Se llama Josefina y tiene 36 años. Se casó con Pedro y él la inició en el sexo en grupo. El primer día fue algo difícil para ella, pero, reconoce que le dio un morbo tremendo ser poseída por tantos hombres.

Me llamo Josefina, tengo 36 años y trabajo de dependienta en una tienda de Barcelona. Estoy casada con Pedro, un hombre que está como quiere y que fue el que me inició en el sexo en grupo, con tendencias al sado. Pedro es mayor que yo y cuando lo conocí y empecé a salir con él, ni me imaginaba cómo era realmente. A los pocos meses de casados, me contó que tenia unos amigos y que formaban un grupo de siete en total. Tenían un apartamento en la costa, donde los fines de semana, las esposas de todos los que estaban casados, hacían de sirvientas, tanto para las tareas de la casa como para el sexo. Los hombres el fin de semana, eran considerados sus dueños y cualquiera de ellos podía hacer lo que quisiera con cualquiera de las mujeres, fuera o no su mujer. El último en casarse fue mi marido y sus amigos estaban esperando "mi primer" fin de semana con ansiedad. Era un pacto al que habían llegado hacía tiempo y tenía que llevarme al apartamento y con las mismas condiciones que iban las demás.

Me explicó todos los pormenores y dijo que sabía que no le defraudaría, asegurándome que eso no tenía nada que ver con lo mucho que me quería, sino todo lo contrario, que era otra forma de ver el sexo y que al saberme compartida con todos sus amigos y que a la vez serían los míos, él me querría mucho más.
Estuve muchos días dándole vueltas y la verdad no me acababa de hacer a la idea, pues mi marido había sido hasta entonces mi primer hombre, pero al fin ante sus constantes presiones, accedí. Por lo tanto, prepararon mi introducción en la mansión del placer como ellos la llaman. Llegó el fin de semana esperado por todos menos por mi y fuimos a dicho chalet. Cuando llegamos ya estaban todos esperándome. Me los presentó y la verdad es que las seis mujeres eran muy hermosas y los hombres, excepto dos que son altos pero bastante gordos, estaban bastante de buen ver. La casa estaba decorada con muy buen gusto. Me hicieron sentar en una salita, mientras ellos se iban a cambiar de ropa, incluido mi marido.

A la media hora salieron los siete hombres, entre ellos Pedro y me hicieron seguirles hasta un salón inmenso, con luces tenues. Al instante aparecieron las seis mujeres vistiendo únicamente una falda abierta por detrás, que según como andaban se les veía el culo, y los hombres al ir vestidos de smoking negro, creaban un ambiente un tanto extraño. El que era jefe o patrón ese año, ya que cada año cambiaban, era Luis, uno de los dos gruesos, el cual dirigiéndose a mi, me explicó, que iban a iniciarme y que mientras estuviera allí, yo era solamente una criada de ellos. Estaría enteramente a sus órdenes y tenía que hacer todo lo que me mandaran. Me dió una falda como la que llevaban las demás y me ordenó que fuera tras un biombo a cambiarme. Cuando estuve lista, no sabía como salir, pues la verdad es que vestida de aquella manera, con los pechos al aire y con el culo casi al descubierto... Me cogieron dos de las mujeres una por cada brazo, y me hicieron salir sin poderme tapar. Los siete, uno tras otro, me sobaron los pechos y me levantaron la falda para ver y tocarme el culo y el coño. Ellas me enseñaron su chocho, y lo llevaban completamente depilado, por lo cual me imaginé rápidamente lo que seguiría.

Me tumbaron sobre una mesa, me sacaron la falda y procedieron a afeitarme. Cuando lo tuve del todo rasurado, me aplicaron un aceite entre todos, por todo el cuerpo, con tantas manos que al final, tuve un orgasmo bestial, lo cual me dejó muy sorprendida. Una vez terminaron me dejaron levantar y luego me llevaron a otro saloncito donde había una bañera en el centro y a nivel del suelo, me metí dentro y los siete hombres se sentaron alrededor de la bañera, con los pies en remojo y con las pollas al aire y apuntando todas hacia mí. Me dijeron que tenía que mamárselas a todos y que tenía que tragarme la leche de las siete pollas. Casi vomito de asco. Nunca me había tragado la leche de mi marido, pues imaginaras, la de aquellos desconocidos.

Empecé por Luis, me metí su rabo en la boca y se lo mamaba suavemente, pero el muy cerdo, me agarró por los cabellos y me follaba como un loco. El tío estaba muy caliente, ya que al poco rato se corrió, y como me tenía cogida por la cabeza, su leche fue a parar al fondo de mi garganta y no tuve más remedio que tragármela. Se fueron turnando uno tras otro, y reconozco que al final, la que sorbía la lefa era yo. Ya no me daba asco. Luego las mujeres se metieron conmigo en la bañera y me enjabonaron de arriba abajo. Me metían sus dedos por todos mis agujeros. Me hicieron poner a cuatro patas y suavemente me introdujeron un consolador en el culo. Aquello me hacía un daño terrible, y les pedí por favor que me dejaran. No me hicieron ni caso. Pero como eran expertas en el tema, poco a poco, acostumbraron mi ano a aquel artefacto. Cuando intuyeron que me estaba gustando, pararon, me hicieron salir y me secaron. Nos fuimos a comer algo, mientras los hombres comían en una mesa grande, bien servida por nosotras. Cuando terminaron pidieron el postre. Lo que no sabía era que el postre era yo.

Me tendieron en la mesa y después, uno tras otro, me fueron lamiendo el chocho y metiendo y sacando un consolador en el culo. No sé cuantos orgasmos tuve después de esta sesión. Pero aquello no acababa asi, se bajaron los pantalones y se me fueron follando uno a uno. Mi chocho ardía y estaba tan sensible que a veces en cuanto me la metían me corría. Mis gritos y gemidos se oían por toda la casa. Lo que me extrañaba era que no se corrieran, pero no me imaginaba la "sorpresita" que tenían preparada.
Las mujeres me hicieron bajar de la mesa y me tumbaron en un canapé, con los brazos en cruz y el culo bien ofrecido. Entonces lo entendí todo. Se habían reservado la leche para encularme uno tras otro. Estaba muerta de miedo. Excepto el consolador que me habían metido ellas, nunca nadie me había dado por el culo.

Luis fue el primero que me la metió en la boca y cuando ya la tenía tiesa, le perdí de vista y sentí como me la clavaba. Parecía que iba a romperme el culo. Intentaba levantarme pero las muy putas me tenían bien agarrada. De todas formas pronto deje de gritar ya que otro de ellos, me la metió en la boca. Y asi uno tras otro. Pero cuando le tocó a Ramón, me entro pánico. Si su polla no me cabía en la boca, no quería ni pensar lo que le pasaría a mi ano cuando intentara metérmela. Pero debido a que fue el último y ya me habían dilatado el agujero, fue una sensación extraña. Cuando me metía el capullo, me dolía un poco, pero cuando empezó a follarme, sentí un gusto tan grande, que me corrí largamente. Fue un fin de semana inolvidable. Cuando llegamos a casa, le dije a Pedro que me lo había pasado muy bien. Algo cortada al principio, pero pronto se me pasó la vergüenza. Le dije que lo que me apetecía entonces era hacer el amor con él. Fue uno de los mejores polvos que habíamos experimentado. Besos.

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