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Me llamo Sofía y que tengo 33 años. Soy una mujer alta y delgada, con pechos medianos, pero muy duros y tiesos, y un culito también pequeño pero de nalgas redondas y salidas. Mi marido, Ramón, tiene 37 años, es algo más alto que yo, también delgado y con una hermosa polla de unos 17 cm en plena erección y bastante gorda. Los dos somos muy ardientes y tanto en la cama como fuera de ella hemos hecho de todo, menos dejarme metérmela por el culo ya que me asusta su grosor. Siendo novios nos gustaba montarnos situaciones para aumentar nuestro placer. Un día mi marido era un perfecto desconocido que me ligaba en una discoteca, otro yo simulaba encontrarme mal y él era el médico que me visitaba y en ambos casos, como es natural, acababa follándome. A veces simulábamos una violación o jodíamos en
los lugares más morbosos, parques públicos durante la noche,
en playas detrás de unas rocas, etc. En estos juegos yo iba siempre
sin ropa interior, lo cual añadía un nuevo aliciente morboso.
Lo que nunca consiguió mi esposo fue que aceptara acostarme con
otro hombre aunque fuera estando él presente. Yo nunca quise oír
hablar ni de tríos ni de cambios de pareja. Con la polla de mi
marido tenía más que suficiente. Pero lo que voy a contarte
hizo cambiar mi vida sexual. Ocurrió hace ahora un mes, poco más
o menos, cuando a mi esposo se le ocurrió montarnos otra violación.
Al acabar de cenar, mi marido me acompañó con el coche a la tienda y luego él se fue a casa. Entré en la tienda, encendí las luces y abrí la puerta de atrás. A continuación me saqué sujetador y braga, notando estas muy mojadas, y me senté a esperar los acontecimientos. Sobre las doce me pareció oír un ruido. De espaldas y apoyada de manos en el mostrador, me dispuse a dejarme sorprender. A los pocos segundos una mano se apoyaba en mi hombro. Me giré fingiendo estar muy asustada y la verdad es que lo estaba al encontrarme frente a un hombre alto, completamente vestido de negro y con un pasamontañas del mismo color. Si no llego a saber que era mi marido me muero del susto. No tuve tiempo de decirle nada. Con las dos manos, también enguantadas, me agarró el pronunciado escote del vestido y con una fuerza terrible me lo rasgó hasta el bajo vientre dejando aparecer desnudos mis pechos y el pelo de mi coño. Aprovechando mi sorpresa, ya que mi marido nunca había actuado con tanta convicción, me dio la vuelta, volvió a cogerme el traje, ahora por el cuello y me lo bajó hasta los tobillos. En menos de un minuto estaba yo en pelota viva y ahora con el culo al aire. No sé como se lo hizo pero, en el acto, notaba yo la dureza de su polla buscándome el coño por detrás. Al encontrarlo, me penetró de un golpe empezando a follarme como un loco. Mi excitación era tal y me gustaba tanto el morbo de aquella actuación, que me corrí mucho antes de lo que esperaba, chillando como si me mataran. La polla de mi marido, o la que yo creía era la de él, seguía entrando y saliendo de mi coño sin descanso hasta que ocurrió algo que ahora sí que me llenó de terror. Otro hombre, también alto, vestido de negro y con un pasamontañas, apareció ante mi rostro. Quise apartarme, escapar, pero me fue imposible. Estaba empalada por una gorda polla y apretada contra el mostrador. El nuevo asaltante se sacó, con parsimonia, la polla. En el acto supe que no era la de mi marido. Aquella era como la de un burro. Cuando me la acercó a la boca la apreté con fuerza pero el que me estaba follando empujó con brutalidad, la abrí para gritar y ya no pude cerrarla y me vi obligada a chupar aquella nueva tranca para no ahogarme. No sé cuanto rato estuvimos así, sólo sé que volví a correrme cuando mi violador me llenó el coño con la descarga de su leche. El hombre permaneció dentro de mi, sujetándome para que continuara mamando la otra verga, hasta que se le empequeñeció y salió por si misma de mi chorreante almeja. Entonces me cogieron entre los dos y a pesar de los esfuerzos que yo hacía para escapar, lograron tumbarme de espaldas sobre el mostrador y mientras el que me había follado me sujetaba las piernas muy arriba y bien abiertas, el de la polla monstruosa, situado entre ellas, me la metió en el coño sin miramientos. Lancé un tremendo alarido. Pensé que el coño se me rompía. Notaba los labios abiertos a tope y el canal completamente dilatado. Lo sorprendente era, no obstante que, a pesar del vivo dolor, el placer que me proporcionaba lograba taparlo. Con esta follada ya perdí la cuenta de mis orgasmos. Me corría una y otra vez e incluso me sorprendí al oírme animarle. Al soltarme las piernas el otro, yo misma se las crucé en los riñones al que me estaba jodiendo y entonces el primero se dedicó a amasarme los pechos y chuparme los pezones que, de vez en cuando, retorcía con la punta de sus dedos. Fue entonces cuando una tercera polla ocupó mi boca. Entre las brumas de mi placer comprobé que era otro tipo alto, vestido de negro y encapuchado. La verdad es que ya no me importaba y así, siendo magreada, chupando y jodida, orgasmé de nuevo cuando un torrente de leche ardiente me llenó el coño a rebosar. Cuando la enorme vara salió de mi, me quedé quieta. No tenía fuerzas para nada. Estaba rota, destrozada de tanto orgasmo y todo me dolía. Entre dos me levantaron. Vi que en el suelo, estaba tendido uno de ellos. Era el que primero me había follado. Lo supe porque el recién llegado, al que únicamente se la había chupado, no se había movido de mi lado y era uno de los que me cogían, junto con el de la polla de caballo. Me colocaron sentada sobre la polla del tío aquel, de nuevo endurecida y tiesa, haciendo coincidir mi raja con su capullo. De un empujón me la clavaron hasta los cojones. El que así me penetraba, me abrazó, haciéndome pegar mis tetas en su pecho y el de la verga enorme me metió el capullo en la boca. En esta postura mi culo quedaba completamente ofrecido. Ofrecido e indefenso. Unas manos me separaron las nalgas. A pesar de las nubes que ofuscaban mi cerebro, intuí lo que iba a hacerme. Me agité entre los brazos que me aprisionaban. Intenté gritar, pero la verga que me amordazaba me cerraba la boca y tuve que sufrir el contacto de unos dedos enguantados acariciándome el ano que yo, inconscientemente, contraía. Luego noté algo gordo y duro que empujaba en este mi pobre orificio hasta entonces virgen. Un mugido atroz salió de mi garganta cuando mi ano fue dolorosamente dilatado para tragarse por entero el glande intruso. El sufrimiento era tan enorme que mis ojos se llenaron de lágrimas cuando las tres vergas, ocupando mis agujeros, empezaron a moverse. Uno me follaba el coño, el otro la boca y el tercero me destrozaba el culo. Lo hacían despacio. Entraban y salían de mi lentamente como para dejarme acostumbrar a la presencia de sus tres vergas. La verdad es que, tras una eternidad, mi coño empezó a responder a las caricias. El dolor fue decreciendo para dejar paso a un suave placer que iba creciendo. Justo cuando el que la tenía en mi boca comenzó a eyacular,
llenándome la garganta, luego toda la boca y obligándome
a tragar toda su lechada, noté que me iba correr. Una llamarada
de placer subió de mi coño a mi vientre y de allí
a mi culo. El placer que me proporcionó el orgasmo fue tan brutal,
tan intenso, que creí que iba a ser el último de mi vida.
Justo en este momento y debido quizá a la tensión de todos
mis músculos, la leche de macho llenó mi coño y mi
culo, alargando mi orgasmo hasta hacerme perder el sentido. - No me negarás que ha sido el mejor juego que he inventado en toda nuestra vida de casados. Te has corrido infinidad de veces y habrás comprobado que hacerlo con otros hombres, como yo quería, no tiene nada de malo. Además quien te ha dado por el culo he sido yo y no los demás. Le tendí las manos para que me ayudar a ponerme en pie y cuando él se me acercaba para darme un beso, sacando fuerzas de flaqueza, le pegué un bofetón que lo lanzó contra una silla quedándose, en ella, sentado. Mientras se acariciaba la cada vez más enrojecida mejilla, le dije: - Sí, he tenido infinidad de orgasmos, me ha gustado tener tres pollas para mi, aunque me duele mucho el culo, pero el miedo que he pasado me costará perdonártelo. La próxima vez avísame antes y yo también haré el teatro correspondiente. No me gusta que me cojan desprevenida. Con estas palabras mi marido entendió que yo aceptaba ya los tríos o lo que fuera y desde este día no hemos parado de inventar juegos y simulaciones llegando incluso a tener yo relación con seis hombres a la vez. Muchos besos y hasta pronto. |
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