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Querida Charo, durante varios años salí con una chica a la que, si os parece, podemos llamar Lucía. De esto hace ya mucho tiempo, hoy tengo 31 y comenzamos a salir a los 23, sin embargo guardo por ella un afecto especial y, a pesar de haber dado por terminada la relación hace más de cuatro años, hemos reanudado el contacto, primero vía e-mail, y ahora incluso hasta nos hemos animado a tomar un café. Cuando comenzamos a salir éramos dos chicos inexpertos, pero sin duda inquietos en el campo sexual, sobre todo yo. Ella empezó con bastantes prejuicios y represiones, pero con el tiempo logramos que nuestra relación se volviera realmente excitante e intensa. Un día le conté mi fantasía, queria que ella tuviera
relaciones con otro hombre para luego contármelo. Era algo inocente,
simplemente una fantasía, algo que uno sabe que nunca va a llevar
a cabo. A ella le sorprendió la confesión, de hecho se quedó
helada, pero para mi sorpresa no censuró la idea. Los sueños comenzaron a crecer en forma desmesurada. En cada encuentro sexual las fantasías se volvían más intensas y alocadas. De un simple desconocido imaginario comenzamos a fantasear con hombres de raza negra con enormes penes. Primero uno, después dos, hasta imaginarnos a mi mujer, mi tierna Lucia, con tres negros haciéndole el amor salvajemente. La cosa se volvió incontrolable. Lo que comenzó como una idea loca de un novio aburrido de la rutina sexual se convirtió en una especie de obsesión, no solo mía, sino también de mi compañera. Teníamos que llevarla a cabo urgente, aunque sabíamos que jugábamos con fuego. Una tarde mientras hacíamos el amor, me comentó que había un compañero de trabajo que le hacía insinuaciones permanentemente. Ella era secretaria en una clínica y el muchacho en cuestión era un joven médico residente, "felizmente casado", pero que se había obsesionado con las piernas de mi novia, algo que no es de extrañar porque eran y son espectaculares. Lucía me confesó que le daba mucho morbo, pero que las cosas nunca habían pasado a mayores porque la ecuación era obvia: él estaba casado, ella estaba en pareja y eran compañeros de trabajo, en pocas palabras, era un imposible. Sin embargo el tipo le gustaba y mucho, por cierto, Lucía no tuvo más remedio que confesarme que aquella vez que le comenté acerca de un "tercero" mientras hacíamos el amor, pensó instantáneamente en este chico al que podemos bautizar Miguel. Ya estaba el candidato, solo faltaba dar el paso y el tema era como,
cuando y donde. Resolvimos que el momento ideal era durante la fiesta
de fin de año de la clínica. El encuentro era solo para
compañeros de trabajo, no había esposas, ni novias. Ideal.
La dejé en al puerta del salón donde se celebraría
la fiesta y me fui caminando a casa entre nervioso, angustiado y excitado.
La mezcla de sensaciones me descolocaba, realmente no sabía qué
sentir. Por momentos me arrepentía de la idea, para luego comenzar
a fantasear sobre qué estarían haciendo en ese momento.
Muy loco realmente. Me dijo que el tipo la había sacado a bailar, que se la había
intentado ligar toda la noche, pero que arrugó a la hora de irse
juntos. En algún momento se propasó con las manos, pero
él mismo se reprimió y no pasó a la fase B. Yo también
sentí esa mezcla de frustración y alivio. Y me fui a dormir
pensando que toda la idea había sido una locura y que mejor sería
archivarla de una vez por todas. Era mejor que volviéramos a ser
una pareja "normal" como todas las demás, como todos
nuestros amigos a los que jamás les pasaría por la cabeza
algo así. O eso suponíamos... Le brillaban los ojos cuando me relató toda la experiencia. Salieron los tres a comer y a bailar, bebieron mucho y a la vuelta el amigo en cuestión comenzó a acariciar a la novia de su mejor amigo, en el coche. No hubo resistencia de ninguna de las partes por lo que el muchacho siguió hasta pasar a mayores. Aparentemente la chica la pasó muy bien, pero no sabía si lo iba a volver a hacer. Demasiado fuerte como para repetirlo. Ahora sí, el tema volvía al tapete y no era precisamente yo el que lo traía. Lucía estaba más dispuesta que nunca y yo, a pesar de estar de acuerdo con el plan, comencé a dudar sobre los beneficios de esta movida. En febrero nos fuimos de vacaciones a Brasil. Quince días geniales, mar transparente, arenas blancas, castillos portugueses, algo de buceo y fantasías, muchas fantasías. Yo trataba de ponerle paños fríos al tema, pero Lucía quería darse el gusto. Supuse que si me veía con menos ganas, ella iba a desistir de la idea, pero no fue así. Así que lo acepté, al fin y al cabo fui yo el de la idea, el que le calentó la cabeza durante meses. Además, no es que la fantasía había dejado de excitarme, es que me daba un poco de miedo, eso es todo. El nuevo candidato era el guía que nos llevaba en su bote a bucear en los arrecifes de coral. Un tipo realmente muy apuesto, nobleza obliga. Con mi consentimiento, Lucía comenzó a pasar más tiempo con él mientras yo me iba a bucear. También había otros turistas italianos, alemanes, holandeses, pero realmente estaban en la suya y no repararon en lo que hacía o dejaba de hacer mi novia, y si lo hicieron no dijeron nada.
Cuando regresé, Felipe ya estaba instalado en la cabaña
y cuando me vio entrar se puso de pie nerviosamente pero yo lo calmé
con un palmadita en la espalda, como diciendo "no te preocupes que
está todo bien". Nos quedamos charlando un rato mientras disfrutábamos
de la cerveza helada hasta que comprendí que hasta que no me fuera
no iba a pasar nada entre ellos. Nervios, pudor, llámenlo como
quieran. La cosa es que decidí salir y perderme un rato en la espesura
de la noche. Dejé de espiar, me sentía como atontado. Me senté
en el umbral de la puerta a pensar. Es que no podía creer lo que
estaba viendo, era como algo irreal. Me parecía increíble
que esa misma mujer que hasta hace pocos años se negaba al sexo
oral por "asqueroso", ahora se la chupaba con frenesí
a un tipo que habíamos conocido hacía pocos días.
Algo pasó en el medio y me lo perdí, pensé. :- ¡Más fuerte, más fuerte!. Supuestamente en ese momento tenía que hacer mi entrada para hacer la fiesta como habíamos quedado. Pero no pude, no pude entrar. Me fui al bar y me tomé cuatro cervezas más viendo por la televisión un partido de no sé que con no me acuerdo quién. Sobre las tres de la mañana volví. La faena ya había terminado y Lucía dormía plácidamente en un costado de la cama. Quise intentar acostarme a dormir junto a ella, pero me dio asco. La idea de que en esa cama había estado ese tipo transpirando y escupiendo sus fluidos me dio tanto asco que tuve ganas de vomitar. Entonces Lucía se despertó por mi presencia y me preguntó qué había pasado, que por qué llegaba tan tarde. No le contesté y me fui a dormir en el saco de dormir que habíamos traído. A día siguiente nos volvimos para Madrid. Dos días después
nos separamos. Durante meses me estuvo llamando, diciendo que me amaba,
que quería estar conmigo, que aquello fue una locura que nunca
más se repetiría. Pero yo ya no podía. Lo que vi
me sorprendió de tal manera que ya no había retorno para
mí. Hace dos semanas, más de cuatro años después,
nos volvimos a ver. Estaba hermosa como siempre, pero con una expresión
de tristeza y frustración que llamaron mi atención. Estaba
casada con un compañero de la clínica, aunque no con el
médico con el que habíamos fantaseado en un principio. Ahora salgo con una chica que, hace unos meses comencé a sentir nuevamente esa necesidad dormida de verla con otro hombre y participar del encuentro como trío. Sin embargo no me animé a contárselo. Es que no quiero perderla como perdí a Lucía. Esta persona me importa mucho y no soportaría pasar por lo mismo de nuevo. ¿Qué hago? ¿Callo o se lo digo arriesgando así lo más importante que tengo en la vida?. Ocurra lo que ocurra ya os lo contaré. Besos y hasta otra. | |||||||||||||||