fin.

Dejé de contenerme y tuve, entre temblores, el mayor y más largo orgasmo de mi vida. Me dejó rota, colgando de la cadena algunos minutos mientras yo le daba, una y otra vez las gracias. Entonces cogió de nuevo el látigo y se puso frente a mí. Ya no tuve miedo. Me dio otros veinticinco latigazos, esta vez en pechos, vientre y muslos pero yo ya no sentía dolor, solo placer. Al terminar, me soltó, se desnudó y se sentó sobre mi cara. Carlos tiene la polla y el culo depilados. Le lamí el culo como si en ello me fuera la vida, luego hice lo mismo con su polla hasta que se corrió en silencio, tragué toda su leche y luego le limpié la verga con la lengua. Se levantó, se vistió y dejándome aún tirada en el suelo, me dijo:

- Llámame cuando quieras.

Así llevamos cuatro años, viéndonos esporádicamente. No hay amor, amistad ni nada que se le parezca, solo placer.

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