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| Hacía tiempo que iba a comer
a aquel restaurante de la playa. El paisaje marítimo era precioso
y la comida era buena, pero la que estaba realmente buena, era la
camarera. Era alta, hermosa, maciza, de tetas enormes y culo gordo.
Un pequeño incidente, cambio el curso de aquel día.
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Hola Charo, soy un chico de treinta años, mido 1,80, me gusta
mucho hacer deporte y me llamo Eduardo.
La historia que quiero contarte comenzó cuando, como cada día,
fui a comer a uno de los muchos restaurantes que están en la zona
de la playa. Esta vez me toco ir a mí solo porque a la hora de
comer todo el mundo del despacho ya se había ido.
Me senté en una mesa que tenía un amplio ventanal enfrente
y podía ver el mar y los barcos entrando en el puerto. La vista
era muy bonita, pero me agradó más ver la visión
de la camarera, conocida ya de otras veces. La chica era alta, más
de 1,75, rubia y no excesivamente guapa, aunque tampoco era fea. Pero
se movía de una forma que parecía la típica que se
hace la tontita y la inocente y luego resulta ser una cachonda. Además
me di cuenta que sus tetas eran muy grandes y que no llevaba sujetador
porque bailaban como dos gordas campanas al son de sus movimientos.
- ¿Vas a ser tú solito? - me preguntó.
- Sí- respondí - Hoy me ha tocado estar solo.
Elegí los platos y cuando se alejaba hacia la cocina pude contemplarla
y entretenerme en su hermoso culo, que estaba embutido en unos vaqueros
muy apretados y que lo hacían aún más apetecible.
Después de esta visón tan erótica me tuve que resignar
viendo los barcos entrando en el puerto.
Al poco rato ella volvió con el primer plato en la mano, una botella
de agua y una amplia sonrisa. Dejó el plato y cuando se dispuso
a abrir la botella, apoyándola en la mesa para hacer más
fuerza con el abridor, tanta fue la fuerza que hizo que la botella al
abrirse se cayó encima de mí, mojándome todos los
pantalones.
Ella parecía avergonzada y cogiendo una servilleta intentó
secar algo del agua que ya calaba mis pantalones, pero cual fue mi sorpresa
cuando su mano abandonó la zona humedecida para plantarse encima
de mi paquete, que me empezó a reaccionar ante esas inesperadas
caricias. Ella había abandonado su expresión de niña
avergonzada y ahora volvía a ser la de cachonda, ingenua que me
miraba sonriendo, poniéndome aún más cachondo.
- Ven - me dijo entonces - Tenemos un secador en el despacho.
Me levanté de la silla y la acompañé por una puerta
que ponía "reservado". Ella iba delante y yo volvía
a ver ese culo con los vaqueros que se metían por la raja. Antes
de entrar por una puerta que ponía "oficina", ella ya
se había quitado la camiseta y una vez dentro, dándose la
vuelta, pude ver sus enormes y apetitosas mamas.
- Quítate lo mojado - me dijo mientras se acercaba a mí
y se soltaba el botón y la cremallera de su pantalón - No
me gustaría que tu pajarito se constipara por mi culpa.
Ahora ella ya me dejaba ver la parte de arriba de sus braguitas naranja,
mientras volvía a tocarme el paquete, acariciándolo por
encima del pantalón.
- Esto está muy duro. ¿Será del agua? - dijo riendo.
- No creo - le contesté mientras masajeaba sus tetas.
Sus pezones, largos, gordos, de un color marrón, estaban duros,
eran preciosos.
Ella miraba mis manos y sonreía, mientras soltaba mis pantalones,
cosa que yo aproveché para meter mis manos entre su pantalón
y sus nalgas, que como ya había supuesto eran grandes pero duras.
Mientras me agarraba a su culo, moví las muñecas para bajar
así sus pantalones, dejando así todo su trasero al descubierto,
ya que el tanga de hilo dental que llevaba no le cubría nada.
Entretanto ella me había despojado de mis húmedos pantalones
y mis también mojados calzoncillos. Yo previamente me había
quitado los zapatos, así que mi estampa era ridícula, con
las pelotas al aire y con los calcetines "ejecutivos" puestos.
Entonces ella, acariciando mi polla, masturbándome suavemente me
dijo:
- Quítate la camiseta.
Aparté mis manos de la raja de su culo, que acariciaba como ensimismado
tanto por la sensación de piel en mis manos como por la paja que
me estaba haciendo, y me despoje de la camiseta.
En el despacho me dijo que había un sofá de tres plazas
y me indicó que fuéramos. Durante el corto camino, ella
se bajó el tanga y yo me quité los calcetines. Mi polla
estaba muy dura. Ya en el despacho, me senté en el sofá
y ella, mirándome con cara de viciosa, se arrodilló en el
suelo y se metió mi polla a la boca. La lamía, la chupaba,
la follaba con su lengua, despacio, deprisa, otra vez despacio, con toda
la polla en su boca, sacándola y lamiéndome mientras me
masturbaba.
Yo sentía un cosquilleo desde la punta de la cabeza hasta los pies.
¡Que placer!. Y ella me miraba sin abandonar mi verga. Parecía
que estaba disfrutando de la mamada tanto como yo.
- Túmbate en el sofá - me dijo de pronto mientras abandonaba
el placer oral que me estaba proporcionando y se levantaba del suelo.
Fue entonces cuando puede ver su coño perfectamente desnudo ya
que iba completamente rasurada. Ella plantó su hermosa vagina en
mi cara y se inclinó para seguir con los menesteres que antes había
empezado.
- ¡Chúpamelo todo! - me ordenó mientras comenzábamos
un grandioso 69.
Comencé a chuparle el coño, los labios, por dentro por fuera,
le metía la lengua y la sacaba como si fuera una polla. Pero ante
mí tenía también su ojete y a la vez que ella se
humedecía con mis lengüetazos yo le masajeaba el ano, que
se veía que no era virgen pues estaba dilatado y pude introducirle
un dedo con suma facilidad.
- ¡Sí, sí, ahora, dame por el culo! - decía
ella cada vez que sacaba mi herramienta de la boca.
Entonces despegué su coño de mi boca y le obligué
a dejar su tarea, salí de debajo de ella y me puse de pie, quedándose
ella a cuatro patas sobre el sofá. Ella misma cogió mi polla
y se la llevó hacia el culo donde, de un solo empujón, se
la metí entera. Ella gritó de dolor pero enseguida movía
su culo para meterse y sacarse el miembro de su ano.
- ¡Sigue, cariño.... como me gusta... sí, clávamela
en el culo! - exclamaba.
Cada vez bombeaba más fuerte hasta que mis acometidas fueron casi
brutales. Sus enormes tetas se movían y golpeaban en su pecho al
ritmo que yo embestía, mientras ella miraba hacía atrás
con cara de dolor y placer.
- ¡Que bien lo haces... no pares hasta que te corras, cariño...
sí, sí, sigue... sigue...! - gemía mientras se masturbaba
el coño.
Al poco rato noté que no podía aguantar más y exclamé:
- ¡Me corro... me corro...!.
- ¡Sí, sí, sí... yo también! - respondió
entre gemidos.
En este momento solté un increíble chorro de semen en su
culo, pero seguí embistiendo para que saliera toda la lefa de mi
verga, dejándola a ella exhausta sobre el sofá. Yo, tras
sacar mi polla de su dilatado ano, me limpié, me vestí pero
cuando iba a salir me dijo:
- Por cierto, me llamo Leticia y si otro día quieres sexo con más
calma ya sabes donde encontrarme.
- Algún día - contesté y me fui del restaurante.
Esto fue solo una muestra de lo que Leticia podía hacer y desde
ese día tenemos una relación especial. Cuando uno quiere
sexo, nos llamamos y follamos salvajemente. Nunca hemos quedado para cenar,
tomar una copa o charlar. Solo follar. Besos, Charo.
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