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Dejé mi relato anterior en el momento en que Pocholo, mi sobrino, y Muntsa, su ligue cuarentón, se metían juntos en la ducha después de un largo y furioso polvo durante el cual, el chico se folló a la cachonda mujer por sus tres agujeros. Al parecer se lo pasaron en grande en la ducha, jugando y riéndose a carcajadas. Al salir mi sobrino me dijo que Muntsa se iba a venir de puterío con nosotros a Magaluf ya que, la muy zorra, quería divertirse a tope antes de que apareciese su marido. Pocholo se fue a alquilar un coche, pero antes nos dijo que nos pintásemos y nos vistiésemos como dos putones. Como Muntsa no se había traído nada fuertecito en su vestuario, yo le presté uno de mis modelitos escandalosos, ya que teníamos ambas casi la misma talla. Tal y como nos indicó Pocholo, nos pusimos las dos muy guarras, con minis y sin bragas. Yo me embutí un minivestido de licra, ceñidísimo, color leopardo, y Muntsa uno color crema. Ibamos supercortos y en el espejo, dábamos la imagen de dos puercas cuarentonas en busca de caña. De pie y sujetándonos las minis con las manos, nos tapaban justito pero, al sentarnos, se nos veía todo el coño y aquello, la verdad, nos daba un morbo increíble. Mi sobrino pasó a buscarnos y para no dar mucho la nota en el hotel, salimos con unas chaquetas que nos quitamos nada más subir al coche alquilado. Con Pocholo al volante, llegamos a Magaluf y dejamos el coche en un parking vigilado. Nos dirigimos a la zona de marcha y tanto Muntsa como a mi, nos sorprendió el ambiente que había. Visitamos casi todos los locales de moda y mi sobrino, llevándonos cogidas por la cintura, una a cada lado, como un pachá, se dedicó a exhibirnos, paseándonos por la calle de un lugar a otro. El muy chulo disfrutó pavoneándose ante los chicos de su edad, con dos señoras estupendas como nosotras. La mayoría de los pubs estaban abarrotados de gente y muchos tenían que beber en la calle así que, solo a empujones, conseguimos acercarnos a la barra y tomarnos las copas. Después de pasar por cinco o seis locales, Muntsa y yo perdimos la cuenta de los cubatas que nos bebimos y fue entonces cuando, de verdad, empezó la fiesta, ya que cogimos un buen puntazo. Las dos no parábamos de reír como locas y mi sobrino, que aguanta un montón bebiendo lo mismo que follando, nos llevó bien cogidos del talle hasta una discoteca situada en un sótano. Había una buena cola para entrar y Pocholo, con un discreto gesto, me puso sobre aviso de como nos miraban tres chicos, uno de ellos negro, que después supimos eran ingleses. Mi sobrino me dijo al oído que les mostrara lo guarra que yo era y para ello, dejó caer mi mechero y me ordenó que me agachara a recogerlo y con las rodillas separadas. Yo, muy cachonda, le obedecí y al ir sin bragas debieron de verme, bien a las claras, todo el coño peludo. Los chicos no tenían intención de entrar en la disco pero al ver en el plan que yo iba, se metieron detrás de nosotros. El local estaba a tope de turistas y, por suerte, encontramos un pequeño hueco en un reservado. Los tres ingleses se situaron en la barra, al acecho, así que Pocholo y Muntsa se alejaron para dejarles el campo libre. No tardaron nada en acercarse y me entraron en inglés ya que no hablaban nada de castellano. Los tres eran unos guapísimos machos veinteañeros y se presentaron como Mike, Paul y Steve. Mike, el negro, era el que llevaba la voz cantante, pese a lo cual dejó que sus amigos se sentasen a mi lado y que comenzasen a meterme mano. Me pusieron las manos en los muslos y como me dejé hacer sonriendo, comenzaron a darme chupetones en el cuello y a comerme la boca. Mike nos miraba divertido y en ese momento se acercaron Muntsa y Pocholo. Mi sobrino saludó al negro y le dijo: - ¿Has visto lo guarra que es, tío?. ¡Si queréis vaciar los huevos, aprovechad bien porque la muy puta se deja hacer de todo!. Los tres me sacaron a bailar a la pista y me magrearon como quisieron. Yo estaba medio mareada del pedo que tenía y me colgué del cuello del que me sacaba, dejando que me subiese la mini y me cogiese las mollas del culo con las dos manos. Mike, el último que me sacó a bailar, se puso las botas y me apretó tanto que pude notar la clase de pollón que tenía. Sin decirme nada, me cogió de la cintura y me llevó hasta los servicios con lo que supuse que conocía bien la discoteca y que yo no era la primera tía que se llevaba allí. Mike debió de hacerles una seña a sus amigos porque vi que nos seguían. Con toda tranquilidad, me metió en el servicio de los tíos, aunque aquello era lo más parecido a un servicio unisex. Dentro había tres chicas retocándose el maquillaje frente al espejo y no se sorprendieron lo más mínimo al verme entrar con un tío. Mike me llevó hasta el último reservado, cerró la puerta y se bajó los vaqueros sacándose una verga impresionante que, en erección, debía medirle cerca de los 30 cm. El negro, con sus grandes manos, me levantó como un saco, cogiéndome de las cachas y me la clavó hasta los cojones en el coño, follándome de pie, apoyada en la pared. Me jodió a un ritmo fortísimo y no paró de besarme, metiéndome en la boca su lengua, que parecía un filete de lo grande y gorda. Aquel ritmo tan bestial duró unos diez minutos durante los cuales me vine un par de veces, chorreando jugos como si me mease. El negro se corrió abundantemente y echó el condón, lleno de semen, en el retrete. Nada más salir el negro, entró Paul a follarme, aunque él se sentó en el retrete y me sentó encima de él, cabalgándole yo como una avezada amazona. Paul aguantó menos que Mike y al terminar, dejó el sitio a Steve. Resumiendo, te diré que me follaron los tres como unos campeones en aquel primer día de vacaciones y que el resto de la semana me lo pasé de maravilla. Para que te hagas una idea del puterío que me traje, me jodieron en total trece chicos y de alguno de ellos no supe ni su nombre. |
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